Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 11
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Capítulo 11

—T e voy a echar de menos, Cami —reconoce Nora mientras la abraza.

—Y yo a ti, gracias por todo.

—Espero que no tardemos mucho en volver a vernos. —Morris frunce los labios y suspira.

—Eh, que esto no es una despedida —se queja, y le da otro abrazo.

—Auch —rechista Nora. Un mechón de pelo se le ha enganchado en uno de los botones de la camisa de Camila.

—¡Ostras! —exclama la inspectora al ver que le ha arrancado un par de pelos a su hermana—. ¡Perdona!

Nora coge su maleta y se aleja adentrándose por la puerta de salida del aeropuerto de Alicante, mientras se rasca la zona de la cabeza donde sus cabellos han sido sustraídos. Se para un instante en el quicio de la puerta y levanta la mano para despedirse.

—Saluda a Gabi de mi parte —grita.

Morris asiente con la cabeza, sonríe y ve cómo su hermana desaparece.

La inspectora camina hasta el bar y pide un solo largo.

Se sienta en uno de los taburetes y abre la conversación de WhatsApp de su compañero Medina.

Desliza el dedo hasta la foto de la hora de llegada y comprueba que todavía falta media hora, con lo que decide hacer una videollamada con Álex para ver qué tal están los pequeños.

La pantalla se abre y muestra cómo Álex trata de colocar el móvil en algún sitio para poder hablar mientras le da el biberón a Laura.

—¿Hay retraso en el vuelo de Medina? —pregunta, acomodándose en el sofá con la pequeña en su regazo.

—No —niega con la cabeza. La camarera le deja el café frente a ella y esta le devuelve el sobre de azúcar—. Llegan en media hora.

—Laura, dile a tu madre lo bien que te estás portando —le pide con una sonrisa.

—Sin duda alguna ha salido a su madre —fanfarronea ella, dándole un sorbo a su café.

—¿Llegaréis para la hora de comer? Viene Tatiana con un amigo.

—¿Tu hermana con novio? —exclama Morris alzando las cejas.

—No, es un colega de profesión, lo conoció en un curso de veterinaria en Bilbao y quizás pueda echarnos una mano con Salvamento Animal.

—No creo que Gabi y Maite quieran venir, estarán deseando ir a ver a Lucía.

En ese momento, Laura comienza a berrear.

—Oh, no, no, preciosa —ruega mientras la mece, y su mujer mira la pantalla, sonriendo al mismo tiempo que mueve la cabeza.

«Atención, señores pasajeros: acaba de aterrizar el vuelo VY8324 procedente de París-Orly. La hora estimada de llegada es las 12:30. Por favor, diríjanse a la zona de recogida de equipajes en la Terminal de Llegadas. Gracias».

—El vuelo de Gabi —dice levantándose, manda un beso a la pantalla y cierra la llamada sin esperar respuesta para dirigirse a toda prisa a la puerta de llegadas.

✺✺✺✺

Tras esperar más de media hora a que Maite y Gabriel hagan acto de presencia, algo en el estómago de Morris la incómoda; intuye que algo no va bien. Hace una llamada al teléfono de Medina. Sale apagado. Le manda un mensaje de texto.

Morris:

Estoy justo en la puerta de salida.

Decide hacer una llamada al teléfono de Maite y este sale también apagado. Se está empezando a tensar demasiado y se dirige hasta el mostrador para preguntar por el estado de los pasajeros.

—Disculpe, señora —sonríe la azafata—. Todos los pasajeros ya han desembarcado del avión. ¿Está esperando a alguien en concreto? Si quiere, puedo verificar si hay alguna incidencia.

—Sí, por favor —ruega—. Gabriel Medina y Maite García.

La azafata revisa los pasajeros del vuelo y frunce el entrecejo.

—Lo siento, según estos registros, las personas mencionadas no han embarcado en este vuelo.

—¿Por qué? —quiere saber, tajante.

