El camino gris
Daniel había imaginado muchas veces cómo sería caminar entre dos mundos. Bueno, en realidad no. Hasta tres días antes, Daniel no había dedicado ni un minuto de su vida a pensar en la existencia de otros mundos. Ahora caminaba por uno. Y empezaba a echar de menos cosas tan sencillas como las aceras.
Miga caminaba delante. Lucía seguía agarrada a la mano de Daniel.
—¿Cuánto falta?
—No lo sé.
—¿Mucho?
—Tampoco lo sé.
—¿Sabes algo?
Daniel la miró.
—Sé hacer una tortilla bastante decente.
Lucía sonrió.
—Mi padre las quema.
—Entonces ya tenemos algo en lo que soy mejor que tu padre.
Miga maulló.
—Y probablemente mejor que Miga.
El gato siguió caminando. Daniel miró hacia atrás. La puerta de Luz de Luna había desaparecido.
—Eso no me gusta.
Lucía también miró.
—A mí tampoco.
Daniel sacó el libro. Cómo encontrar el camino a casa. La última frase seguía allí.
TODO CAMINO A CASA EMPIEZA RECOR-
DANDO DÓNDE PERTENECES.
—Muy poético —murmuró—. Poco práctico.
Pasó la página. No había más.
—¿Tu abuelo te explicó alguna vez esta parte?
Lucía negó.
—El cuento terminaba cuando la niña volvía.
—¿Cómo volvía?
—Siguiendo las luces.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Qué luces?
Lucía señaló. A lo lejos acababa de aparecer una. Pequeña. Amarilla. Después otra. Y otra. Formaban un sendero.
—Esas —dijo Lucía.
—Naturalmente.
Miga cambió de dirección. Siguieron las luces.
La primera puerta apareció varios minutos des-pués. Era roja. Estaba sola. Sin pared. Miga pasó de largo. Daniel también. Entonces escuchó una voz.
—Daniel.
Se detuvo. Lucía tiró de su mano.
—No.
Daniel conocía aquella voz. Gabriel.
La puerta roja se abrió unos centímetros. Al otro lado estaba la librería. Luz de Luna. Gabriel se encontraba detrás del mostrador. Vivo. Más joven. Sonriendo.
—Llegas tarde.
Daniel dejó de respirar durante un instante. Era exactamente como lo recordaba. La chaqueta dema-siado grande. El cabello revuelto. Un libro en la mano.
—Gabriel.
Su tío sonrió.
—Pasa.
Daniel dio medio paso. Miga bufó. Se detuvo. Lucía apretó su mano.
—No es él.
Daniel lo sabía. Pero saberlo no hacía que resul-tara más fácil.
—Podemos hablar —dijo Gabriel.
Daniel miró aquella cara. Había tantas cosas que no le había preguntado. Por qué se había marchado. Por qué dejó de llamar. Por qué eligió aquella libre-ría. Por qué se la había dejado a él.
—Solo un minuto —dijo la figura.
Daniel recordó algo. Gabriel jamás había pedido un minuto. Cuando quería hablar decía:
Siéntate. Esto va para largo.
Daniel sonrió.
—Buen intento.
La puerta se cerró de golpe. Desapareció. Lucía lo miró.
—¿Era tu tío?
—Se parecía.
—¿Lo echas de menos?
Daniel tardó en responder.
—Creo que sí.
Era la primera vez que lo admitía. Continuaron.
La segunda puerta era azul. Esta vez apareció delante de Lucía. La niña se detuvo.
—Mamá.
Daniel no veía lo mismo. Para él solo había oscu-ridad. Pero Lucía veía algo.
—Está en casa.
Su mano empezó a soltarse. Daniel la sujetó.
—Lucía.
—Está llorando.
—Puede que tu madre esté llorando.
—Me llama.
—Pero esa no es ella.
Lucía empezó a llorar también.
—Quiero volver.
