La tercera noche
A las once y cuarenta y cinco, Daniel cerró la libre-ría, no porque estuviera abierta (oficialmente llevaba cerrada desde la muerte de Gabriel), sino porque durante el día habían entrado diecinueve personas, vendido veintisiete libros y recibido dos cajas de novedades de un distribuidor que parecía descono-cer por completo el concepto de duelo.
Daniel había colocado el cartel de CERRADO, apagado las luces del escaparate y comprobado la puerta. Después preparó café, mucho café.
Clara estaba sentada en uno de los sillones.
—¿Qué haces?
—Esperar.
—¿A qué?
—A medianoche.
Daniel llenó otra taza.
—Esto ya me lo imaginaba.
Miga dormía sobre el mostrador. Daniel lo señaló.
—Él parece preocupado.
—Miga sabe administrar sus energías.
—Duerme dieciocho horas.
—Precisamente.
Daniel miró el reloj: 23:48. La llave antigua seguía caliente en su bolsillo, no demasiado, pero lo sufi-ciente para recordarle que estaba allí.
—¿Gabriel te contó algo sobre la tercera noche?
—No.
—Piénsalo.
—He pensado.
—Piensa mejor.
Clara sonrió.
—Dijo que la tercera noche era la importante.
—Eso habría sido útil saberlo antes.
—No explicó por qué.
Daniel bebió café.
—¿Y la puerta?
—Solo dijo que debía permanecer cerrada.
—¿Qué hay detrás?
—No lo sé.
—¿Nunca preguntaste?
—Sí.
—¿Y?
—Gabriel dijo: «Algo que quiere entrar».
Daniel dejó la taza.
—Es realmente inquietante.
—También dijo que la puerta no siempre había estado allí.
—¿Cuándo apareció?
Clara negó.
—Antes de que yo conociera a Gabriel.
Daniel miró hacia el fondo: la puerta del sótano estaba cerrada.
—¿Y nunca intentó abrirla?
—Que yo sepa, no.
Daniel pensó en su tío, en las reglas, en las posta-les y en los clientes nocturnos.
—Gabriel sabía mucho más de lo que escribió.
—Seguramente.
—Podría haber dejado un manual.
—Lo hizo.
Clara señaló el cuaderno negro.
—Diez reglas no son un manual.
—Para Gabriel probablemente sí.
Daniel lo abrió y releyó la séptima:
NUNCA AbrAS LA PUERTA DEL FONDO. Debajo seguía sin haber nada.
—Muy útil.
Pasó las páginas: blancas, todas hasta llegar al final. Cerró.
23:53.
—Seis minutos.
—Siete.
—No me corrijas.
Clara sonrió. Entonces Miga abrió los ojos, no se incorporó, solo los abrió. Daniel lo vio.
—¿Qué pasa?
El gato levantó la cabeza y miró hacia la puerta principal. Clara también se puso en pie.
23:55.
—Todavía no.
Miga saltó del mostrador, caminó hacia la entrada y se sentó. Daniel se acercó: afuera no había nadie.
—¿Qué ves?
El gato no reaccionó.
23:57. Las luces parpadearon una vez, después otra. Daniel miró el techo.
—Eso puede ser eléctrico.
—Por supuesto —dijo Clara.
—No pongas ese tono.
23:58. La lámpara verde del escaparate se apagó, las demás siguieron encendidas. Daniel pulsó el inte-rruptor: nada.
—Bombilla.
Miga se levantó y su pelo empezó a erizarse.
23:59. La campanilla sonó: Tin. Nadie había tocado la puerta. Daniel miró a Clara. Segunda vez: Tin. Miga retrocedió. Tercera: Tin.
El reloj cambió: 00:00. Todas las luces se apaga-ron.
Daniel no se movió.
—Clara.
—Estoy aquí.
—¿Móvil?
—Sí.
Dos linternas iluminaron la librería, Miga estaba entre ellos.
Entonces una pequeña lámpara de aceite situada sobre una estantería se encendió, después otra y otra.
Una tras otra, pequeñas luces aparecie-ron por toda la librería: en las paredes, sobre las mesas, entre los libros.
En pocos segundos Luz de Luna quedó iluminada por decenas de llamas.
Daniel observó alrededor.
—No voy a intentar explicar esto.
—Ya es algo.
Las estanterías parecían distintas, más altas. Daniel levantó la linterna.
—Clara.
—Lo veo.
