Medianoche, otra vez #3
—Él no lo olvidó.
—Lo sé.
Daniel le mostró la novela.
—Guardó esto casi veinticinco años.
Clara abrió la primera página. Leyó la dedicato-ria.
—Parece que empezó pronto.
—¿Qué?
—A convertirte en librero.
Daniel sonrió.
Aquella tarde Daniel puso la novela en una estan-tería detrás del mostrador. No estaba a la venta. Debajo colocó una fotografía de Gabriel. No una solemne. Eligió una en la que estaba riendo. Cha-queta demasiado grande. Libro bajo el brazo. Miga sentado a sus pies.
Clara la miró.
—Le habría gustado.
—Probablemente habría protestado.
—También.
Daniel escribió una pequeña tarjeta.
GAbrIEL FERRER
Librero de Luz de Luna, 1989-2026.
Pensó. Añadió:
Sabía encontrar libros.
Clara sonrió.
—Eso basta.
—Sí.
Daniel colocó la tarjeta.
A las siete cerró. No porque quisiera. Porque había algo que hacer.
Subió al piso. Entró en la habitación de Gabriel. Hasta entonces apenas la había tocado. La cama. La ropa. Los libros. Objetos personales. Había mante-nido todo igual.
Ahora abrió la ventana. Entró aire fresco. Quitó las sábanas. Empezó a guardar ropa. No tiró nada. Hizo cajas. Una para donar. Otra para conservar. Otra para decidir más adelante.
Encontró monedas. Bolígrafos. Un calcetín sin pareja. Tres marcapáginas. Un caramelo que proba-blemente llevaba allí desde el siglo anterior.
—Esto sí se va.
Miga observaba desde la puerta. Daniel abrió el armario. Una chaqueta de Gabriel seguía colgada. Grande. Marrón. La sacó. Por un momento pensó en guardarla. Después la dobló. Caja de conservar.
No necesitaba dejar la habitación intacta para recordar a Gabriel.
Aquella fue quizá la cosa más difícil que había entendido durante toda la semana. Recordar no era impedir que algo cambiara. Eva y su planta se lo habían enseñado sin saberlo. Trasplantar no signifi-caba abandonar.
Daniel trabajó hasta las diez. Cuando terminó, la habitación parecía distinta. Vacía. Pero no triste. Dis-ponible. Para otra cosa. Todavía no sabía cuál.
Cerró la puerta.
A medianoche no bajó. No porque no quisiera. Porque estaba agotado. Durmió. Y Luz de Luna no lo despertó.
A la mañana siguiente encontró una nota debajo de la puerta de la librería. No era mágica. Estaba escrita con bolígrafo azul.
Daniel:
He puesto la casa en venta.
Acepté el trabajo.
La planta sigue horrible, pero he plantado las semillas.
Gracias.
Eva.
Daniel sonrió. Guardó la nota. Al lado de la maceta que había plantado unos días antes. La tierra seguía vacía.
—No parece que vaya muy bien.
Clara entró con café.
—Dale tiempo.
Daniel miró la maceta.
—Eso me dice todo el mundo últimamente.
—Por algo será.
Tomaron café junto al escaparate. Fuera empe-zaba otro día en Valdelumbre.
—He pensado cambiar algunas cosas —dijo Daniel.
Clara lo miró con preocupación fingida.
—¿En Luz de Luna?
—Sí.
—Gabriel va a perseguirte.
—Está muerto.
—Eso ya no me parece un argumento convin-cente.
Daniel rio.
—Quiero arreglar el piso de arriba.
—Bien.
—Actualizar la web.
—Muy bien.
—Crear un pequeño rincón para tomar café.
Clara lo miró.
—Cuidado.
—¿Qué?
—Eso es competencia.
—El café será gratis.
—Entonces es competencia desleal.
—También quiero organizar presentaciones. Club de lectura. Actividades infantiles.
Clara sonrió.
—Tienes planes.
Daniel se quedó pensativo.
—Sí.
Era extraño. Hacía una semana sus planes consis-tían en vender un edificio. Ahora tenía demasiados.
Clara señaló la maceta.
—Mira.
Daniel bajó la vista. Una pequeña punta verde acababa de atravesar la tierra.
—No estaba ahí hace un minuto.
—Seguro que sí.
—No.
—Daniel.
—La estaba mirando.
Clara sonrió.
—Entonces quizá sea magia.
Daniel observó el diminuto brote.
—O quizá simplemente ha crecido.
—También.
Daniel tocó con cuidado la tierra. No necesitaba decidir cuál de las dos explicaciones era correcta. Eso también era nuevo.
Miga saltó al escaparate. Clara regresó al café. Daniel abrió la puerta. Giró el cartel.
ABIERTO.
Antes de entrar, miró hacia arriba. Las letras doradas brillaban con el sol.
LIbrERÍA LUZ DE LUNA
Por primera vez no pensó en Gabriel. No porque lo hubiera olvidado. Precisamente porque ya no necesitaba aferrarse a él.
Entró. Había trabajo. Y Daniel tenía la extraña sensación de que aquello era exactamente lo que quería.
CAPÍTULO 18
Medianoche, otra vez
Tres semanas después, Daniel dejó de contar los días. Eso le pareció una buena señal.
Había descubierto que una librería tenía su pro-pio calendario.
Los lunes llegaban cajas. Los martes Teresa protestaba porque alguien había cambiado de sitio las novelas históricas.
