Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 14
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Capítulo 14

París

E l agente del cuerpo especial Jean y su compañero Louis entran en las dependencias de la prefectura de París.

Saludan a un agente que atiende el teléfono en recepción y se fijan en varios señores mayores sentados a la derecha.

Toman las escaleras y suben en silencio hasta la puerta del inspector jefe.

Llaman y una voz fuerte responde desde dentro.

—Señor —se adelanta Louis—, venimos del hospital. La señora García se encuentra estable, aunque en estado de shock .

—Tomen asiento —asiente el inspector con gesto serio.

—Tenemos un problema, señor —carraspea—. He llamado a la señora Camila Morris y resulta que es la compañera del inspector Gabriel Medina.

—¡Mierda!

Jean y Louis se miran.

—Hay más, señor. Su superior, el comisario Gutiérrez, me ha pedido, por favor, que organicemos una reunión con usted para trabajar en conjunto.

El inspector jefe chasquea la lengua, se levanta y se asoma por la ventana. Observa por la ventana en silencio, se frota el bigote y luego se gira.

—Maldito inspector metomentodo.

—Señor —insiste Morel que vuelve a carraspear, como siempre que se pone nervioso—, la noche antes de su desaparición creo que vio a la Rusa en la Torre Eiffel.

—¡¿Cómo, cómo, cómo?! —se exalta acercándose a la mesa con grandes zancadas—. ¿Me está diciendo que tuvo un encuentro con la Rusa y nadie me lo ha comunicado?

Coloca ambos puños sobre la mesa y los mira, esperando una respuesta.

—No, señor. La vio por casualidad —se apresura a explicar Jean—. Estaban en la Torre Eiffel y…

—¡Mierda! —espeta el jefe, escupiendo cada sílaba.

—Le dijimos que nosotros nos ocuparíamos —se adelanta Louis.

—Bueno, yo…

—¿Qué? —pregunta Louis, girándose hacia su compañero—. ¿Qué cojones has hecho?

—Volví al hotel después de hablar con usted, señor, y…

—¿Que hiciste qué? —se altera, y golpea la mesa.

—Señor…, solo fui para saber si recordaba algo más.

—¿Con qué autorización? —farfulla, enfadado. Louis niega con la cabeza.

—Yo…, bueno, pensé que…

—Pensé, pensé… Por eso sigues donde sigues: porque no piensas una mierda.

—Lo siento, señor.

—¿Lo sientes? Ahora tenemos a un inspector español de vacaciones desaparecido en suelo francés y una posible pista del caso… —Se queda en silencio, toma aire para calmarse y vuelve la mirada a Jean—. Cuando fuiste a verlo, ¿te dijo algo más?

—No.

—Bien.

—Pero…

Armand abre mucho los ojos, esperando la respuesta.

—La noche antes de su desaparición me envió un audio. En él se escucha a dos mujeres con acento ruso de fondo, hablando.

—¿Desde cuándo tienes esa información?

—Señor, yo… primero quería cotejar que fuera verdad y…

—¿Desde cuándo tienes esa información? —repite poniendo las manos sobre su escritorio.

—Desde el 29 de junio.

—¡Mierda! Si esa información se filtra, tu carrera estará acabada, Jean. —El inspector jefe agacha la cabeza y vuelve a presionarse el puente de la nariz con los dedos—. ¿Has traducido el audio?

Jean asiente con la cabeza.

Armand Delacroix va hasta su teléfono y, lo descuelga.

—Élise, a mi despacho. Avisa a Marc. —Cuelga y se queda mirando al inspector, negando con la cabeza—. Louis, en lo que a ti respecta, esta conversación no ha tenido lugar.

—Sí, señor.

—Puedes marcharte.

En cuanto su compañero se va, su jefe vuelve a mirarle fijamente, pasándose la mano por el pelo y rascándose el bigote.

—Has puesto en peligro una investigación que llevamos más de una década construyendo —asegura, y lo mira muy serio—, en la que hemos perdido a muchos compañeros. Y ahora ha desaparecido un inspector español.

—Yo… no pensé que…

—¡Vamos a tener a la maldita Interpol metida en nuestro culo! —grita, enfurecido.

—Lo siento, señor. No creí que…

—Todo el esfuerzo… ¡a la mierda!

Tras lo que son unos pocos minutos, pero que para Jean parecen horas, entra por la puerta la capitana de policía Élise Leclerc, seguida del comandante Marc Delattre.

Ella camina con paso firme, con el moño impoluto y una libreta negra en la mano. Saluda con la cabeza y se coloca frente a la mesa. Delattre se coloca junto a ella, con traje gris oscuro y rostro imperturbable.

Jean, al verlo, se endereza en su silla, consciente de que todo lo que diga a partir de ahora será evaluado al milímetro.