Falta un libro #3
—No. Una estantería escondida puedo aceptarla. Un libro con tinta rara, también. Una mujer que des-aparece detrás de una farola... bueno, todavía estoy trabajando en eso. Pero mundos distintos no.
León pareció divertido.
—¿Por qué?
—Porque no existen.
—¿Ha estado usted en todos?
Daniel abrió la boca.
—Ese argumento es tramposo.
—Pero efectivo.
Clara sonrió.
—No le ayudes.
León volvió a abrir el atlas.
—No importa si me cree. El camino ha desapare-cido.
Daniel miró las páginas.
—¿Y qué ocurre ahora?
—Tendré que encontrar otro.
—¿Cómo?
León lo miró.
—Por eso he venido a una librería.
Daniel soltó aire.
—Claro.
Subieron y León dejó el atlas sobre el mostrador.
—¿Cuánto?
Daniel recordó la nota.
—No aceptamos oro.
León se quedó inmóvil y después sonrió.
—Gabriel —metió la mano en el bolsillo, sacó una pequeña bolsa y la abrió, Daniel vio varias monedas doradas.
—No.
León cerró la bolsa.
—¿Plata?
—¿Normal?
—Depende de lo que entienda por normal.
Daniel suspiró.
—¿Euros?
León negó.
—No tengo.
—¿Lunas?
—Tampoco.
Daniel miró el atlas.
—¿Cuánto pagaste la última vez?
—Una historia.
Daniel creyó haber oído mal.
—¿Una qué?
—Una historia.
Clara se apoyó en el mostrador.
—Eso sí lo conozco.
Daniel la miró.
—¿También aceptamos historias?
—Gabriel sí.
—¿Hacienda está informada?
Clara soltó una carcajada, León no pareció enten-der.
—Era una broma.
—Ah.
Daniel tomó el cuaderno de ventas.
—Muy bien. Una historia.
—¿Cuál?
—No sé. Tú eres quien paga.
León pensó, se quitó los guantes y dijo:
—Le contaré por qué necesito volver —Daniel dejó el bolígrafo. León miró hacia la ventana—. Tengo una hija —su voz cambió—. Se llama Mara.
Daniel no dijo nada.
—Cuando salí de casa tenía seis años.
—¿Cuánto tiempo llevas fuera?
—Para mí, nueve años.
—Entonces tendrá quince.
León negó.
—Allí quizá hayan pasado tres meses.
Daniel sintió que la cabeza empezaba a dolerle.
—No voy a preguntar.
—Es mejor —continuó León—. Salí buscando algo. Creía que tardaría unas semanas. El camino se cerró detrás de mí.
—¿Y llevas nueve años intentando regresar?
—Sí.
Clara lo miró con tristeza.
—¿Gabriel te ayudó?
—Me dio el atlas. Encontré un camino. Pero cuando llegué al último cruce tuve miedo.
Daniel frunció el ceño.
—¿Miedo de volver?
León asintió.
—Después de tanto tiempo, empecé a pensar que quizá allí hubieran pasado también nueve años. O noventa. O que Mara no me recordaría.
Daniel comprendió.
—Y regresaste.
—Sí.
—¿Aquí?
—A otro lugar —León sonrió con amargura—. Los caminos son complicados.
Daniel miró el atlas.
—Y ahora el camino ha desaparecido.
—Porque no lo utilicé cuando pude.
Silencio. Miga saltó sobre el mostrador, se acercó al atlas, lo olió y puso una pata encima. El libro se abrió.
—Miga —dijo Daniel.
Las páginas empezaron a pasar solas.
—Espera —dijo León.
Las páginas se detuvieron en un mapa diferente donde una única línea roja cruzaba la hoja. León contuvo la respiración.
—No estaba antes.
Daniel miró al gato.
—¿Qué has hecho?
Miga se sentó. León siguió la línea con el dedo: llegaba hasta un pequeño símbolo de una luna.
—¿Qué significa? —preguntó Clara.
León levantó lentamente la mirada.
—Luz de Luna.
Daniel observó el mapa.
—¿La librería?
—El camino empieza aquí.
—¿Y termina?
León pasó el dedo hasta el otro extremo, donde había dibujada una pequeña casa.
—En mi hogar.
Nadie habló durante unos segundos. Daniel sintió algo extraño: alegría. No sabía por qué, apenas cono-cía a aquel hombre, pero la expresión de León había cambiado por completo.
