Medianoche (Librería Luz de Luna 1) La elección
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La elección

Daniel volvió a leer la frase.

Yo pude morir porque Luz de Luna ya te había elegido.

Después miró a Miga.

—Esto empieza a ponerse demasiado filosófico incluso para Gabriel.

El gato se sentó sobre el escritorio. Daniel conti-nuó.

Y ahora debo contarte por qué.

Durante treinta y siete años fui el librero de Luz de Luna.

Daniel hizo una pausa. Treinta y siete años. Las fechas coincidían. Gabriel había llegado en 1989.

Antes que yo estuvo Ernesto. Antes de Ernesto, Matilde. Antes de Matilde hubo otros. Los has visto en el registro.

Ninguno compró realmente esta librería.

Ninguno la heredó realmente.

Luz de Luna elige a su librero.

Daniel apoyó la carta sobre la mesa.

—Por supuesto.

Miga lo miró.

—¿Qué esperabas? ¿Una compraventa normal ante notario?

El gato empezó a lavarse una pata. Daniel siguió leyendo.

No sé cómo lo hace.

Tampoco sé por qué elige a unas personas y no a otras. Si alguna vez lo descubres, escríbelo en el cuaderno. Yo me cansé de intentar entenderlo hace muchos años.

Daniel sonrió. Aquello sí sonaba a Gabriel.

Lo que sí sé es que Luz de Luna nunca elige al mejor librero.

Elige a alguien que necesita convertirse en uno.

La sonrisa desapareció. Daniel leyó de nuevo.

Elige a alguien que necesita convertirse en uno.

Continuó.

Cuando llegué aquí tenía treinta y dos años. Estaba enfadado con el mundo, debía dinero, no sabía qué hacer con mi vida y estaba convencido de que todos mis problemas eran culpa de los demás.

Ernesto me vendió un libro.

Yo ni siquiera quería comprarlo.

Llegué un 17 de marzo, de noche, con el coche en reserva y ninguna intención de quedarme. A la mañana siguiente estaba trabajando aquí.

Dos años después Luz de Luna era mía.

Daniel levantó la vista. Nunca había conocido esa parte de la vida de Gabriel. En la familia siempre se había contado otra historia. Gabriel, el hermano raro. Gabriel, el que se marchó. Gabriel, el que acabó viviendo entre libros en un pueblo perdido. Nadie había hablado de Ernesto.

Tardé mucho tiempo en comprender algo importante: Luz de Luna no me necesitaba tanto como yo necesitaba Luz de Luna.

Daniel dejó de leer. Aquella frase le molestó. Pre-cisamente porque entendía demasiado bien lo que quería decir.

Se levantó. Fue hasta la ventana. Valdelumbre dormía. A aquella hora solo había una luz encendida al otro lado de la calle. Café La Esquina.

Daniel sonrió.

—Esa mujer tampoco duerme.

Miga maulló.

—No empieces.

Volvió al escritorio.

Probablemente ahora estés preguntándote por qué tú.

—Por fin una pregunta útil.

No tengo la respuesta completa.

—Naturalmente.

Pero puedo contarte cuándo empezó.

Daniel se inclinó.

Hace siete años.

Aquello lo sorprendió. Siete años. Gabriel y él lle-vaban casi doce sin verse.

Una noche apareció un libro en la estantería trece.

Sin título ni autor.

Cuando lo abrí, sólo había una frase.

Debajo, Gabriel la había copiado:

EL PRÓXIMO LIbrERO SE HA PERDIDO.

Daniel sintió un escalofrío.

Durante meses no ocurrió nada.

Después apareció una segunda frase.

SE LLAMA DANIEL.

Daniel bajó la carta.

—No.

Miga dejó de lavarse.

—No me mires así.

Continuó.

Sí. Tú.

—Te odio, Gabriel.

Y sé que en este momento probablemente aca-bas de decir que me odias.

Daniel se quedó inmóvil. Miró alrededor.

—Eso ha sido casualidad.

Miga parpadeó. Daniel continuó con cierta des-confianza.

No sabía qué significaba. Pensé en llamarte. No lo hice.

Tal vez fue un error.

Pero recordaba cómo eras la última vez que nos vimos. Y sabía que, si te decía que una librería mágica había escrito tu nombre en un libro sin título, llamarías a un médico. Para mí.

Daniel sonrió.

—Eso sí.

Así que esperé.