Daniel se arrodilló.
—Y vas a volver.
—Está ahí.
—No. Eso sabe lo que quieres.
La puerta azul se abrió más. Daniel oyó una voz femenina.
—Lucía.
La niña tembló.
—¿Ves? Sabe mi nombre otra vez.
Daniel comprendió. Eso era lo peligroso. La puerta había perdido el nombre. Ahora intentaba utilizarlo para recuperarla.
—Precisamente por eso no debes ir.
La voz insistió.
—Lucía, cariño.
Miga se acercó a la puerta. Daniel esperó que bufara. En lugar de eso, levantó una pata. Y arañó la madera. La imagen desapareció. La puerta quedó vacía. Después se deshizo como humo.
Lucía miró al gato.
—Gracias.
Miga se sentó.
—No lo felicites demasiado —dijo Daniel—. Ya tiene un concepto exagerado de sí mismo.
Lucía rio entre lágrimas. Continuaron.
La tercera puerta era distinta. Negra. Daniel la vio aparecer muy lejos. Miga se detuvo. No bufó. No retrocedió. Simplemente se sentó.
—Eso no es buena señal.
Lucía miró el libro.
—Tenemos que pasar por ahí.
—¿Cómo lo sabes?
La página había cambiado. Un dibujo mostraba la puerta negra. Detrás había una habitación. La habi-tación de Lucía.
—Hemos llegado.
Daniel se acercó. No había pomo. Solo una cerra-dura. Lucía sacó su llave negra.
—Es esta.
Daniel la detuvo.
—Espera.
—Tenemos que abrir.
—La última vez que hiciste eso empezaron los problemas.
—Pero ahora estamos en el otro lado.
Daniel examinó la puerta. Recordó la regla.
Nunca abras la puerta del fondo.
Aquello podía ser exactamente lo que la cosa esperaba.
—El libro dice que debemos pasar.
—El libro también escondió la llave.
—Mi abuelo la escondió.
—Eso creemos.
Lucía se quedó callada. Daniel miró a Miga.
—¿Alguna opinión?
El gato permaneció sentado.
—Muy útil.
Daniel sacó la llave de Gabriel. La acercó a la cerradura. Nada. Fría.
—No es para esta puerta.
Lucía levantó la suya. La llave negra empezó a vibrar.
—La mía sí.
Daniel pensó. Regla diez.
Esto sigue siendo una librería.
Miró el libro. Después la puerta. Después otra vez el libro.
—No tenemos que abrirla.
Lucía frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Tenemos que terminar la historia.
Abrió Cómo encontrar el camino a casa . Las últimas páginas estaban en blanco.
—Tu abuelo te leía el cuento.
—Sí.
—¿Quién decidió cómo terminaba?
—Él.
—¿Siempre igual?
Lucía pensó.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—A veces inventaba finales distintos.
Daniel sonrió.
—Eso es.
—¿Qué?
—No necesitamos seguir el camino que nos da la puerta.
Le entregó el libro.
—Podemos escribir otro.
Lucía miró las páginas.
—No tengo lápiz.
Daniel revisó sus bolsillos. Encontró el bolígrafo de la librería. Tenía impreso:
LIbrERÍA LUZ DE LUNA
—Ventajas de trabajar en comercio.
Se lo entregó.
—Escribe.
—¿Qué?
—Cómo termina.
Lucía apoyó el libro contra la puerta. Pensó. Des-pués escribió:
Lucía encontró la puerta.
Las letras permanecieron. La puerta negra tem-bló. Lucía continuó:
Pero esta vez no tuvo miedo.
Un ruido llegó desde detrás. Algo golpeó. Lucía miró a Daniel.
—Sigue.
Escribió:
Porque ya recordaba quién era.
La puerta volvió a sacudirse.
Y sabía dónde estaba su casa.
