Valdelumbre #3
—Tenemos un problema.
—¿Qué?
—No sé cuánto cuesta.
Eva abrió el bolso.
—Tengo dinero.
—Eso no siempre sirve.
—¿Cómo?
—Nada. Déjeme pensar.
Buscó en el registro. No aparecía el título. En el ordenador tampoco.
—Perfecto.
Miga maulló.
—Tú no ayudas.
Eva tocó el bolsillo del abrigo.
—Tengo esto.
Sacó un pequeño sobre. Dentro había semillas.
—Son de la planta.
—¿Qué planta es?
—No lo sé. Mi madre tampoco lo sabía. Hacía esquejes y regalaba a todo el mundo.
Daniel miró las semillas. El libro se abrió solo. En una página apareció una frase:
PRECIO: UNA SEMILLA.
Daniel ya ni siquiera se sorprendió.
—Una.
Eva tomó una semilla. La dejó sobre el mostra-dor. Daniel le entregó el libro.
—Venta cerrada.
—¿Qué hará con ella?
Daniel miró la semilla diminuta.
—Probablemente matarla. Soy pésimo con las plantas.
Eva rio.
—Póngala en tierra.
—Eso ya lo sabía.
—Riegue poco.
—Bien.
—Y tenga paciencia.
—Eso será más difícil.
Eva tomó la maceta. Antes de salir se volvió.
—Gracias.
—No he hecho mucho.
—Ha escuchado.
Daniel pensó en la frase de Gabriel.
Los libros sirven para muchas cosas, pero casi siempre empiezan por la misma: ayudar a alguien a entender algo.
—Buenas noches, Eva.
—Buenas noches, librero.
La campanilla sonó. Eva salió. Daniel la vio ale-jarse. No desapareció. No hubo lluvia mágica. No cruzó ningún portal. Simplemente caminó calle abajo con una planta muerta y un libro.
—Eso ha sido casi normal.
Miga maulló. Daniel miró la semilla.
—Casi.
A la mañana siguiente plantó la semilla. Encontró una maceta pequeña en el patio. La llenó de tierra. Hizo un agujero. Dejó caer la semilla. Regó.
Clara apareció justo cuando terminaba.
—¿Qué haces?
—Jardinería.
—¿Tú?
—Tengo muchas habilidades ocultas.
Clara observó la maceta.
—Has puesto demasiada agua.
Daniel miró.
—Acabo de empezar.
—Ya vas mal.
—Qué apoyo.
Clara retiró un poco de agua.
—¿De dónde ha salido?
Daniel le contó lo ocurrido. Cuando terminó, Clara sonreía.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa sonrisa significa algo.
—Ya estás atendiendo clientes nocturnos solo.
—Una mujer compró un libro.
—A cambio de una semilla.
—Detalles administrativos.
Clara tocó la tierra.
—¿Y qué vas a hacer si crece?
—Ponerla en el escaparate.
—¿Y si no crece?
Daniel pensó.
—Volver a intentarlo.
Clara lo miró.
—Eso también es nuevo.
Daniel decidió ignorarlo.
Aquella mañana llegó una entrega de libros. Catorce cajas. Daniel las miró desde la puerta.
—No.
El repartidor consultó el albarán.
—Librería Luz de Luna.
—Sí.
—Entonces son suyas.
—¿Trece?
—Trece.
Daniel firmó. Las cajas acabaron formando una pequeña muralla junto al mostrador. Clara regresó al café.
Daniel abrió la primera. Novedades. La segunda. Infantil. La tercera. Historia.
Encontró las hojas de pedido de Gabriel. Había encargado aquellos libros semanas antes de morir.
—Incluso muerto me das trabajo.
Pasó toda la mañana clasificando. Descubrió algo inesperado. Le gustaba.
Abrir cajas. Encontrar títulos. Decidir dónde colo-carlos. Ver cubiertas nuevas. Leer contraportadas. Separar uno pensando en Teresa. Otro para Ramón. Una novela juvenil que probablemente gustaría al niño de los dragones cuando fuera un poco mayor.
Daniel se detuvo.
—Esto es grave.
Miga dormía dentro de una caja vacía.
—Estoy pensando en clientes.
El gato siguió durmiendo.
—Voluntariamente.
Nada.
—Necesito ayuda profesional.
A mediodía entró una mujer que Daniel no cono-cía.
—Buenos días. ¿Gabriel?
El silencio duró apenas un segundo. Daniel seguía sin acostumbrarse.
—Gabriel falleció.
La mujer se llevó una mano a la boca.
—Oh.
—Lo siento.
—No lo sabía.
—¿Hace tiempo que no venía?
—Casi un año.
Miró alrededor.
—¿Y usted?
—Daniel. Su sobrino.
—Lo siento mucho.
—Gracias.
La mujer pareció dudar.
—Entonces quizá vuelva otro día.
—¿Buscaba algo?
—Gabriel solía recomendarme libros.
Daniel sonrió.
—Puedo intentarlo.
—¿Está seguro?
—No.
La mujer rió.
—Al menos es sincero.
—¿Qué le gusta?
Veinte minutos después salió con dos novelas. Daniel observó la puerta cerrarse.
Aquello sucedió otras tres veces durante el día. Personas que preguntaban por Gabriel. Daniel daba la misma noticia. Después intentaba ayudarlas.
Algunas contaban historias. Una recordó cómo Gabriel le había conseguido un libro agotado. Otra dijo que le había regalado un cuento a su hija cuando no podía pagarlo. Un hombre contó que Gabriel le había dejado sentarse cada tarde durante meses después de quedarse viudo.
Daniel empezó a conocer a su tío después de muerto. Y eso dolía de una forma extraña. No como una herida. Más bien como descubrir habitaciones en una casa que creías conocer.
A las cinco encontró otra nota. Estaba dentro de una caja de novedades. La letra de Gabriel.
Daniel:
Si estás leyendo esto, el pedido ha llegado.
Daniel miró al techo.
—¿En serio?
Antes de que te quejes: sí, tendrás que pagarlo.
—Ya me parecía.
Los libros de la caja 11 son para la mesa central.
Daniel buscó. Caja once.
Los de la 12, infantil.
Correcto.
En la 13 hay tres que pedí especialmente.
Daniel miró las cajas. Había saltado de la doce a la catorce.
—No.