Medianoche (Librería Luz de Luna 1) Las reglas de Luz de Luna
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Las reglas de Luz de Luna

A las ocho y media de la mañana Daniel estaba com-prando un felpudo.

No era exactamente la actividad que había imagi-nado para su tercer día en Valdelumbre. El estableci-miento se llamaba Ferretería Rivas y era el mismo a quien había pedido indicaciones cuando llegó al pueblo y buscaba la calle de la librería.

El hombre de la escoba estaba tras el mostrador. Al ver entrar a Daniel sonrió.

—Sabía que volvería.

—Necesito un felpudo.

—Naturalmente.

Daniel esperó.

—¿Naturalmente?

—Todas las casas necesitan uno.

—Eso es sorprendentemente lógico.

El hombre salió de detrás del mostrador.

—Ven.

Lo condujo hasta una sección con varios modelos:

BIENVENIDO, HOGAR DULCE HOGAR,

AQUÍ VIVE UN GATO,

LIMPIE SUS ZAPATOS.

Daniel descartó inmediatamente los tres prime-ros.

—Ese —señaló uno completamente marrón.

—Muy aburrido.

—Es un felpudo.

—También puede tener personalidad.

—Solo quiero que absorba agua.

El hombre lo miró.

—¿Agua?

Daniel se arrepintió de haberlo mencionado.

—Sí.

—No ha llovido.

—Ya.

—Desde hace una semana.

—Lo sé.

El hombre sonrió.

—Segunda noche.

Daniel lo miró.

—¿Cómo se llama?

—Ramón.

—Ramón, ¿todo el pueblo sabe lo que ocurre en Luz de Luna?

El ferretero pensó unos segundos.

—No.

—Bien.

—Algunos creen que está encantada.

—No está encantada.

—Otros dicen que aparecen fantasmas.

—Tampoco.

—Mi mujer piensa que Gabriel era brujo.

—Gabriel no era brujo.

Ramón levantó las manos.

—Yo no he dicho nada.

Daniel tomó el felpudo.

—¿Cuánto?

—Dieciocho euros.

Pagó. Ramón metió el felpudo en una bolsa enorme.

—¿Te quedas?

Daniel se detuvo.

—¿Por qué me pregunta todo el mundo eso?

—Porque Gabriel decía que no.

—¿Que no qué?

—Que no te quedarías.

Daniel frunció el ceño.

—Entonces Gabriel me conocía bastante bien.

Ramón sonrió.

—También decía que por eso quizá te quedarías.

Daniel tomó la bolsa.

—Mi tío tenía un talento extraordinario para decir cosas que no significaban nada.

—A veces significaban algo más tarde.

Daniel salió. Ramón le llamó desde la puerta.

—¡Daniel!

Se volvió.

—¿Sí?

—No compres campanillas.

—¿Qué?

—Ya tienes suficientes.

Daniel siguió caminando. No quiso preguntar.

Colocó el felpudo delante de la puerta. Miga salió al escaparate para observar la operación. Daniel retrocedió.

—Perfecto.

Miga miró el felpudo, después a Daniel.

—Es marrón.

El gato siguió mirándolo.

—No necesito tu aprobación.

Miga bajó, se acercó y olfateó el felpudo. Después pasó por encima y entró.

—Aprobado.

Daniel abrió la librería. Aquella mañana llegaron clientes desde el primer momento.

Una mujer com-pró dos novelas, un anciano pidió un libro sobre astronomía, una pareja de turistas entró únicamente para hacer fotografías y terminó llevándose tres libros.

A las once, Daniel había vendido más de cien euros.

Empezaba a comprender algo que no figuraba en las cuentas de Gabriel: la librería no era especial-mente rentable, pero tampoco estaba muerta.

Tenía clientes, muchos, y sobre todo tenía algo que Daniel no sabía cómo reflejar en una hoja de cálculo: la gente quería estar allí.

Algunos entraban y hablaban, otros se sentaban, y una mujer permaneció casi cua-renta minutos leyendo en el sofá verde. Nadie pare-cía tener prisa.