El camino gris empezó a cambiar. Apareció una pared. Después otra. Un techo. Daniel reconoció el dibujo. La habitación de Lucía estaba formándose alrededor de ellos. Cama. Escritorio. Armario. Una lámpara con estrellas. Fotografías. La puerta negra seguía allí. Ahora encajada en la pared.
Lucía escribió:
Así que cerró la puerta.
La llave negra cayó de su mano. Al tocar el suelo se rompió. Dos pedazos. Después cuatro. Después polvo.
La puerta emitió un sonido profundo. La voz habló desde el otro lado.
—Lucía.
Primer intento. Ella no respondió. —Lucía.
Segundo intento. Daniel la miró. Tercer intento. Esta vez, una pregunta. —¿Me dejas entrar?
La puerta se cerró. La cerradura desapareció. El marco se fundió con la pared. En pocos segundos no quedó nada. Solo pintura azul. Silencio.
Lucía miró la pared.
—¿Ya está?
Daniel esperó. Nada ocurrió. Miga se acercó. Olfateó. Después se sentó y empezó a lavarse.
—Creo que sí.
Lucía dejó caer el libro. Y abrazó a Daniel. Él tardó un segundo en reaccionar. Después la abrazó.
—Gracias.
—Tú lo has hecho.
—Tú encontraste mi nombre.
—Tu abuelo lo dejó preparado.
Lucía negó.
—Pero tú supiste buscarlo.
Daniel no respondió. No estaba acostumbrado a que nadie lo considerara especialmente bueno encontrando cosas. Sobre todo caminos.
La puerta de la habitación se abrió. Una mujer apareció. Se quedó inmóvil.
—¿Lucía?
La niña se volvió.
—Mamá.
La mujer empezó a llorar.
—Lucía.
Corrió hacia ella. La abrazó.
—Lucía. Lucía.
Repetía el nombre como si temiera perderlo otra vez.
Un hombre apareció detrás.
—¿Qué ocurre?
Miró a la niña. Su rostro cambió.
—Lucía.
También la abrazó. Daniel retrocedió. No quería interrumpir. Miga se sentó junto a sus pies.
La madre levantó la mirada.
—¿Quién es usted?
Daniel pensó en la respuesta.
—Daniel.
Después recordó la regla. Pero la puerta ya no estaba.
—Soy librero.
La frase le salió con más naturalidad esta vez.
—La he acompañado a casa.
La mujer miró alrededor.
—¿Desde dónde?
Daniel abrió la boca. La cerró.
—Es complicado.
El padre observó a Miga.
—¿Y el gato?
—Más complicado todavía.
Lucía rio.
Daniel no supo cuánto tiempo permanecieron allí. Diez minutos. Quizá media hora. Los padres de Lucía hicieron preguntas. Muchas. Daniel respondió pocas. No porque quisiera ocultar nada. Simple-mente no sabía cómo explicar la mayor parte.
Finalmente Lucía le entregó el libro.
—Es de Luz de Luna.
—Era de tu abuelo.
—Él habría querido que volviera.
Daniel tomó Cómo encontrar el camino a casa . En la primera página había aparecido una dedicatoria.
Para Lucía.
Para que siempre recuerdes que perderse no sig-nifica no poder volver.
Abuelo Samuel.
Daniel sonrió.
—Creo que tienes razón.
Lucía lo abrazó una última vez.
—¿Volveré a verte?
—Espero que sí.
—¿Puedo ir a la librería?
Daniel miró a sus padres.
—Durante el día.
La madre frunció el ceño.
—¿Por qué durante el día?
Daniel sonrió.
—Tenemos horarios un poco complicados.
El problema era regresar. Daniel miró la pared. No había puerta.
—Esto no lo había pensado.
Miga caminó hasta el armario.
—No.
El gato arañó una de las puertas. Daniel la abrió. Ropa.
—Eso es un armario.
Miga entró. Desapareció detrás de varios abrigos.
—Miga.
