Medianoche (Librería Luz de Luna 1) La planta que no quería morir
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La planta que no quería morir

Valdelumbre

Clara entró con dos cafés.

—Tienes aspecto de haber dormido en un sofá.

Daniel aceptó uno.

—He dormido en un sofá.

—Entonces tienes el aspecto correcto.

—Gracias.

—De nada.

Clara miró a Teresa, Ramón y al niño de los dra-gones.

—Veo que vuelves a estar cerrado.

Daniel miró el cartel.

ABIERTO.

—Hoy ha sido voluntario.

—Eso es un progreso.

Le dio el primer sorbo al café.

—Gabriel me dejó otra carta.

La sonrisa de Clara desapareció.

—¿La última?

—No lo sé. Conociéndolo, probablemente haya dejado mensajes escondidos hasta dentro de las tuberías.

—No sería imposible.

—Sabías que estaba enfermo.

Clara bajó la mirada.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde enero. Aunque él lo sospechaba desde antes.

Daniel permaneció callado.

—Me pidió que no te dijera nada.

—Ni siquiera hablábamos.

—Precisamente.

Daniel apoyó el café en el mostrador.

—Podría haberme llamado.

—Podría.

—Yo habría venido.

Clara lo miró. No dijo nada. Daniel comprendió.

—O quizá no.

—No lo sé.

—Yo tampoco.

Aquello era peor. Clara se sentó en uno de los taburetes.

—Gabriel nunca estuvo enfadado contigo.

—Yo tampoco estaba enfadado con él.

—A veces eso es peor.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando estás enfadado con alguien, por lo menos sigues pensando en esa persona. Vosotros simplemente dejasteis pasar el tiempo.

Daniel miró hacia el escaparate. Doce años.

No habían discutido. No había ocurrido nada grave.

Una llamada que no hizo. Una Navidad en la que no coincidieron.

Otra llamada aplazada. Un mensaje contestado tres días tarde.

Después tres meses. Des-pués un año. Y un día alguien que había formado parte de tu vida se convertía en una persona de la que recibías noticias a través de otros.

—Es bastante absurdo —dijo.

—Sí.

—Doce años.

—El tiempo hace esas cosas cuando uno no lo vigila.

Daniel la miró.

—Eso parece una frase de Gabriel.

—Me la dijo él.

—Claro.

Clara sonrió.

A media mañana entró Arturo Salvatierra. El abo-gado llevaba el mismo traje gris de la primera vez.

—Señor Ferrer.

—Daniel.

—Arturo.

Se estrecharon la mano. Arturo miró alrededor.

—Veo que la librería está abierta.

—Temporalmente.

Teresa, desde una estantería, intervino:

—Eso dice.

Arturo sonrió.

—Buenos días, Teresa.

—Arturo.

Daniel miró de uno a otro.

—¿Todo el mundo se conoce aquí?

Ramón levantó la cabeza desde el fondo.

—Sí.

—Empiezo a verlo.

Arturo sacó una carpeta.

—Precisamente venía por esto.

Daniel la abrió. Documentos de herencia. Escritu-ras. Certificados.

—Todo está ya prácticamente resuelto. Solo necesito algunas firmas.

Daniel hojeó.

—¿Hay algo raro?

Arturo se quitó las gafas.

—Define raro.

Daniel lo miró. El abogado suspiró.

—Legalmente, no.

—Eso me tranquiliza.

—El edificio es suyo. La librería también. Gabriel dejó impuestos y gastos previstos. No hay deudas relevantes.

—¿Y mágicamente?

Arturo volvió a ponerse las gafas.

—Para eso no tengo licencia.

Daniel rio.

—¿Usted sabía algo?

—Sabía que Gabriel era un hombre peculiar.

—Eso no responde.

—Soy abogado. Es una habilidad profesional.

Arturo señaló los documentos.

—Hay algo más.

Sacó un sobre. Daniel lo miró con horror.

—No.

—¿Qué?

—Otra carta no.

—No es una carta.

Daniel respiró. Dentro había una pequeña tarjeta.

LIbrERÍA LUZ DE LUNA

Debajo figuraba un número de cuenta.

—Gabriel creó un fondo.

