Medianoche (Librería Luz de Luna 1) Falta un libro #2
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Falta un libro #2

Llegaron a una pequeña casa de fachada blanca. Clara llamó: nada. Volvió a llamar y se encendió una luz. Una mujer de unos cincuenta años abrió la ven-tana del primer piso.

—¿Clara?

—Perdona, Elena.

—¿Qué ocurre?

—Necesitamos preguntarte algo sobre tu padre.

La mujer desapareció y un minuto después abrió la puerta envuelta en una bata. Miró a Daniel y des-pués a Miga.

—Tú eres el sobrino de Gabriel.

Daniel ya había dejado de sorprenderse.

—Daniel.

—Elena.

Los hizo pasar, la casa olía a lavanda.

—¿Qué ocurre?

Daniel le mostró la ficha.

—Tu padre pidió prestado este libro.

Elena la leyó y su expresión cambió.

—Creía que Gabriel se lo había llevado.

—¿Sabes dónde está?

—Sí.

Daniel y Clara se miraron.

—¿Podemos verlo?

Elena permaneció callada.

—Es importante —añadió Clara.

La mujer asintió, les pidió que esperaran, subió y regresó con una pequeña caja. La abrió: dentro había un libro de cubierta azul con el título

EL LIbrO DE LAS PEQUEÑAS COSAS escrito con letras plateadas. Daniel sintió un alivio inme-diato.

—Ese es —extendió la mano.

Elena cerró la caja.

—No.

Daniel se detuvo.

—Tenemos que devolverlo.

—Mi padre me pidió que no lo hiciera.

—¿Por qué?

Elena miró el libro.

—Porque todavía no había terminado.

Daniel y Clara guardaron silencio.

—Pero murió —dijo Daniel suavemente.

—Lo sé —Elena acarició la cubierta—. Lo estaba leyendo la última semana. Cada noche.

—¿Qué contiene?

—Recuerdos.

—¿Sus recuerdos?

—Las cosas pequeñas —Elena sonrió tristemente —.

El olor del café que preparaba mi madre.

Una tarde pescando conmigo cuando yo tenía ocho años.

El sonido de nuestra vieja puerta. Una canción que cantaba mi abuela —abrió el libro.

Daniel vio pági-nas escritas—. Después de morir, seguí leyendo  — pasó varias hojas—. Y cada vez aparecía algo nuevo.

Daniel miró a Clara.

—¿Nuevo?

—Un recuerdo suyo —Elena cerró el libro—. Hace tres años dejaron de aparecer.

Daniel comprendió.

—Por eso no lo devolviste.

—Es lo último que tengo de él —negó ella.

Daniel miró el reloj: 23:31, veintinueve minutos. Pero ya no parecía tan sencillo: no podía arrancarle aquel libro de las manos.

—¿Qué ocurre si no vuelve antes de medianoche? —preguntó Elena.

Daniel miró a Clara, quien negó con la cabeza.

—No lo sabemos.

Elena observó a Miga, que estaba sentado junto a la caja.

—Gabriel habría sabido qué hacer.

Daniel sintió una punzada de irritación.

—Sí. Todo el mundo dice eso.

Nadie respondió. Daniel se acercó a la ventana: la calle estaba vacía. Pensó en Gabriel, en la librería, en el niño y su libro de dragones, en Ofelia y en aquella absurda frase del escaparate: Hay libros que encuen-tras. Y libros que te encuentran a ti.

Entonces entendió algo. Se volvió.

—Quizá no tenemos que llevarnos el libro.

Clara frunció el ceño.

—El registro dijo que lo encontráramos.

—Exactamente.

—¿Y?

—No dijo que lo devolviéramos.

Clara sonrió lentamente.

—Es verdad.

Daniel tomó el teléfono, fotografió la ficha y des-pués fotografió el libro.

—Encontrado.

Elena lo miró.

—¿Eso basta?

Daniel guardó el móvil.

—No tengo ni idea.

Clara rio.

—Ya empiezas a sonar como Gabriel.

—Retira eso.

Salieron a las 23:42 y caminaron deprisa con Miga delante. A mitad de camino el gato empezó a correr.