Daniel observaba aquello desde el mostrador. Durante años había trabajado en oficinas donde cada minuto debía justificar su existencia, en Luz de Luna parecía ocurrir lo contrario. Los minutos podían simplemente pasar, y nadie se enfadaba por ello.

A las once y media entró Clara. Llevaba dos cafés.

—Servicio a domicilio.

Daniel tomó uno.

—Te voy a poner en nómina.

—No puedes permitírtelo.

—He vendido ciento doce euros.

—Entonces quizá puedas pagarme un café.

Daniel bebió.

—¿Cómo sabes cuánto puedo permitirme?

—He visto las cuentas.

—Todo el mundo ha visto las cuentas menos yo.

Clara se apoyó en el mostrador.

—¿Has dormido?

—Algo.

—¿Y León?

—Supongo que llegó a casa.

—¿Cómo lo sabes?

Daniel miró el gran registro.

—No lo sé.

Clara siguió su mirada.

—¿Ha escrito algo?

—No.

—Entonces probablemente sí.

Daniel la miró.

—¿Cómo funciona esto?

—¿El registro?

—Todo.

Clara permaneció callada.

—Prometiste explicarme lo que sabías.

—Lo sé.

—Esta es mi tercera noche.

Ella asintió.

—Precisamente.

—¿Qué significa eso?

Clara tomó su café.

—Gabriel dejó algo para ti.

Daniel suspiró.

—Otro mensaje.

—Algo así.

—¿Dónde?

—Arriba.

—¿En la vivienda?

—Sí.

—He revisado todo.

—No todo.

Subieron. Miga los siguió.

Clara entró en el despacho de Gabriel. Daniel había estado allí dos veces. Era una habitación pequeña con escritorio, biblioteca, una vieja butaca, fotografías y papeles, nada extraordinario.

Clara se acercó a la estantería y sacó tres libros.

—¿Qué haces?

—Gabriel me dijo que solo hiciera esto después de la segunda noche.

—¿Por qué?

—Porque si te ibas antes no tenía sentido.

Detrás de los libros había una pequeña palanca. Clara la accionó y Daniel escuchó un clic. Una parte de la estantería se abrió.

—Estoy empezando a odiar los muebles de esta casa.

Clara rio. Dentro había una caja de madera. Daniel la sacó. En la tapa estaban grabadas sus inicia-les: D.F.

—Eso es inquietante.

—Ábrela.

Dentro encontró un cuaderno, nada más, era pequeño, de tapas negras. En la primera página había escrito: PARA DANIEL. Reconoció la letra de Gabriel y pasó la página.

Si estás leyendo esto, has pasado dos noches en Luz de Luna.

Daniel se sentó. Clara permaneció de pie. Conti-nuó leyendo:

Eso significa dos cosas. La primera: todavía no has vendido la librería. La segunda: probablemente estás enfadado conmigo.

Daniel sonrió.

—Correcto en ambas.

Siguió leyendo:

No puedo explicarte todo. Nadie puede. Luz de Luna existía mucho antes de que yo llegara y seguirá existiendo cuando nosotros no estemos.

Daniel dejó de sonreír.

Pero puedo enseñarte las reglas que me enseña-ron a mí.

Pasó la página. En letras grandes aparecía:

LAS REGLAS DE LUZ DE LUNA

Daniel miró a Clara.

—¿Las conoces?

—Algunas.

—Vamos allá.

1. LA LIbrERÍA AbrE A MEDIANOCHE SÓLO CUANDO ALGUIEN NECESITA ENTRAR.

Daniel recordó la campanilla, a Ofelia y a León.

—Tiene sentido.

Clara sonrió.

—Estás progresando.

—He dicho que tiene sentido dentro del sinsen-tido general.

Siguió leyendo:

2. NUNCA PREGUNTES A UN CLIENTE DE DÓNDE VIENE ANTES DE QUE ÉL DECIDA CON-TÁRTELO.

Daniel levantó la cabeza.

—Ya he incumplido esa.

—Varias veces.

—Nadie me informó.

Tercera:

3. EL PRECIO DE UN LIbrO NO SIEMPRE ES DINERO.

—Esa la conozco.

