Falta un libro
Daniel miró las estanterías, después repasó el regis-tro y volvió a mirar las estanterías.
—Treinta y dos mil ciento cuarenta y seis.
Clara asintió.
—Aproximadamente.
—No. Nada de aproximadamente. Treinta y dos mil ciento cuarenta y seis libros. Los he contado en el inventario.
—Entonces solo tenemos que descubrir cuál de los treinta y dos mil ciento cuarenta y seis falta.
Daniel la observó.
—Me tranquiliza muchísimo tu forma de plan-tearlo.
Clara volvió a mirar el mensaje:
FALTA UN LIbrO. ENCUÉNTRALO ANTES DE MEDIANOCHE.
—Quizá aparezca el título —dijo Daniel.
Esperaron: nada.
—¿Puedes preguntarle? —dijo Clara.
—¿A quién?
Ella señaló el registro. Daniel la miró.
—No pienso hablar con un libro.
—Hace dos días tampoco pensabas pasar tres noches en una librería.
—Eso era antes de descubrir que los libros contes-tan.
Clara sonrió.
—Precisamente.
Daniel se inclinó sobre el registro.
—Esto es ridículo —esperó. Clara cruzó los bra-zos —. Adelante.
—¿Qué digo?
—No sé. Es tu librería.
Daniel suspiró y miró la página.
—¿Qué libro falta?
Nada. Clara se tapó la boca.
—¿Te estás riendo?
—No.
—Te estás riendo.
—Un poco.
Daniel volvió a mirar el registro.
—Muy bien. ¿Podrías decirnos qué libro falta, por favor?
Esperaron, la tinta no se movió.
—Educado pero ineficaz —dijo Clara.
Daniel cerró el libro.
—Usaremos el inventario.
—¿Cómo?
—Si falta físicamente un libro que figura como disponible, lo encontraremos.
—¿Comparando treinta y dos mil títulos?
—Tenemos ordenador.
—Eso sigue siendo bastante trabajo.
—¿Tienes una idea mejor?
Clara miró hacia Miga y Daniel siguió su mirada: el gato estaba sentado junto al escaparate.
—No.
—Gabriel lo utilizaba.
—¿Para buscar libros?
—A veces.
—Es un gato.
—Eso no parece preocuparle.
Daniel se acercó.
—Miga —el gato lo observó—. Falta un libro — nada—. Necesitamos encontrarlo.
Miga se lamió una pata. Daniel miró a Clara.
—Está entregadísimo a la causa.
—Dale tiempo.
—Nos quedan tres horas y cuarenta minutos.
Clara se agachó.
—Miga. ¿Dónde está el libro?
Miga saltó del escaparate. Daniel abrió los brazos.
—Esto es discriminación.
El gato caminó hacia el fondo y Clara lo siguió.
—Vamos.
—¿En serio?
—¿Tienes otra pista?
Daniel miró el registro, después el reloj.
—No puedo creer que esté siguiendo a un gato para encontrar un libro mágico.
—Te acostumbrarás.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Miga los condujo hasta la sección de literatura infantil, se detuvo, pasó entre dos estanterías, giró hacia narrativa, avanzó hasta historia, luego viajes y después regresó al mostrador, donde saltó sobre una silla y se tumbó.
Daniel esperó.
—¿Eso es todo?
Clara frunció el ceño.
—Parece que sí.
—Fantástico. Hemos dado una vuelta por la libre-ría —Miga cerró los ojos—. Creo que se está bur-lando de nosotros.
—Es posible.
Daniel regresó al ordenador.
—Método tradicional.
Abrió el inventario digital y vio una columna que no había observado antes: ÚLTIMA REVISIÓN. La mayoría de las entradas tenían fechas recientes.
—Clara, ¿esto lo hiciste tú?
—Sí. Gabriel y yo revisamos las existencias hace unos meses.
Daniel ordenó la lista por fecha: algunas entradas no habían sido verificadas, doscientas dieciocho.
—Ya no son treinta y dos mil.
—Mejoramos.
Imprimieron la lista y Daniel la dividió por sec-ciones.
