Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 15
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Capítulo 15

Alicante

M orris llega a casa abatida; al entrar, se topa con Álex, que está en medio del comedor, con Pedro en brazos, mostrándole una sonrisa de oreja a oreja y dando vueltas con él en el aire.

—Por fin llegó mamá —dice, avanzando al trote con su hijo.

Ella trata de forzar una sonrisa para que él no descubra qué le sucede. Le da un beso cariñoso en los labios y le quita a Pedro de los brazos; lo abraza y lo arrulla con amor mientras le da besos en los mofletes. El niño, al sentir a su madre, se ríe.

—Mi amor, cuánto te quiero.

—¿Qué tal han llegado los tortolitos? —quiere saber Álex, avanzando hasta la cocina para servirse una taza de café. Se gira y se queda mirando a su mujer—. ¿Te sirvo un café?

Esta niega con la cabeza al mismo tiempo que mete al pequeño en el parque.

—¿Todo va bien? —inquiere, acercándose con los ojos entrecerrados mientras Morris se deja caer en el sofá.

—Ha sucedido algo —afirma sin rodeos, pasándose las manos por el pelo—. No han subido al avión porque hace dos noches les atacaron.

—¡¿Qué?! ¿Están bien? —Su marido se sienta a su lado con los ojos muy abiertos.

—Maite está en el hospital, pero Gabi… ha desaparecido.

—¿Cómo que ha desaparecido? —farfulla Álex casi sin reaccionar—. ¿Qué quiere decir que ha desaparecido? No puede desaparecer.

—No saben qué es lo que ha pasado, o mejor dicho no nos lo quieren decir.

—No entiendo nada.

—Lo único que nos han contado es que un transeúnte vio cómo les atacaban y Maite quedaba inconsciente.

—¿Y no os han dicho qué ha pasado con Gabi?

Morris niega con la cabeza.

—¡Mierda! —gruñe Álex, incrédulo—. ¿Maite está bien?

—Eso parece, aunque no he hablado con ella todavía. Tengo el teléfono del hospital y la habitación, pero… —Se detiene y aprieta los labios—. Quería llegar a casa para estar contigo y…

Álex asiente con la cabeza.

—Me da miedo lo que me pueda contar.

—Cami… —Su marido se gira en el sofá para quedar frente a ella—. La única manera en que puedes ayudar a Gabi es enfrentándote al miedo; lo has hecho en muchas ocasiones, y ahora ya no estás sola. Nunca más estarás sola.

Se vuelve a acurrucar en el pecho de Álex y ambos se acomodan en el sofá. Tras unos minutos, ella se incorpora, saca su móvil y marca el teléfono que le han dado, poniendo el manos libres.

—¿Hola? —La voz de Maite suena débil al otro lado de la línea.

—Maite, soy… soy Camila. —El saludo se entrecorta de la emoción.

—¿Cami? ¿Eres tú de verdad? —balbucea, y un sollozo se escucha al otro lado de la línea.

La inspectora cierra los ojos sin poder evitar el llanto.

—Maite, ¿cómo te encuentras? —pregunta Álex, aferrándose a la mano de Camila.

—Físicamente, estoy bien —dice con algo de dificultad—. Me dejaron inconsciente colocándome un trapo sobre la cara.

—No me lo puedo creer… ¿Recuerdas algo del momento?

Sabe que no es el mejor momento para preguntarle esto, pero también es cierto que, si su amigo y compañero está en peligro, los minutos valen oro.

—Solo recuerdo el frío.

—¿Y de los momentos anteriores con… —traga saliva— con Gabi?

—No recuerdo nada de los momentos anteriores, solo tengo flashes caminando por París, pero no recuerdo cómo llegamos al embarcadero.

—Tranquila, si recuerdas algo no dudes en llamarme —susurra ella—. Ahora, solo descansa.

—Cami, tengo miedo —solloza—, mucho miedo.

—Mañana cojo un vuelo y voy para allí —sentencia, mirando a Álex en busca de su confirmación. Este asiente con la cabeza.

—¿De verdad? —La respuesta de Maite suena esperanzada.

—No te pienso dejar sola.

—¿Qué le ha pasado a Gabi? —pregunta con voz temblorosa.

Morris mira a su marido, cierra los ojos y llena sus pulmones de aire.

—No lo sabemos todavía.

—Escuchó una conversación, Camila, cuando estábamos en la Torre Eiffel.

Eso hace que ella yerga la espalda al comenzar a entenderlo, guarda silencio y aprieta con firmeza la mano de su pareja.

—Tuvimos una discusión porque él se puso muy nervioso, siguiendo a las dos chicas. Quería grabar la conversación, bajamos a toda prisa, luego las perdimos y yo me enfadé mucho —se lamenta al otro lado de la línea—. Me enfadé con él y ahora…

—Maite, ¿qué chicas?

—Luego le dije que enviara ese mensaje. Es mi culpa, yo…

Su amiga habla a toda prisa, es difícil de seguir el relato.

—Cariño, qué dos chicas —insiste la inspectora.

—No lo sé, parecían rusas, se puso muy nervioso y comenzó a grabar la conversación con mi móvil y luego… —Maite se traba al tratar de explicar los hechos—. Es mi culpa yo se lo dije, es mi culpa.

—No es tu culpa. Nadie tiene la culpa. Mañana mismo estoy ahí contigo; solo aguanta hasta mañana y no hables con nadie, ¿entendido?

—¿Y si el comisario se opone?

—Estoy de baja por maternidad, no me puede decir nada.

—Cami…, por favor, no le digáis la verdad a mis padres.

—No te preocupes, pero algo hay que decirles.

—Diles que nos han robado y que no nos podemos poner en contacto… —propone, antes de quedarse en silencio.

—Llámales tú, Maite, para que se queden más tranquilos, y no te separes por nada del mundo de ese teléfono.

—Cami —le suplica con tensión—, ten mucho cuidado.

—Descuida, Maite, descuida.

Morris cuelga el teléfono y Álex resopla sacando todo el aire por la nariz.

—¿En qué mierda se ha metido Medina?

—¡No entiendo nada! Necesito una ducha fría; tengo la cabeza que me va a explotar.

—¿A qué hora quieres salir mañana? —pregunta él, abriendo el ordenador.