Medianoche (Librería Luz de Luna 1) El nombre perdido
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El nombre perdido

Daniel colocó “ Cómo encontrar el camino a casa” sobre el mostrador.

—Herramientas.

Clara seguía mirando hacia el sótano.

—¿Qué herramientas?

—Cúter. Pinzas. Algo fino.

—¿Quieres operar un libro?

—Quiero descubrir qué hay dentro del lomo.

La puerta del sótano volvió a golpear.

¡PUM!

La niña dio un respingo. Daniel señaló una silla.

—Siéntate.

—No quiero.

—Entonces quédate cerca de Clara.

La niña obedeció. Clara abrió un cajón.

—Gabriel reparaba libros.

Sacó una pequeña caja metálica. Dentro había tijeras, agujas, hilo, pinceles, espátulas y varias herra-mientas que Daniel no supo identificar.

—Perfecto.

—¿Sabes utilizarlas?

—No.

—Eso inspira confianza.

Daniel examinó el libro. Era antiguo. Tela azul sobre cartón. Lomo cosido. Papel amarillento. En la portada había una casa diminuta al final de un sen-dero.

—Dijiste que pertenecía a tu abuelo.

La niña asintió.

—¿Desde cuándo?

—Siempre.

—¿Siempre cuánto?

—Mi madre dice que ya lo tenía cuando ella era pequeña.

Daniel abrió la cubierta. La primera hoja estaba en blanco.

—Tu abuelo escribió aquí tu nombre.

—Sí.

—¿Con bolígrafo?

—Con pluma.

—¿Lo viste?

—Muchas veces.

—¿Y ahora ha desaparecido?

—Sí.

Daniel inclinó la página bajo la lámpara. Nada. La tocó.

—Puede que la tinta haya desaparecido, pero escribir deja marcas.

Clara se acercó.

—¿Presión sobre el papel?

—Exactamente.

—Eso es bastante lógico.

—Gracias.

Daniel apagó la lámpara principal. Colocó la lin-terna casi paralela a la página. La luz recorrió el papel. Aparecieron pequeñas irregularidades.

—Hay algo.

La niña se acercó. Daniel cambió el ángulo. Varias líneas surgieron en el papel. Pero no formaban letras.

—No es el nombre.

Clara miró.

—Parece un dibujo.

Daniel inclinó más la luz. Una luna. Debajo, una flecha. La flecha apuntaba hacia el lomo.

Daniel sonrió.

—Tu abuelo sabía que esto podía ocurrir.

La niña lo miró.

—¿Cómo?

—Eso tendremos que preguntárselo a alguien que pueda contestar.

Cogió la espátula más fina.

—Ahora sí.

Introdujo la punta con cuidado entre la guarda y la cubierta.

—Daniel —dijo Clara—. Despacio.

—Sé lo que hago.

—Hace treinta segundos has dicho que no.

—He aprendido muchísimo desde entonces.

La niña soltó una pequeña risa. Daniel sonrió.

—Eso está mejor.

Levantó lentamente la guarda. Debajo apareció una fina cavidad. Había algo dentro. Un trozo de papel doblado. Daniel utilizó las pinzas. Lo sacó.

—Aquí está.

La niña contuvo la respiración. Daniel desdobló el papel. Estaba en blanco.

—No.

La sonrisa desapareció. Clara lo tomó.

—Quizá...

Un golpe brutal sacudió la librería.

¡PUM!

La puerta del sótano se abrió otro poco. La som-bra que salía de allí alcanzó el primer pasillo. Miga retrocedió. La niña agarró el brazo de Daniel.

—Está más cerca.

Desde el sótano llegó la voz.

—Ven.

La niña cerró los ojos.

—No la escuches —dijo Daniel.

—Quiero volver a casa.

—Y vas a volver.

La voz cambió. Una mujer.

—Cariño.

La niña abrió los ojos.

—Mamá.

Daniel la sujetó por los hombros.

—No.

—Es mi madre.

—No es tu madre.

—Cariño, ven conmigo.

La niña empezó a caminar. Daniel se interpuso.

—Mírame.

—Pero...

—Mírame.

La niña lo hizo.

—Tu madre está en casa.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque una madre que viene a buscar a su hija no se esconde en un sótano.

Clara asintió.

—Y seguramente tampoco llama desde detrás de una puerta mágica.

La niña respiró profundamente. La voz dejó de hablar. Daniel volvió al papel.

—Tiene que haber algo.

Lo acercó a la luz. Nada. Lo giró. Nada.

Miga saltó al mostrador. Olfateó el papel. Des-pués puso una pata encima.

—Miga, ahora no.

El gato no se movió. Daniel intentó retirar el papel. Miga mantuvo la pata.

