Una explicación razonable
Daniel durmió tres horas y cuarenta y siete minu-tos. Lo sabía porque había consultado el reloj por última vez a las cuatro y doce de la madrugada y volvió a mirarlo a las siete y cincuenta y nueve. Entre ambos momentos había conseguido dormir. Más o menos.
Había también soñado con estanterías. Miles de ellas.
Todas numeradas con el trece. En el sueño caminaba entre pasillos interminables mientras Miga avanzaba unos metros por delante.
Cada vez que Daniel intentaba alcanzarlo, aparecía otra estan-tería.
Al final encontraba una puerta, la abría y al otro lado estaba Gabriel.
Su tío sostenía una taza de café y decía: «Llegas tarde».
Daniel despertó justo antes de poder responder. Permaneció tumbado mirando el techo.
—Perfecto.
Se levantó. Lo primero que hizo fue bajar a la librería. Miga dormía en el sofá verde.
—Buenos días.
El gato no reaccionó. Daniel se dirigió al cajón y lo abrió: las doce monedas continuaban allí. Las contó una a una hasta doce.
—Bien.
Eso era importante. No sabía exactamente por qué, pero lo era.
Si las monedas hubieran desapare-cido habría podido convencerse de que todo había sido un sueño, pero estaban allí.
Tomó una: fría, pla-teada, con una luna creciente grabada en una cara y un árbol en la otra.
Daniel la acercó a la ventana: parecía auténtica, no necesariamente mágica, sim-plemente una moneda que podía pertenecer a algún juego, a una colección o ser una ficha antigua.
Sacó el teléfono y fotografió ambas caras. Utilizó un buscador de imágenes: ningún resultado. Probó describiéndola («Moneda luna creciente árbol»): apa-recieron cientos, ninguna igual.
—Vale —la guardó.
Después tomó el libro negro y lo abrió. La pri-mera frase seguía allí:
NO BUSQUES LA ESTANTERÍA TRECE.
Debajo:
YA TE HA ENCONTRADO ELLA A TI.
Daniel cerró el libro.
—También tiene explicación —miró a Miga—. Tinta termosensible. Existe.
Daniel empezó a caminar mientras hablaba.
—O tinta que aparece con humedad. O con calor. O alguien cambió el libro —A Miga no se le veía impresionado—. La estantería tiene un mecanismo —silencio—. Ofelia salió por algún callejón que yo no vi —Miga bostezó—. Las páginas del libro no estaban realmente en blanco. Algún tipo especial de tinta.
El gato se incorporó y lo observó. Daniel cruzó los brazos.
—¿Qué?
El gato saltó del sofá y caminó hacia la pequeña habitación trasera.
—Exactamente. No tienes argumentos —Daniel lo siguió—. Todo tiene una explicación.
Miga se sentó delante del armario donde guarda-ban su comida.
—Ah —Daniel abrió una lata—. Ahora sí quieres hablar conmigo —sirvió el desayuno del gato y des-pués miró la cafetera—. Y yo necesito esto.
Mientras preparaba café tomó una decisión: no vendería la librería aquel mismo día. No porque cre-yera en libros mágicos, ni en mujeres que desapare-cían, ni en estanterías que aparecían a medianoche.
Simplemente necesitaba entender qué estaba ocurriendo antes de entregar las llaves a una inmo-biliaria.
Dos días más, eso era todo, cumpliría las tres noches que Gabriel había pedido y después tomaría una decisión.
—Tres noches —dijo. Miga siguió comiendo—. Ni una más.
A las nueve y cuarto Daniel cruzó la calle. El car-tel de CAFÉ LA ESQUINA estaba colocado en la acera, y debajo alguien había escrito con tiza: CAFÉ + TOSTADA + ZUMO, y más abajo: HOY NO SE ACEPTAN DRAMAS ANTES DE LAS 10.
Daniel entró. Clara estaba colocando cruasanes en una bandeja.
—Buenos días.
—Necesito café.
Ella levantó la vista.
—Eso no es un buenos días.
