Medianoche (Librería Luz de Luna 1) Luz de Luna #2
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Luz de Luna #2

—Claro —debía de ser otro gato, probablemente Gabriel había tenido varios gatos grises a lo largo de los años, quizá todos se llamaban Miga. Colocó la fotografía de nuevo en su lugar—. Tu bisabuelo, supongo.

Miga levantó la cabeza. Daniel habría jurado que el gato parecía ofendido.

Pasó las dos siguientes horas inspeccionando el edificio. La planta superior era una vivienda com-pleta: dos dormitorios, un baño, una cocina pequeña, un salón con chimenea y un despacho que parecía congelado en el tiempo.

Abrió las ventanas y entró aire fresco. Desde el salón podía verse la calle y, justo enfrente, un pequeño establecimiento con un toldo color crema: CAFÉ LA ESQUINA.

Varias mesas ocupaban la acera y una mujer estaba colocando las sillas.

Daniel la observó un instante, necesitaba café e información.

Pero antes quería terminar su visita a la librería.

Bajó. Miga se esfumó. Daniel recorrió las estante-rías: literatura, historia, viajes, ciencia, infantil, fanta-sía, poesía... Había miles de libros, la mayoría usados. Algunos muy antiguos.

Llegó al fondo. Allí encontró una escalera estre-cha que descendía. Encendió la luz.

—Sótano.

Bajó. El sótano era grande y lleno de cajas. Daniel suspiró.

—Tres días — empezó a calcular mentalmente cuánto tardaría alguien en inventariar todo aquello, probablemente tres meses.

Abrió una caja: libros. Otra: más libros. Una ter-cera: todavía más libros.

—Gabriel, tenías un problema.

En una pared había varias estanterías vacías. Daniel contó: una, dos, tres… hasta catorce.

Después había un espacio y luego otra estantería. Daniel frunció el ceño y miró los pequeños números de latón fijados en la parte superior: 11, 12... La siguiente indicaba 14.

Se acercó.

—¿Dónde está la trece?

Buscó alrededor: nada. Probablemente Gabriel era supersticioso, muchos edificios no tenían planta trece, no era tan extraño. Se dio la vuelta.

Entonces vio algo en el suelo: una línea fina, como una marca producida por un mueble pesado al arrastrarse repetidamente. La línea salía del espa-cio entre las estanterías doce y catorce. Se agachó y pasó los dedos sobre ella, la madera estaba ligera-mente arañada.

—¿Qué movías aquí?

Un maullido sonó arriba.

—Ya voy.

Subió. Miga lo esperaba junto a la puerta princi-pal.

—¿Qué quieres ahora?

El gato miró hacia el escaparate. Daniel siguió su mirada. Al otro lado de la calle, la mujer de la cafete-ría estaba observando la librería. Cuando vio a Daniel, cruzó.

La campanilla sonó al abrirse la puerta. La mujer tendría unos treinta y cinco años, cabello castaño recogido de cualquier manera, vaqueros, jersey verde y un delantal negro. Llevaba dos vasos de car-tón.

—Tú debes de ser Daniel.

Daniel miró los vasos.

—Si uno de esos es para mí, puedo ser quien quieras.

Ella sonrió.

—Gabriel decía que eras adicto al café.

—Gabriel llevaba doce años sin verme.

—Hay cosas que no cambian.

—¿Y tú eres...?

—Clara.

Daniel recordó el cuaderno (No cobrar. Me trae mucho café.).

—La del café gratis.

Clara levantó una ceja.

—¿Perdón?

—Nada —probó el café y cerró los ojos un ins-tante—. Esto sí es café.

—Gracias.

Clara vió alrededor y su sonrisa desapareció lige-ramente.

—Se hace raro verla abierta.

—Solo estoy revisando las cosas.

—Claro.

—Probablemente la pondré a la venta.

Clara lo miró sin decir nada. Daniel esperó.

—Puedes decirlo.

—¿Decir qué?

