Capítulo 9
T ras tomar un café con un croissant en una boulangerie que la recepcionista del hotel les ha recomendado, toman la línea seis del metro de París con dirección a la estación Bir-Hakeim, destino a la Torre Eiffel.
El vagón del metro se balancea y Maite, que va sentada junto a Medina, con las manos entrelazadas sobre su regazo, observa a una pareja de ancianos que se sonríen en silencio, luego desvía la mirada hasta un niño que juega con una maqueta de tren sobre el asiento.
—¿En qué piensas? —Él le aprieta la mano y ella gira la cabeza para mirarlo.
—En nada y en todo —dice sonriendo.
Al salir al exterior, camina hasta detenerse frente a un grupo que está tocando jazz . El saxofón lidera la melodía con un sonido suave, casi mágico, acompañado por el contrabajo que marca un ritmo pausado, íntimo. Maite cierra los ojos por un instante, dejándose llevar por la música.
— Mademoiselle, un petit souvenir de Paris ? La Tour Eiffel pour votre charme .
Maite se gira y se queda mirando a un hombre de unos cuarenta años, lleva una chaqueta de cuero bastante desgastada, tejanos oscuros y unas zapatillas deportivas.
Sobre su hombro descansa una bandolera repleta de llaveros, imanes y pines en miniatura de la Torre Eiffel de todos los colores imaginables.
—¿Cuál quieres? —pregunta Medina.
El vendedor ambulante, que lo entiende, se adelanta y le coloca en la mano varios llaveros.
—No, no —ríe ella—. No quiero nada.
—¿Cuánto? —quiere saber su marido haciendo el gesto del dinero con la mano.
—Tres, diez euros —se apresura a decir el vendedor.
—¿Qué? Muy caro —exclama Medina. Se da la vuelta para seguir observando al grupo de jazz .
—Tres, siete euros —insiste el vendedor a su espalda—. Madame… —ruega ahora, mirando a Maite.
—Va —resopla ella, apoyando su mano en el pecho de su marido—. Se tiene que ganar la vida.
—¡Tres, seis euros! —replica él.
El vendedor se lo queda mirando y finalmente asiente con la cabeza. Maite se los guarda en el bolso y continúan hacia su destino, que aparece a los pocos metros, majestuosa ante ellos.
—¡Es imponente! —Gabriel está con la boca abierta.
—No me la imaginaba tan grande.
Caminan con calma por el Campo de Marte cogidos de la mano, disfrutando del ambiente bohemio de la zona, donde hay desde parejas tomando champán hasta grupos de jóvenes escuchando música tumbados en el césped.
Maite se detiene un instante al ver a una niña de rizos dorados gatear entre las mantas, riendo mientras su madre le lanza una pelota. Sonríe porque le recuerda a Lucía cuando era más pequeña.
Compran los tickets para subir hasta la cima y deciden hacerlo en ascensor, para después poder bajar por las escaleras.
Al subir, la panorámica de la ciudad los sobrecoge.
Por un lado, pueden observar el río Sena, junto a los tejados de color gris plomizo tan característicos de la ciudad, y a lo lejos pueden llegar a vislumbrar el Sacré-Cœur.
El aroma fresco y algo húmedo del Sena, una vez en la cima, hace que a Maite le recorra un escalofrío.
—Esto es mejor de lo que me hubiera imaginado —susurra ella. Gabi sonríe y le besa el cuello; ella se gira y le besa también.
—¿Y si vamos a por una hermanita para Lucía? —le susurra en el oído.
Él se separa de ella con cara de asombro y emoción a partes iguales.
—¿Lo dices en serio? —pregunta, y Maite se lo queda mirando y asiente con la cabeza al mismo tiempo que se muerde el labio inferior.
—No sé si es el aire de París o que tú estás tremendamente guapo con esta luz.
Medina se lanza de nuevo a los labios de su mujer, se besan como si fueran de nuevo novios y la pasión de los primeros meses les desbordara.
—Esta noche seguimos —afirma ella separándose un poco.
Lo coge de la mano y lo lleva hasta la otra parte del mirador para observar desde allí el Arco de Triunfo.
Una voz hace que su marido se quede rígido, apretando demasiado la mano de Maite sin darse cuenta.
—¿Qué sucede, Gabi? —Se gira su mujer, algo asustada. Él está con la mandíbula apretada.
—Gabi —insiste su mujer, tirando de él para que reaccione.
