Medianoche (Librería Luz de Luna 1) Un día normal
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Un día normal

Daniel se despertó a las once y veinte. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Techo desconocido. Cortinas azules. Una estantería llena de novelas anti-guas.

Después recordó. Valdelumbre. Luz de Luna. Lucía. La puerta. Miga.

Giró la cabeza. El gato seguía ocupando media almohada.

—Tú sí que sabes vivir.

Miga abrió un ojo. Daniel se incorporó. Había dormido poco más de cinco horas, pero se sentíasor-prendentemente bien. Entonces recordó el registro.

QUEDARSE.

MARCHARSE.

—Hoy no.

Miga cerró el ojo.

—Exactamente.

Bajó. La librería estaba en silencio. Nada parecía indicar que unas horas antes el edificio hubiera cre-cido, una puerta hubiera comunicado dos lugares imposibles y él hubiera regresado atravesando el armario de una niña.

Daniel abrió las cortinas. Sol. Una mañana com-pletamente normal. Le gustó.

Puso agua a calentar. Encontró café. Preparó una taza. Después vio un sobre bajo la puerta. Lo reco-gió. Era de la inmobiliaria.

—Claro.

Lo abrió. Habían hecho una valoración prelimi-nar utilizando los datos disponibles. La cifra era mejor de lo que esperaba. Mucho mejor. Daniel leyó dos veces.

Con aquel dinero podía regresar a la ciudad. Can-celar la hipoteca de su apartamento. Guardar una cantidad importante. Quizá dejar el trabajo durante unos meses. Viajar. Empezar otra cosa.

Una semana atrás habría firmado sin pensarlo.

Dejó el papel sobre el mostrador. Miga apareció. Saltó. Se sentó encima.

—No interpretes esto como una votación.

Miga se tumbó sobre la valoración.

—Muy sutil.

La campanilla sonó. Daniel miró el reloj. 11:47.

—Estamos cerrados.

Entró la señora Robles.

—Buenos días.

—Señora Robles.

—Teresa.

—Estamos cerrados, Teresa.

—Ya lo veo.

La mujer dejó un libro sobre el mostrador. Era la novela que había comprado dos días antes.

—Ya la he terminado.

Daniel la miró.

—¿En dos días?

—A mi edad una aprende a no perder el tiempo con la televisión.

—¿Te ha gustado?

—Mucho.

—Entonces Gabriel acertó.

Teresa le miró.

—No.

—¿No?

—Acertaste tú.

Daniel recordó el libro cayendo de la estantería.

—No exactamente.

—Me lo vendiste tú.

—Eso sí.

Teresa miró alrededor.

—¿Vas a abrir hoy?

—No lo sé.

—Pues deberías.

—¿Por qué?

—Porque necesito otro libro.

Daniel rió.

—Hay otras librerías.

Teresa puso cara de ofendida.

—No en Valdelumbre.

—Puedes comprar por internet.

—También puedo comer sopa de lata y no lo hago.

Daniel sonrió.

—Buen argumento.

Teresa miró el papel que asomaba debajo de Miga.

—¿Qué es eso?

—Nada.

—Parece una valoración.

Daniel miró al gato.

—Tienes que mejorar ocultando documentos.

Teresa comprendió.

—Vas a vender.

—No he decidido nada.

—Entonces no vas a vender.

—¿Cómo llega a esa conclusión?

—Si quisieras vender, ya habrías decidido.

Daniel abrió la boca. La cerró.

—Necesita un libro.

—Sí.

—¿Qué quiere?

Teresa pensó.

—Algo divertido.

—¿Romántico?

—A mi edad el romance da pereza.

—¿Misterio?

—Demasiados muertos.

—¿Humor?

—Pero inteligente.

Daniel salió de detrás del mostrador.

—Vamos a ver.

Encontró uno quince minutos después. Esta vez no cayó ningún libro. Ninguna estantería apareció. Miga no intervino. Daniel simplemente recordó un título que había visto el día anterior.

Se lo entregó. Teresa leyó la contraportada.

—Este.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me apetece leerlo.

Pagó. Antes de salir se volvió.

—Gabriel tardaba más.

—¿En qué?

—En recomendarme libros.

Daniel sonrió.

—Eso significa que soy mejor.

—Significa que él disfrutaba haciéndome esperar.

La campanilla sonó. Teresa salió. Daniel miró la puerta. Después cambió el cartel.

CERRADO por ABIERTO.

—Solo hoy —dijo.

Miga continuó durmiendo.

A las doce entró un hombre buscando una guía de senderismo. A las doce y cuarto, dos adolescentes. A las doce y media, una madre con un niño pequeño. A la una, Ramón, el ferretero.

