Medianoche (Librería Luz de Luna 1) Valdelumbre #4
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Valdelumbre #4

Contó. 1. 2. 3. Hasta 12. 14. No había caja 13.

—Muy gracioso.

Miga salió de su caja. Caminó hacia el sótano.

—Ni hablar.

Miga continuó. Daniel lo siguió.

La estantería trece estaba visible. En el suelo había una caja. Número 13.

—Por supuesto.

La abrió. Solo contenía tres libros. El primero:

EL ARTE DE EMPEZAR DE NUEVO

El segundo:

PEQUEÑO MANUAL PARA QUEDARSE

Daniel resopló.

—Sutil.

El tercero estaba envuelto en papel marrón. Lo abrió. No tenía título. Cubierta azul. Daniel sintió cierta inquietud.

Lo abrió. Primera página. Una frase.

EL PRÓXIMO LIbrERO SE HA PERDIDO.

Daniel dejó de respirar. Era el libro. El que había escrito su nombre siete años antes.

Pasó página.

SE LLAMA DANIEL.

Otra.

EL PRÓXIMO LIbrERO CREE QUE ESTÁ

BIEN.

Otra.

EL PRÓXIMO LIbrERO HA APRENDIDO A

NO NECESITAR A NADIE.

Otra.

EL PRÓXIMO LIbrERO YA NO RECUERDA

QUÉ ESTABA BUSCANDO.

Otra.

YA ESTÁ PREPARADO.

Daniel llegó a la última página escrita. Había una frase nueva.

EL LIbrERO HA LLEGADO.

Daniel se quedó mirando. No decía próximo. Decía el librero.

Pasó página. En blanco. Otra. En blanco.

—¿Eso es todo?

Una línea apareció.

NO.

Daniel esperó.

AHORA FALTA QUE ÉL LO SEPA.

—Empiezo a estar harto de los libros con opinio-nes.

Otra frase.

ESTO TAMBIÉN PASARÁ.

Daniel rio.

—Muy bien.

Cerró el libro. Entonces vio algo en el fondo de la caja. Una fotografía.

Gabriel y Daniel. Muchos años atrás. Daniel ten-dría quince o dieciséis. Estaban en una playa. Gabriel llevaba un sombrero ridículo. Daniel sostenía un libro.

Recordó aquel verano. Gabriel le había regalado su primera novela de aventuras. Daniel la había leído en dos días. Después otra. Y otra. Durante años había olvidado aquel detalle. Quizá su relación con los libros había empezado mucho antes de Luz de Luna.

En el reverso de la fotografía, Gabriel había escrito:

Siempre te gustaron las historias.

Solo se te olvidó.

Daniel guardó la fotografía en el bolsillo. Subió.

A las siete llamó a su jefe. Esta vez no envió un mensaje. Llamó.

—Daniel.

—Hola, Luis.

—Por fin. ¿Todo bien?

—Sí.

—¿Cuándo vuelves?

Daniel miró la librería.

—No voy a volver.

Silencio.

—¿Cómo?

Daniel respiró.

—Quiero dejar el trabajo.

—Espera. ¿Qué ha pasado?

—Nada.

—¿Tienes otra oferta?

Daniel miró a Miga.

—Algo parecido.

—Daniel, llevas nueve años aquí.

—Lo sé.

—¿Vas a tirar nueve años por la borda?

La pregunta le molestó. Después comprendió que, hasta hacía unos días, él habría dicho exacta-mente lo mismo.

—No los tiro.

—Entonces ¿qué haces?

Daniel miró las estanterías.

—Otra cosa.

Luis permaneció callado.

—¿Estás seguro?

Daniel iba a responder. Se detuvo. No. No estaba seguro. Pero quizá la seguridad no era necesaria.

—Sí.

Y por primera vez la palabra no le dio miedo.

Colgó. Se sentó. El corazón le latía demasiado rápido para alguien que simplemente acababa de hablar por teléfono. Había dejado un trabajo de nueve años.

—Creo que acabo de hacer una estupidez.

Miga saltó al mostrador.

—Gracias por el apoyo.

La puerta se abrió. Clara entró.

—¿Qué ocurre?

—He dejado mi trabajo.

Ella se quedó quieta.

—Ah.

—Otra vez «ah».

—Es una palabra muy útil.

—He rechazado la venta del edificio.

—Lo sé.

—He dejado el trabajo.

—Eso acabas de decir.

—Tengo cuarenta años y acabo de decidir que quiero vender libros en un pueblo de tres mil ocho-cientas personas donde las puertas persiguen niñas y los gatos aparecen en fotografías de 1989.

Clara lo pensó.

—Cuando lo dices así...

—Gracias.

—...suena bastante bien.

Daniel rio. Después la miró.

—Creo que me quedo.

Clara no respondió inmediatamente.

—Creo que ya lo sabías.

—No.

—Ayer sí.

—Yo no.

—Todos los demás sí.

—Eso es muy irritante.

—Valdelumbre.

Daniel miró alrededor.

—Me quedo.

Esta vez no dijo creo . Miga maulló.

—Tú cállate.

El registro estaba sobre el mostrador. Daniel lo abrió. La página seguía esperando.

EL PROPIETARIO PUEDE ELEGIR.

QUEDARSE.

MARCHARSE.

Clara se quedó a unos pasos. Daniel tomó la pluma.

—¿Tengo que firmar?

La tinta respondió.

BASTA CON ELEGIR.

—Qué dramático.

Daniel puso la punta sobre el papel. Marcó:

QUEDARSE.

Durante varios segundos no ocurrió nada.

—¿Ya está?

Las palabras desaparecieron. Una nueva línea empezó a escribirse.

DANIEL FERRER

LIbrERO DE LUZ DE LUNA

Debajo apareció la fecha. Y después:

BIENVENIDO A CASA.

Daniel sintió un nudo en la garganta. Clara apoyó una mano en su hombro.

Daniel cerró el registro.

—Necesito una cerveza.

—Eso puedo solucionarlo.

Caminaron hacia la puerta. Daniel apagó las luces. Miga se quedó en el escaparate.

—¿Vienes?

El gato no se movió.

—Como quieras.

Daniel salió. Cerró. Miró las letras doradas.

LIbrERÍA LUZ DE LUNA

Ya no parecía la librería de Gabriel. Tampoco parecía una propiedad heredada. Por primera vez parecía suya.

Clara empezó a cruzar la calle.

—¿Vienes?

Daniel se quedó unos segundos más.

—Sí.

Y la siguió.

Detrás de ellos, dentro de la librería vacía, el libro azul se abrió solo. Las páginas pasaron una tras otra. Hasta llegar a la última. Apareció una frase.

EL LIbrERO HA ENCONTRADO SU LUGAR.

La tinta se secó. Después apareció otra:

AHORA PUEDE EMPEZAR EL TRABAJO.