Capítulo 5
M aite y Gabriel vuelven caminando al hotel; van cogidos de la mano en silencio.
—Dispara, Gabi —suelta de golpe, parándose a escasos metros de la entrada del hotel y colocándose frente a su marido. No quiere entrar en el hotel sin saber qué es lo que ocurre.
—¿Qué? —sonríe a la defensiva.
—Sé que te pasa algo. —Su mujer le coloca una mano sobre el pecho y le mira muy seria.
—Creo que… —Traga saliva—. Creo que he escuchado una conversación que no debería haber escuchado.
—¿Qué clase de conversación? —Maite se cruza de brazos frente a él.
—Por lo que he logrado entender… —comienza, pero se da la vuelta, se pasa la mano por el cabello y resopla—, tráfico de mujeres.
—Aquí no eres poli, Gabi —le regaña.
—No puedo mirar hacia otro lado. —Se gira para enfrentarla con mil dudas en la cabeza.
—Aquí no eres policía —repite moviendo la cabeza.
—No lo entiendes, yo…
—¡El que no lo entiendes eres tú! —Le golpea varias veces con el dedo índice sobre el pecho—. Estamos de vacaciones, no puedes vivir veinticuatro siete en estado de alerta permanente.
—Solo necesitaría hacer unas llamadas y… —afirma sujetando sus manos.
—¿A quién? —Se suelta enojada—. ¡Aquí no eres nadie! ¿Qué vas a hacer? ¿Presentarte en la comisaría más cercana y contarles lo que crees haber escuchado en un restaurante? —Maite se para en seco al entenderlo—. ¡Te lo estás planteando! —grita perpleja.
—Cálmate, si no quieres, no haré nada. —La vuelve a coger de las manos, pidiéndole calma.
Ella se lo queda mirando y una lágrima resbala por la mejilla.
—No, no, no, por favor, no llores. No haré nada, olvidaré lo que he escuchado. Lo siento —suplica abrazándola.
Maite se acurruca, aspirando el aroma de su marido mientras él la balancea para hacerla sentir segura. Al rato, ella se limpia la cara, se separa y levanta el mentón para volver a enfrentarlo.
—Gabriel Medina, te conozco desde que éramos unos críos.
Hemos vivido juntos momentos durísimos y sé que no puedes mirar hacia otro lado, sé que te hiciste policía por tu hermana…
—Se le quiebra la voz; en ese momento él se queda rígido y se muerde el labio.
Sabe que tiene razón, sabe que nunca ha podido y nunca podrá mirar hacia otro lado.
—Maite… —Ella le hace callar colocando un dedo sobre sus labios.
—Y eso es lo que me vuelve loca de ti. Así que haz lo que tengas que hacer, tienes dos horas. ¿Queda claro? —le amenaza señalándolo con el dedo índice.
Medina sonríe de oreja a oreja. La coge en volandas y comienza a dar vueltas como si fueran dos críos.
—Suelta, loco, suelta —grita ella al mismo tiempo que ríe.
Una pareja, que en ese momento sale del hotel, se los queda mirando y se unen a las risas.
✺✺✺✺
Gabriel está en la recepción del hotel mientras Maite se ha quedado en la habitación haciendo una videollamada a Lucía y sus padres.
«Dos horas», le había vuelto a advertir antes de que saliera de la habitación.
—Señor, ¿necesita algo? —La voz de la recepcionista suena tranquila.
—Necesitaría saber dónde se sitúa la comisaría más cercana —pregunta sin más.
—¿Ha sucedido algo? —quiere saber la joven con mirada preocupada, en un español bastante bueno.
—Todavía no —ríe Medina; la recepcionista entrecierra los ojos un poco asustada—. Soy inspector de policía en España.
—Ajá —contesta la joven mientras lo escruta con la mirada, para evaluar si está hablando con un turista nervioso o si la información que le está proporcionando es real.
—He presenciado, bueno, más bien he escuchado una conversación un tanto inusual y me gustaría avisar a la policía.
—¿Con inusual se refiere a peligrosa, señor?
—Creo que alguien puede estar en peligro, si se refiere a eso. —Asiente con el rostro muy serio, cambiando el tono de su voz.
—Entiendo, señor —afirma la recepcionista descolgando el teléfono—. Llamaré directamente a la Comisaría Central del distrito XII, en la avenida Daumesnil.
—Puedo acercarme yo, no quiero ser molestia.
—Tenemos instrucciones de derivar cualquier aviso sensible directamente a esa comisaría.
—Oh, gracias. —El inspector se mete una mano en el bolsillo y observa cómo la chica se gira para hablar en susurros, en ese momento siente una pequeña punzada de desconfianza.
Tras unos instantes, la recepcionista le mira y le solicita el nombre y número de placa mientras con una mano tapa el altavoz del teléfono.
—Claro, mi nombre es Gabriel Medina —dice, luego saca de su cartera su identificación para mostrársela—. Soy muy consciente de que no tengo jurisdicción aquí —se apresura a explicar— ni pretendo tenerla.
La joven parece que se relaja al ver la placa identificativa mientras sigue hablando en francés con su interlocutor y sonríe a Medina.
—Espere en los sillones de la entrada —le solicita—, en una media hora vendrán dos policías para hablar con usted.