Cada cierto tiempo el libro añadía algo.

EL PRÓXIMO LIbrERO CREE QUE ESTÁ

BIEN.

Daniel frunció el ceño.

EL PRÓXIMO LIbrERO HA APRENDIDO A

NO NECESITAR A NADIE.

Dejó de sonreír. La siguiente frase estaba escrita con la letra de Gabriel, pero parecía pesar más que las anteriores.

EL PRÓXIMO LIbrERO YA NO RECUERDA

QUÉ ESTABA BUSCANDO.

Daniel permaneció mucho rato sin continuar. Miga se acercó. Esta vez no dijo nada. El gato apoyó una pata sobre su brazo. Daniel respiró profunda-mente.

—No hacía falta ponerse personal.

Miga mantuvo la pata allí. Daniel siguió leyendo.

Entonces comprendí.

Luz de Luna no te había elegido porque supieras de libros.

Te había elegido porque te habías acostumbrado a vivir sin esperar demasiado de nada ni nadie.

Y esto, Daniel, es una forma muy silenciosa de estar perdido.

Daniel dejó la carta. Se levantó. Fue hasta la ven-tana otra vez. No quería seguir leyendo.

Durante años había tenido una vida razonable-mente buena. Un trabajo estable. Un apartamento. Dinero suficiente. Vacaciones. Conocidos. Alguna relación que había durado más de lo previsto y menos de lo prometido.

No estaba mal. Nunca había pensado que estu-viera mal. Simplemente... Era su vida. Una vida cómoda. Ordenada. Previsible. Una vida en la que los lunes se parecían mucho a los martes y los años empezaban a parecerse demasiado unos a otros.

Daniel había llamado a eso tranquilidad. Gabriel parecía tener otra palabra.

Perdido.

—Qué fácil es opinar cuando estás muerto — murmuró.

Regresó al escritorio.

No te enfades conmigo.

—Demasiado tarde.

Bueno. Enfádate un poco. Siempre has sido bas-tante cabezota.

Daniel rio.

—Idiota.

Pero entiende algo: yo no te traje aquí.

La librería lo hizo.

Yo solamente me aseguré de que recibieras las llaves.

Daniel miró la antigua llave de metal. Seguía sobre el escritorio.

Hace unos días el libro escribió su última frase.

Daniel continuó.

YA ESTÁ PREPARADO.

Esa misma noche supe que mi tiempo había ter-minado.

La letra de Gabriel cambiaba ligeramente a partir de allí. Más temblorosa.

No te asustes.

Luz de Luna no me mató.

Daniel agradeció la aclaración.

Estaba enfermo desde hacía meses. No se lo dije a casi nadie. Clara lo sabía.

Daniel cerró los ojos. Eso explicaba muchas cosas.

Los médicos me daban poco tiempo.

Mi mayor preocupación no era morir.

Era dejar Luz de Luna sin librero.

Porque hay libros que deben ser encontrados.

Personas que necesitan llegar hasta aquí.

Caminos que solo se abren desde este lugar.

Y alguna puerta que debe permanecer cerrada.

Daniel pensó en Lucía. En el pasillo gris. En la voz de Gabriel detrás de la puerta. Continuó.

Cuando apareció tu nombre, pude dejar de preocuparme.

Por eso pude morir, Daniel.

No porque tú llegaras.

Sino porque sabía que Luz de Luna no se queda-ría sola.

Daniel tragó saliva. Durante unos segundos las letras se volvieron borrosas. Parpadeó.

—Maldita alergia.

Miga lo miró.

—Polvo.

El gato siguió mirándolo.

—Hay muchísimo polvo aquí.

Daniel se secó los ojos. La carta todavía no había terminado.

Ahora viene la parte importante.

No tienes ninguna obligación de quedarte.

Daniel frunció el ceño.

Si quieres vender, vende.

Si quieres marcharte, márchate.

Luz de Luna nunca ha necesitado prisioneros.

Si dices que no, encontrará a otra persona.

Daniel no esperaba aquello. Había supuesto que todo conducía a una especie de destino inevitable. Pero Gabriel le estaba ofreciendo exactamente lo contrario. Una salida.

Solo te pido una cosa.

No decidas pensando en mí.

No decidas pensando en la librería.

Y, por una vez en tu vida, no decidas pensando en lo que resulta más sensato.

Daniel sonrió.

Pregúntate dónde quieres despertarte mañana.