—Después del café lo intentaré otra vez.
Clara preparó uno. Daniel ocupó una mesa junto a la ventana, desde allí podía ver Luz de Luna, que parecía completamente normal. Aquello era quizá lo más irritante.
Clara dejó el café delante de él.
—Tienes mala cara.
—Gracias.
—De nada. ¿Dormiste bien?
—Perfectamente.
—Te odio.
Clara sonrió.
—¿Primera noche complicada?
Daniel tomó la taza.
—Depende.
—¿De qué?
—De lo que consideres complicado.
—Por ejemplo.
Daniel bebió.
—Que una mujer aparezca a medianoche bus-cando un libro que no existe.
Clara dejó de sonreír, Daniel lo percibió ense-guida.
—Ah.
—Exactamente. Ah.
Ella se sentó frente suyo.
—¿Cómo era?
—Abrigo verde. Vestido verde. Paraguas verde. Si hubiera llevado zapatos verdes habría parecido patrocinada por una fábrica de pintura.
—Ofelia.
Daniel dejó lentamente la taza.
—Claro que la conoces.
—Sí.
—¿Quién es?
—Una clienta.
—Eso ya lo había deducido.
Clara miró hacia la librería.
—¿Encontró lo que buscaba?
—Sí.
—Entonces todo salió bien.
Daniel se inclinó hacia delante.
—Clara.
—¿Qué?
—Quiero respuestas.
—¿Sobre qué?
—Empecemos por algo sencillo. ¿Dónde vive Ofelia?
Clara tomó una servilleta y la dobló.
—No lo sé.
—¿Es de Valdelumbre?
—No.
—Eso también me lo dijo.
—Entonces ya tienes una respuesta.
—Desapareció.
Clara levantó la vista.
—¿Cómo?
—Caminó detrás de una farola y desapareció.
—Quizá no viste por ni a dónde fue.
—Eso es en lo que me esfuerzo en creer.
—Pues créelo.
Daniel la miró.
—Mientes fatal.
—No estoy mintiendo.
—Entonces dime qué pasó.
Clara dejó la servilleta.
—No lo sé.
—¿Y la estantería trece?
Ahora sí, Daniel vio cómo cambiaba su expresión.
—La encontraste.
—Apareció.
—No aparece.
—Anoche apareció.
—Porque usaste la llave.
Daniel permaneció inmóvil.
—¿También sabes lo de la llave?
Clara suspiró.
—Gabriel me habló de ella.
—¿Qué abre?
—Ya lo has visto.
—¿Solo esa estantería?
—No lo sé.
Daniel apoyó la espalda en la silla.
—Fantástico.
—Te estoy diciendo la verdad.
—Todo el mundo me dice la verdad por partes.
Clara permaneció callada. Daniel miró hacia la librería.
—¿Qué era Gabriel?
—Librero.
—Ofelia dijo algo parecido.
—Porque es la respuesta correcta.
—Los libreros venden libros. No esconden estan-terías que aparecen a medianoche.
—Gabriel vendía libros.
—Con monedas que no existen.
Clara lo miró rápidamente.
—¿Te pagó con lunas?
Daniel metió la mano en el bolsillo, sacó la moneda que llevaba consigo y la dejó sobre la mesa. Clara no la tocó.
—Doce —dijo.
Daniel frunció el ceño.
—¿Cómo sabes cuántas?
—Ese libro siempre cuesta doce.
—¿Qué libro?
—El jardín que recuerda.
Daniel se quedó mirándola.
—Tú sabes exactamente lo que está ocurriendo.
Clara negó con la cabeza.
—Sé algunas cosas.
—Pues empieza por esas.
Ella miró el reloj: eran las nueve y treinta y ocho.
—Tengo clientes.
—No hay nadie.
La campanilla de la cafetería sonó y entraron dos hombres. Clara se levantó.
—Ahora sí.
Daniel la agarró suavemente por la muñeca.
—Esta conversación no ha terminado.
Ella miró su mano. Daniel la soltó.
