Capítulo 8
J ean espera en la entrada del hotel, apoyado en una de las columnas junto a la puerta giratoria. Lleva una chaqueta gris claro y un maletín de piel cruzado al hombro. Al ver a Medina salir del ascensor, no duda y se incorpora para interceptarlo.
—Inspector Medina —saluda con tono neutro—. ¿Tiene un momento? Gabriel se detiene, sorprendido. No esperaba volver a verlo tan pronto.
—Hola, Jean. ¿Ha pasado algo?
—Solo quería hacerle unas preguntas más sobre lo que escuchó en el restaurante.
Medina frunce el ceño con curiosidad.
—Solo le robaré un momento —añade Morel, casi rogando.
—Mi mujer va a bajar en unos minutos, sería mejor que…
—Parece que lo que escuchó podría estar vinculado a una investigación en curso —suelta a bocajarro.
—¿Qué tipo de investigación? —se interesa él bajando la voz.
Jean niega con la cabeza.
—No lo sé. Solo presiento que aquí hay algo más.
El español lo observa con atención. El gesto relajado de la noche anterior ha desaparecido. Ahora es un policía hablando con otro policía.
—Si nos damos prisa… —dice, señalando los sofás del vestíbulo.
Jean lo sigue hasta dos sillones de cuero que hay junto a una mesa baja con revistas donde
Medina se sienta, sin quitar la vista del ascensor.
—Dispare —le pide con una sonrisa. Jean lo mira sin entender—. Nada, nada. Una broma que tengo con mi compañera.
El agente francés saca una libreta y un bolígrafo.
—¿Podría repetirme lo que escuchó?
—Palabras sueltas. La conversación no se escuchaba bien, pero hubo varias: Bucarest, pasaportes falsos, una menor, el embajador… —Gabriel se inclina hacia adelante, buscando su atención—. La mujer que hablaba español con acento del este parecía ser quien lideraba la charla.
—¿Recuerda que se dijera algún nombre propio? —Jean anota sin levantar la vista.
—No. Pero la forma en que hablaban… no parecía algo improvisado. Más bien una reunión de trabajo.
El francés asiente y cierra la libreta.
—¿Algo más que le llamara la atención?
Medina se recuesta en el sofá, se toca la barbilla, mira hacia el techo, luego baja la mirada hasta Jean y niega con la cabeza.
—Muchas gracias. —Su interlocutor hace el ademán de levantarse.
—Ha dicho que podía tratarse de una investigación en curso —repite Gabriel, que lo detiene con la mirada.
—Es confidencial —aclara el agente galo.
—Vamos…, esta conversación es extraoficial, Jean. —Medina le mira con firmeza haciendo que Jean dude un segundo.
—Mi superior me ordenó que lo dejara correr —confiesa aclarándose la garganta—. Pero yo creo que es importante.
El español lo observa en silencio.
—¿Está investigando por su cuenta?
Jean se encoge de hombros, pero no responde de inmediato.
—A veces hay que moverse antes de que te lo ordenen, ¿no crees?
—¿Y qué espera encontrar?
Dando la conversación por terminada, el francés guarda la libreta en el maletín.
—Algo que me permita ascender. Un galón, como dicen ustedes.
Medina sonríe, pero no con simpatía.
—Cuidado con lo que desea. A veces los galones se pagan caros —advierte el inspector español. Jean se pone en pie.
—Lo sé. Pero también sé que usted no me lo ha contado todo.
—Eso es porque no me conoce —responde, y se incorpora ofendido—. Estoy aquí sin jurisdicción. Si mi mujer me ve hablando con usted, voy a tener una discusión. ¿Qué le hace pensar que me he guardado algún tipo de información?
Jean lo mira serio.
—Está bien. Si recuerda algo más, hágamelo saber.
—Tenga cuidado —le advierte Medina—. Creo que se está adentrando en aguas pantanosas.
—Lo tendré, descuide. Intuyo que aquí hay algo más grande, y quiero estar en primera línea cuando estalle.
El ascensor se abre. Maite aparece con las gafas de sol y una guía de París en la mano.
—¿Quién era ese? —pregunta a su marido, que observa a Jean alejarse por el vestíbulo.
—Alguien que quiere jugar a ser héroe —dice, chasqueando la lengua. Maite lo mira de reojo.
—¿Y tú qué papel vas a jugar? —quiere saber con las manos en jarras.
Él no responde, solo se ajusta la chaqueta y le ofrece la mano a su mujer como si fuera un galán.