Debajo había una última línea.

Con cariño,

Gabriel.

Y después, añadido en letra más pequeña:

P. D.: Miga no es inmortal.

Daniel miró inmediatamente al gato.

—¡Ah!

Siguió leyendo.

Por lo menos, eso creo.

—Gabriel.

P. D. 2: No tengo ni idea de cuántos años tiene. Ernesto decía que ya estaba aquí cuando él llegó.

Daniel miró a Miga. El gato bostezó.

P. D. 3: No intentes averiguarlo.

Daniel dobló la carta.

—Por una vez estamos de acuerdo.

Guardó la hoja dentro del sobre. Miró el reloj. 01:03. Estaba cansado. Pero ya no tenía sueño.

Bajó a la librería. Miga lo siguió. Daniel encendió únicamente la lámpara del mostrador. Se sentó.

Frente a él estaba la valoración de la inmobiliaria. A un lado, el teléfono. Al otro, el registro. Tres vidas posibles sobre una mesa.

Cogió el teléfono. Abrió el mensaje de su jefe.

Daniel, necesitamos saber cuándo vuelves.

Esta vez respondió.

Necesito unos días más. Te llamaré mañana.

Envió. Después cogió la valoración. La dobló. La guardó en un cajón. No la rompió. Todavía no.

Finalmente abrió el registro. La página seguía esperando.

EL PROPIETARIO PUEDE ELEGIR.

QUEDARSE.

MARCHARSE.

Daniel cogió una pluma. La sostuvo sobre el papel. Miga saltó al mostrador.

—No.

Dejó la pluma.

—Gabriel ha dicho que no decida esta noche.

Miga se sentó.

—Además, me parece de mala educación que una librería me presione.

La tinta empezó a moverse. Apareció una frase.

NO HAY PRISA.

Daniel arqueó una ceja.

—Gracias.

Otra frase.

PERO AbrIMOS A LAS NUEVE.

Daniel miró el reloj. 01:11.

—Eso sí que es presión.

El registro no respondió. Daniel lo cerró.

A las ocho y cuarenta y cinco de la mañana alguien golpeó el escaparate. Daniel abrió los ojos. Seguía en el sofá. Miga dormía sobre su estómago.

—¿Qué hora es?

Otro golpe. Miró el reloj.

—No.

Se levantó. Tenía el cuello destrozado. La camisa arrugada. El cabello probablemente peor.

Al otro lado del cristal había tres personas. Teresa. Ramón. Y el niño de los dragones. El niño señaló el cartel.

CERRADO.

Después señaló su reloj. Daniel abrió la puerta.

—Son las ocho cuarenta y siete.

Teresa entró.

—Casi las nueve.

Ramón detrás.

—Buenos días.

El niño llevaba cuatro monedas en la mano.

—Vengo por el tercero.

Daniel lo miró.

—Ayer compraste el segundo.

—Ya lo he terminado.

—¿Cuándo duermes?

—Por la noche.

—Evidentemente no mucho.

El niño corrió hacia la sección infantil. Daniel permaneció junto a la puerta. Ramón lo miró.

—Tienes mala cara.

—Gracias.

—Gabriel también tenía mala cara por las maña-nas.

Teresa dejó su bolso sobre el mostrador.

—Gabriel tenía mala cara todo el día.

Daniel sonrió. Desde el otro lado de la calle llegó olor a café. Clara estaba levantando la persiana de La Esquina. Lo vio. Levantó una mano. Daniel respon-dió.

Después miró el interior de Luz de Luna. Teresa ya estaba buscando libros. Ramón discutía con el niño sobre si los dragones podían volar científica-mente. Miga había regresado al escaparate. La luz de la mañana entraba por los cristales.

No ocurría nada mágico. Nada extraordinario. Simplemente una librería empezando el día.

Daniel recordó la pregunta de Gabriel.

¿Dónde quieres despertarte mañana?

La respuesta apareció antes de que pudiera evi-tarla. Allí.

Daniel se quedó quieto.

—Vaya.

Teresa levantó la cabeza.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Caminó hasta la puerta. Giró el cartel.

ABIERTO.

Clara cruzaba la calle con dos cafés. Daniel la observó acercarse. Todavía no había tomado una decisión. Al menos eso se dijo.

Pero por primera vez desde que llegó a Valde-lumbre, la idea de marcharse le pareció más extraña que la idea de quedarse.