Cuarta:

4. NO TODOS LOS LIbrOS PUEDEN SER LEÍ-DOS POR TODOS.

Daniel recordó el libro de Ofelia con las páginas en blanco para él.

—También.

Quinta:

5. MIGA PUEDE ENTRAR DONDE QUIERA. NO INTENTES IMPEDÍRSELO.

Daniel miró al gato, que estaba sentado en la puerta.

—Esta regla la escribiste tú, ¿verdad?

El gato parpadeó.

Sexta:

6. SI LA ESTANTERÍA TRECE NO QUIERE APARECER, NO LA FUERCES.

Séptima:

7. NUNCA AbrAS LA PUERTA DEL FONDO.

Daniel se detuvo.

—¿Qué puerta?

Clara no respondió. Daniel volvió a leer:

NUNCA AbrAS LA PUERTA DEL FONDO.

—Clara.

—Yo tampoco la he visto.

—¿Sabías que existía?

—Gabriel la mencionó una vez.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

Daniel continuó. Octava:

8. SI UN LIbrO TE LLAMA POR TU NOMbrE, NO LO AbrAS SOLO.

—¿Los libros llaman por tu nombre?

—No que yo sepa.

—Excelente.

Novena:

9. SI MIGA SE NIEGA A ENTRAR EN UNA HABITACIÓN, TÚ TAMPOCO ENTRES.

Daniel miró otra vez al gato.

—Tiene demasiada autoridad.

Décima:

10. CUANDO NO SEPAS QUÉ HACER, RECUERDA QUE ESTO SIGUE SIENDO UNA LIbrERÍA.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Clara sonrió.

—Esa era la favorita de Gabriel.

Debajo había una frase:

Los libros sirven para muchas cosas, Daniel, pero casi siempre empiezan por la misma: ayudar a alguien a entender algo.

Daniel cerró el cuaderno y durante unos segun-dos permaneció callado.

—¿Eso es todo?

Clara señaló el cuaderno.

—Hay más páginas.

Daniel continuó pasando páginas: estaban en blanco, todas.

—No —pasó otra, blanca, otra, nada—. Gabriel tenía una extraña definición de «más».

Clara tomó el cuaderno.

—Quizá todavía no hay nada más.

Daniel se lo quitó.

—No empieces.

Ella sonrió.

Pasaron el resto de la mañana revisando el despa-cho.

Encontraron fotografías, cartas, facturas, recor-tes de periódicos y una caja llena de postales.

Daniel reconoció lugares como París, Lisboa, Roma o Praga, pero otras postales eran extrañas: una mostraba una ciudad construida sobre enormes árboles, otra, un puerto bajo dos lunas, otra, una torre rodeada por un mar rojo.

Daniel tomó una.

—Montajes.

Clara no respondió. En la parte posterior había mensajes: «Gracias por encontrar el camino. León.» Otra: «El jardín volvió a florecer.» Daniel pensó en Ofelia. Otra: «Gabriel: la puerta sigue cerrada. Que continúe así. E.»

Daniel la leyó dos veces.

—La puerta.

Clara se acercó.

—¿Quién es E.?

—No lo sé.

Daniel examinó el matasellos: no había ninguno.

—¿Cuándo llegó?

—Ni idea.

Guardó la postal. Siguieron buscando y en el último cajón del escritorio encontraron un mapa. Daniel lo desplegó: era el plano de la librería con la planta baja, la vivienda y el sótano.

—Por fin algo normal.

Clara señaló.

—Mira las medidas.

Daniel observó. La planta baja medía dieciséis metros de fondo, once el sótano,.

—Eso está mal.

—Parece.

—El sótano no puede ser cinco metros menos que el edificio.

—Quizá el plano esté equivocado.

Daniel la miró.

—¿Tú estás proponiendo una explicación racio-nal?

—Estoy aprendiendo de ti.

Daniel tomó una regla del escritorio y comprobó la escala: dieciséis metros arriba, once abajo. Cinco metros. Clara señaló el extremo del plano, donde aparecía una pequeña habitación sin nombre.

Daniel acercó el papel.

—Esto no lo he visto.

—Yo tampoco.

