Valdelumbre #2
Don Elías caminó hacia una estantería.
—Necesito un libro.
—Eso suele ser buena señal en una librería.
El anciano sonrió.
—Busco algo sobre relojes.
—¿Reparación?
—No.
—¿Historia?
—Tampoco.
—¿Entonces?
Don Elías se acercó. Bajó la voz.
—Relojes que atrasan.
Daniel esperó.
—Todos los relojes atrasan.
—No como el mío.
—¿Cuánto atrasa?
—Diecisiete años.
Daniel cerró los ojos.
—Claro.
Don Elías sonrió.
—Ya te estás acostumbrando.
—Eso es lo preocupante.
—Pregúntale a la librería.
—¿Cómo?
—Busca.
Daniel recorrió las estanterías. No sabía qué estaba buscando. Relojes. Tiempo. Historia. Encon-tró una sección de antigüedades. Nada.
Miga apareció. Caminó hasta una estantería baja. Se sentó.
—Esto empieza a ser demasiado fácil.
Daniel revisó. Un libro pequeño.
EL RELOJERO Y EL TIEMPO
Lo sacó. Don Elías lo vio.
—Ese.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque llevo diecisiete años buscándolo.
Daniel miró la cubierta.
—¿Y por qué no vino antes?
—No estaba.
—¿Ahora sí?
—Ahora tú sí.
Daniel no supo qué responder. Don Elías pagó diez euros. Dinero normal. Daniel lo agradeció.
Antes de salir, el anciano se volvió.
—Gabriel era un buen librero.
—Eso dicen.
—Al principio era pésimo.
Daniel sonrió.
—Eso no me lo habían contado.
—Se equivocaba constantemente. Me vendió un libro de jardinería cuando buscaba astronomía.
—¿Y qué hizo?
—Planté tomates.
Daniel rio. Don Elías abrió la puerta.
—Dale tiempo.
—¿A qué?
El anciano señaló la librería.
—A que te enseñe.
Se marchó. Daniel miró el libro que acababa de vender. Después a Miga.
—No empieces a sentirte orgulloso. Lo he encon-trado yo.
Miga se alejó.
A las ocho y media cerró. Había vendido más que el día anterior. Hizo caja. Después abrió las cuentas. Empezó a calcular. Ingresos medios. Gastos. Fondo de Gabriel. Vivienda gratuita.
Podía hacerlo. No viviría como antes. Ganaría menos. Bastante menos. Pero podía hacerlo.
Su teléfono sonó. La inmobiliaria. Daniel dejó que sonara. Se detuvo. Lo cogió.
—¿Sí?
—Señor Ferrer, buenas tardes. Le llamo por la valoración de la propiedad de Valdelumbre.
—Sí.
—Tenemos un posible comprador que estaría dispuesto a hacer una oferta formal.
Daniel miró la librería.
—¿Qué tipo de comprador?
—Una empresa.
—¿Para qué quiere el edificio?
—Según nos han indicado, probablemente para alojamiento turístico. La ubicación es excelente y el inmueble tiene mucho encanto.
Daniel miró las estanterías.
—¿Y la librería?
—El negocio no les interesa.
—Ya.
—La oferta podría estar incluso por encima de nuestra valoración.
Daniel cerró los ojos. Era exactamente lo que había querido. Dinero. Una venta rápida. Ningún problema.
—¿Cuándo necesitan respuesta?
—Podemos enviarle la propuesta mañana.
Daniel estuvo a punto de decir que sí. Solo tenía que recibirla. No significaba aceptarla.
—No.
Silencio.
—¿Perdón?
—No me la envíe.
Daniel se sorprendió al escucharse.
—¿Quiere decir que no está interesado?
Miró hacia el escaparate. Al otro lado de la calle, Clara apagaba las luces del café.
—Eso creo.
—Señor Ferrer, la cifra podría ser considerable.
Daniel respiró.
—Lo sé.
—Quizá debería verla antes de decidir.
Era sensato. Gabriel le había dicho que, por una vez, no decidiera pensando en lo sensato. Daniel sonrió.
—No hace falta.
Colgó. Permaneció unos segundos con el teléfono en la mano. Miga apareció.
—No he dicho que me quede.
El gato saltó al mostrador.
