Medianoche (Librería Luz de Luna 1) Una explicación razonable #2
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Una explicación razonable #2

La mujer pagó. Cuando salió, Daniel se dio cuenta de algo: había disfrutado. No mucho, pero sí.

Miga estaba sobre el mostrador.

—No pongas esa cara —el gato no hizo nada—. Solo he vendido un libro.

Miga se tumbó. Daniel volvió al inventario.

Media hora después entró un niño de unos nueve años que llegó solo.

—Hola.

—Hola.

El niño se acercó al mostrador.

—¿Eres el nuevo Gabriel?

Daniel dejó el bolígrafo.

—Espero que no.

El niño pareció decepcionado.

—¿Entonces quién eres?

—Daniel.

—¿Y Gabriel?

Daniel dudó.

—Gabriel murió.

El niño bajó la mirada.

—Mi madre dijo que se había ido.

—A veces los adultos decimos eso.

El niño asintió.

—Ya lo sé.

Daniel esperó.

—¿Buscas algún libro?

El niño sacó tres monedas de euro del bolsillo.

—Uno de dragones.

—Eso podemos hacerlo —Daniel lo acompañó hasta la sección infantil—. ¿Dragones malos o bue-nos?

—Buenos.

—Excelente elección.

—Pero que parezcan malos.

Daniel lo miró.

—Eso mejora considerablemente la búsqueda.

Revisaron varias estanterías. Miga apareció y el niño se agachó.

—Hola, Miga.

El gato se dejó acariciar, Daniel ya ni siquiera protestó. Encontraron finalmente un libro ilustrado donde aparecía un enorme dragón negro sentado junto a una niña. El niño abrió mucho los ojos.

—Ese.

—Cuesta nueve euros.

La expresión del niño cambió y miró sus tres monedas.

—Ah.

Daniel iba a decir algo cuando escuchó un golpe: un libro había caído de la estantería. Lo recogió: era más pequeño, también de dragones. Miró el precio: tres euros. Daniel se quedó quieto.

El niño lo vio.

—Ese también me gusta.

Daniel miró hacia Miga, el gato estaba sentado unos metros más allá.

—Tres euros —dijo Daniel.

El niño sonrió, pagó y antes de salir abrazó el libro contra el pecho.

—Gabriel decía que Luz de Luna siempre encuentra uno.

Daniel sintió algo extraño.

—¿Uno qué?

El niño abrió la puerta.

—El libro.

Y salió. La campanilla sonó. Daniel permaneció mirando la puerta y después la estantería.

—Casualidad.

Miga maulló.

—No empieces.

A las siete y cincuenta y cinco, Clara entró en la librería llevando una bolsa de papel en una mano y una vieja caja de madera en la otra.

—He traído cena.

Daniel miró la bolsa.

—Espero que tortilla.

—Bocadillos.

—También sirve —después señaló la caja—. ¿Y eso?

Clara la dejó sobre el mostrador.

—El registro.

Daniel recordó la nota de Gabriel.

—¿Qué contiene?

—Clientes.

—Ya tengo una lista.

—No esos clientes.

Clara abrió la caja: dentro había un libro enorme encuadernado en cuero marrón que parecía muy antiguo. Daniel lo sacó (pesaba varios kilos) y vio en la cubierta una luna creciente grabada, la misma que en las monedas de Ofelia.

—¿Qué es?

—Ábrelo.

Daniel lo hizo. La primera página contenía una fecha: 14 de octubre de 1793.

Daniel miró a Clara.

—Muy gracioso.

—Sigue.

Pasó la página: había nombres, fechas, libros, pagos... Daniel avanzó: 1802, 1827, 1854, 1901...

—Esto no puede ser el registro de esta librería.

—Lo es.

—El edificio no tiene doscientos años.

—La librería sí.

Daniel dejó de pasar páginas.

—¿Qué significa eso?

Clara tomó uno de los bocadillos.

—Que Luz de Luna no siempre estuvo aquí.

Daniel volvió al registro y continuó avanzando: 1920, 1946, 1963, 1988... llegó a años recientes y encontró la letra de Gabriel. Y después... una página en blanco donde solo había un nombre escrito: DANIEL FERRER. Debajo: Propietario. Y una fecha: la del día anterior.

Daniel miró a Clara.

—¿Quién escribió esto?

—Nadie.

—Clara.

—Ayer esa página estaba en blanco.

Daniel sintió un pequeño escalofrío.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la miré antes de darte el inventario.

Daniel cerró el libro.

—No.

—¿No qué?

—No voy a aceptar que un libro escriba solo.

Clara mordió el bocadillo.

—Puedes discutir con él.

—No tiene gracia.

—Un poco sí.

Daniel volvió a abrirlo, su nombre continuaba allí. Pasó el dedo sobre la tinta: estaba seca.

—¿Gabriel aparecía?

Clara buscó unas páginas atrás y encontró una entrada: GAbrIEL FERRER — Propietario: 17 de marzo de 1989. Debajo había otra fecha: la de su muerte.

Daniel se quedó callado.

—¿Quién fue el anterior propietario?

Clara pasó otra página: ERNESTO VALCÁRCEL. Daniel continuó hacia atrás: decenas de nombres, siglos, hombres, mujeres... todos propietarios de Luz de Luna.

—¿Por qué Gabriel?

—No lo sé.

—¿Y por qué yo?

Clara lo miró.

—Eso tendrás que preguntárselo a la librería.

Daniel soltó una risa sin humor.

—La señora Robles hizo la misma broma.

—No era una broma.

Silencio. Daniel miró alrededor: las estanterías, las lámparas, el sofá, Miga dormido junto al escapa-rate... todo parecía normal.

—Una librería no elige propietarios.

Clara recogió una miga de pan de la mesa.

—Esta parece que sí.

Daniel miró nuevamente el registro. Entonces algo ocurrió: en la página apareció una pequeña mancha de tinta. Daniel retrocedió.

—Clara.

Ella se acercó. La mancha empezó a extenderse: una línea, después otra... Las letras aparecieron len-tamente:

SEGUNDA NOCHE

FALTA UN LIbrO.

Daniel y Clara se miraron.

—¿Eso es normal? —preguntó Daniel.

Clara había palidecido.

—No.

—Por fin una respuesta clara.

La tinta siguió apareciendo:

ENCUÉNTRALO ANTES DE MEDIANOCHE.

Daniel miró el reloj: eran las 20:17. Después vol-vió a mirar a Clara.

—Tenemos menos de cuatro horas.

Clara cerró la caja de los bocadillos.

—Entonces será mejor que empecemos.

—¿A buscar qué?

Ella señaló el registro.

—Un libro.

Daniel abrió los brazos, a su alrededor había más de treinta mil.

—Estupendo.

Desde el escaparate, Miga abrió los ojos.