Capítulo 16
París
J ean Morel y la capitana Élise están revisando las grabaciones del Sena por quinta vez, tratando de encontrar alguna imagen que les indique hacia dónde se dirigieron tras la desaparición del inspector Gabriel Medina.
—¿Han encontrado algo? —gruñe el inspector jefe, Armand Delacroix, entrando en la sala con cara de pocos amigos.
—Nada, señor, las cámaras enfocan hacia un ángulo muerto.
—Esto parece estar orquestado, señor —informa la capitana.
—Acabo de hablar con el comisario Gutiérrez —les indica, sentándose en una de las sillas de la sala—. Va a intentar frenar a la inspectora Camila Morris, pero… duda mucho que pueda hacerlo. —Frunce el entrecejo—; por lo visto, es una agente tenaz y el inspector Medina es como su familia.
—Morris no es solo tenaz, jefe —asegura Élise, mostrándole en la pantalla de su móvil a una mujer de unos treinta y cinco años, de pelo cobrizo, dando una rueda de prensa.
—¿Es ella? —Jean abre mucho los ojos.
—La inspectora de los murciélagos asesinos, recuerdo ese caso —asiente el inspector jefe.
—Pues igual puede ayudarnos —se emociona Morel.
—O entorpecernos —sentencia la capitana, chasqueando la lengua—. Si se deja llevar por los sentimientos, toda la operación podría fracasar.
—Toda la razón. —Delacroix se levanta y camina por la sala con pasos lentos mientras se rasca el bigote y piensa—. No necesitamos a una inspectora metomentodo, Jean; necesitamos que este incidente pase desapercibido y se olvide pronto.
—¿Y cómo quiere que la desaparición de un inspector de policía español pase desapercibida? —El inspector abre mucho los ojos, sin entender a dónde quiere llegar su jefe.
—¿No te tirabas a la periodista de Le Monde ? —tantea, y se gira para enfrentarlo.
—¿Me está sugiriendo que utilice a Sandrine?
—Yo no te estoy sugiriendo nada —el inspector jefe eleva la voz—, te estoy ordenando que contactes con Sandrine y que la convenzas para que publique que una turista española apareció borracha cerca del Sena; nada de nombrar al policía español, y muchísimo menos se te ocurra mencionarle a Sandrine que hay una operación en curso o lo que escuchó el inspector Medina, ¿entendido?
—Pero, señor, eso es mentira —espeta Morel con cara de incredulidad.
—¡Es una estrategia, imbécil! —grita.
—Si los secuestradores creen que la presión ha bajado, cometerán errores —explica Élise—. Nosotros estaremos allí para verlos caer.
—Sandrine no es fácil de manipular.
—No la manipules; sedúcela con acceso a nosotros —sugiere Armand—. Con primicias. Con lo que ella quiere: estar donde nadie más está.
—Señor… —titubea.
—Recuerda que estás en la cuerda floja —le advierte, acercándose e invadiendo su espacio personal.
Jean se lo queda mirando y, finalmente, asiente con la cabeza.