—Que sería una pena. La librería lleva aquí toda la vida. Su tío jamás la habría vendido.

Clara bebió de su vaso.

—No pensaba decir nada de eso.

—Bien.

—Gabriel sabía que intentarías venderla.

Daniel suspiró.

—Empiezo a cansarme de que todo el mundo crea lo que voy a hacer antes que yo mismo.

—Acostúmbrate.

—¿Eso también lo decía Gabriel?

—No. Eso te lo digo yo.

Miga se acercó a Clara, ella se agachó y el gato permitió que lo acariciara inmediatamente. Daniel señaló al animal.

—A mí no me deja.

—Miga tiene criterio.

—Llevo aquí dos horas y ya me siento muy que-rido.

Clara sonrió y después dirigió su mirada hacia el fondo de la librería.

—¿Has encontrado algo raro?

La pregunta le pareció demasiado casual. Daniel le miró y respondió:

—¿Raro?

—Papeles. Objetos. Cosas de Gabriel.

Daniel pensó en la fotografía de 1998, en la estan-tería número trece que no existía, en la llave antigua.

—No.

Clara asintió demasiado rápido.

—Bien.

—¿Por qué?

—Por nada.

Daniel tomó otro sorbo.

—Clara.

—¿Sí?

—Soy nuevo en los pueblos pequeños, pero sos-pecho que «por nada» significa exactamente lo con-trario.

Ella sonrió.

—Aprendes rápido —se dirigió hacia la puerta—. Si necesitas algo, estoy enfrente.

—Gracias por el café.

Clara abrió la puerta y la campanilla sonó. Antes de salir se volvió.

—Daniel.

—¿Sí?

—¿Vas a dormir aquí?

—Arriba.

Clara se detuvo un instante.

—Esta noche.

—¿Leíste la carta de Gabriel?

Daniel dejó suavemente el vaso sobre el mostra-dor.

—¿Cómo sabes que existe una carta?

Clara no respondió. Miró el reloj de pared: eran las doce y cuarenta y siete del mediodía.

—Procura cenar temprano.

—¿Por qué?

—En Valdelumbre cierran pronto las cocinas.

—Clara...

Pero ella ya había salido. La campanilla sonó de nuevo. Daniel observó cómo cruzaba la calle y entraba en la cafetería.

Miga saltó sobre el mostrador.

—¿Tú entiendes algo?

El gato se sentó.

— Empiezo a pensar que todo el pueblo sabe algo que yo ignoro.

Miga miró hacia el fondo de la librería, Daniel también siguió su mirada. No ocurrió nada. Enton-ces escuchó un golpe que procedía del sótano.

Dejó el café y bajó lentamente. Encendió la luz: las cajas seguían donde las había dejado y las estan-terías también. Miró hacia la pared: once, doce, espacio vacío, catorce... todo igual.

Daniel respiró.

—Una caja que se ha movido. Una tubería. Una rata enorme. Cualquier cosa normal.

Estaba a punto de regresar cuando algo llamó su atención: en el suelo había un libro que con seguri-dad antes no estaba allí. Lo recogió: la cubierta era negra, sin título ni autor. Lo abrió: todas las páginas estaban en blanco.

—Un libro muy útil.

Pasó varias hojas: nada. Cuando llegó aproxima-damente a la mitad encontró una única frase escrita a mano. Daniel acercó el libro a la luz:

NO BUSQUES LA ESTANTERÍA TRECE.

Sorprendido, estuvo inmóvil y leyó de nuevo. Luego miró hacia el espacio vacío entre las estante-rías doce y catorce.

Arriba, en la librería, la campanilla de la puerta sonó una vez. Daniel levantó la cabeza y esperó. Una segunda vez. Después una tercera. Miró su reloj: las doce y cincuenta y tres. Aún faltaban más de once horas para medianoche.

CAPÍTULO 3

El gato del escaparate

Daniel subió las escaleras del sótano con el libro negro bajo el brazo.