—¿Para qué?

—Mantenimiento de la librería.

Daniel miró la cantidad. Era considerable.

—¿De dónde salió esto?

—Ahorros. Parte de una inversión. Y la venta de una pequeña propiedad que tenía fuera de Valde-lumbre.

—¿Por qué?

—Según él, «para que el próximo idiota tenga tiempo de aprender».

Daniel cerró los ojos.

—Eso sí que lo escribió él.

—Literalmente.

Arturo sonrió.

—La librería no le hará rico, Daniel. Pero tam-poco necesita que usted pierda dinero durante los primeros años.

—¿Años?

—Gabriel era optimista.

—O manipulador.

—También.

Arturo guardó los papeles.

—Tengo que preguntárselo.

—¿Qué?

—La inmobiliaria ha solicitado información sobre el inmueble.

Daniel miró hacia el cajón donde había guardado la valoración.

—Sí.

—¿Quiere que siga adelante?

La pregunta era sencilla. Daniel tardó demasiado en responder.

—Todavía no.

Arturo asintió.

—Entonces les diré que esperen.

—No les diga que no.

—He dicho que esperen.

—Bien.

El abogado se dirigió hacia la puerta.

—Arturo.

Se volvió.

—¿Gabriel le dijo alguna vez por qué me eligió?

El hombre lo observó.

—No.

Daniel asintió.

—Vale.

Arturo puso la mano en el pomo.

—Pero sí dijo otra cosa.

—¿Qué?

—Que usted llegaría pensando que había here-dado un edificio.

Daniel esperó.

—Y que esperaba que tardara poco en descubrir que había heredado un lugar.

Salió. La campanilla sonó. Daniel permaneció mirando la puerta. Teresa apareció a su lado.

—Ese hombre cobra demasiado por hablar así.

—¿Cuánto llevas escuchando?

—Todo.

—Claro.

—Pueblo pequeño.

A las dos, Clara cerró el café. Entró en Luz de Luna y anunció:

—Vamos.

Daniel estaba colocando libros.

—¿Dónde?

—A comer.

—Tengo trabajo.

Clara miró la librería. Solo estaba Miga.

—Hay una multitud.

—Tengo que ordenar.

—Llevas tres días ordenando.

—Hay treinta y dos mil libros.

—Entonces no vas a terminar hoy.

Daniel dejó el libro.

—¿Dónde vamos?

—A que conozcas Valdelumbre.

—Ya conozco Valdelumbre.

—Conoces una librería, una cafetería y una ferre-tería.

—Para un hombre de ciudad eso es práctica-mente un pueblo entero.

Clara cogió su chaqueta.

—Ven.

Daniel miró a Miga.

—Vigila.

El gato ni siquiera abrió los ojos.

—Me siento mucho más tranquilo.

Valdelumbre tenía una plaza que Daniel todavía no había visto. No porque estuviera escondida. Sim-plemente porque nunca había tomado aquella calle.

Era pequeña. Una fuente de piedra en el centro. Árboles. Bancos. Una iglesia. Una panadería. Dos bares. Un edificio con un cartel:

BIBLIOTECA MUNICIPAL

Daniel se detuvo.

—Hay una biblioteca.

—Sí.

—¿Y una librería?

—También.

—Eso explica por qué Luz de Luna apenas gana dinero.

—Gabriel decía que una biblioteca nunca era competencia.

—Gabriel no era empresario.

—Eso está bastante claro.

Compraron pan, queso, aceitunas y algo de embutido. Clara lo llevó hasta un pequeño parque detrás de la iglesia. Desde allí se veía el valle. Las montañas rodeaban Valdelumbre.

Daniel se sentó en un banco.

—No está mal.

—Eso es un elogio enorme viniendo de ti.

—Es bonito.

—Mejor.

Comieron. Durante un rato no hablaron de libre-rías. Ni de magia. Ni de Gabriel.

Clara le contó que había nacido en Zaragoza. Que había estudiado Historia del Arte. Que había traba-jado dos años en un museo. Que había llegado a Val-delumbre por casualidad.

—¿Por casualidad?

—Mi coche se averió.

Daniel rio.

—No.

—Sí.

