Medianoche (Librería Luz de Luna 1) El libro invisible
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El libro invisible

EPÍLOGO

La caja permaneció debajo del mostrador durante treinta días.

Daniel había dejado de contar los días. Salvo esos. Estaba orgulloso. Treinta días sin abrirla. Treinta días sabiendo que contenía un libro que podía tocar pero no ver. Treinta días resistiendo la tentación. El día treinta y uno, dejó de estar orgulloso. La caja desapareció.

—Miga.

El gato estaba en el escaparate.

—¿Dónde está?

Miga bostezó. Daniel se arrodilló. Miró debajo del mostrador. Nada. Abrió los cajones.

Nada. Revisó el almacén. Nada.

—No puede desaparecer una caja.

Se detuvo. Miró alrededor.

—Retiro lo dicho.

En Luz de Luna, aquello era perfectamente posi-ble.

Buscó durante toda la mañana. Clara entró a las once.

—¿Qué has perdido?

—Nada.

—Entonces ¿por qué estás mirando debajo del sofá?

Daniel se levantó.

—La caja.

Clara comprendió.

—El libro invisible.

—Sí.

—Quizá alguien se lo llevó.

—La librería estaba cerrada.

Clara lo miró.

—Daniel.

—Sí. Ya sé que ese argumento aquí no sirve.

Miga pasó entre ellos.

—Estoy seguro de que sabe algo.

—Es un gato.

—Es ese gato.

Clara no pudo discutirlo. Daniel miró el reloj.

—Tengo que abrir.

Giró el cartel.

ABIERTO.

—Lo buscaré después.

No tuvo ocasión. Entraron clientes. Después más.

Un proveedor llamó. Llegaron tres cajas.

Teresa apa-reció para devolver un libro que no le había gustado y explicó durante quince minutos por qué.

El niño de los dragones preguntó cuándo llegaría el quinto.

Daniel respondió que primero debía leer el cuarto.

El niño explicó que ya lo había terminado.

A las dos, Daniel había olvidado momentánea-mente el libro invisible. A las seis lo recordó. A las ocho volvió a olvidarlo. A las nueve cerró.

Clara apareció con cena.

—¿Lo has encontrado?

—No.

—¿Preocupado?

Daniel pensó.

—Un poco.

—Eso significa mucho viniendo de ti.

—Estoy aprendiendo a convivir con cosas que no entiendo.

—Progreso.

Cenaron. Hablaron de la librería. Del club de lec-tura que Daniel quería organizar. De una mesa que Clara insistía en que debía cambiar. De si el sofá verde era realmente intocable.

—Lo es —dijo Clara.

—No entiendo vuestra obsesión con ese sofá.

—Forma parte de Luz de Luna.

—Tiene un muelle que intenta asesinarme.

—Tradición.

A las diez y media Clara se marchó. Esta vez no hubo beso. Daniel se sorprendió al notar cierta decepción.

—Estás perdiendo el juicio —murmuró.

Miga maulló.

—No necesito tu opinión.

A las once subió. Leyó un rato. A las once cin-cuenta y cinco cerró el libro.

—No voy a bajar.

Miga saltó de la cama.

—Ni lo intentes.

El gato salió. Daniel permaneció tumbado.

11:57.

—No.

11:58.

Silencio.

11:59.

Daniel miró el techo.

—Soy un adulto.

00:00.

La campanilla sonó. Daniel sonrió.

—Y un librero.

Bajó.

No había nadie en la puerta. Eso ya había ocu-rrido antes. Daniel abrió. La calle estaba vacía. Noche despejada. Sin lluvia. Sin figuras misteriosas. Sin paquetes. Miró al suelo. Nada.

—Muy gracioso.

Cerró. La campanilla volvió a sonar. Daniel miró. La puerta no se había movido.

—¿Hola?

Nada. Entonces escuchó un golpe.

Pum.

No venía del sótano. Venía del mostrador. Daniel se acercó. Otro.

Pum.

Abrió un cajón. Vacío.

Pum.

El sonido procedía de debajo. Daniel se agachó. La caja estaba allí. Exactamente donde había estado durante un mes.

—No.

La sacó.

—He mirado aquí veinte veces.

Miga se sentó frente a él. Daniel colocó la caja sobre el mostrador.

—¿La has devuelto tú?

Miga empezó a lavarse.

—Pregunta estúpida.

Daniel levantó la tapa. Vacía. Al menos para sus ojos. Introdujo una mano. Sus dedos tocaron la cubierta. Seguía allí.

Sacó el libro. La imagen era absurda. Sus manos parecían sujetar aire. Notaba el peso. El lomo. Las páginas. Incluso podía olerlo. Papel antiguo. Cuero. Polvo. Pero no veía nada.

—Muy bien.

Lo colocó sobre el mostrador.

—Vamos a hacer esto.

Miga retrocedió. Daniel se detuvo.

—¿No?

El gato no bufó. Simplemente se sentó a cierta distancia. Daniel recordó la primera vez. Miga había reaccionado mal cuando apareció el paquete. Ahora parecía más curioso que asustado.