El techo estaba mucho más lejos y los pasillos también parecían haberse alargado: donde debería haber una pared había más estanterías y, detrás, otras.
—La librería no tiene este tamaño.
—Ahora parece que sí.
Daniel recordó la primera regla: La librería abre a medianoche solo cuando alguien necesita entrar.
—¿Quién?
La campanilla sonó. Ambos miraron la puerta: nadie. Volvió a sonar. Daniel se acercó.
—No hay nadie fuera.
Clara señaló hacia el interior.
—Quizá no está llamando esa puerta.
Un sonido llegó desde el sótano: Toc. Daniel se quedó quieto. Toc. Miga bufó. Toc. La llave ardió en su bolsillo. Daniel la sacó.
—Está caliente.
—Guárdala.
Entonces escuchó una voz muy débil desde abajo.
—Daniel.
Se congeló. Otra vez:
—Daniel.
Era una voz masculina, familiar, demasiado fami-liar.
—Es Gabriel.
Clara lo agarró del brazo.
—No.
—Conozco su voz.
—Gabriel está muerto.
La voz regresó:
Necesito que me ayudes.
Daniel puso una mano sobre el pomo de la puerta del sótano. Miga bufó. Recordó la regla nueve: Si Miga se niega a entrar en una habitación, tú tam-poco entres. Retiró la mano.
La voz cambió:
—Por favor.
Clara negó.
—No es Gabriel.
—¿Cómo sabes?
—Porque Gabriel jamás te pediría que incumplie-ras una de sus reglas.
Daniel soltó el pomo. La voz guardó silencio y después rio, ya no era la risa de Gabriel, era algo más profundo, más frío. Un golpe sacudió la puerta: ¡PUM! Miga corrió. Otro: ¡PUM!
—¿Puede abrir desde dentro? —preguntó Daniel.
—Espero que no.
Tercer golpe: la puerta aguantó. Daniel miró la llave.
—Quiere esto.
—La llave abre la puerta.
—Probablemente.
Daniel la guardó dentro del cuaderno de Gabriel y una página comenzó a moverse. Lo abrió: las hojas blancas se estaban llenando de escritura.
11. LA PUERTA NO PUEDE AbrIRSE DESDE EL OTRO LADO.
Daniel soltó aire.
—Buenas noticias.
La tinta continuó:
A MENOS QUE EL LIbrERO LA INVITE A ENTRAR.
—Eso ya me gusta menos.
Otra línea:
NO ESCUCHES SU VOZ.
Después:
NO LE DIGAS TU NOMbrE.
Y finalmente:
NO RESPONDAS A LA TERCERA PREGUNTA.
Como si hubiera estado esperando, la voz regresó. Primero una mujer:
—¿Hay alguien ahí?
Primera pregunta. Después un niño:
—¿Puedes ayudarme?
Segunda. La tercera voz fue la de Gabriel, per-fecta:
—Daniel, ¿me dejas entrar?
Daniel cerró los ojos y no respondió. Todas las lámparas se apagaron: oscuridad.
La electricidad regresó de golpe: el techo volvió a su altura y los pasillos recuperaron su longitud. Daniel miró el reloj: 00:07. Abrió el cuaderno y la tinta escribió:
BIEN HECHO.
Daniel sonrió ligeramente. Debajo apareció otra frase:
AHORA EMPIEZA LA TERCERA NOCHE.
—¿Ahora?
La campanilla de la entrada sonó, esta vez había alguien al otro lado.
Una niña de unos diez años lle-vaba un impermeable amarillo y unas botas cubier-tas de barro seco, en una mano sostenía una pequeña linterna y en la otra, un libro.
Pero Daniel reparó en algo más: en la manga derecha del impermeable había una mancha negra que no pare-cía barro, sino la marca de una mano.
La niña miraba constantemente por encima del hombro.
Daniel abrió.
—Buenas noches.
La niña levantó la mirada.
—¿Eres el librero?
Daniel estuvo a punto de responder que no, miró a Clara, a Miga y a las estanterías.
—Sí —la palabra salió antes de que pudiera arre-pentirse—. Soy el librero.
La niña entró inmediatamente.
—Cierra.
Daniel obedeció.
—¿Qué ocurre?
—Cierra con llave.
Daniel echó la llave y después puso la cadena. La niña respiró un poco mejor y dejó el libro (Cómo encontrar el camino a casa) sobre el mostrador.
—Necesito devolverlo.
Daniel lo abrió: había dibujos de bosques, sende-ros, casas y lugares que no reconocía.