—Perdón.
Clara sonrió ligeramente.
—Esta noche.
—¿Qué pasa esta noche?
—Te contaré lo que sé.
—¿Todo?
Clara dudó.
—Lo suficiente.
—Eso no es todo.
—Es lo que puedo ofrecerte.
Daniel guardó la moneda.
—A las ocho?.
—A las ocho.
Clara se alejó y Daniel terminó el café. Antes de salir recordó algo:
—El inventario.
Clara señaló una carpeta azul detrás de la barra.
—Te lo había preparado.
Daniel la tomó.
—Definitivamente voy a enamorarme de ti.
—La tortilla no te gustó tanto.
—El inventario son treinta y dos mil razones para reconsiderarlo.
Clara rio y Daniel salió.
Encontró a Miga en el escaparate, exactamente en la misma posición que en las fotografías. Daniel entró.
—Tenemos trabajo —dejó la carpeta sobre el mostrador, el gato bajó del escaparate—. Y no quiero interrupciones sobrenaturales hasta después de comer.
Miga caminó hacia el fondo.
—Lo digo en serio.
Daniel abrió la carpeta: Clara tenía razón, era un inventario completo de treinta y dos mil ciento cua-renta y seis libros con título, autor, editorial, estado, precio y ubicación.
Daniel empezó a comprobar estanterías y todo coincidía.
Después de una hora había recuperado algo parecido a la normalidad: libros, números, listas... cosas que existían y podían contarse.
Encontró incluso una sección marcada:
SÓTANO — ALMACÉN. Revisó las páginas: Estantería 8, 9, 10, 11, 12... Daniel pasó la hoja: 14. Se detuvo. No había 13.
—Claro— continuó.
Al final de la carpeta encontró una hoja suelta que no parecía pertenecer al inventario: era una lista manuscrita titulada Clientes de noche.
Daniel se sentó. Había nombres: Ofelia, León, Amalia, Señor Gris, Los gemelos, La niña del faro, El hombre del puente.
Algunos estaban tachados y a otros les seguían pequeñas anotaciones.
Junto a Ofelia: Jardín. Cada siete años. 12 lunas.
Daniel tragó saliva y siguió leyendo:
León — Atlas. No aceptar oro.
Amalia — Poesía. Siempre té. Nunca café.
Señor Gris — NO FIAR.
Daniel sonrió involuntariamente: incluso los clientes sobrenaturales parecían tener problemas para pagar. Continuó. Al final había una nota:
Si Daniel está leyendo esto, Clara le ha dado la carpeta.
Daniel levantó la cabeza.
—Gabriel...
Debajo:
Bien. Eso significa que sigue haciendo demasiadas preguntas.
Daniel soltó una carcajada.
—Eras insoportable.
La última línea decía:
Antes de la segunda noche, enséñale el registro.
Daniel buscó entre las hojas pero no había ningún registro. Volvió a leer: Enséñale el registro. ¿A quién se dirigía? A Clara, evidentemente. Daniel cerró la carpeta: a las ocho tendría otra conversación con ella.
El resto de la mañana fue sorprendentemente tranquilo. Entraron siete clientes, Daniel dejó de explicar que la librería estaba cerrada y descubrió que atender una librería no era especialmente difícil si los clientes sabían exactamente lo que querían. El problema eran los que no.
A las doce entró una mujer joven.
—Necesito un libro para mi padre.
—Perfecto. ¿Qué le gusta?
—No leer.
Daniel esperó.
—Eso complica ligeramente la recomendación.
Ella sonrió.
—Cumple sesenta el sábado. Quiero regalarle algo.
—¿Aficiones?
—Pesca. Fútbol. Quejarse del gobierno.
—Tenemos una sección muy amplia de eso último.
La mujer rio. Daniel empezó a buscar y después de varios minutos encontró un libro de relatos sobre pescadores.
—Prueba con este.
La mujer leyó la contraportada.
—Creo que le gustará.
—Si no, siempre puede usarlo para nivelar una mesa.