Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 4
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Capítulo 4

P or suerte, ha dejado de llover cuando Maite y Medina deciden salir a cenar.

—Qué bien huele a lluvia y jazmín —apunta ella, señalando una enorme planta situada a la salida del hotel.

Gabriel la abraza y le da un cariñoso beso en la sien.

Y se alejan caminando abrazados en silencio por la rue Crémieux, una pintoresca calle con las casas de color pastel, llena de plantas y flores de todos los colores y texturas.

Las luces de las casas son de color tenue, aportando un ambiente mágico al momento.

—Qué tranquilidad, cariño —susurra Medina. Maite sonríe al observar el lugar con calma.

—Esta calle es magia pura —afirma ella—. Lo bien cuidadas que están las plantas y con qué cariño están colocadas.

En ese momento, se abre la puerta de una de las casas y un señor espigado con bigote se los queda mirando, agacha la cabeza para saludarles y sonríe.

— Bonsoir —le dice Maite.

Su marido la agarra por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo mientras siguen caminando.

Ella también le pasa el brazo por la cintura y acopla su cabeza en su pecho.

Llegan hasta el puente Charles-de-Gaulle y se detienen a contemplar el Sena.

Justo en ese momento, está pasando un barco lleno de turistas sonrientes que hacen fotos a todos sitios mientras ríen y charlan emocionados entre ellos.

—Ahora entiendo por qué dicen que París es la ciudad del amor. —Maite le da un beso a Gabriel y cierra los ojos—. Me siento como si fuéramos novios en nuestra primera salida.

—Deben poner algo en el aire —suelta él. Maite niega con la cabeza y le da un pequeño puñetazo en el brazo—. ¡Oye! —se queja, exagerando—. Que no voy a poder llevarte a cenar.

—Anda, calla y ponte en marcha. —Su mujer tira de él para que avance, pero un grito les hace parar en seco.

Medina se gira buscando de dónde proviene, se suelta de Maite en un gesto instintivo para volver a acercarse hasta el puente. Se queda quieto, en silencio, para escuchar cómo dos personas están discutiendo; niega con la cabeza, no entiende lo que dicen.

—Gabi, vamos. —Ella le agarra del brazo.

—¿Qué dicen? —exige saber sin moverse un centímetro del lugar.

—¡Aquí no eres policía! —lo regaña su mujer.

—¿Qué dicen? —insiste. No puede evitarlo, lleva el ser policía en las venas, no es capaz de mirar hacia otro lado.

—Pelea de enamorados, eso es todo.

—¿Seguro? —insiste, cruzándose de brazos frente a Maite y mirándola muy serio.

Ella se asoma de nuevo, le señala a la pareja; la escena ha cambiado por completo. La pareja está abrazada, dándose un beso. Él se relaja y le ofrece a su mujer una sonrisa forzada para tratar de hacerla reír.

—Deja de hacer el tonto —dice sin poder evitar reírse.

Siguen caminando hasta que llegan a Le Train, un majestuoso restaurante con techos altos y frescos dorados en sus paredes; en la entrada, dos camareros vestidos con trajes de chaqué les dan la bienvenida.

—Gabi —murmura Maite nada más entrar.

—¿Te gusta? —sonríe él, mirándola.

—Esto es demasiado. —Niega con la cabeza, dando un paso atrás.

Con firmeza, su marido la agarra de la cintura y le susurra al oído:

—Te mereces el mundo entero, Maite.

Ella cierra los ojos y aguanta el llanto, aprieta los labios y levanta la vista hacia su marido. La mira y sonríe esperando respuesta. Tras unos segundos de duda, Maite asiente con la cabeza y se adelantan. Los acomodan en una mesa discreta, junto a una columna de mármol.

—¿Cómo has conseguido este sitio?

—Bueno, si te soy sincero, había reservado en otro sitio, en una terracita junto al Sena y me llamaron al hotel esta mañana para decirme que había habido un problema pero que me reservaron una mesa por el mismo precio en este restaurante, por lo visto son de la misma cadena.

—Madre mía, Gabi —susurra ella—. ¿Y qué pedimos?

—No tienes de qué preocuparte, solo disfruta —asegura—. Es una cena gourmet .

El camarero se acerca con una voz suave y una sonrisa que se nota ensayada.

—Para comenzar, les ofrecemos una degustación de nuestro foie gras de canard mi-cuit , acompañado de compota de higos y pan brioche tostado.

Maite abre los ojos con sorpresa.

—¿ Foie ? Nunca lo he probado.

—Yo tampoco —confiesa él en un susurro.

Pasa la mano sobre el costado de la mesa para acariciar la de ella mientras esperan el primer plato. Poco después, el camarero les sirve una crema aterciopelada de castañas con virutas de trufa negra. Maite huele el plato y sonríe.

—Esto huele a otoño.