—Buen felpudo.

Daniel miró la entrada.

—Es suyo.

—Por eso.

Ramón compró una novela del oeste. Después entró Tomás. Luego una mujer llamada Pilar. Des-pués otra persona. Y otra. Daniel empezó a sospe-char que medio pueblo sabía que había abierto.

A las dos apareció Clara.

—Veo que estamos cerrados.

Daniel estaba cobrando tres libros.

—Ha sido un accidente.

—Claro.

Dejó dos bocadillos sobre el mostrador.

—Jamón y queso.

—Te quiero.

Clara lo miró. Daniel se quedó inmóvil.

—Al bocadillo.

—Naturalmente.

—Quería decir que quiero al bocadillo.

—Ha quedado clarísimo.

Daniel cogió uno.

—No hagas de esto algo raro.

Clara sonrió.

—Yo no estoy haciendo nada.

Se sentaron detrás del mostrador.

—¿Has dormido?

—Cinco horas.

—¿Has decidido?

Daniel sabía exactamente a qué se refería.

—No.

—Bien.

—¿Bien?

—Las decisiones importantes tomadas sin dormir suelen ser malas.

Daniel mordió el bocadillo.

—La inmobiliaria ha enviado una valoración.

Clara dejó de comer.

—¿Buena?

—Muy buena.

—Ah.

—Otra vez ese «ah».

—¿Qué quieres que diga?

Daniel no respondió. Clara miró la librería. Había cinco personas dentro. Un hombre hojeaba un libro. Una mujer leía sentada en el sofá. Dos niños busca-ban algo en la sección infantil.

—Es tuyo —dijo Clara.

—Legalmente.

—No me refiero a eso.

Daniel la miró.

—Gabriel quería que te quedaras.

—Probablemente.

—Pero eso no significa que debas hacerlo.

Aquello lo sorprendió.

—Pensaba que intentarías convencerme.

—No.

—¿Por qué?

Clara tardó unos segundos.

—Porque si te quedas por Gabriel, algún día ter-minarás culpándolo.

Daniel dejó el bocadillo.

—¿Y si me voy?

—Entonces será porque tú lo has decidido.

—¿Y tú qué quieres?

Clara lo miró. Durante un instante Daniel creyó que respondería. Pero sonó la campanilla.

—¡Daniel!

Un niño entró corriendo. Era el de los tres euros.

—¿Qué pasa?

—El dragón.

—¿Qué dragón?

El niño levantó el libro que había comprado.

—¡Es buenísimo!

Daniel sonrió.

—Me alegro.

—¿Tienes el segundo?

—¿Hay un segundo?

—Tiene que haberlo.

Daniel fue al ordenador. Buscó. Había una segunda parte. Una copia. Sección infantil. Estante-ría cuatro. Fue hasta allí. No estaba.

—Según esto debería estar aquí.

El niño miró hacia arriba.

—Luz de Luna lo encontrará.

Daniel suspiró.

—No funciona así.

Un libro cayó de la estantería.

Pum.

Daniel lo recogió. Segunda parte. El niño sonrió.

—Sí funciona.

Daniel miró a Clara. Ella intentaba no reír.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

El niño miró el precio. Siete euros. Su sonrisa desapareció. Metió la mano en el bolsillo. Sacó unas monedas.

—Tengo cuatro.

Daniel cogió el libro. En la etiqueta ponía:

4,00 €

Miró el ordenador. Precio registrado:

7,00 €

Volvió a mirar la etiqueta. Cuatro.

—Claro.

El niño dejó las monedas.

—Gracias.

Salió abrazando el libro. Daniel regresó al mos-trador.

—Esto es una ruina como negocio.

Clara rio.

—Quizá por eso Gabriel nunca se hizo rico.

Daniel miró las cuatro monedas. Después sonrió.

—Pero el niño volverá.

—Seguro.

—Y comprará el tercero.

—Si existe.

Daniel abrió el ordenador.

—Existe.

—¿Precio?

—Ocho euros.

Clara levantó una ceja.

—Ya veremos.

A las siete cerró. Esta vez de verdad. Había ven-dido treinta y nueve libros. Daniel hizo caja. No era una fortuna. Pero tampoco estaba mal.

Clara había regresado a su cafetería. Los últimos clientes se habían marchado. Miga estaba en el esca-parate.

Daniel sacó la valoración inmobiliaria. La colocó sobre el mostrador. Después sacó las cuentas de Gabriel. Ingresos. Gastos. Impuestos. Proveedores. Reparaciones.