—Eso interpretaré como un «ten cuidado».

Daniel buscó el cuaderno de Gabriel. Regla ocho.

SI UN LIbrO TE LLAMA POR TU NOMbrE,

NO LO AbrAS SOLO.

—Técnicamente no me ha llamado.

Esperó. Nada.

—Y técnicamente no estoy solo.

Miró a Miga.

—Estás tú.

El gato se alejó.

—Cobarde.

Daniel tocó la cubierta invisible. Intentó abrirla. No pudo.

—¿Cerradura?

Pasó los dedos por el borde. Encontró algo. Una pequeña hendidura.

Con forma de media luna. Daniel dejó de respi-rar.

Sacó del bolsillo la antigua llave de Gabriel. La misma que había abierto la estantería trece. La acercó. Encajaba.

—Claro.

Giró.

Clic.

El libro se abrió. Daniel retiró la llave. La primera página seguía siendo invisible. Pasó los dedos. Notó papel. Nada más.

—Esto va a ser complicado de leer.

Entonces apareció una palabra. No sobre el libro. En el aire. Como tinta suspendida.

DANIEL.

Daniel se quedó inmóvil. Miró el cuaderno. Regla ocho.

—Perfecto.

Cerró inmediatamente el libro. La palabra des-apareció.

—No.

Miga regresó.

—Gabriel dijo que no lo abriera solo.

El gato se sentó.

—Y tú no cuentas.

Miga pareció ofendido.

—Mañana, con Clara.

Guardó el libro en la caja. Cerró. La empujó debajo del mostrador.

—Hasta mañana.

Apagó la luz. Subió dos escalones. Se detuvo. Algo había cambiado. Regresó.

Sobre el mostrador había una hoja. No estaba antes. Daniel la tomó. Era una página arrancada de algún libro. Solo había una frase.

SI PUEDES LEER ESTO, EL LIbrO YA TE HA

VISTO.

Daniel miró la caja.

—No.

Otra frase apareció.

Y AHORA TE ESTÁ BUSCANDO.

Daniel dio un paso atrás. Desde el sótano llegó un ruido. No un golpe. Una página pasando. Después otra. Y otra. Cientos de páginas. Miles. Como si todos los libros de la estantería trece hubieran empezado a abrirse al mismo tiempo.

Daniel miró el reloj. 00:07.

Miga corrió hacia el sótano.

—¡Miga!

Daniel fue detrás. La puerta estaba abierta. Bajó. La estantería trece había aparecido. Todos los libros permanecían cerrados. El ruido había cesado.

Daniel recorrió los lomos. Entonces lo vio. El espacio vacío. La etiqueta que había descubierto durante su segunda noche.

Ya no estaba vacío. Daniel no veía ningún libro. Pero el hueco tenía algo diferente. Extendió la mano. Tocó una cubierta.

Daniel se quedó inmóvil. La caja seguía arriba. El libro estaba dentro. Estaba seguro.

Corrió al mostrador. Abrió la caja. El libro invisi-ble seguía allí. Volvió al sótano. Introdujo la mano en el hueco. Otro libro. También invisible.

—Hay dos.

Miga maulló. Daniel negó.

—No.

Una tarjeta cayó desde la estantería. Daniel la recogió. Reconoció inmediatamente la letra de Gabriel. Solo había cuatro palabras.

NUNCA HUBO UNO SOLO.

Daniel levantó la mirada. Algo crujió detrás de la estantería. Después otro hueco apareció. Y otro. Pequeños espacios vacíos entre los libros. Uno. Dos. Tres. Daniel contó. Seis.

En cada uno podía tocar algo que no podía ver. Seis en la estantería. Y uno más arriba, en la caja. Siete libros invisibles.

Miga bufó. Daniel sostuvo la tarjeta. En el reverso apareció lentamente una última frase.

Y FALTA EL OCTAVO.

Daniel miró los siete espacios. Después hacia las escaleras. Arriba, la campanilla de la puerta sonó. Una vez. Dos. Tres.

Daniel sonrió. No porque aquello tuviera gracia. Sino porque empezaba a conocer la librería. Guardó la tarjeta en el bolsillo.

—Vamos, Miga.

Subió. La campanilla volvió a sonar. Daniel llegó a la puerta.

Al otro lado había una mujer. Llevaba un abrigo blanco. En las manos sostenía algo que Daniel no podía ver. Pero reconoció inmediatamente la forma en que lo sujetaba. Un libro.

Daniel abrió. La mujer lo miró.

—¿Es usted el librero de Luz de Luna?

Daniel observó sus manos aparentemente vacías. Después sonrió.

—Sí.

La mujer levantó aquello que no podía verse.

—Entonces creo que esto le pertenece.

Daniel abrió la puerta un poco más. Miga se sentó a su lado. La mujer entró. La campanilla sonó.

Y en algún lugar de la librería, una página que nadie podía ver empezó a escribir la siguiente histo-ria.

FIN

LIbrERÍA LUZ DE LUNA

continuará en:

EL LIbrO INVISIBLE