—¿Cómo te llamas?
La niña retrocedió.
—No.
—Está bien.
—No puedo decírtelo.
Daniel recordó la regla.
—Entonces no lo hagas.
La niña pareció sorprendida.
—¿Lo sabes?
—Sé que esta noche es mejor no decir nombres.
Ella miró hacia el sótano.
—Entonces ya ha llegado.
Daniel se agachó para quedar a su altura.
—¿Quién?
La niña negó.
—No es un quién.
—¿La puerta?
Los ojos de la niña se abrieron.
—¿También está aquí?
Un golpe respondió desde abajo: PUM. La niña retrocedió hasta chocar con el mostrador.
—No.
Miga arqueó el lomo.
—Tranquila —dijo Clara.
—Me ha seguido.
Daniel se incorporó.
—¿Desde dónde?
La niña apretó la linterna.
—Desde mi casa.
Otro golpe: PUM.
—Cuéntamelo —dijo Daniel.
—No tenemos tiempo.
—Entonces cuéntamelo rápido.
La niña miró hacia la puerta del sótano.
—Apareció hace nueve noches.
—¿La puerta?
Asintió.
—En la pared de mi habitación.
Daniel y Clara se miraron.
—¿Una puerta sin pomo?
La niña volvió a asentir.
—Al principio pensé que mi padre la había hecho.
—¿Y después?
—Le pregunté —su voz tembló—. Él no podía verla.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Solo tú?
—Al principio.
—¿Qué ocurrió?
La niña bajó la mirada.
—La abrí.
Clara contuvo el aliento.
—¿Cómo?
La niña levantó la linterna: atada al asa había una pequeña llave negra. Daniel la miró, no era igual que la suya, pero tenía la misma luna grabada.
—¿Dónde encontraste esa llave?
—Dentro de este libro —señaló Cómo encontrar el camino a casa—. El libro estaba en la biblioteca de mi abuelo. Nunca lo había visto. Cuando lo abrí, la llave cayó al suelo.
Daniel miró el libro.
—¿Y abriste la puerta?
—Solo un poco.
—¿Qué viste?
La niña tardó en responder.
—Nada.
—¿Oscuridad?
—No, nada.
Daniel no comprendió.
—¿Qué significa nada?
—No había una habitación. Ni oscuridad. Ni pared. Era como mirar un sitio donde todavía no habían puesto nada.
Clara se abrazó a sí misma.
—¿Y entonces?
—Alguien dijo mi nombre.
Daniel sintió que la habitación se hacía más fría.
—¿Respondiste?
La niña cerró los ojos.
—Sí.
Otro golpe: PUM, más fuerte.
—Le dije que era yo.
Daniel comprendió la regla (No le digas tu nom-bre).
—¿Qué pasó después?
—La puerta se cerró.
—¿Y desapareció?
La niña negó.
—Al día siguiente estaba en la cocina.
—¿La misma?
—Sí. Después en la escuela. Después apareció en casa de mi abuela. Luego en un tren. Después en un hotel. Cada vez estaba más cerca y cada noche lla-maba tres veces.
Daniel miró a Clara.
—Las tres preguntas.
La niña asintió.
—Al principio hacía preguntas tontas.
—¿Qué preguntas?
—Si tenía frío. Si estaba sola. Si quería volver a casa.
—¿Contestaste?
—Las primeras noches.
—¿A las tres?
—Nunca a la tercera. Mi abuelo me enseñó que en los cuentos nunca hay que contestar tres veces a algo que llama desde detrás de una puerta.
Daniel sonrió débilmente.
—Tu abuelo era un hombre sensato.
—Murió el año pasado.
—Lo siento.
La niña acarició el libro.
—Era suyo.
Daniel comprendió.
—¿Y el libro te trajo hasta aquí?
—Sí —abrió una página—. Cada noche aparecía una página nueva.
Pasó otra página con el dibujo de un bosque, otra con una carretera, otra con Valdelumbre y la última con la Librería Luz de Luna.
—Me dijo que aquí podría cerrar la puerta.
Daniel miró el libro.
—¿El libro te lo dijo?
—No con palabras —señaló el dibujo de una puerta de piedra y, delante, a un hombre parecido a Daniel.
Clara se acercó.
—Eso no estaba antes.
—Apareció esta noche.
Daniel observó el dibujo.
—Fantástico.
La niña lo agarró de la manga.
—Tienes que cerrarla.
—Está cerrada.