—La voz.
—¿Qué voz?
Gabriel le pide silencio, mientras él busca entre la multitud la voz de la mujer del restaurante.
Cree reconocer la cadencia de su voz, se gira y ve a dos mujeres, una rubia y otra de pelo cobrizo, que están hablando en ruso de una forma muy rápida y fluida.
Está seguro de que es ella; es el mismo tono cortante que lo inquietó aquella noche.
—Déjame el móvil —le pide a su mujer.
—¿Qué pasa? —pregunta con cara enfadada.
—Tu móvil, Maite, por favor. Esto es importante.
Ella chasquea la lengua, pero, a regañadientes, le entrega el móvil.
Medina se desplaza hasta su propio chat de WhatsApp, lo abre, coge de la mano a Maite y se acerca hasta donde están las mujeres, se coloca muy cerca de espaldas a ellas, abraza a Maite para disimular y activa la grabadora.
De golpe, un grupo de chicos llega y comienzan a gritar emocionados. Las mujeres, al verlos llegar, ponen cara de enfado y se dirigen hacia las escaleras para descender hasta el piso inferior. Medina, sin soltar la mano de Maite, las sigue, arrastrando a su mujer.
Mira el móvil para ver si sigue grabando mientras trata de acercarse a ellas, pero en el piso de abajo las pierde de vista.
—¡Mierda! —gruñe, dando vueltas buscándolas.
—¡Gabi! —Su mujer le coloca una mano sobre el pecho.
—Perdona, cariño, es que…
Maite niega con la cabeza y suspira.
—Las he perdido, ¡mierda! —dice aún buscando.
—¡Para! —le grita ella. Este se queda quieto mirándola.
—Aquí no eres policía, Gabi —le recuerda, y levanta las manos, nerviosa.
—Cariño, esto es importante. —Se acerca a ella, le coge de las manos y se las besa.
Ella se suelta de su agarre y sale corriendo, esquivando a los turistas. Medina la frena y, al girarse, se da cuenta de que Maite está llorando.
—¡No, no, cariño!
Le empuja y sale corriendo escaleras abajo mientras varios turistas lo miran con cara de desaprobación.
—Maite. —Consigue frenarla una vez que salen del emblemático monumento. La cara de ella está surcada de lágrimas—. No…, cariño, no, perdóname.
Medina la abraza y ella, como si fuera un muñeco de trapo, se deja abrazar y mecer por él.
—Has jodido un momento mágico —asegura Maite, escupiendo las palabras.
—Perdóname. —Gabriel le levanta el mentón con cariño, le seca las lágrimas con la mano y coloca sus labios en su frente—. Perdóname, por favor.
—Me prometiste que hablarías con los agentes y que te olvidarías. —Niega con la cabeza y le aparta.
—Tienes razón, discúlpame —suplica.
Ella se cruza de brazos, mira al cielo con los ojos cerrados y toma varias bocanadas de aire para luego bajar la cabeza y mirar a su marido.
—¿Qué tienes que hacer con eso que has grabado? —pregunta, señalando al móvil.
—Nada —contesta, devolviéndole el móvil.
—¿Qué tienes que hacer con eso que has grabado? —repite, cruzada de brazos.
—Nada, Maite, no voy a hacer nada, estamos de vacaciones —asegura muy serio.
—Tienes quince minutos para enviarle esto a quien se lo tengas que enviar y luego nos sentamos en el césped a bebernos una de esas botellas de champán. —Señala a un vendedor ambulante con botellas de licor dorado
—. Me suena haber visto un súper nada más salir del metro; podemos comprar una baguette y algo de brie .
Medina sonríe. Maite se lo queda mirando con el ceño fruncido por un largo rato, pero al final asiente con la cabeza. Es consciente de que no es la primera vez que él se deja arrastrar por su instinto, y también sabe que tampoco será la última.
Amarlo a él también significa aceptar esto.
—Gracias. —Medina la abraza y la mece con cariño.
Tras ir a comprar los ingredientes para el pícnic improvisado y regatear para comprar una pequeña manta a uno de los vendedores ambulantes, toman asiento en el Campo de Marte.
Gabriel saca la tarjeta de visita del agente de policía francés y le envía el audio con un breve texto explicativo.
Se escucha la conversación entrecortada de las dos mujeres; aunque él no entiende qué dicen, está convencido de que este audio servirá de ayuda.