Capítulo 7
—B uenos días, María. —Morris entra por la puerta de la comisaría con una sonrisa.
—Oooh —exclama su compañera levantándose de la silla para darle un fuerte abrazo—. Camila, ¿ya te incorporas?
—No, no, solo he venido a hablar con el comisario Gutiérrez de un tema.
—No puedes estar sin trabajar, ¿eh? —suelta en una risotada.
—Ya me conoces —sonríe.
—¿Cómo están Laura y Pedro? ¿Se portan bien?
La inspectora saca su móvil del bolso y navega por la galería de fotos hasta dar con un vídeo de ambos en brazos de Álex para mostrárselo con orgullo a su compañera.
—¡Nooo! —exclama con grititos de alegría—. Están divinos y la cara del padre… —rebufa—. ¡Madre mía! —se carcajea—, Álex está pletórico.
—Sí —asiente con la cabeza—, estamos muy felices.
—¿Quieres que avise al comisario de que estás aquí?
—Prefiero darle una sorpresa —asegura, y se va por el pasillo.
Necesita pasar primero por su despacho; se coloca delante de la placa que pone : Inspectora Camila Morris, reprime una sonrisa y adelanta la mano para abrirlo, pero una voz a su espalda la hace girarse.
—Bueno, bueno, bueno… ¿A quién tenemos husmeando por aquí?
Morris mueve la cabeza sonriendo porque conoce al instante esa voz.
—¿Qué hace usted fuera de su gruta, don Álvaro? —Mira a su compañero de la científica con un gesto de reproche fingido y este le devuelve una amplia sonrisa.
—Te he olido —suelta, y se abalanza sobre ella apretándola con fuerza—. Esto no es lo mismo sin ti, ¿sabes? Así que vuelve ya.
La suelta de golpe, se da la vuelta y desaparece entrando en la sala dos sin darle más información. Morris lo mira y niega con la cabeza. Álvaro es simplemente Álvaro, piensa.
Se gira para colocarse de nuevo frente a su despacho y esta vez, sí, decide entrar. Nada ha cambiado, todo está en su sitio, ni una mota de polvo.
Cierra la puerta tras ella, deja el bolso sobre el escritorio y va directa hacia la caja fuerte.
La abre para encontrarse con lo que ya recuerda: su móvil de prepago.
Lo sujeta en las manos dándole varias vueltas, hace el ademán de devolverlo a su sitio, pero, en un gesto inconsciente, se lo mete en el bolsillo del pantalón.
Luego coge una caja de cartón, la abre con cuidado y observa con detenimiento un pequeño murciélago disecado; todos los recuerdos de su anterior caso pasan como en una película durante un segundo por su mente, lo que hace que suelte la caja al instante.
Así que se da la vuelta, saca de su bolso con cuidado el diario de su padre, acaricia la tapa y lo guarda de nuevo en el interior de la caja fuerte.
—No estoy preparada, papá, lo siento —susurra—. Necesito centrarme en la crianza de Laura y Pedro. No te juzgo, te perdono y te quiero.
Cierra la caja fuerte y sale de la estancia, sin mirar atrás. Avanza en silencio hasta el despacho del comisario y golpea con firmeza tres veces sin vacilar.
—Pase —le indican desde el interior.
Abre la puerta y asoma la cabeza elevando las comisuras de los labios. El comisario está con la cabeza agachada leyendo unos documentos.
—Buenos días, jefe.
Él levanta la vista y, al verla, se incorpora de la silla.
—¡Camila! —exclama, avanzando hasta ella con los brazos en el aire para abrazarla—. ¡Qué alegría! ¿Qué tal te encuentras?
—Muy bien, la verdad.
—Pasa, pasa, por favor, y siéntate. —Le retira la silla con amabilidad para que se instale—. ¿Y los pequeños cómo están?
—Muy bien, hemos tenido mucha suerte, son muy buenos.
—¿Qué te trae por aquí? —inquiere, luego se sienta frente a ella y la observa con curiosidad.
—Quería hablar con usted de mi incorporación.
—Si los cálculos no me fallan, para finales de agosto, ¿no? —pregunta entrecerrando los ojos, pensando.
—Sí, pero…
El comisario Gutiérrez suelta una carcajada. Morris se lo queda mirando sin entender a qué viene ese estallido de risa.
—Quieres incorporarte antes.
Ella aprieta los labios en una confirmación silenciosa. Su jefe la conoce mejor que ella misma.
—Sí, señor. Me gustaría incorporarme la semana próxima y dejarme las semanas flexibles para Navidad y alguna para el año que viene.
Gutiérrez la mira y asiente con la cabeza.
—¿Estás segura?
—Estoy segura, señor. Gabi vuelve de vacaciones la semana que viene. Yo podría venir algún día antes para ponerme al día y volver al trabajo a primeros de julio.
—Veo que lo tienes todo calculado.
—Siempre a que a usted le vaya bien.
—¿A qué viene tanta formalidad? —pregunta abriendo mucho los ojos.
—Señor, estamos en comisaría. Usted es mi superior y…
—Está bien, inspectora Morris. —Carraspea, entrelazando las manos sobre el escritorio—. Pídale a María que le entregue los formularios de reincorporación y que los haga llegar al departamento de Recursos Humanos.
—¡Gracias, señor!
—¿Ha hablado con su compañero de esto?
—Se ha ido a París con Maite, no quería molestarle.
—Entendido —sonríe—. Y Álex, ¿cómo se encuentra? —pregunta señalando su mano.
—Bien. Le han puesto una nueva mano robótica con tejido de látex; la verdad es que parece de verdad.
—Me alegro mucho, Camila. —Se queda mirándola con los ojos entrecerrados—. ¿Todo lo demás bien?
La pregunta tiene un trasfondo que va mucho más allá de su vida personal. Ella asiente con la cabeza y aprieta los labios.
—Trato de no pensar, señor. Ahora mismo mis hijos y mi trabajo son mi prioridad.
—Si algún día necesitas hablar…
—Quiero dejarlo atrás —le interrumpe.