Capítulo 3
Alicante
M orris le acerca un granizado de café a Nora mientras ella le da un largo trago al suyo y, cuando su hermana lo prueba, abre mucho los ojos.
—¿Qué le has puesto?
—Ron —contesta cerrando los ojos.
—Pero… ¿y los críos? —pregunta mientras mira hacia el piso de arriba.
—Duermen. —Chasquea la lengua y señala una caja antigua situada sobre la mesa del comedor—. Sin un buen lingotazo no voy a ser capaz de abrirla.
Su hermana suelta una carcajada y le da otro sorbo a su granizado de café. Morris se sienta a su lado en el sofá y se queda mirando al infinito con la pajita entre los labios sin decir nada.
—Cami… —la llama, haciendo que Camila la mire y coloque los pies sobre el sofá para poder mirarla de frente.
—¿Otro? —pregunta Morris, mostrándole su vaso vacío.
Nora se lo arrebata de las manos, lo deja sobre una mesa pequeña que hay delante del sofá y se la queda mirando.
—Si no quieres abrir la caja, no lo hagas. No tienes obligación —confiesa con sinceridad.
—Sí que quiero. Lo que pasa es que… —titubea— me da miedo lo que pueda encontrarme.
Su hermana asiente con la cabeza.
—Y hay muchas incógnitas sobre la vida de mi padre. Perdona, Nora, de nuestro padre.
—Pedro era mi padre biológico —sonríe—. Soy consciente de ello, y no te voy a negar que tengo curiosidad por saber qué fue de su vida, cómo llegó a ser quien fue, cómo se desvinculó.
Pero la realidad es que es eso…, curiosidad.
Para mí no es tan importante abrir esa caja.
—Agarra las manos de Camila y levanta las manos al ver que ella abre mucho los ojos—.
No me malinterpretes. Mi padre, el que para mí fue mi padre, fue un hijo de la gran puta que arruinó mi infancia y la de centenares de personas.
—Lo siento, Nora. No quería que…
—¡No! —la interrumpe—. Yo estoy bien, tranquila. Estoy feliz con la mujer que soy ahora y, sobre todo, estoy feliz con el futuro que tiene por delante mi hijo.
—Nora… —titubea Morris.
—Agradezco a la vida haberte reencontrado. Eres mi hermana, y me gustaría que lo que encontremos dentro de esta caja no nos separe, todo lo contrario, nos una.
Camila la mira entrecerrando los ojos. Las palabras de Álex se hacen más fuertes en su cabeza:
—Sabe más de lo que dice .
—¿Qué quieres decir? —inquiere, y la mira con intensidad.
—¡Voy a por más! —Se levanta, coge el vaso vacío de Morris y desaparece por la puerta de cristal que da a la cocina.
En cuanto Camila la ve desaparecer, camina hasta la mesa del comedor en la que descansa la caja que su padre le dejó. Acaricia la tapa con la yema de los dedos, tratando de encontrar en ese gesto la valentía suficiente para saber qué contiene su interior.
—¿Quién eras en realidad, papá? —susurra.
Cierra los ojos, coge aire y abraza la caja para llevársela consigo hasta el sofá. Se sienta y se la acomoda sobre el regazo.
Su hermana hace acto de presencia con dos granizados de café de un color demasiado claro. Ella, al verlos, abre mucho los ojos.
—Oficialmente estás de vacaciones, señora inspectora —anuncia, ofreciéndole uno de los vasos.
Se sienta a su lado mientras Camila tamborilea sus uñas sobre la tapa de la caja, nerviosa.
—¿Preparada?
—Más que preparada. —Asiente con la cabeza al mismo tiempo que abre la caja con mucho cuidado.
En su interior se encuentra con cartas antiguas, varios sobres amarillentos y manchados, con las esquinas dobladas y la tinta casi borrada por el paso del tiempo.
Al fondo, hay un paquete envuelto en un pañuelo de tela, cuidadosamente doblado, con las iniciales P. M. bordadas en hilo granate.
Morris se queda quieta unos segundos, indecisa, pero luego coge las cartas y empieza a pasarlas, una a una, leyendo los destinatarios. Mira a su hermana, que está a su lado, aguantando la respiración.
—Esta era para Juan —indica mostrándosela.
—Está sin abrir.
La inspectora la lanza sobre la mesa como si le quemara. No quiere recordar ese nombre.
—¿Lo conocías, Nora?
Su hermana la mira muy seria, se moja los labios con la lengua y asiente con la cabeza.