—Eso no me gusta — dijo Daniel.

Llegaron a Luz de Luna a las 23:56, Daniel abrió y entraron a las 23:57. Corrió hasta el registro, lo abrió y vio que la página seguía igual

(ENCUÉNTRALO ANTES DE MEDIANOCHE). Daniel dejó la fotografía de la ficha junto al libro.

—Encontrado —nada, 23:58—. Vamos —Clara miraba la página, 23:59—. Lo encontramos.

El reloj de pared empezó a sonar. Primera cam-panada. Daniel miró el registro.

Segunda: nada. Tercera: «Vamos». Cuarta, quinta, sexta: la tinta comenzó a moverse. Séptima: Clara se acercó. Octava: las palabras desaparecieron. Novena: apareció una nueva frase (CORRECTO). Décima: Daniel sonrió («Sabía que...»). Duodécima: otra frase apareció (UN LIbrO NO SIEMPRE DEBE VOL-VER).

Daniel y Clara se miraron. Después surgió una última línea: PERO ALGUIEN SÍ.

La campanilla de la puerta sonó: Tin. Daniel dejó de sonreír y Clara miró hacia la entrada, Miga arqueó el lomo. Al otro lado del cristal había un hombre alto, empapado, aunque fuera no llovía.

Daniel miró el registro y la tinta escribió lenta-mente un nombre: LEÓN.

Clara susurró:

—No aceptes oro.

El hombre golpeó tres veces la puerta.

CAPÍTULO 7

El hombre bajo la lluvia

El hombre golpeó otra vez: tres golpes, pausa, tres golpes.

Daniel miró a Clara.

—¿Lo conoces?

—No.

—Has dicho su nombre.

—Lo ha dicho el registro.

Daniel miró la página: LEÓN. Debajo, la tinta continuaba moviéndose y apareció una segunda palabra: ATLAS. Daniel recordó inmediatamente la lista que había encontrado (León Atlas. No aceptar oro).

—¿Atlas?

Clara asintió.

—Eso parece.

—¿Qué atlas?

—No lo sé.

—Me encanta trabajar contigo. Siempre tienes toda la información necesaria.

El hombre volvió a golpear, Miga emitió un sonido bajo que no era exactamente un maullido.

—¿Qué le pasa?

Clara observó al gato: tenía el pelo erizado. Daniel nunca lo había visto así.

—Eso tampoco me tranquiliza.

El hombre permanecía al otro lado del cristal: era muy alto, cerca de dos metros, llevaba un abrigo marrón largo hasta las rodillas y botas oscuras. El cabello negro estaba pegado a su frente por el agua que caía constantemente desde su ropa. Daniel miró la calle seca y el cielo despejado.

—¿Por qué está mojado?

—Probablemente donde estaba llovía.

—Está aquí.

—Ahora.

Daniel la miró.

—Vas a tener que empezar a explicar mejor las cosas.

—Primero decidamos si abrimos.

El hombre levantó ambas manos sin nada en ellas y dio un paso atrás. Daniel observó a Miga: seguía tenso, pero ya no bufaba.

—Gabriel me dijo que la primera noche no abriera.

—Esta es la segunda.

—Excelente argumento legal.

Clara sonrió. Daniel retiró la cadena.

—Si intenta matarnos, quiero que conste que esto ha sido idea tuya.

—Tú eres el propietario.

—Hace diez minutos solo era un librero acciden-tal.

—Estás ascendiendo rápido.

Daniel abrió, la campanilla sonó y el hombre entró, formando un charco a sus pies.

—Buenas noches —su voz era grave.

Daniel miró el suelo.

—Buenas noches.

El hombre también miró el charco.

—Lo siento.

—No pasa nada.

—Ha sido un viaje complicado.

Clara le ofreció una pequeña alfombra que había junto a la entrada.

—Puede dejar el abrigo aquí.

El hombre negó.

—Preferiría no hacerlo.

Daniel y Clara intercambiaron una mirada.

—Como quiera —dijo Daniel—. ¿León?

El hombre lo observó.

—Sí.