—Tú empiezas por narrativa, yo por historia y viajes.
—¿Y Miga?
Daniel miró al gato.
—Miga puede continuar con su agotador pro-grama de sueño.
A las nueve y diez habían revisado cuarenta y siete libros, a las nueve y cuarenta, noventa y tres, a las diez y cuarto, Daniel empezaba a odiar profun-damente los libros.
—Ciento cuarenta y uno.
Clara apareció al final del pasillo.
—Yo llevo ciento treinta.
—Eso suma doscientos setenta y uno.
—La lista solo tenía doscientos dieciocho.
Daniel miró sus hojas y Clara miró las suyas.
—Estamos haciendo algo mal.
—Magnífico.
Se sentaron en el suelo, a su alrededor había pequeñas pilas. Clara tomó una botella de agua.
—Gabriel nunca hacía esto.
—Gabriel tenía treinta años de experiencia.
—Treinta y cinco.
—Peor me lo pones —Daniel apoyó la cabeza contra una estantería—. ¿Cómo encontraba un libro?
—A veces simplemente sabía dónde estaba.
—Eso no ayuda.
—Otras veces esperaba.
—¿A qué?
—A que apareciera.
Daniel giró la cabeza.
—Los libros no aparecen.
Clara levantó una ceja.
—Anoche apareció una estantería.
—Con un mecanismo.
—Claro.
—No empieces.
Clara sonrió. Durante unos segundos permane-cieron en silencio.
La librería estaba tranquila, desde la calle llegaba el sonido lejano de una moto.
Daniel miró alrededor: las lámparas proyectaban círculos de luz cálida sobre la madera, afuera hacía frío y dentro olía a papel y café.
Clara estaba sentada en el suelo a su lado y Miga dormía en algún lugar.
Por primera vez desde que había llegado, Daniel com-prendió una de las opiniones que había leído en internet: Podría pasar horas dentro.
—¿Por qué ayudabas a Gabriel? —preguntó Daniel.
Clara lo miró.
—¿Qué?
—Con la librería.
Ella tardó un poco en responder.
—Porque me ayudó él primero.
—¿Con qué?
Clara jugueteó con la botella.
—Cuando llegué a Valdelumbre no conocía a nadie.
—¿No eres de aquí?
—No.
—Todo el mundo parece haber llegado de otro sitio.
—Quizá eso sea Valdelumbre.
Daniel esperó. Clara continuó:
—Yo tenía veinticuatro años. Poco dinero, nin-guna idea de qué hacer con mi vida y la firme con-vicción de que todos los demás sí sabían qué estaban haciendo.
—Una enfermedad bastante común.
—Gabriel me dejó trabajar aquí.
—¿En la librería?
—Durante unos meses.
—¿Y después abriste la cafetería?
—Sí.
—¿Te prestó dinero?
—Algo mejor.
Daniel arqueó una ceja.
—¿Qué?
Clara sonrió.
—Un libro.
Daniel soltó una carcajada.
—Naturalmente.
—No era mágico.
—Gracias por aclararlo.
—Era sobre pequeños negocios.
—Eso resulta decepcionantemente normal.
—A veces lo normal es exactamente lo que nece-sitas.
Daniel se quedó pensando.
—¿Todavía lo tienes?
—Sí.
—¿Funcionó?
Clara miró hacia la ventana, al otro lado estaba su cafetería.
—Parece que sí.
Daniel sonrió. Entonces escucharon un ruido: Pum. Ambos se quedaron quietos.
—¿Qué ha sido eso?
Otro golpe: Pum. Procedía del fondo. Se levanta-ron.
—Miga —llamó Clara. Nada. Caminaron hacia el sonido. Tercer golpe: Pum.
Daniel se detuvo.
—Sótano.
Clara perdió la sonrisa.
—Sí.
Llegaron a la puerta, estaba cerrada. Daniel apoyó una mano sobre el pomo.
—¿Alguna recomendación?
—No abras puertas misteriosas.
—Buen consejo.
—Gabriel lo repetía mucho.
—Y, sin embargo, aquí estamos.
Daniel abrió.