—¿Sabías que él formaba parte de…? —insiste Morris.
Nora se levanta, toma aire varias veces y comienza a moverse por la estancia, frotándose las manos; necesita caminar para ordenar sus ideas.
—Si lo que me estás preguntando es si sabía de su existencia …
—plantea mirando a su hermana—, sí. Mi padre era un alto cargo de la Sociedad y, como ya sabes, en la casa de campo he presenciado muchas de las reuniones, además de otras cosas —sugiere antes de quedarse en silencio— que no vienen al caso.
Pero si tu pregunta es más bien si yo era conocedora de su vínculo familiar conmigo —coge una bocanada de aire—, la respuesta es no.
Sus palabras salen con un poco de rencor.
—Nora, no te ofendas, pero hay muchas cosas que sabes y que me ocultas.
—Cami… —Suspira y se vuelve a sentar junto a su hermana—. ¿De qué serviría que yo te contara las cosas que he vivido? Dime.
—De mucho. Quiero entender.
—¿Qué es lo que quieres saber exactamente? Jamás entenderás mi vida, Camila —le dice, ahora sí, con tono de reproche—. Porque no has vivido lo que yo viví, porque no te han obligado a ver y hacer cosas que… —la voz se le quiebra— que no deberían ni tan siquiera existir.
—Lo siento, Nora. Discúlpame, no era mi intención… Es solo que hay algo en mí que me insta a querer saber. Pero tienes razón, y lo único que quiero de ti es todo lo referente a la Nora del presente.
Ambas se quedan en silencio, de esos silencios que pesan porque el pasado que ambas acarrean no es fácil, ni sencillo.
Morris vuelve la vista hacia las cartas y le hace entrega de una.
—Toma, esta es para ti.
Nora la coge y le da vueltas entre las manos, la nota bastante abultada.
—Llévatela a casa y léela cuando quieras…, o no lo hagas. —Su hermana sonríe sin insistir—. Esta es la mía —afirma, cogiéndola y colocándola en un lateral del sofá.
Se dispone a coger el paquete envuelto en el pañuelo. Deja la caja de cartón en el suelo y se lo coloca en el regazo.
—Es la hora —anuncia tocando el paquete—. Ya no hay marcha atrás.
Nora asiente y sonríe para alentarla.
Desata el nudo y, frente a ellas, se muestra un diario de color verde oscuro, muy antiguo y sucio, con las letras P. M. grabadas a mano en la parte delantera.
Morris abre el diario por la primera página, aguantando la respiración. Las lágrimas se agolpan en sus ojos al reconocer la letra de su padre y un nudo se le forma en el estómago.
Nora se acerca, colocando su cuerpo junto al de su hermana para poder abrazarla en un gesto protector. Ella es consciente de que es un momento muy importante en la vida de Camila.
—¿Necesitas estar sola?
La inspectora niega con la cabeza.
—No sé quién era mi padre —escupe las palabras con rabia.
—Cariño… —Nora le coge la cara para que la mire—, tu padre es tu padre. El que te crió, el que te dio amor incondicional, el que te protegió, el que te amó junto a tu madre. Este —dice, señalando el diario— es otro Pedro, el que fue antes de que tú llegaras a su vida.
—No era quien decía ser. —Se zafa de las manos de su hermana y se levanta, enfadada. La herida continúa abierta.
—Podemos volver a cerrar la caja y olvidarnos de todo —sugiere su hermana.
Camila se la queda mirando con los brazos cruzados y furia en la mirada, apretando la mandíbula.
En su interior vuelve a sentir la rabia que sintió cuando se enteró de que su padre, aquel hombre afable y cariñoso que la apoyó para que fuera policía, en realidad formaba parte de un pasado que la había roto en dos.
Le había mentido, toda su vida había sido un engaño.
¿Cómo un padre puede hacerle eso a su hija?
Las imágenes de su pasado olvidado vuelven una y otra vez a su mente, llenándola de rabia.
—Él te quería, Cami, me pidió que te protegiera. Luchó para que estuvieras fuera. ¿Eso no cuenta?
La mirada de Morris se dulcifica un poco al escuchar las palabras de su hermana. Se muerde el labio inferior y se vuelve a sentar a su lado.
—Nora —empieza, pero toma aire—, esto no es fácil. No sé quién era. Y lo peor de todo es no saber qué es lo que hizo.
—Te entiendo. Pero te aseguro que tu padre te quería por encima de todo.
Morris se queda mirando a su hermana.
No está lista para leer la carta.