—Buscas un atlas.

León pareció sorprendido.

—Gabriel siempre sabía lo que venía a buscar.

—Gabriel ya no está.

El hombre bajó la mirada.

—Lo sé.

Durante unos segundos nadie habló. León se quitó un guante: su mano tenía varias cicatrices.

—Lo siento.

Daniel asintió.

—Gracias.

—¿Usted es Daniel?

—Empiezo a pensar que debería llevar una placa con mi nombre.

León sonrió ligeramente.

—Gabriel habló de usted.

—Eso también empieza a preocuparme.

El hombre miró alrededor.

—Entonces es cierto.

—¿Qué?

—Luz de Luna lo eligió.

Daniel señaló la librería.

—Luz de Luna es un edificio.

León no respondió. Clara carraspeó.

—El atlas.

—Sí —León volvió a ponerse serio—. Necesito el Atlas de Caminos.

Daniel fue hacia el ordenador.

—Autor.

—No tiene.

Daniel se detuvo.

—Naturalmente.

—Es antiguo.

—¿Editorial?

León negó. Daniel miró a Clara.

—Empiezo a detectar un patrón entre los clientes de medianoche.

Abrió el inventario, buscó Atlas de Caminos y no dio ningún resultado.

—No aparece.

León miró hacia el fondo.

—Estantería trece.

Daniel cerró los ojos.

—Por supuesto.

Bajaron los tres al sótano seguidos por Miga. Daniel llevaba la llave antigua y, sin necesidad de explicaciones, la acercó al hueco, el metal se calentó, hizo click y la estantería trece apareció lentamente.

León dejó escapar un suspiro.

—Gracias.

Daniel lo observó.

—¿Hace cuánto que no vienes?

—Nueve años.

—¿Y Gabriel te vendió otro atlas?

—No —León empezó a revisar los libros—. Me vendió el mismo.

Daniel frunció el ceño.

—¿El mismo que vienes a buscar?

—Sí.

—Entonces ¿por qué está aquí?

León no respondió, sacó un volumen enorme de color azul oscuro con una brújula grabada en la cubierta: ATLAS DE CAMINOS.

Lo colocó sobre una caja y lo abrió. Daniel se acercó esperando mapas: los había, pero ninguno se parecía a un mapa normal, no aparecían países, ni ciudades, ni carrete-ras, solo miles de líneas de diferentes grosores que atravesaban páginas enteras, algunas terminando abruptamente, otras cruzándose o formando círcu-los.

—¿Qué representa?

León pasó una página.

—Caminos.

—Eso ya lo dice el título.

—No todos los caminos están en los mapas.

—Empiezo a sospecharlo.

León buscó algo, recorrió varias líneas con el dedo, se detuvo y su expresión cambió.

—No.

Clara se acercó.

—¿Qué ocurre?

León pasó otra página y después otra.

—Ha desaparecido.

—¿Qué? —preguntó Daniel.

—El camino.

Daniel miró el mapa.

—¿Cuál?

León señaló un espacio vacío.

—Este.

—Ahí no hay nada.

—Exactamente —León cerró el atlas—. Llegué tarde.

Daniel apoyó una mano en una caja.

—¿Tarde para qué?

El hombre permaneció callado.

—León.

—Mi camino a casa ya no existe.

Daniel esperó una sonrisa, no llegó.

—Eso es una metáfora.

—No.

—Los caminos no desaparecen de los libros por-que dejen de existir.

León lo miró.

—Este sí.

Daniel empezó a notar que aquella conversación estaba superando ampliamente su capacidad para encontrar explicaciones racionales.

—¿Dónde está tu casa?

León señaló vagamente hacia arriba.

—Al norte.

—Eso reduce las posibilidades a varios millones de kilómetros cuadrados.

Clara intervino:

—¿Cómo llegaste aquí?

León miró el paraguas que no llevaba.

—Por un camino secundario.

—¿Desde dónde?

—Desde mi mundo.

Silencio. Daniel lo miró, después miró a Clara y otra vez a León.

—No.

León arqueó una ceja.

—¿No?

—No.

—Daniel... —dijo Clara.