—Solo he dicho que no vendo.
Miga se sentó.
—Son cosas diferentes.
El gato lo miró. Daniel señaló.
—No pongas esa cara.
La campanilla sonó. Clara entró.
—¿Con quién hablabas?
—Con la inmobiliaria.
Ella se detuvo.
—¿Y?
Daniel guardó el teléfono.
—He rechazado la oferta.
Clara no dijo nada.
—Todavía puedo cambiar de opinión.
—Claro.
—No significa que vaya a quedarme.
—Por supuesto.
—Simplemente no quiero que conviertan esto en apartamentos turísticos.
—Muy razonable.
Daniel la miró.
—Estás disfrutando mucho.
—Muchísimo.
Clara dejó una bolsa sobre el mostrador.
—Cena.
—¿Qué hay?
—Croquetas.
—Puede que me quede.
Clara rió.
Cenaron en el sofá verde. Miga consiguió media croqueta mediante técnicas que Daniel consideró moralmente cuestionables.
A las diez Clara regresó a casa. Daniel cerró. Subió. Se duchó. Se acostó.
A las once y cuarenta y cinco seguía despierto. A las once y cincuenta se levantó.
—Ridículo.
Bajó. Preparó café. Se sentó detrás del mostrador. Miga apareció.
—No estoy esperando a nadie.
23:59. Daniel miró el reloj.
00:00.
La campanilla sonó. Daniel sonrió antes de poder evitarlo.
Al otro lado de la puerta había una mujer joven. Llevaba un abrigo amarillo. En las manos sostenía una maceta. Dentro de la maceta había una planta completamente seca.
Daniel abrió.
—Buenas noches.
La mujer miró el cartel de horario.
—Pensaba que estaría cerrado.
Daniel recordó a Ofelia. Sonrió.
—Después de medianoche, ese cartel no sirve de mucho.
La mujer entró. Miga se acercó.
—Necesito un libro —dijo ella.
Daniel cerró la puerta.
—¿Cuál?
La mujer miró la planta muerta.
—No lo sé.
Daniel sintió algo extraño. No miedo. No confu-sión. Ni siquiera sorpresa. Simplemente curiosidad. Se colocó detrás del mostrador.
—Entonces empezaremos por ahí.
La mujer levantó la mirada.
—¿Usted es el librero?
Daniel estuvo a punto de responder que solo temporalmente. Pero no lo hizo.
—Sí.
La palabra salió sola.
—Soy el librero.
En algún lugar de la librería cayó un libro. Daniel sonrió.
—Y creo que acabamos de encontrar el suyo.
CAPÍTULO 15
La planta que no quería morir
El libro había caído en la sección de jardinería. Daniel lo encontró boca abajo. Lo recogió.
CUANDO LAS RAÍCES RECUERDAN
No aparecía ningún autor en la cubierta.
—Naturalmente.
La mujer del abrigo amarillo esperaba junto al mostrador, todavía abrazada a la maceta. Daniel llevó el libro.
—¿Es este?
Ella lo miró.
—No lo sé.
—Yo tampoco.
—¿No debería saberlo usted?
Daniel pensó en Gabriel.
—Estoy empezando.
La mujer sonrió por primera vez. Tendría unos treinta años. Cabello corto, oscuro. Parecía cansada. No cansada de sueño. De otra cosa.
—Me llamo Eva.
Daniel estuvo a punto de decir su nombre. Recordó la regla dos.
Nunca preguntes a un cliente de dónde viene antes de que él decida contártelo.
La regla no decía nada sobre nombres.
—Daniel.
Eva dejó la maceta sobre el mostrador.
—¿Puedo abrirlo?
—Espero que sí. Sería un negocio bastante extraño si no permitiéramos abrir los libros.
Eva lo hizo. Las páginas estaban llenas de ilustra-ciones botánicas. Raíces. Semillas. Árboles. Flores.
—Es un libro de jardinería.
Daniel miró la planta.
—Tiene cierta lógica.
—Esta planta no necesita un libro.
—Probablemente usted sí.
Eva levantó la mirada. Daniel se arrepintió inme-diatamente.
—Perdón. Ha sonado como si supiera lo que hago.
—¿No lo sabe?
—Cada vez menos.