—No —negó con fuerza señalando hacia el sótano —. La primera.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—La puerta que abrí en mi habitación no desapa-reció.
Otro golpe sacudió la librería entera.
—Se fue moviendo —la niña respiraba cada vez más deprisa—. Cada vez que aparecía en otro lugar era porque estaba buscando una salida.
Daniel miró hacia el sótano.
—¿Una salida hacia dónde?
La niña lo miró.
—Hacia aquí.
Silencio. Clara fue la primera en comprenderlo.
—La puerta del sótano...
La niña asintió.
—Es el otro lado.
Daniel sintió que todas las piezas encajaban: no había dos puertas, era la misma. Un extremo había aparecido años atrás en Luz de Luna y el otro lle-vaba nueve noches persiguiendo a la niña.
—¿Por qué tú? —preguntó.
La niña levantó la pequeña llave.
—Porque yo la abrí.
—Y le dijiste tu nombre.
—Sí.
—Así que puede encontrarte.
La niña asintió.
—Mientras tenga mi nombre, puede seguirme.
Un ruido de madera llegó desde el fondo: la puerta del sótano empezó a abrirse lentamente. Clara retrocedió y Miga bufó. Del interior salió una corriente helada y la voz, que esta vez no imitó a Gabriel, sino que era una voz sin edad:
—Devuélveme lo que es mío.
Daniel miró a la niña.
—¿Qué quiere?
Ella levantó la llave negra.
—Esto.
—Dásela —dijo Clara.
La niña negó inmediatamente.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no quiere la llave.
Daniel comprendió antes de que terminara.
—Te quiere a ti.
La niña asintió.
—La llave solo sirve para abrir.
La voz regresó:
—Devuélveme mi nombre.
Daniel miró a la niña.
—¿Tu nombre?
Ella estaba llorando.
—Cuando respondí, no solo aprendió mi nombre.
—¿Qué hizo?
—Se quedó con él.
Daniel frunció el ceño.
—Pero tú sabes cómo te llamas.
La niña negó.
—No.
Daniel sintió un vacío en el estómago.
—¿No recuerdas tu nombre?
—Desde aquella noche, no.
Clara se llevó una mano a la boca.
—¿Y tus padres?
—Ellos tampoco.
—¿Nadie?
—En mis cuadernos desapareció. En las fotogra-fías también. Mi padre me llama cariño, mi madre me llama pequeña —una lágrima cayó por su mejilla —. Nadie recuerda cómo me llamaba.
Daniel miró la puerta del sótano. Ahora entendía la advertencia: No le digas tu nombre. Aquello no quería saber nombres, los robaba.
La niña levantó Cómo encontrar el camino a casa.
—Mi abuelo escribió mi nombre aquí.
—¿Dónde?
—En la primera página.
Daniel abrió: estaba en blanco.
—Ya no está.
—Por eso vine —la niña señaló las estanterías—. El libro dice que una librería guarda todas las pala-bras que alguna vez han sido escritas.
Daniel miró alrededor: treinta y dos mil ciento cuarenta y seis libros, miles de millones de palabras.
—Y crees que tu nombre sigue aquí.
—Tiene que estar.
Otro golpe sacudió el sótano: ¡PUM! La puerta se abrió unos centímetros y Miga retrocedió. Clara miró a Daniel.
—Tenemos que encontrarlo.
—¿Un nombre que no conocemos?
—Sí.
—¿En treinta y dos mil libros?
La niña negó y señaló el libro que había traído.
—En este.
Daniel lo tomó.
—Pero las páginas...
Entonces recordó la regla diez: Cuando no sepas qué hacer, recuerda que esto sigue siendo una libre-ría. Un libro no era solo papel, tenía autor, historia, dedicatorias, anotaciones, propietarios.
Daniel abrió la primera página: nada. La segunda: nada. Después miró el lomo: la encuadernación era antigua, muy antigua.
—Clara.
—¿Qué?
—Necesito herramientas.
—¿Para qué?
—Para desmontar un libro.
La niña abrió mucho los ojos.
—No puedes romperlo.
—No voy a romperlo —Daniel sonrió—. Voy a leer la parte que nadie lee.
Otro golpe: ¡PUM! La puerta del sótano se abrió un poco más y una sombra empezó a extenderse por el suelo. Miga bufó.
Daniel tomó el libro.
—Date prisa —dijo Clara.
Daniel miró a la niña.
—Vamos a recuperar tu nombre.
Por primera vez desde que había entrado en Luz de Luna, ella sonrió.