—Entonces ya tienes camino.
León cerró el atlas.
—Sí —sacó nuevamente la bolsa de oro.
Daniel levantó una mano.
—No.
—Pero...
—Ya has pagado.
—¿Con qué?
Daniel tomó el cuaderno y escribió: León. Atlas de Caminos. Pago: una historia. Cerró el cuaderno.
—Con eso.
León extendió la mano y Daniel se la estrechó.
—Gracias.
—No me las des todavía. Yo solo vendo libros.
León sonrió.
—Ya habla como un librero.
Daniel retiró la mano.
—No te acostumbres.
León se puso el abrigo, seguía mojado y había dejado un pequeño río desde la entrada hasta el mostrador.
—Una pregunta.
—Diga.
—¿Dónde está lloviendo?
León señaló la puerta.
—Al otro lado.
—¿Al otro lado de qué?
—De la calle.
Daniel miró por el escaparate: la calle seguía seca.
—No llueve.
León sonrió.
—Abra la puerta.
Daniel lo hizo. Afuera estaba Valdelumbre: faro-las, piedra, silencio.
León salió, se detuvo en la acera, abrió el atlas, consultó el mapa y caminó hacia la izquierda.
Daniel y Clara lo observaron mientras Miga se sentaba entre ellos.
León llegó hasta la esquina, se detuvo, dio un paso... y empezó a llover solo alrededor de él.
Daniel abrió los ojos como platos: la lluvia for-maba una cortina perfectamente definida a mitad de la calle. León se volvió, levantó una mano y Daniel respondió al saludo. El hombre dio otro paso, la llu-via lo ocultó y un instante después había desapare-cido. También la lluvia.
Daniel cerró la puerta.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
—Acabas de ver...
Daniel levantó una mano.
—No.
—Pero...
—Mañana —se dirigió hacia el mostrador, donde el registro estaba abierto—. Mañana decidiré qué parte de todo esto estoy dispuesto a aceptar.
La tinta empezó a moverse:
LEÓN ATLAS DE CAMINOS. Debajo:
PAGO RECIBIDO: UNA HISTORIA.
Daniel negó con la cabeza.
—Por supuesto.
Apareció otra línea:
PRIMERA LECCIÓN DEL LIbrERO:
NO TODOS LOS QUE SE PIERDEN NECESI-TAN QUE LES INDIQUEN EL CAMINO.
Clara leyó en silencio.
—Bonito.
Daniel cruzó los brazos.
—Un poco pretencioso.
—También.
La tinta volvió a moverse:
SEGUNDA LECCIÓN:
COMPRA UN FELPUDO.
Clara empezó a reír. Daniel miró el suelo mojado, el registro y otra vez el suelo.
—Eso sí es un consejo útil —Miga maulló, Daniel lo señaló—. Y mañana tú y yo vamos a hablar seria-mente de lo que has hecho con ese atlas.
Miga saltó del mostrador y desapareció entre las estanterías. Clara recogió su chaqueta.
—Me voy.
Daniel miró el reloj: 01:14.
—Gracias por quedarte.
—No quería perderme tu segunda noche.
—¿La tercera será peor?
Clara se detuvo.
—No tiene por qué.
Daniel la miró.
—Eso no ha sonado nada convincente.
Ella abrió la puerta.
—Buenas noches, Daniel.
—Buenas noches.
Clara cruzó la calle y Daniel cerró, echó la llave y puso la cadena. Apagó las lámparas una a una y al llegar al fondo vio que la puerta del sótano estaba abierta. Se acercó, encendió la luz (esta vez fun-cionó) y bajó. La estantería trece seguía visible.
—Eso es nuevo.
Descendió, la llave seguía en su bolsillo.
Se acercó a los libros sin título y vio que había un hueco con una pequeña placa debajo que decía: LIbrO INVISI-BLE.
Daniel pasó la mano por el espacio, sus dedos tocaron algo y la retiró inmediatamente.
Volvió a extenderla: había algo allí que podía tocar pero no ver.
Daniel permaneció inmóvil y le salió una especie de risa nerviosa.
—No. Ese es problema del segundo libro.
Retrocedió, nadie respondió, pero mientras subía las escaleras habría jurado que, detrás de él, alguien pasó una página.