Medianoche (Librería Luz de Luna 1) Luz de Luna #3
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Luz de Luna #3

—Nada. Parece que soy la única persona del pue-blo que no le gusta a ese gato.

—Acaba de llegar.

—Él también tuvo que conocerla a usted por pri-mera vez.

—Yo le caí bien.

—Gracias. Eso ayuda mucho.

La mujer siguió hasta la sección de narrativa. Sacó un libro, lo miró y devolvió. Sacó otro.

—¿Gabriel le recomendaba los libros? —preguntó Daniel.

—Siempre.

—Entonces hoy tendremos un problema.

—¿Por qué?

—Yo no tengo ni idea de qué le gusta.

La señora Robles señaló una estantería.

—Pregunte.

Daniel esperó.

—¿A quién?

—A la librería.

Daniel la miró. La mujer mantuvo una expresión completamente seria durante tres segundos y des-pués empezó a reír.

—Debería verse la cara.

—Muy divertido.

—Gabriel también cayó la primera vez.

—¿Mi tío?

—No con esa broma. Con otra.

La señora Robles continuó buscando. Daniel empezaba a comprender por qué Gabriel había escrito aquella nota sobre los descuentos. De pronto, un libro cayó de una estantería. Ambos miraron hacia el suelo.

La señora Robles sonrió.

—Mire. Ya ha respondido por usted.

—Ha sido casualidad.

—Naturalmente.

Daniel recogió el libro: era una novela de miste-rio ambientada en un hotel de montaña. Se la ofre-ció

—¿Qué le parece esta?

La mujer leyó la contraportada y su expresión cambió.

—Gabriel me habló de ella.

—¿Sí?

—Hace unas semanas —pasó varias páginas—. Me dijo que todavía no era el momento.

—¿Y ahora sí?

—Parece que sí —se dirigió hacia el mostrador.

Daniel la siguió.

—No sé utilizar la caja.

—Gabriel apuntaba mis compras en un cuaderno.

—Eso sí puedo hacerlo.

Buscó el registro, encontró una página en blanco y escribió: Señora Robles.

Novela de misterio. Dudó y añadió: No ha pedido descuento. Día histórico.

—Puedo leerlo desde aquí —dijo ella.

Daniel cerró el cuaderno.

—Entonces estamos en paz.

La señora Robles dejó veinte euros sobre el mos-trador. Daniel buscó cambio.

—Quédese con él.

—¿Está segura?

—Para Miga.

—¿El gato tiene cuenta?

—El gato tiene gastos.

Daniel le entregó el libro. La mujer caminó hacia la puerta y antes de salir se volvió.

—Me alegro de que esté aquí.

Daniel no supo qué contestar.

—Solo unos días.

—Claro.

Aquella palabra otra vez: Claro. Clara la había pronunciado exactamente igual y con el mismo tono. La señora Robles abrió la puerta.

—Ah, Daniel.

—¿Sí?

—No baje al sótano esta noche.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

La mujer sonrió.

—Hay humedad —y salió.

La campanilla sonó. Daniel se quedó viendo cómo se alejaba calle arriba.

—Este pueblo está lleno de lunáticos.

Miga maulló.

—Incluido tú.

A las cuatro de la tarde Daniel decidió oficial-mente que hacer inventario de una librería era una de las formas más sofisticadas de tortura inventadas por la humanidad.

había empezado con entusiasmo (Literatura espa-ñola, A-B-C, fácil), pero veinte minutos después des-cubrió que Gabriel tenía su propio sistema: algunos libros estaban ordenados por autor, otros por título, otros aparentemente por tamaño y una sección completa parecía seguir criterios inexplicables.

Encontró La isla del tesoro junto a un manual de navegación, una biografía de Magallanes y un libro sobre construcción de barcos.

—Temático —murmuró.

En otra estantería encontró novelas románticas junto a libros de jardinería. Debajo había una pequeña etiqueta: Historias que precisan mucha paciencia. Daniel soltó una carcajada.

Había etiquetas por todas partes: Libros para días de lluvia, para cuando todo sale mal, otros que es mejor no prestar, algunos que parecen aburridos pero no lo son, Los que Gabriel aún no ha termi-nado. Daniel encontró esa última sección especial-mente voluminosa.

—Al menos eras sincero.

Fotografió las estanterías. Se sentó detrás del mostrador e inició el ordenador. Pidió contraseña. Probó: Gabriel, luz de luna, libros... todas incorrec-tas. Miró a Miga, probó miga y la pantalla se desblo-queó.

—No puede ser —miró al gato, que abrió un ojo —. Eres el centro del universo, ¿verdad?

En el escritorio abrió la carpeta PERSONAL.

Había fotografías de Gabriel frente a la librería, en la cafetería, con clientes o leyendo.

Miga aparecía en muchas de ellas. Fue retrocediendo en el tiempo: 2019, 2017, 2014, 2010...

en todas aparecía un gato gris. Abrió una fotografía de 2006 y otra de 2002: lo mismo.

Las fechas del archivo parecían correctas.

—Tiene que haber más de uno.

Miga saltó sobre el mostrador. Daniel giró el por-tátil hacia él.

—Mira. ¿Tu padre?

Miga parpadeó.

—¿Tu abuelo?

El gato apoyó una pata sobre el teclado y la foto-grafía desapareció, en su lugar se abrió otra carpeta llamada PARA DANIEL.

—Otra vez —la abrió. Había un único archivo de texto que solo contenía una frase:

No intentes entender a Miga. Él lleva aquí más tiempo que nosotros.

Daniel leyó despacio y miró al gato.

—Esto ya no tiene gracia.

Buscó la fecha de creación: seis meses atrás. Gabriel había preparado aquello sabiendo que Daniel miraría el ordenador. Todo formaba parte de una broma elaboradísima.

—No pienso caer en tu trampa —cerró la car-peta —. Y tú tienes siete años. Lo pone en tu factura del veterinario.

A las seis de la tarde entraron otras cuatro perso-nas.

Daniel trató de explicar a todas ellas que la libre-ría estaba cerrada sin conseguirlo. Las cuatro com-praron algo: Tomás adquirió un libro sobre árboles, una chica compró una novela fantástica, un niño salió con un libro sobre dinosaurios y un señor enorme con barba rojiza pidió poesía.

Todos preguntaron por Gabriel, dijeron que lo sentían y ninguno reaccionó al saber que vendería la librería, limitándose a decir: «Claro», todos con el mismo tono.

A las siete, Daniel decidió cerrar, pero de verdad. Dió la vuelta al cartel (CERRADO), echó la llave y comprobó por dos veces que la puerta estaba bien cerrada. Recordó el libro negro sobre el mostrador, y lo guardó en un cajón (NO BUSQUES LA ESTAN-TERÍA TRECE), apagó las luces y salió.

Cruzó la calle hacia la cafetería y a mitad de camino se volvió: por un segundo creyó ver una luz al fondo de la librería, pero había desaparecido en tan sólo un parpadeo.

Clara estaba aún detrás de la barra cuando Daniel entró.

—Has sobrevivido.

—Por poco.

—¿Inventario?

—Tu amigo tenía aproximadamente cuatro millones de libros.

—Solo treinta y dos mil.

—¿Treinta y dos mil?