Capítulo 13
Alicante
C amila llega al aparcamiento de la comisaría y deja el coche en el primer sitio que ve. Sale a toda prisa.
—Inspectora Morris, dichosos los ojos —la saluda el agente García, levantando el café que tiene en la mano, aunque Camila le responde con un gesto de cabeza y pasa de largo.
—Ella y sus aires de grandeza —farfulla García.
Entra con rapidez y se gira para mirar quién está en la mesa de entrada.
—Están en la sala dos —informa la agente, con el rostro muy serio.
—Gracias.
Camina con pasos firmes hacia la sala dos. Se detiene frente a la puerta, agarra el pomo y toma aire. Tras un par de segundos, la abre.
Presidiendo la mesa está el comisario, Francisco Gutiérrez; a su lado, Carmen Dasilva, con el teléfono en la oreja.
González y Sáez están en un lateral, con el rictus muy serio, aunque al verla la saludan con un leve gesto de cabeza.
Su jefe le hace una señal para que entre y se siente en la silla libre.
Jorge, el jefe de informática, teclea a toda velocidad, haciendo aparecer y desaparecer imágenes en una gran pantalla blanca que hay frente a él.
—Sí —dice Carmen en voz alta—. Entiendo. ¿Me podría facilitar su teléfono? —Asiente con la cabeza, luego niega mientras escucha a su interlocutor.
Morris se sienta y entrelaza las manos sobre la mesa. El comisario la mira y cierra los ojos con un gesto cariñoso, como queriendo tranquilizarla.
—Lo entiendo, aun así, soy inspectora de policía española y… —Aprieta los labios y cierra el puño—. Sí, la entiendo perfectamente, pero, por favor, nuestro compañero y su mujer han desaparecido. No han cogido el vuelo previsto y necesitamos saber si… —Resopla—. Quedamos así, muchas gracias.
Cuelga el teléfono y lo lanza sobre la mesa.
—¡Que no pueden ofrecerme información! —suelta, indignada.
—¿Por qué? —pregunta Morris.
—Protección de datos —responde con otro bufido—. He quedado en que se pondrán en contacto con la policía de su ciudad y que serán ellos quienes nos llamen.
—¿Qué ha encontrado Jorge? —quiere saber Camila, señalando hacia su compañero, que al escuchar su nombre no levanta ni la vista.
—Por el momento, poco y nada —contesta Sáez, pasándole un mapa con el recorrido que el satélite del teléfono de Maite ha hecho por París—. Esto es el teléfono de Maite. La última señal fue en el Sena.
—¿Y el teléfono de Medina? —inquiere, repasando con el dedo la línea roja del recorrido.
—Está sin señal desde que despegaron de España —asegura Jorge, sin dejar de teclear.
En ese momento, el teléfono de Camila suena. Ella pega un respingo y se disculpa. Al sacarlo del bolso, abre mucho los ojos y lo muestra a sus compañeros.
—Una llamada desde Francia —dice en un susurro.
Jorge levanta la vista, abre otra pantalla en su ordenador e introduce el número.
—Es un número personal.
Coloca el teléfono sobre la mesa y activa el manos libres.
—Camila Morris —contesta con voz seria.
—Buenos días, señora Morris —responde una voz masculina con marcado acento francés—. Soy el agente Jean Morel y le llamo en relación a su amiga Maite García, que estaba pasando unos días en París de vacaciones con su esposo.
Todos en la sala aguantan el aliento. Morris ni tan siquiera contesta; se ha quedado bloqueada. Sáez, a su lado, le da un golpe con la rodilla para que reaccione.
—¿Se encuentran bien?
—La señora García me ha pedido que la llame.
En estos momentos se encuentra en el hôpital Saint-Rémy de la Cité.
Está estable, pero en estado de shock . —La línea queda en silencio unos segundos; se escucha un carraspeo al otro lado—.
Sin embargo… —continúa, y la inspectora se tensa al escuchar esas palabras—, el paradero de su esposo es desconocido para nosotros en estos momentos.
—¿Qué quiere decir con «desconocido»? —exige Morris, acercándose al teléfono con tono serio. Carmen se coloca a su lado y le coge la mano con fuerza. Ella se deja hacer, sin apartar la vista del aparato.
—Un ciudadano que deambulaba por la zona del puerto vio cómo los atacaban, quedando la señora Maite García inconsciente en el muelle de Port de l’Arsenal.
Camila se tapa la cara con las manos y pregunta en un hilo de voz:
—¿Y Gabi?
Todos se miran. Carmen aprieta los dientes.
—No podemos ofrecerle esa información por ahora, señora.
—¿Disculpe? ¿Cómo qué no? —se exalta la inspectora.
Francisco Gutiérrez se levanta y coge el teléfono de la inspectora.
—Buenos días. Al habla el comisario Gutiérrez. ¿Sería posible formalizar una videollamada con la gente de su equipo?
—¿Cómo? —Jean se queda en silencio al otro lado.
—Soy el comisario y le informo que el señor Gabriel Medina es inspector de policía español.
—Sí, lo sé —contesta con un hilo de voz.
—Entiendo que usted está al mando de la investigación, ¿no?
—Bueno, eh —el francés balbucea, nervioso—, no exactamente.
—¿A qué se refiere? —Gutiérrez mira a la inspectora.
—La señora Maite me solicitó que llamara a Camila Morris.
—Bien, la inspectora Camila Morris es la compañera de Gabriel Medina y necesito coordinar una videoconferencia con los inspectores encargados de este suceso, de manera urgente.
—Por supuesto, señor. Estoy de camino a la comisaría para informar a mi superior de los hechos acontecidos.
Morris camina por la sala de un lado a otro, con una mano en la cadera y la otra en el pelo, moviéndoselo una y otra vez.
—¿A qué comisaría me tengo que dirigir para poder comunicarme con sus superiores? —quiere saber Gutiérrez.
—A la Comisaría Central del distrito XII —dice antes de que la comunicación se corte.
Todos se quedan en silencio.
—Están mintiendo —escupe la inspectora.
—Cami, tranquila —trata de tranquilizarla su compañera —. No sabemos qué ha pasado.
—Morris, deberías irte a descansar. Sigues de baja y… —propone el comisario.
Sáez y Carmen intercambian una fugaz mirada al ver cómo la cara de la inspectora se transforma.
—Si te piensas… —Eleva el tono de voz, pero al momento se da cuenta de que está en la comisaría—. Disculpe, señor, pero no me voy a ir a ningún sitio.
Su jefe toma una bocanada de aire y se presiona el puente de la nariz.
—Todos necesitamos pensar con claridad, estar despejados. —Se acerca hasta ella y la sujeta por los hombros es un gesto paternal—. Márchate a casa, y en cuanto sepa la hora de la reunión, te aviso.
Ella asiente con la cabeza.
—Carmen y Sáez, necesito que investiguen si hay algún aviso internacional en la Interpol, mientras yo voy a hablar con el superior al mando de la comisaría de Francia.
—Señor —dice Jorge—, la red de cámaras de Francia está capada.
—¿Eso qué quiere decir? —pregunta Camila, acercándose.
—Todavía no lo sé, pero esto no me gusta nada.
Salen del despacho y Morris le hace un gesto casi imperceptible a su jefe para que la espere. Una vez que se quedan solos, se coloca una mano en la cadera y lo mira fijamente.
—¿Cree que han podido volver?
Gutiérrez niega con la cabeza.
—No ha vuelto a haber indicios. No tiene ningún sentido. Vamos a esperar a la reunión para hacer las cosas bien.