La librería daba beneficios. Pequeños. Muy pequeños. Pero sobrevivía. La vivienda estaba pagada. El edificio también. Daniel podía vivir allí. No se haría rico. Pero tampoco necesitaba hacerse rico. Aquella idea le resultó extrañamente nueva.

Miró su teléfono. Tenía tres llamadas perdidas del trabajo. Dos correos. Un mensaje de su jefe:

Daniel, necesitamos saber cuándo vuelves.

Daniel empezó a escribir.

El lunes.

Se detuvo. Borró. Escribió:

Todavía no lo sé.

También lo borró. Dejó el teléfono.

A las ocho cruzó al Café La Esquina. Clara estaba limpiando una mesa.

—¿Cenas?

—Sí.

—¿Lo de siempre?

Daniel se detuvo.

—¿Ya tengo «lo de siempre»?

—Has pedido lo mismo tres días.

—Eso no crea una tradición.

—En Valdelumbre sí.

Daniel se sentó junto a la ventana. Desde allí veía Luz de Luna. Las letras doradas. La luna blanca. El escaparate. Miga sentado detrás del cristal.

Clara dejó una cerveza sobre la mesa.

—Invita la casa.

—¿Por qué?

—Has sobrevivido a tres noches.

Daniel levantó la botella.

—Por muchas más.

Clara lo miró. Daniel se dio cuenta de lo que había dicho.

—Quiero decir...

—Sé lo que quieres decir.

Pero sonreía.

Regresó a la librería a las diez. No tenía obliga-ción de quedarse despierto. Las tres noches habían terminado. Podía subir. Dormir. Pero se sentó en el sofá verde. Cogió un libro. Leyó.

A las once y media preparó té. A las once cin-cuenta Miga se acomodó junto a él. Daniel miró el reloj.

—No estamos esperando nada.

Miga cerró los ojos.

23:58. Daniel siguió leyendo.

23:59. Pasó una página.

00:00.

Nada. No sonó la campanilla. No apareció nadie. La librería permaneció tranquila. Daniel sintió algo inesperado. Decepción.

—Esto es absurdo.

Miga abrió un ojo.

—No esperaba que viniera nadie.

El gato volvió a cerrarlo. Daniel siguió leyendo. A las 00:14 cerró el libro.

Entonces escuchó un sonido. No la campanilla. Algo cayó dentro del buzón.

Daniel se levantó. Abrió la puerta. Había un sobre. Sin sello. Sin remitente. Solo dos palabras.

DANIEL FERRER

Lo abrió. Dentro había una fotografía. Gabriel. Mucho más joven. De pie frente a Luz de Luna. A su lado estaba Ernesto Valcárcel, el propietario ante-rior. Y entre ambos, Miga.

Daniel acercó la fotografía a la luz. En el reverso había una frase.

Mi primera mañana como librero.

18 de marzo de 1989.

Daniel miró hacia el gato.

—No.

Miga permaneció inmóvil.

—En 1989 no podías estar aquí.

El gato bostezó. Daniel volvió a mirar la fotogra-fía. Era Miga. Sin duda. Misma mancha blanca debajo del cuello. Misma pequeña muesca en la oreja izquierda. Daniel hizo cuentas.

—Tendrías...

No terminó. Miga saltó del sofá. Caminó hacia las escaleras. Se detuvo. Miró a Daniel.

—¿Qué?

El gato subió dos escalones. Volvió a mirarlo.

—¿Quieres que te siga?

Miga continuó. Daniel suspiró.

—Son las doce y veinte.

Subió detrás. Miga entró en el despacho de Gabriel. Saltó sobre el escritorio. Daniel encendió la lámpara.

—¿Qué buscas?

El gato puso una pata sobre un cajón. Daniel lo abrió. Vacío.

—No hay nada.

Miga golpeó el fondo. Daniel lo examinó. Había una pequeña hendidura. Introdujo un dedo. El doble fondo se levantó. Debajo había un sobre. En él estaba escrito:

PARA DESPUÉS DE LA TERCERA NOCHE.

Daniel cerró los ojos.

—Gabriel...

Abrió. Dentro había una sola hoja.

Daniel:

Si has llegado hasta aquí, ya puedo decirte la verdad.

Daniel se sentó. Continuó leyendo:

No heredaste Luz de Luna porque yo muriera.

Se detuvo. Leyó otra vez.

No heredaste Luz de Luna porque yo muriera.

Debajo había una segunda frase.

Yo pude morir porque Luz de Luna ya te había elegido.

Daniel levantó lentamente la mirada. Miga estaba sentado frente a él. La carta continuaba.

Y ahora debo contarte por qué.