Capítulo 10
E stá anocheciendo cuando Maite y Gabriel están parados frente al Port de l’Arsenal, un pequeño muelle situado cerca del río Sena. Un lugar con mucho encanto, un tanto alejado de todo: farolillos antiguos, barcas amarradas y silencio, mucho silencio.
—¿Estás segura de que desde aquí salen barcos? —bromea él, mientras Maite le da un golpecito en el hombro.
—Es un barco solo para nosotros —sonríe haciéndose la interesante—. No es grande, ni elegante, pero es solo para nosotros.
Gabriel la abraza y se queda un segundo ahí, grabando ese momento en su retina.
—¿Recuerdas la pareja de italianos que nos encontramos en el desayuno todos los días? —Su marido asiente con la cabeza—. Ella es la que me lo ha recomendado.
A los pocos minutos, un motor suena a lo lejos y una lancha llega hasta situarse frente a ellos.
El capitán, un hombre de unos cincuenta años con barba blanca y cara simpática, levanta una mano para saludarles.
Maite da un paso hacia delante, pero Gabriel no se mueve del sitio; su instinto le hace dudar, mira hacia ambos lados buscando algo que le dé una pista.
—Vamos —insiste su mujer.
—¿Usted es Maite García? —pregunta el hombre con un claro acento francés.
Ella asiente con la cabeza y arrastra a su marido hasta colocarse frente a la lancha.
—Españoles, ¿verdad?
—Sí, pero yo hablo un poco de francés —informa, orgullosa—. Mi marido, ni papa.
Medina no dice nada, solo observa. Está inquieto; hay algo de esa situación que no le deja relajarse.
—¡Bienvenidos a Le Passager Silencieux! —dice el capitán, que se hace a un lado para que pasen.
Maite es la primera en subirse y recorre la cubierta, emocionada. La embarcación es de madera, abierta, sin asientos fijos, con varios cojines colocados directamente sobre el suelo. Sobre una pequeña mesa, que parece improvisada, hay dos copas de plástico y una botella de vino espumoso.
—¿Preparados? —tantea el capitán con una sonrisa.
—Preparados —contesta Maite dándole un sorbo a su copa.
El barco comienza a deslizarse lento por el Sena, mientras ellos se acomodan en los cojines y la ciudad se aleja.
—¿Sabes qué es lo mejor de este barco? —pregunta Maite, apoyando la cabeza en el hombro de su marido mientras ven pasar los edificios iluminados.
—¿Que estamos solos? —quiere saber él.
Ella niega con la cabeza.
—¡Que no tiene wifi!
Gabriel suelta una carcajada y tira de ella para abrazarla.
—Última noche en París, cariño. Se me ha pasado demasiado rápido. —Sonríe y se abraza más a él.
—En diez años, volvemos a repetir —bromea.
El barco gira poco a poco hasta colocarse frente a la Torre Eiffel, que en ese momento parpadea, cambiando de color su iluminación.
Tras más de una hora navegando por uno de los brazos del río, el barco vuelve a su lugar de origen.
Se despiden del capitán y bajan ensimismados el uno con el otro cuando Maite siente como desde atrás le tapan la nariz con un trapo.
El olor le entra de golpe, áspero, químico.
Maite forcejea, pero una mano firme le presiona la boca y la nariz con el trapo.
El pánico le cruza el cuerpo en una sacudida breve antes de que las piernas le fallen, cayendo con un golpe seco al suelo del embarcadero y golpeándose la cabeza.
Al mismo tiempo, a Gabriel le tapan la cabeza con un saco y lo vuelven a meter en la embarcación.
El inspector se revuelve, pero unos brazos fuertes le sujetan desde atrás y le colocan de igual manera que a Maite un trapo en la cara.
Su última imagen es la de ella cayendo inconsciente sobre el embarcadero.
El capitán, que se ha mantenido distante en todo momento, se baja esquivando el cuerpo de la mujer, recibe un sobre de uno de los atacantes, se dan la mano y se aleja huyendo del lugar sin mirar atrás.
Segundos después, el barco se aleja a toda velocidad.
Un vagabundo entre las sombras, desde debajo del puente, observa toda la escena sin moverse. Cuando cree que ya no hay peligro, se aproxima hasta Maite y trata de despertarla sin éxito.
— Police ! —grita desde abajo a una pareja que pasa por el puente—. Police !