—¿Es posible que hayan cambiado de itinerario o que haya habido algún inconveniente?

—Sus teléfonos móviles están apagados —dice con preocupación.

—¿Quiere que trate de averiguar si han cambiado de vuelo? ¿Es usted familiar?

Morris traga saliva, saca su placa identificativa.

—Soy la inspectora Camila Morris. Gabriel Medina es mi compañero.

—Entiendo —asiente la azafata—. Por favor, deme unos momentos para llamar a mi superior.

Mientras tanto, ella se gira, nerviosa, y con una mano en la cintura y comienza a caminar. Da dos pasos, se detiene, vuelve sobre sus propios pasos y se pasa la mano por el cuello, como si le faltara el aire.

Saca su teléfono y decide llamar a los padres de Maite.

—Antonia, soy Camila —saluda con suavidad.

—Oh, querida, ¿cómo te encuentras?

—Bien, solo llamaba para saber cómo ha pasado estos días Lucía.

—¡Ay, hija! —suspira la madre de Maite—, dándonos la tabarra desde que se ha levantado para saber cuándo llegan hoy sus padres —ríe.

—¿Hablasteis anoche con ellos?

—Ayer por la tarde nos hicieron videollamada. —Se queda en silencio escuchando su propia respiración—. ¿Sucede algo, Camila?

—No, no —miente—, es solo que el vuelo va con retraso y por saber si os habían avisado.

—Ahora que lo dices —duda un momento—, cada mañana nos dan los buenos días con un audio o con un vídeo, pero esta mañana no. —Otra vez silencio—. He imaginado que han salido muy temprano hacia el aeropuerto y se han quedado sin cobertura.

—Sí, sí. En cuanto aterricen, os aviso —asegura Morris.

—Camila… —El tono de voz de la madre de Maite es serio—. ¿Va todo bien de verdad?

—¡Quédate tranquila! —Se obliga a sonreír para que su voz parezca amable.

Cuelga el teléfono y chasquea la lengua, se mueve de un lado hacia el otro y decide llamar a Jorge.

—Dichosos los oídos, señora inspectora —fanfarronea el informático de la comisaría.

—Jorge, ¿puedes localizar el teléfono de Medina o de Maite? —le pide con urgencia.

—¿Qué pasa? —La voz del informático se torna seria.

—No han embarcado, y desde ayer no se ponen en contacto con la madre de Maite.

—Estarán sin cobertura —trata de tranquilizarla—. Medina quería desconectar del teléfono.

—Tengo un pálpito. —Se gira y ve que un señor de traje chaqueta viene caminando con la azafata sin dejar de observarla.

—Tú y tus pálpitos, ¡joder!

—Ahora te llamo, ve localizando sus teléfonos.

Cuelga, guarda el teléfono en el bolsillo y se dirige con pasos firmes y seguros hacia ellos.

—Señora —la saluda—. Antonio García, soy el jefe de la sección, lamento informarle que no tenemos constancia de que sus familiares hayan cambiado sus vuelos. Solo le podemos informar de que no se han presentado —afirma, y se queda en silencio con el rostro muy serio.

Morris suelta todo el aire que tenía retenido en el pecho, les da las gracias y sale de allí como alma que lleva el diablo.

Nada más subirse al coche, conecta el manos libres y vuelve a llamar a Jorge.

—Sus móviles siguen en París —informa él.

—¡Mierda, mierda, mierda! —gruñe golpeando el volante.

—Eso no quiere decir que les haya pasado nada malo, Morris, igual se han quedado dormidos o…

—¿Y no avisan?

La línea se queda en silencio; solo se escucha el sonido de las teclas de Jorge buscando información en la base de datos.

—Vale, el móvil de Medina está en el hotel, pero el móvil de Maite…, la última conexión fue… —Se queda en silencio—. El último repetidor que cogió señal lo localiza cerca de un embarcadero llamado Port de l’Arsenal, a última hora de la tarde.

—Voy a la comisaría, intenta hablar con el hotel, por favor.