Eva pasó otra página. Se detuvo. Daniel vio que su expresión cambiaba.
—¿Qué ocurre?
Ella giró el libro. La página mostraba una planta en una maceta. Parecía exactamente la que había lle-vado. Debajo había una frase.
Algunas plantas no mueren por falta de agua.
Eva continuó leyendo.
Mueren porque ya no pueden crecer donde están.
Cerró el libro.
—No lo quiero.
Daniel no se movió.
—De acuerdo.
—¿Cuánto cuesta?
—Acaba de decir que no lo quiere.
—Lo sé.
—Entonces no tiene que comprarlo.
Eva miró la maceta.
—¿Qué clase de librería es esta?
—Llevo cuatro días intentando averiguarlo.
Miga saltó al mostrador. Eva lo acarició. A dife-rencia de lo ocurrido con Daniel el primer día, Miga lo permitió.
—Traidor —murmuró.
—¿Cómo se llama?
—Miga.
—Es bonito.
—No se deje engañar.
Eva sonrió. Después miró de nuevo el libro.
—Mi madre me regaló esta planta.
Daniel esperó.
—Hace once años.
—Ha durado bastante.
—Muchísimo.
Eva tocó una de las hojas secas.
—Mi madre murió hace seis.
Daniel no dijo nada.
—Desde entonces la he cuidado como si...
Buscó la palabra.
—Como si mantenerla viva significara mantener algo.
Daniel entendió.
—¿Y ahora?
—Ahora se muere.
Abrió el libro otra vez. La frase seguía allí.
Mueren porque ya no pueden crecer donde están.
—He cambiado la tierra. La maceta. El fertili-zante. La he puesto al sol, a la sombra...
—¿Y nada?
—Nada.
Daniel observó la planta.
—Quizá no habla de la planta.
Eva soltó una pequeña risa.
—Eso estaba pensando.
Miga caminó hasta el libro. Lo olfateó. Después empujó una página con la pata.
—No toques.
La página pasó. Había un dibujo de una casa. Una ventana. Varias cajas. Debajo apareció otra frase.
Trasplantar no significa abandonar.
Eva cerró los ojos. Daniel esperó.
—Me han ofrecido trabajo en otra ciudad.
—Ah.
—A cuatrocientos kilómetros.
—¿Y no quiere ir?
—Quiero.
—Entonces...
—La casa era de mi madre.
Daniel comprendió.
—Si me marcho, tendré que venderla.
—No necesariamente.
—No puedo pagar dos casas.
—Eso complica las cosas.
Eva sonrió.
—Gracias por el análisis financiero.
—Es uno de nuestros servicios.
Ella volvió a mirar la planta.
—Todo el mundo me dice que venda.
—¿Y usted qué quiere?
—No lo sé.
Daniel pensó en la valoración guardada en el cajón. En la llamada de la inmobiliaria. En Gabriel.
—Quizá sí lo sabe.
Eva levantó la mirada.
—¿Usted siempre habla así?
—Desde hace aproximadamente cuarenta y ocho horas.
Ella rio.
—Antes era más normal.
—Mucho más.
Daniel abrió el libro. Pasó páginas. Las ilustracio-nes parecían ordinarias.
—¿Sabe qué creo?
—¿Qué?
—Que este libro no va a decirle qué hacer.
—Muy útil.
—Pero quizá le está diciendo que una cosa no sustituye a la otra.
Señaló la frase.
Trasplantar no significa abandonar.
Eva acarició una hoja seca.
—Mi madre odiaba esa casa.
Daniel parpadeó.
—Eso parece relevante.
Eva empezó a reír.
—Siempre decía que en cuanto se jubilara se iría a vivir junto al mar.
—¿Lo hizo?
La risa desapareció.
—No tuvo tiempo.
Daniel cerró el libro.
—Entonces quizá conservar la casa no sea la mejor forma de recordarla.
Eva permaneció en silencio.
—Perdone —añadió Daniel—. No la conocí.
—No.
—Y probablemente estoy hablando demasiado.
—También.
Daniel sonrió. Eva miró la cubierta.
—Me llevo el libro.
—¿Segura?
—No.
—Parece que ese es el sistema habitual aquí.
Daniel buscó el precio. No había.