Sin miedo, al menos, eso deci-dió. Sentir miedo porque alguien hubiera escrito una frase en un libro era absurdo, mucho más cuando acababa de llegar a una librería cuyo ante-rior propietario había tenido meses para preparar bromas destinadas a su sobrino.

Gabriel sabía que iría, sabía que intentaría ven-derla e incluso que probablemente dormiría allí.

Preparar un libro con un mensaje misterioso no habría sido especialmente complicado. Lo que Daniel no conseguía explicarse era cómo había aca-bado en el suelo, pero para eso también habría una explicación: una corriente de aire, una vibración, una tabla inclinada, un gato...

Daniel miró hacia el mostrador: Miga seguía allí sentado.

—Tú.

El gato lo observó. Daniel dejó el libro negro sobre el mostrador.

—Ven aquí.

Miga no se movió.

—No voy a hacerte nada.

El gato bostezó.

—¿Has bajado al sótano?

Miga empezó a lamerse una pata.

—Porque si has tirado esto, me estás haciendo perder el tiempo.

El gato continuó con su aseo. Daniel abrió el libro por la página del mensaje: NO BUSQUES LA ESTANTERÍA TRECE.

—¿Ves esto?

Miga levantó la cabeza, miró el libro y dejó de lamerse. Daniel esperó. El gato saltó del mostrador.

—Ajá.

Miga caminó hacia el escaparate.

—Eso ha sido sospechoso.

Daniel le siguió. El animal saltó sobre una pila de libros, después sobre una pequeña mesa y final-mente se instaló en el mismo lugar donde aparecía en las fotografías de internet, mirando hacia la calle.

—Perfecto. Ignórame.

Daniel regresó al mostrador. La campanilla había sonado tres veces mientras él estaba en el sótano, pero la puerta seguía cerrada. La probó: funcionaba perfectamente. Abrió (Tin), cerró (nada), abrió otra vez (Tin).

—Una campanilla normal— la soltó. El pequeño objeto de latón osciló durante unos segundos y quedó inmóvil. Daniel se quedó viéndolo—. Me estoy volviendo idiota.

—Eso decía Gabriel que sucedía al principio.

Daniel dio tal respingo que estuvo a punto de gol-pearse contra la puerta. Una mujer anciana lo obser-vaba desde la acera con un abrigo color mostaza, un bolso enorme y unas gafas de montura roja.

—¿Perdón?

—Que Gabriel decía que al principio uno cree que se está volviendo algo maniático.

Daniel abrió totalmente la puerta.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—El suficiente —la mujer miró hacia el interior—. ¿Está abierto?

—No.

—La puerta está abierta.

—Pero la librería está cerrada.

—Eso es contradictorio.

—Estoy haciendo inventario.

—Entonces no debería dejar la puerta abierta.

Daniel cerró los ojos un instante.

—Tiene razón.

—Normalmente.

La mujer entró y la campanilla sonó.

—Usted es la Señora...

—Robles.

Daniel recordó inmediatamente el cuaderno (Insistió en descuento. No concederle otro.) y tuvo que contener una sonrisa.

—Señora Robles, todavía no estamos abiertos.

—Ya me lo ha dicho —ella se dirigió hacia las estanterías como si nada—. Solo necesito una novela.

—¿Una novela?

—Eso he dicho.

—Hay bastantes.

—Por eso he venido a una librería.

Daniel la siguió.

—¿Qué tipo de novela?

La señora Robles se detuvo.

—Una buena.

—Eso reduce muchísimo las posibilidades.

La mujer lo miró por encima de las gafas.

—¿Usted es Daniel?

—Sí.

—No se parece tanto a Gabriel como dicen.

—Esto me tranquiliza.

Ella siguió caminando. Miga abandonó el escapa-rate y fue hacia ella.

—Hola, precioso —el gato permitió que lo acari-ciara.

Daniel abrió los brazos.

—¿En serio?

La señora Robles lo miró.

—¿Qué ocurre?