Medianoche (Librería Luz de Luna 1) Medianoche, otra vez #4
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Medianoche, otra vez #4

Aquella noche Clara cerró el café a las diez. Entró en Luz de Luna con una botella de vino y dos vasos.

—¿Celebramos algo?

—Sí.

—¿Qué?

—Nada.

Daniel sonrió.

—Mi celebración favorita.

Se sentaron junto al escaparate. Miga ocupó el sofá.

—Ese era mi sitio —dijo Daniel.

El gato no se movió. Clara sirvió vino.

—¿Has hablado con Arturo?

—Esta mañana.

—¿Y?

—Todo terminado.

—¿Todo?

—Herencia, negocio, seguros, papeles.

Levantó el vaso.

—Legalmente soy librero.

—Qué romántico.

—Muchísimo.

Bebieron. Fuera llovía suavemente. Era la pri-mera lluvia normal que Daniel veía desde que había llegado.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo.

—¿Qué?

—Que empiezo a conocer a la gente.

—Terrible.

—Sé qué lee Teresa.

—Novela histórica y cualquier cosa que pueda criticar.

—Ramón.

—Oeste.

—Pilar.

—Biografías.

—El niño de los dragones...

—Dragones.

—Ese era fácil.

Daniel sonrió.

—Antes podía pasar una semana entera sin hablar con nadie fuera del trabajo.

Clara lo miró.

—¿Lo echas de menos?

Daniel pensó.

—A veces.

—Eso está bien.

—¿Sí?

—No tienes que odiar tu vida anterior para prefe-rir esta.

Daniel levantó el vaso.

—Otra frase de Gabriel.

—No.

—¿Tuya?

—Mía.

—Buena.

—Gracias.

Permanecieron en silencio. La lluvia golpeaba el cristal. Miga dormía. Las lámparas daban a la librería una luz cálida.

Daniel miró a Clara.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Depende.

—¿Por qué te quedaste realmente?

—Ya te lo conté.

—Me contaste por qué regresaste.

Clara giró el vaso entre las manos.

—No es lo mismo.

—No.

Ella pensó.

—Porque aquí podía ser alguien que me gustaba más.

Daniel esperó.

—En Madrid siempre tenía prisa. Siempre inten-taba llegar a algo. Un trabajo mejor. Más dinero. Otro piso. Otra cosa.

—¿Y aquí?

Clara miró hacia su café.

—Aquí dejé de correr.

Daniel sonrió.

—Eso es peligrosamente profundo.

—Culpa del vino.

—Seguro.

Clara lo miró.

—¿Y tú?

—¿Por qué me quedo?

—Sí.

Daniel tenía muchas respuestas. Gabriel. La libre-ría. Valdelumbre. Los libros. Los clientes nocturnos. Lucía. León. Miga. Clara. Pero ninguna era exacta-mente correcta.

—Porque cuando llegué pensaba constantemente en cuándo me iría.

Clara esperó.

—Y ahora no.

Ella sonrió.

—Me parece una buena razón.

A las once y media Clara se levantó.

—Me voy.

Daniel miró la lluvia.

—Está lloviendo.

—Vivo a cuatro calles.

—Puedo acompañarte.

—Eres el librero.

—¿Y?

Clara señaló el reloj. 23:31.

—Puede venir alguien.

Daniel sonrió.

—Eso no ocurre todas las noches.

—No.

Clara se puso el abrigo. Daniel la acompañó hasta la puerta.

—Buenas noches.

—Buenas noches, librero.

Clara abrió. Se detuvo. Volvió la cabeza. Le dio un beso en la mejilla. Nada espectacular. Breve. Cálido. Después salió.

Daniel permaneció en la puerta.

—Buenas noches —repitió, un poco tarde.

Clara levantó una mano sin volverse. Daniel cerró. Miga estaba detrás. Mirándolo.

—Ni una palabra.

El gato se sentó.

—No me mires así.

Miga parpadeó.

—No ha significado nada.

El gato se lamió una pata. Daniel apagó la luz de la entrada.

—Absolutamente nada.

Miga continuó limpiándose.

—Eres insoportable.

23:58.

Daniel estaba detrás del mostrador. Había adqui-rido la costumbre de esperar hasta las doce antes de subir. No porque siempre ocurriera algo. Porque le gustaba aquel momento. La librería vacía. El silen-cio. La sensación de que el día había terminado pero quizá todavía no del todo.

23:59.

Daniel miró el reloj. Recordó su primera noche. El miedo. La carta.

Si oyes la campanilla después de las doce, no abras la puerta.

Sonrió. Gabriel sabía perfectamente que termina-ría abriéndola.

00:00.

La campanilla sonó. Tres veces. Daniel levantó la mirada.

Al otro lado del cristal había un hombre joven. Llevaba una maleta. Parecía agotado. Miró el cartel.

CERRADO.

Después a Daniel. Dudó. Daniel se levantó. Caminó hasta la puerta. Abrió. El joven señaló el car-tel.

—Perdone. Pensaba que estaba abierto.

Daniel miró el reloj.

—Lo está.

—Pero pone cerrado.

—Ese cartel no sirve después de medianoche.

El joven pareció confundido.

—Busco un libro.

Daniel sonrió.

—Ha venido al lugar correcto.

—El problema es que no sé cuál.

—Eso también ocurre bastante.

El joven entró. Miga apareció desde el fondo. La campanilla sonó cuando Daniel cerró.

—¿Cómo se llama? —preguntó el joven.

Daniel estuvo a punto de responder. Después recordó la regla. No hacía falta saber de dónde venía. Ni quién era. Todavía.

—Daniel.

El joven miró las estanterías.

—Nunca había visto una librería así.

—Yo tampoco hasta hace unas semanas.

—¿Es usted el dueño?

Daniel pensó en Gabriel. En Ernesto. En todos los nombres del registro.

—Algo así.

El joven sonrió.

—¿Y es el librero?

Esta vez Daniel no dudó.

—Sí.

Caminó detrás del mostrador. Miga saltó a su sitio habitual. Daniel apoyó las manos sobre la madera.

—Buenas noches.

Miró al joven. Y pronunció las palabras que, sin saberlo, llevaba mucho tiempo esperando decir.

—Bienvenido a Luz de Luna.

Hizo una pequeña pausa.

—¿Qué libro está buscando?

En algún lugar de la librería, una estantería crujió. Un libro cayó al suelo.

Daniel sonrió. Medianoche acababa de empezar.