Medina asiente, pero su atención se acaba de desviar al escuchar una conversación en español detrás de él.

En primera instancia, se queda parado; el idioma, su idioma, es lo que le ha sacado de su cena romántica.

Se recoloca en la silla para poder escuchar mejor y, sin prestar atención a su mujer, trata de agudizar el oído, concentrando su mirada en un cuadro que hay en la pared del fondo.

Un gesto imperceptible para quien no lo conozca, pero no para Maite, que niega con la cabeza mientras da un largo trago a su vino.

—Voy al baño —dice ella, que se levanta y se aleja por el pasillo, molesta. Eso hace que Medina vuelva a la realidad para observar cómo su mujer se aleja, hasta que escucha de nuevo la voz y se tensa.

—¿La partida de Bucarest llega mañana a la misma hora? —comenta uno de los hombres en un español perfecto.

—Cinco chicas —confirma una mujer que parece rusa.

—Dos de ellas van con pasaporte falsificado. —La voz de otro hombre hace acto de presencia; con un inconfundible acento francés—. Una de ellas es menor, pero, tranquila, está bien entrenada.

—Más le vale —ronronea de nuevo la mujer.

Su corazón bombea demasiado rápido, cierra los ojos y toma varias respiraciones para tratar de que su pulso se relaje; sabe que está escuchando algo importante.

—¿Las que van para el embajador están en tránsito?

—Van directas, con escala en Frankfurt.

Alguien chasquea la lengua en desaprobación; él vuelve a mirar el cuadro para concentrarse y tratar de grabar cada palabra en su mente.

—Nadie revisa vuelos privados.

—¡Gabi! —La voz de Maite lo saca de golpe de su concentración.

—Perdona —se excusa, carraspeando y cogiendo el tenedor para disimular.

—¿Te encuentras bien? —Maite desliza la mano sobre la mesa.

—Sí —trata de sonreír—, es solo que…

Medina traga saliva para aclararse la garganta.

—Estabas con los ojos fijos en un punto como cuando… —Su mujer lo observa con desconfianza.

—Estaba escuchando la música de fondo —se escuda en una excusa pobre. Cuando llega el camarero con la segunda tanda de platos, Medina, apretando la mano de su mujer y forzando una sonrisa, anuncia—: Voy al baño.

—Se va a enfriar —se queja ella.

Sobre la mesa, el camarero ha dejado dos platos principales: magret de pato con reducción de frutos rojos para Maite y filet de lubina con puré de apionabo y salsa de champagne para Medina.

Él apenas los mira. Su mente sigue atrapada en la conversación.

—Vuelvo enseguida. —Se inclina y le da un beso rápido.

Antes de llegar al baño, se gira para localizar la mesa que tenía detrás, pero ya está vacía. Maldice entre dientes, pero hace una fotografía mental de la mesa: tres copas vacías, una de ellas con carmín.

El inspector que lleva dentro analiza y repasa con la mirada el restaurante, buscando a los tres integrantes, pero se topa con la mirada de Maite, que lo mira con los brazos cruzados. Le devuelve una sonrisa nerviosa, saluda con la mano y se escabulle hacia el baño.

Entra al baño con el pulso acelerado, apoya ambas manos sobre el mármol del lavamanos y respira varias veces hasta calmarse, luego abre el grifo, se moja la nuca y alza la vista para mirarse en el espejo.

Repasa en su cabeza la conversación; no quiere olvidarse de nada. «Cinco chicas…, una menor…, vuelos privados…, el embajador…».

Mete la mano en el bolsillo buscando su móvil; cuando se acuerda de que se lo ha dejado en el hotel porque le prometió a Maite que nada de móvil ni de mensajes en este viaje, chasquea la lengua.

—Bucarest, cinco chicas, menores, pasaportes falsos —comienza a susurrar como un mantra mirándose al espejo—. Escala Frankfurt con destino final desconocido. El embajador está implicado, hay un vuelo privado sin revisión.

Sale del baño, se acerca hasta Maite, le sonríe con esfuerzo y se sienta.

—Gabi, te conozco, ¿qué pasa?

—Nada, cariño, es solo que… me pareció escuchar algo y…

—Gabi, estamos en un restaurante de lujo, desactiva el chip de inspector —ruega, con una mirada seria y ojos tristes. Medina se siente culpable.

—Tienes razón, vamos a disfrutar de la cena —afirma, y levanta la copa.

Terminan de degustar los últimos platos con una conversación banal sobre sabores y ambiente; después llega el postre como una obra de arte: una esfera de chocolate rellena de mousse de maracuyá.

El camarero hace su espectáculo vertiendo la salsa caliente para que la esfera se derrita.

Maite, sorprendida, aplaude, pero Medina no está; su mente está muy lejos.

En su cabeza, no deja de repetirse una y otra vez la misma parte de la frase: «Las que van para el embajador están en tránsito».