—¿Te quedaste a vivir en un pueblo porque se averió el coche?

—No inmediatamente.

—Menos mal.

—Tuve que esperar tres días una pieza.

Daniel dejó de reír.

—Tres días.

Clara sonrió.

—Sí.

—No puede ser.

—Al tercer día Gabriel me ofreció trabajo.

—Claro.

—Seis meses después decidí quedarme.

Daniel la señaló.

—Eso demuestra que todo esto es una estafa organizada.

—Puede.

—Gabriel hacía que la gente se quedara.

—No.

Clara miró hacia el valle.

—Gabriel daba tiempo para que la gente descu-briera si quería quedarse.

Daniel permaneció en silencio.

—¿Y el café?

—Lo abrí tres años después.

—¿Nunca quisiste marcharte?

—Muchas veces.

—¿Y?

—Me marché una.

Aquello lo sorprendió.

—¿Cuándo?

—Hace nueve años.

—¿Adónde?

—Madrid.

—¿Cuánto duraste?

—Cuatro meses.

—¿Qué pasó?

Clara sonrió.

—Me cansé de pasar una hora en el metro para llegar a sitios donde tampoco quería estar.

Daniel rio.

—Argumento sólido.

—Volví.

—¿Y Gabriel?

—Me dijo: «Has tardado».

Daniel negó con la cabeza.

—Por supuesto.

—Después me preparó café.

—¿En la librería?

—El peor café de mi vida.

—Eso explica por qué abriste La Esquina.

—En parte.

Se quedaron mirando las montañas. Daniel entendió algo.

Durante aquellos días había pensado en Valde-lumbre como el lugar donde estaba Luz de Luna.

Pero quizá era al revés. Luz de Luna pertenecía a Valdelumbre.

La librería tenía sentido allí porque la gente entraba sin prisa.

Porque Teresa podía discutir un precio. Porque Ramón sabía quién había llegado al pueblo antes de que Daniel encontrara la calle.

Porque un niño podía gastar sus cuatro euros en un dragón y regresar al día siguiente.

—¿Cuánta gente vive aquí?

—Unas tres mil ochocientas.

—Conozco ya a la mitad.

—Mañana conocerás a la otra.

Regresaron por una calle distinta. Clara saludó a siete personas. Daniel contó. Siete. Una mujer que regaba geranios. Un hombre que paseaba un perro. Dos jubilados jugando al dominó. La panadera. Un cartero. Y un hombre que conducía un tractor dimi-nuto.

—¿Quién era el del tractor?

—Sebastián.

—¿A qué se dedica?

—Es dentista.

Daniel se detuvo.

—¿Por qué conduce un tractor?

—Tiene huerto.

—No quiero saber más.

Al llegar a Luz de Luna encontraron a tres perso-nas esperando.

—Has cerrado —dijo Teresa.

Daniel la miró.

—¿Tú no te habías ido?

—He vuelto.

—Eso veo.

—Necesito un regalo.

Daniel abrió.

La tarde pasó deprisa. Demasiado.

Una mujer buscó un libro de cocina para su hija. Un hombre compró una biografía. Una pareja discu-tió durante veinte minutos sobre qué novela llevarse de vacaciones y acabó comprando dos. Una adoles-cente pidió poesía.

Un anciano entró solo para sentarse. Daniel pensó que esperaba a alguien. No. Se sentó en el sofá verde. Leyó el periódico. Una hora después lo dobló.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Aquí se está bien.

Y se marchó. Daniel miró el sofá. No había com-prado nada. Extrañamente, no le importó.

A las seis entró Don Elías. Daniel supo inmediata-mente quién era. No porque lo hubiera visto antes. Porque el hombre parecía exactamente alguien que debía llamarse Don Elías.

Ochenta y tantos años. Sombrero. Bastón. Cha-leco marrón. Bigote blanco.

Entró lentamente. Miga levantó la cabeza. Don Elías dejó el bastón junto al mostrador.

—Así que eres Daniel.

—Y usted Don Elías.

El anciano sonrió.

—Gabriel habló de mí.

—Su nombre estaba en alguna nota.

—Espero que nada malo.

Daniel pensó.

—No recuerdo.