Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 2
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Capítulo 2

Alicante - París

—¿E stará bien? —pregunta de golpe Medina, ajustándose el cinturón en un gesto casi automático, reflejo de su propio nerviosismo.

Su mujer, Maite, que está sentada en el asiento de en medio del avión que los llevará a París, lo mira entrecerrando los ojos y negando con la cabeza.

—La niña está feliz de poder estar con los yayos, ni se va a dar cuenta de nuestra escapada.

—Ya, bueno… —refunfuña—, pero…

—¡Gabi! —suelta en una carcajada—. ¡Son tres días!

Ella sigue riendo y su marido la mira arrugando la nariz; pero finalmente le coge la mano y le da un beso sonoro, haciendo que vuelva a negar con la cabeza.

—Tienes razón, son nuestras primeras vacaciones solos desde que nació Lucía. ¡Nos lo merecemos! —Maite se acurruca sobre él y le da un beso—. Tengo ganas de pasear por los Campos Elíseos contigo, cariño. Sin mirar el reloj, sin pensar en el tiempo.

—Sin el móvil —recalca su mujer.

—Sin el móvil —repite él con los ojos muy abiertos—. Te prometo que lo apagaré en cuanto aterricemos y lo dejaré en el hotel.

—No te creo… —Ella chasquea la lengua, alejándose de él y cruzándose de brazos.

—Te lo prometo. Lo volveré a encender cuando aterricemos de nuevo en Alicante.

Medina cumple, saca el teléfono, lo apaga con un gesto firme mostrándoselo y se lo guarda en el bolsillo interior de su chaqueta.

Maite sonríe, se acerca a él de nuevo y apoya su cabeza en su hombro.

Se quedan en silencio, absortos en el murmullo de los pasajeros del avión mientras admiran el blanco de las nubes a través de la ventanilla.

«Señores pasajeros, les habla el comandante.

Nos complace informarles de que hemos iniciado el descenso hacia el aeropuerto de París-Orly.

La temperatura en tierra es de 22 grados centígrados, con cielo parcialmente nublado.

Les rogamos abrocharse los cinturones, colocar sus respaldos en posición vertical y asegurar sus pertenencias.

En nombre de la tripulación, les damos las gracias por volar con nosotros y les deseamos una excelente estancia en París».

El taxi los deja frente al hotel Brume Parisienne que está situado en el distrito XII.

Es una zona relativamente céntrica, pero sin tanto turista, y además cuenta con una estación de metro a tan solo doscientos metros.

El edificio se sitúa entre dos fachadas más modernas, conservando sus contraventanas de madera pintadas en gris perla y una marquesina de hierro forjado que cubre la entrada principal.

Maite sale del vehículo con una sonrisa de emoción en la cara mientras Medina paga al conductor, coge la maleta y revisa el asiento trasero para comprobar que no se deja nada, defecto de profesión.

—¡Uaaah! —exclama Maite—. El hotel parece muy lujoso, Gabi.

Su marido la mira y amplía su sonrisa, dejando ver sus hoyuelos; disfruta viendo feliz a su mujer. Ella se agarra de la mano de él, tirando con cariño para entrar juntos al edificio.

El vestíbulo del hotel huele a madera y flores frescas. Las paredes están cubiertas por paneles de roble envejecido y una alfombra burdeos recorre el suelo hasta el mostrador de recepción, donde una lámpara de cristal proyecta reflejos cálidos. El ambiente es muy romántico.

A la derecha, hay dos sillones de terciopelo verde frente a una chimenea apagada y, sobre ella, descansa un espejo antiguo con molduras doradas.

Maite se detiene un instante, recorriendo el lugar con la mirada, emocionada.

—Es como entrar en otra época —susurra. Medina asiente, apretándole la mano, y ambos se acercan al mostrador, donde una recepcionista joven les da la bienvenida.

— Bonjour, madame, bienvenue à l’hôtel Brume Parisienne. Avez-vous une réservation ?

— Oui, bien sûr. Au nom de Gabriel Medina. C’est pour trois nuits, avec demi-pension.

Los tíos de Maite viven en Francia desde que ella era pequeña y pasaba sus veranos en Marsella. Ella decía que había perdido la práctica, pero Medina la mira embobado cuando habla.

Mientras la recepcionista teclea con firmeza sobre el ordenador con semblante serio, buscando la reserva a nombre de Gabriel Medina, su mujer tamborilea los dedos sobre el mostrador.

—Muy bien… Ah, sí, veo la reserva. Habitación 327, situada en el tercer piso. Tienen incluido el desayuno. Veo que viene de España, habla usted muy bien en francés

—Gracias —sonríe Maite—. Esta es nuestra primera visita a París.

—¡Sean bienvenidos! La temperatura actual es de 18 grados y se prevén lluvias para esta noche, tomen precauciones —dice, y les entrega la tarjeta—. El ascensor está justo detrás. Si necesitan cualquier cosa, estoy a su disposición.

—Habitación 327 —repite Maite moviendo la tarjeta de color blanco con el logotipo del hotel frente a su marido, pero este sigue mirándola con cara de bobo.

—¿Qué pasa? —Frunce el ceño.

—Tú —contesta acercándose a su esposa—. Tú hablando francés, eso es lo que pasa.

Ella sonríe, le abraza y le da un beso sonoro en los labios.

—Venga, macho man , vamos para la habitación que necesito una ducha y salir a tomar un vino.