Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 12
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Capítulo 12

París

M aite abre los ojos poco a poco; le duele la cabeza, traga saliva y carraspea.

Escucha cómo alguien se aproxima, se coloca a su lado y pronuncia su nombre.

Ella no reconoce la voz y eso la pone más nerviosa.

Parpadea varias veces tratando de enfocar la vista; se siente muy cansada y no reconoce dónde está.

—¿Gabi?

—Está en el hospital, Maite. —Una voz de hombre con un marcado acento francés le vuelve a hablar.

Ella se sobresalta al notar cómo una mano le roza el brazo. Gira la cabeza y ve a un hombre alto, de cabello oscuro y ojos verdes, que la mira con una sonrisa.

—¿Dónde está mi marido? —insiste, y siente como si la cabeza le fuera a explotar.

—Maite… —El tono en que habla el hombre suena calmado al ver que las constantes vitales de Maite se disparan—, tienes que tranquilizarte, te lo explicaremos todo.

—Gabi —repite.

—Habéis sufrido un… accidente.

Ella mueve el cuello para observar la estancia y luego paladea la lengua; tiene la boca seca.

—Me duele la cabeza.

—Te la golpeaste —le explica, al mismo tiempo que toca el botón para avisar a la enfermera.

—Yo… no…

—Tranquila, ahora solo concéntrate en respirar.

Una enfermera hace acto de presencia en la habitación a los pocos segundos.

—Maite, ¿cómo se encuentra? ¿Mejor? —le pregunta en francés. Su voz es fuerte y alegre.

Asiente con la cabeza, tragando de nuevo saliva; nota la boca pastosa.

—Agua —pide.

—Voy a avisar al médico, cielo —le informa, acariciándole la cara y regulándole el gotero.

—Agua —repite Maite.

—Enseguida, cariño, enseguida.

—Gracias —contesta el hombre, que se queda a los pies de la cama, observándola.

Maite lo mira sin entender nada. El hombre mete la mano en el interior de la chaqueta y le muestra una placa.

—Soy agente de policía, tranquila.

—Gabi —vuelve a decir ella, tratando de incorporarse. Él se acerca para ayudarla y le coloca una almohada en la parte baja de la espalda.

—En cuanto hablemos con el médico, te lo explicaremos todo, tranquila.

—¿Dónde está mi marido? —insiste, nerviosa, elevando de nuevo el ritmo de las constantes vitales en el monitor.

En ese momento entra el médico, un señor de unos sesenta años, bajito, con un amplio bigote y unas gafas sobrepuestas en la nariz.

—Querida, qué susto nos ha dado —dice, acercándose a la paciente y abriéndole uno de los ojos—. Parece que responde bien. ¿Qué recuerda?

Ella se queda mirando al médico, toma aire y baja la vista hasta las manos.

—Estábamos en un barco y… de repente sentí mucho frío —se queda en silencio—, recuerdo unas manos sobre mi cara y luego… nada más.

El médico se queda mirando al policía, que asiente con la cabeza.

—Fueron atacados —informa con cautela, aun así, las constantes de Maite se disparan y ella se toca el pecho, tratando de respirar.

—Gabi… ¿Dónde está Gabi?

—Es complicado.

—Soy mujer de policía —replica con una voz grave, pero sin poder disimular un leve temblor, al mismo tiempo que cierra el puño izquierdo y se clava las uñas en la palma de su mano.

—Maite, verá…, es complicado.

—Dígamelo —chilla, tratando de incorporarse.

—Debe tranquilizarse —sugiere el médico, haciendo que se vuelva a recostar.

—No voy a tranquilizarme hasta que no me digan dónde está mi marido —grita, ahora en español.

—Solo quiere saber —ruega el médico mirando al agente. Este aprieta los labios.

—Maite, si no se tranquiliza, no podremos ayudarla —le susurra la enfermera.

—¿Qué le ha pasado a Gabi? —suplica con los ojos llenos de lágrimas.

—Lo estamos investigando —sentencia el agente.

—Es mi culpa. —Rompe a llorar casi sin poder respirar—. No debí dejar que enviara ese mensaje, no debí.

—Tranquila, respire —le susurra la enfermera, que levanta la mirada hasta el médico y asiente con la cabeza. Saca una aguja y se acerca hasta el gotero, en el que inyecta el líquido que contiene la jeringa.

—Ahora va a dormir un poco, cariño.

—No quiero dormir —se queja, mirando a la enfermera y tratando de quitarse la vía, sin ningún resultado. El medicamento comienza a hacer efecto. Desvía la mirada hasta el policía.

—Morris, llama a Morris —suplica antes de cerrar los ojos y caer en los brazos de Morfeo.