Las luces del sótano estaban apagadas, encendió el interruptor y no pasó nada.
—Estupendo.
Sacó el teléfono, Clara hizo lo mismo y bajaron. El haz de las linternas recorrió cajas y estanterías.
—¿Miga?
Un maullido respondió desde el fondo.
—Claro —murmuró Daniel.
Avanzaron y encontraron al gato delante de la estantería doce, la trece no estaba, solo el hueco. Miga miraba hacia arriba.
—¿Qué haces aquí?
El gato maulló. Clara iluminó la estantería doce.
—Daniel... mira.
En el último estante había un espacio vacío con una pequeña etiqueta pegada a la madera: 12-7-19. Consultó la lista.
—No tengo ese código.
Clara tomó el inventario.
—Yo tampoco.
Daniel pasó el dedo por el hueco: había polvo a ambos lados, pero en el centro no.
—Aquí había un libro.
—Parece que sí.
—¿Y cuál?
Miga empezó a caminar.
—Otra vez no.
El gato llegó hasta una caja situada contra la pared, saltó encima y se sentó. Daniel iluminó la caja, en la que había una palabra escrita:
DEVOLUCIONES.
—Eso tiene más sentido.
La abrió, había siete libros, pero al sacarlos nin-guno tenía el código.
—Nada.
Miga golpeó la tapa con una pata.
—Está vacía.
El gato volvió a golpear. Daniel levantó la caja.
—No hay...
Algo sonó dentro. Clara lo miró. Daniel sacudió la caja (Clac).
—Hay algo debajo.
Le dio la vuelta: el fondo parecía demasiado grueso. Encontró una pequeña pestaña, tiró y un doble fondo se abrió. Dentro había una ficha que Daniel tomó, en ella estaba escrito: 12-7-19. Debajo: EL LIbrO DE LAS PEQUEÑAS COSAS. Y una última anotación: Prestado. No devuelto.
—Ya tenemos título —dijo Clara.
Daniel miró el reloj: 22:43.
—Y poco más de una hora para encontrarlo.
—¿A quién se prestó?
Daniel dio la vuelta a la ficha, había un nombre: MATEO RIVAS.
Clara dejó escapar el aire.
—Oh.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—Perfecto. ¿Dónde vive?
Clara no respondió.
—Clara.
—Mateo murió.
Daniel bajó la ficha.
—¿Cuándo?
—Hace cinco años.
Regresaron arriba. Daniel buscó el nombre en el ordenador y no encontró nada.
Después revisó el registro de clientes diurnos y halló varias compras de Mateo Rivas (libros de viajes, historia, poesía), siendo la última entrada de cinco años atrás.
Abrió el gran registro antiguo pero tampoco apareció nada.
—Entonces era un cliente normal —dijo Daniel.
Clara negó lentamente.
—Nadie que pida El libro de las pequeñas cosas es completamente normal.
—¿Lo conoces?
—He oído hablar de él.
—¿Qué hace?
—No lo sé.
—¿Otra vez?
—Gabriel no me contaba todo.
Daniel miró el reloj: 23:02.
—¿Familia?
—Una hija.
—¿Vive aquí?
—Sí.
—Vamos.
Clara se puso la chaqueta y Daniel cogió las llaves. Miga saltó al suelo.
—Tú te quedas.
El gato caminó hacia la puerta y se sentó.
—No vamos a pasear.
El gato miró a Clara y ella se encogió de hombros.
—Yo lo llevaría.
Daniel suspiró.
—Perfecto. Expedición nocturna: una camarera, un librero accidental y un gato.
—Tengo cafetería. No soy camarera.
—Mis disculpas.
Abrió la puerta y Miga salió primero.
La casa de la hija de Mateo estaba a diez minutos, Clara conocía el camino. Valdelumbre estaba casi completamente dormida: las farolas iluminaban las calles empedradas y algunas chimeneas todavía expulsaban humo. Miga caminaba delante de ellos.
—¿Siempre hace esto? —preguntó Daniel.
—¿Qué?
—Comportarse como si supiera adónde vamos.
—Normalmente sabe más que nosotros.
—Eso no es difícil.