Los miércoles el niño de los dragones aparecía después del colegio.
Los jueves Clara cerraba antes y cenaban juntos.
Los viernes Luz de Luna se llenaba. Los sábados Daniel se preguntaba por qué había decidido dedicarse a aquello.
Y los domingos, cuando cerraba al mediodía y se sentaba junto al escaparate con un libro y un café, recordaba la respuesta. Le gustaba. No todos los días. No todo. Pero le gustaba. Y había descubierto que eso era suficiente.
La librería también había cambiado. No mucho. Daniel había aprendido rápidamente que modificar Luz de Luna sin consultar a nadie era complicado. No porque la librería protestara. Porque protestaba Valdelumbre.
Cuando intentó mover el sofá verde, Teresa dijo:
—Ahí ha estado siempre.
—Eso no es un argumento.
—Sí lo es.
Ramón estuvo de acuerdo. Don Elías también. Incluso Clara. El sofá se quedó.
Daniel consiguió, sin embargo, crear un pequeño rincón con una mesa, cuatro sillas y una cafetera nueva. La cafetera de Gabriel ocupaba ahora una estantería. Debajo había una tarjeta:
OBJETO HISTÓRICO. NO UTILIZAR.
Clara había añadido con bolígrafo:
POR SEGURIDAD PÚBLICA.
Daniel lo dejó.
También actualizó la página web. La nueva por-tada decía:
LIbrERÍA LUZ DE LUNA
Libros nuevos, usados y algunos difíciles de
explicar.
Clara opinó que la última parte era arriesgada. Daniel dijo que era publicidad honesta.
Las ventas aumentaron ligeramente. No sabía si por la web. Quizá por la fiesta. Quizá porque Teresa había contado a todo Valdelumbre que Daniel final-mente había demostrado ser «aceptable». Aquello parecía constituir una certificación oficial.
El brote de la maceta había crecido. Tenía cuatro hojas. Daniel lo mantenía junto al escaparate. Cada mañana comprobaba la tierra. Regaba poco. Espe-raba.
Eva había enviado una postal. En el anverso apa-recía una ciudad junto al mar. En el reverso:
La planta original no sobrevivió.
Yo sí.
Y estoy bien.
Daniel guardó la postal en el cuaderno de Gabriel. No sabía si aquello formaba parte del trabajo de un librero. Pero le pareció que debía conservarla.
También había recibido otra postal. Esa era más difícil de explicar. Mostraba una casa junto a un bos-que violeta. En el cielo había dos lunas. Detrás ponía:
Mara tiene nueve años.
Me recordó.
Gracias.
León.
Daniel se la enseñó a Clara.
—¿Dónde se envía una postal así?
—No lo sé.
—¿Y quién la entrega?
—Tampoco.
El sello mostraba un pájaro con cuatro alas. Daniel decidió añadirlo a la lista de cosas que no necesitaba comprender inmediatamente. La lista empezaba a ser larga.
Ofelia no había regresado. No debía hacerlo durante siete años.
Don Elías sí. Su reloj ahora solo atrasaba dos minutos. Se negaba a explicar cómo.
Lucía había enviado una carta. Esa sí llegó por correo normal. Había incluido un dibujo. Ella, sus padres, Daniel y Miga delante de Luz de Luna. Sobre Daniel había escrito:
EL LIbrERO QUE ENCUENTRA NOMbrES.
Daniel colocó el dibujo detrás del mostrador. El niño de los dragones protestó porque el suyo estaba más abajo. Daniel tuvo que reorganizar la pared. Aquello provocó que Teresa opinara sobre la deco-ración. Una hora después, Daniel se arrepentía de haber empezado.
Había noches en que nadie llegaba. Otras, sí.
Un hombre que buscaba un diccionario de una lengua que Daniel nunca había oído.
Una anciana que pagó una novela con un botón de nácar.
Dos hermanos que parecían tener exactamente la misma edad pese a afirmar que habían nacido con veintitrés años de diferencia.
Una mujer que compró un libro completamente blanco.
Un niño que dejó a cambio una piedra azul.
Daniel anotaba todo en el registro. No siempre entendía. Había dejado de necesitarlo.
Regla diez.
Cuando no sepas qué hacer, recuerda que esto sigue siendo una librería.
Aquella era su favorita. Después de la once. La del vómito. Esa había demostrado ser sorprendente-mente útil.
Un viernes por la tarde recibió una llamada de Luis, su antiguo jefe.
—¿Sigues vivo?
Daniel sonrió.
—De momento.
—¿Qué tal la crisis de los cuarenta?
—Bien.
—¿Sigues con la librería?
Daniel miró alrededor.
—Sí.
—Pensé que durarías una semana.
—Yo también.
—¿Te arrepientes?
Daniel pensó. Había ganado aquel mes bastante menos de lo que ganaba antes.
Trabajaba más horas. Había cargado cajas.
Limpiado vómito. Discutido con proveedores.
Perseguido a Miga después de que robara jamón a un cliente.
Había cruzado una puerta imposible. Había ayudado a una niña a recuperar su nombre.
Y algunas noches se despertaba pensando que quizá había perdido completamente la cabeza.
—No.
La respuesta salió sencilla.
—Entonces me alegro.
—Gracias.
—Si algún día quieres volver...
Daniel miró la librería.
—Lo sé.
Y agradeció saberlo. No porque pensara hacerlo. Porque quedarse era más fácil cuando sabías que no estabas atrapado.