—Se lo agradezco mucho.
Se dirige hacia unos sillones que hay junto a la chimenea y se sienta en uno de ellos, pero son demasiado blandos y se hunde por completo; cruza las piernas para tratar de colocarse, aunque ese gesto le hace hundirse más.
Gira la cara para mirar hacia la recepción; la chica lo está mirando con una media sonrisa. Este suelta una carcajada nerviosa y ella le señala hacia el final del hall .
—Ya podría haberme avisado.
—Disculpe, señor, yo me refería a los asientos de la entrada —le indica, señalando unos sillones alargados con una mesa pequeña situados justo en el otro extremo de la recepción.
—Aaah. —Se incorpora con dificultad para dirigirse hacia la zona que le ha indicado la chica.
—Esos son de atrezzo para las fotos navideñas.
—Es bueno saberlo.
Se acerca a los sillones y se sienta con cuidado. Al ver que no se hunde mira a la chica y se relaja.
Coge un periódico que hay en la mesa de delante, pasa las páginas, pero no entiende nada, ya que están en francés. Lo suelta, se levanta y se dirige a una pequeña estantería que hay tras el sofá para ponerse a ojear libros hasta que un carraspeo a su espalda lo hace girarse.
—¿Inspector Gabriel Medina? —Un hombre alto de ojos verdes vestido con unos tejanos y una camiseta de pico azul marino está de pie, ofreciéndole la mano.
—Buenas noches —saluda Gabriel acercándose.
—Somos los agentes asignados del Commissariat du XIIe, recibimos el aviso del hotel. Soy Jean y él es mi compañero Louis.
Jean Morel muestra una credencial plastificada con el escudo de la Policía Nacional Francesa. Medina la examina con discreción antes de estrecharle la mano.
—Muchísimas gracias por venir tan rápido.
—Mi compañero no habla español —explica Morel—, pero yo puedo traducir lo que necesite.
—Perfecto —afirma Medina.
El agente francés sonríe.
—Tenga en cuenta que lo tengo un poco… —Se queda pensando— ¿Anticuado?
—¿Oxidado? —sugiere Medina.
Jean sonríe asintiendo con la cabeza.
—¿Nos sentamos para charlar? —pregunta señalando los sofás.
—Estaremos mejor en las mesas del fondo —corrige Medina con un gesto.
Louis asiente con la cabeza y pasa el primero. Se le ve un hombre robusto y con cara de pocos amigos. Una vez sentados, Medina toma aire para comenzar con su relato.
—Estábamos cenando en el restaurante Le Train cuando escuché una conversación un tanto atípica. —Se para porque Jean le está traduciendo a su compañero que afirma con la cabeza.
—Una mujer que tenía un acento muy marcado extranjero, hablaba en español, por eso me chocó, estaba cenando con dos hombres.
—¿Extranjero se refiere a francés?
—No, más bien parecía ucraniano o ruso; no conozco el idioma, pero sí palabras sueltas, y la mujer intercalaba alguna palabra. Pero recuerdo su acento, su voz.
—¿Podría describirlos?
—Estaban a mi espalda, no pude verlos.
—Continúe, por favor.
—Hablaban de una partida de Bucarest —se apresura a decir Medina, y se queda mirando al agente francés para tratar de ver algún cambio en él—. Llegará mañana con cinco chicas, y una es menor.
—¿Está seguro de eso? —Jean se remueve inquieto en su asiento.
—Sí. Al escuchar esa frase me quedé paralizado y recuerdo que dijeron que dos de ellas iban con pasaporte falso; eso me hizo incomodarme y prestar más atención.
—Desde luego no es una conversación común —asevera el agente.
—Luego hablaron sobre otra que iría para el embajador.
—¿Qué embajador? —dice Jean, sorprendido.
—No lo sé —chasquea la lengua—, solo sé que dijeron que la del embajador iba directa.
Morel se siente inquieto. Louis frunce el ceño y murmura algo en francés, aunque Medina caza al vuelo las palabras « trafic , femmes y pas sûr ».
—¿Esto les suena? —pregunta el español.
Su interlocutor duda.
—No tenemos constancia de una operación activa en esta zona. Pero lo que describe… —Se interrumpe cuando Louis interviene en francés, y traduce—: Mi compañero dice que hay una investigación abierta en otro distrito, aunque no está relacionada con los lugares que escucha en la conversación.
Medina se queda en silencio.
—Entonces esto podría ser algo nuevo.
—Muchas gracias, inspector —se adelanta a decir Jean levantándose. Gabriel intuye que hay algo que ocultan; han querido cortar muy rápido esta conversación.
—Puedo ayudarlos —insiste Medina poniéndose también de pie.
—Usted está de vacaciones; además, no tiene jurisdicción aquí.
—Lo sé, pero…
—Disfrute de sus vacaciones —sonríe, y le ofrece la mano para despedirse.
—Esto es algo, ¿verdad?
—¿Hasta cuándo estará en París?
—El lunes sale nuestro vuelo.
—Perfecto. Si necesitamos ampliar la información, nos pondremos en contacto a través del hotel.
Medina le aprieta la mano; sabe que no le va a proporcionar más información, aunque ¿realmente quiere saber más? Ni es su jurisdicción ni su país.