Daniel apartó la ropa. El fondo ya no estaba. En su lugar había una librería. Luz de Luna. Clara espe-raba al otro lado.
—¡Daniel!
Él sonrió.
—Claro. Por el armario.
Lucía se acercó.
—En los cuentos siempre hay armarios.
—Debería leer más fantasía.
—Deberías.
Daniel cruzó. Miga detrás. El armario se cerró.
Clara lo abrazó. Daniel se quedó rígido.
—Esto es nuevo.
Ella lo soltó inmediatamente.
—Pensaba que no volverías.
—Han sido veinte minutos.
Clara lo miró.
—Daniel.
Señaló el reloj. 04:37. Él dejó de sonreír.
—No.
—Sí.
—Hemos estado menos de una hora.
—Aquí han pasado cuatro.
Daniel miró el reloj otra vez.
—Odio los caminos mágicos.
—¿La niña?
—En casa.
—¿La puerta?
—Cerrada.
—¿Seguro?
Daniel miró hacia el sótano.
—Eso creo.
Bajaron. La pared del fondo había vuelto. Sin puerta. Sin línea. Sin golpes. Miga caminó hasta ella. La olfateó. Después se tumbó.
Daniel sonrió.
—Regla nueve.
Clara asintió.
—Si Miga entra...
—Podemos entrar.
Daniel tocó la pared. Piedra fría. Nada más. Había terminado.
Cuando regresaron arriba, el gran registro estaba abierto. Una nueva entrada ocupaba la página.
LUCÍA
Libro: Cómo encontrar el camino a casa.
Pago: un nombre recuperado.
Daniel pasó el dedo por las letras. Debajo apare-ció otra frase.
TERCERA NOCHE COMPLETADA.
Clara lo miró.
—Lo has hecho.
Daniel sintió un extraño alivio. Tres noches. Había cumplido la condición de Gabriel. Ya podía vender. Ya podía regresar a su vida. Ya no tenía nin-guna obligación.
La tinta empezó a moverse otra vez.
DANIEL FERRER
Esperaron.
PERIODO DE PRUEBA FINALIZADO.
Daniel arqueó una ceja.
—¿Periodo de prueba?
Otra línea.
EL PROPIETARIO PUEDE ELEGIR.
Daniel dejó de respirar durante un instante. Debajo aparecieron dos palabras.
QUEDARSE.
MARCHARSE.
Clara permaneció en silencio. Daniel miró aque-llas opciones. Tres días antes la respuesta habría sido inmediata. Ahora no.
Miró las estanterías. El sofá verde. El mostrador. El cuaderno de Gabriel. A Miga. A Clara. Después miró hacia el escaparate. La noche empezaba a acla-rarse. Valdelumbre despertaría pronto.
Daniel cerró el registro.
—No voy a decidir a las cinco de la mañana.
Clara sonrió.
—Eso parece razonable.
—Voy a dormir.
—También.
Daniel empezó a subir. Se detuvo.
—Clara.
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por qué?
Daniel miró alrededor.
—Por no dejarme solo con todo esto.
Ella sonrió.
—Buenas noches, librero.
Daniel estuvo a punto de corregirla. No lo hizo. Subió. Miga lo siguió.
Antes de entrar en el dormitorio, Daniel miró el cuaderno de Gabriel. Había aparecido una última frase.
Ahora ya sabes qué es Luz de Luna.
Daniel esperó. Debajo apareció otra.
La pregunta es si has descubierto qué es para ti.
Daniel cerró el cuaderno.
—Eso ha sido muy de Gabriel.
Miga saltó sobre la cama.
—Y tú abajo.
El gato se acomodó sobre la almohada. Daniel lo miró.
—Supongo que esa también es una regla.
Miga cerró los ojos. Daniel se tumbó a su lado.
Por primera vez desde que llegó a Valdelumbre, no pensó en cuánto valía el edificio. Pensó en si que-ría marcharse de él.