—¿Qué?

El gato maulló. Clara señaló.

—Mira.

Debajo de la pata de Miga empezaba a aparecer una mancha. Daniel se inclinó. Era tinta. Una línea. Después otra. Miga levantó la pata. Las letras surgie-ron lentamente. No formaron un nombre. Forma-ron una frase.

EL NOMbrE NO PUEDE LEERSE.

Daniel esperó. Apareció otra.

DEBE SER RECORDADO.

—Estupendo —murmuró—. Por un momento temí que fuera fácil.

La niña miró el papel.

—Pero nadie lo recuerda.

Daniel pensó. El abuelo de la niña lo había escon-dido. No el nombre. Una instrucción.

—Háblame de tu abuelo.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Por qué?

—Porque él preparó esto.

La niña miró hacia el sótano.

—Se llamaba Samuel.

—Bien. ¿Qué hacía?

—Era maestro.

—¿Le gustaban los libros?

—Mucho.

—¿Te leía este?

—Siempre.

—¿Cómo empezaba?

La niña cerró los ojos.

—Había una niña que se perdía en un bosque.

—Sigue.

—Encontraba muchos caminos.

—¿Y?

—Cada camino llevaba a un lugar distinto.

Daniel abrió el libro. Encontró la primera página.

—¿Es esta historia?

La niña asintió. Daniel leyó las primeras líneas. La protagonista no tenía nombre. Simplemente decía la niña . Pasó páginas. Nada.

—¿Tu abuelo cambiaba algo cuando te lo leía?

La niña pensó.

—Sí.

—¿Qué?

—Decía que la niña era yo.

Daniel sintió que se acercaban.

—¿Cómo lo hacía?

—Ponía mi nombre.

—¿Dónde?

—En la historia.

—Dame un ejemplo.

La niña abrió el libro. Buscó una página. Señaló una frase. Impresa decía:

La niña llegó al primer cruce y decidió tomar el camino de la izquierda.

—El abuelo no decía eso.

—¿Qué decía?

La niña respondió:

—Decía...

Se detuvo. Daniel esperó.

—Decía mi nombre.

—Inténtalo.

—No puedo.

—No busques el nombre. Recuerda su voz.

La niña cerró los ojos. Daniel bajó la voz.

—Estás en casa de tu abuelo.

Ella respiró.

—Es invierno.

—Bien.

—Hay fuego en la chimenea.

—¿Dónde estás?

—En el sofá.

—¿Y él?

—A mi lado.

—Tiene el libro.

—Sí.

—Está leyendo.

La niña sonrió.

—Se equivoca a propósito.

—¿Por qué?

—Porque me hace reír.

—Llega al cruce.

Ella permaneció en silencio.

—¿Qué dice?

Los labios de la niña se movieron. Nada salió.

Desde el sótano llegó un rugido. La niña abrió los ojos.

—No puedo.

—Sí puedes.

—¡No puedo!

La sombra avanzó. Llegó hasta el mostrador. Las lámparas empezaron a apagarse una a una. Clara retrocedió.

—Daniel.

—Un momento.

Tomó el libro.

—Tu abuelo sabía que esto podía pasar.

—¿Cómo?

—No lo sé. Pero escondió ese papel.

Se lo mostró.

—Y escribió que el nombre debe ser recordado.

La niña lloraba.

—No puedo recordarlo.

—Quizá tú sola no.

Daniel miró a Clara. Después a Miga. Después a las estanterías.

Esto sigue siendo una librería.

—El libro.

Clara lo entendió.

—La historia.

Daniel asintió.

—Tu abuelo puso tu nombre cientos de veces mientras te leía.

—Pero no está escrito.

—No importa.

Daniel colocó el libro delante de ella.

—Las historias también se recuerdan.

La niña lo miró sin comprender.

—Empieza a leer.

—¿Yo?

—Sí.

—Pero...

—Lee.

La niña comenzó. Su voz temblaba.

—«Había una vez una niña que vivía junto a un bosque que nadie se atrevía a cruzar...»

La librería quedó en silencio. Incluso los golpes cesaron. La niña siguió. Daniel y Clara escuchaban. Una página. Otra. Poco a poco su voz se hizo más firme. Al llegar al primer cruce se detuvo.

—Sigue —dijo Daniel.

—«La niña llegó al primer cruce...»

La tinta impresa empezó a cambiar. Daniel lo vio. Una palabra se desdibujó. La niña desapareció. La niña que leía no se dio cuenta.

—Sigue.

—«...y decidió tomar el camino de la izquierda.»

Sobre el papel apareció una nueva letra.

L

La sombra del suelo retrocedió. Clara contuvo el aliento. Otra letra.

U

La niña seguía leyendo.