Un pasillo salía del sótano, llegaba hasta aquella habitación y al final había dibujado un rectángulo: una puerta. Daniel recordó la séptima regla: NUNCA AbrAS LA PUERTA DEL FONDO.

—Ya sabemos dónde está.

Clara negó.

—Sabemos dónde debería estar.

Daniel dobló el plano.

—Vamos abajo.

—Daniel.

—No voy a abrirla.

—Eso dicen siempre las personas justo antes de abrir una puerta.

—Solo quiero encontrarla.

Miga se levantó y empezó a bajar las escaleras. Daniel sonrió.

—¿Ves? Miga viene.

—Eso no significa que sea buena idea.

—Regla cinco: puede entrar donde quiera.

—Esa regla habla de Miga, no de ti.

—Detalles.

En el sótano midieron la pared: once metros. Daniel volvió a medir.

—Once.

Según el plano debía continuar otros cinco, pero allí había una pared de piedra.

—La habitación debería estar detrás.

Clara golpeó: sólido. Miga olfateó la base y des-pués caminó hacia la estantería trece, que seguía visible. Daniel sacó la llave.

—No.

—¿Qué?

—No está caliente.

La acercó: nada.

—La estantería ya está aquí.

—Quizá abre algo más.

Daniel recorrió la pared con la llave. Nada. Llegó hasta el extremo y la llave empezó a calentarse. Clara lo agarró del brazo.

—Daniel.

—No voy a abrir nada.

El metal estaba cada vez más caliente, Daniel lo acercó a la piedra. Apareció una línea vertical y des-pués otra: una puerta empezó a dibujarse sobre la pared. Daniel retrocedió. No tenía pomo ni cerra-dura, solo piedra.

Miga arqueó el lomo y Clara dio un paso atrás.

—Regla nueve.

Daniel miró al gato: Miga retrocedía.

—Sí.

Los tres permanecieron quietos. Entonces llegó un sonido desde el otro lado: Toc. Daniel contuvo la respiración. Toc. Clara lo agarró del brazo. Toc. Tres golpes.

Daniel guardó la llave.

—Nos vamos.

Por primera vez desde que había llegado a Valde-lumbre, no necesitó que nadie se lo aconsejara. Subieron y Daniel cerró la puerta del sótano echando la llave.

—Regla siete —dijo Clara.

—No abrir.

—Exactamente.

Daniel guardó el cuaderno de Gabriel en el bolsi-llo.

—Por una vez pienso obedecer.

Miga se sentó delante de ellos y Daniel lo miró.

—Y tú tenías razón.

El gato parpadeó.

—No te acostumbres.

Aquella tarde Daniel recibió una llamada de una inmobiliaria a la que había enviado una consulta antes de viajar a Valdelumbre.

—Señor Ferrer, hemos revisado la información del inmueble.

Daniel miró alrededor.

—Sí.

—Creemos que puede tener bastante interés. Especialmente por la ubicación, tenemos incluso un posible comprador que busca un local en la zona.

Daniel permaneció callado. Tres días antes aque-lla noticia le habría alegrado.

—¿Señor Ferrer?

—Sí.

—Podríamos enviar a alguien mañana para hacer una valoración.

Daniel miró a Miga, que dormía en el escaparate. Miró el sofá verde, las estanterías, el mostrador, el felpudo nuevo y después miró hacia la puerta del sótano.

—Mañana no.

—¿Qué día le iría bien?

Daniel tardó en responder.

—Le llamaré —dijo, y colgó.

Clara estaba colocando libros en una mesa.

—¿Comprador?

—Posible.

—Ah.

—No digas «ah».

—No he dicho nada más.

Daniel guardó el teléfono.

—Solo necesito terminar la tercera noche.

Clara asintió.

—Claro.

—Y tampoco digas «claro».

Ella sonrió. Daniel miró el reloj: 18:26. Quedaban cinco horas y treinta y cuatro minutos para media-noche, su última noche, después decidiría, al menos eso se dijo.

Desde el sótano llegaron tres golpes. Daniel miró hacia la puerta, pero esta vez no bajó. En el bolsillo de su chaqueta, la llave antigua empezó a calentarse.