Luz de Luna
Valdelumbre apareció tras una curva. Daniel ya lle-vaba casi tres horas conduciendo y empezaba a sos-pechar que el navegador lo había enviado deliberadamente al fin del mundo cuando, de repente, el bosque terminó y el paisaje se abrió ante él. Redujo la velocidad.
El pueblo ocupaba una pequeña hondonada entre dos colinas. Desde la carretera podían distinguirse tejados rojizos, chimeneas de piedra y una torre con un reloj que sobresalía por encima de las casas. Más allá, las montañas formaban una pared azulada que parecía proteger el valle.
—Así que existes!.
Había buscado información sobre el pueblo la noche anterior: tres mil ochocientos habitantes, una iglesia, dos supermercados, una farmacia, un pequeño centro de salud, tres restaurantes, cuatro bares, una biblioteca municipal...
Y, por supuesto, una librería que acababa de convertirse en su “pro-blema”.
La carretera descendía suavemente entre árboles.
Daniel bajó la ventanilla. El aire olía a tierra húmeda y a madera.
Hacía muchos años que no estaba en un lugar tan silencioso.
No era un silencio total: se oían pájaros, el viento meciendo las hojas y, a lo lejos, el sonido de una campana.
Se echaba algo de menos: tráfico, motores, sirenas, personas impacientes tocando el claxon medio segundo después de que un semáforo cambiara a verde.
Daniel respiró profundamente.
—Tres días —se recordó.
Entró en Valdelumbre por una estrecha avenida flanqueada por árboles.
Las primeras casas eran modernas, pero conforme avanzaba hacia el centro, las calles se estrechaban y los edificios parecían ganar en años.
El navegador le indicó que girara a la derecha, después a la izquierda y después insistió en que atravesara una calle que tenía una señal de dirección prohibida.
—Fantástico !.
Siguió recto. Cinco minutos más tarde estaba per-dido.
No especialmente perdido, Valdelumbre no parecía lo bastante grande como para perderse de verdad, pero sí lo suficiente para dar tres vueltas alrededor de la misma plaza.
En la tercera, un hom-bre que barría la entrada a una ferretería levantó la cabeza.
Daniel bajó la ventanilla.
—Perdone. ¿La calle del Olmo?
El hombre apoyó las dos manos sobre la escoba.
—¿La calle del Olmo?
—Sí.
—¿Busca algo en particular?
Daniel estuvo a punto de decir que buscaba la calle del Olmo, pero decidió que probablemente aquello alargaría innecesariamente la conversación.
—Librería Luz de Luna.
La expresión del hombre cambió. No mucho, solo lo suficiente.
—Ah.
Daniel esperó.
—¿Sabe dónde está?
—Claro —el hombre señaló hacia la plaza—. Siga hasta la fuente. Tome la calle de la izquierda y des-pués la segunda a la derecha.
—Gracias.
Daniel estaba subiendo la ventanilla cuando el hombre añadió:
—Está cerrada.
—Lo sé.
—Gabriel murió.
—También lo sé.
El hombre lo observó unos segundos.
—¿Es usted familia?
Daniel volvió a bajar completamente la ventani-lla.
—Su sobrino Daniel
El hombre asintió lentamente.
—Se parece un poco a él.
Daniel no supo si aquello era precisamente algo positivo.
—Gracias.
—Aunque usted tiene más cara de querer mar-charse.
Daniel lo miró. El hombre sonrió.
—Gabriel también la tenía cuando llegó.
Antes de que Daniel pudiera preguntar qué signi-ficaba aquello, el hombre entró en la ferretería.
—Pueblo pequeño —murmuró. Puso primera y continuó.
Encontró la calle del Olmo diez minutos después. Era estrecha, empedrada y ligeramente inclinada. Las casas tenían dos o tres plantas, pequeños balco-nes de hierro y macetas en casi todas las ventanas y balcones.
Daniel avanzó despacio. Número doce. Número catorce. Número dieciséis. Y entonces la vio. Frenó.
La fotografía de internet no le hacía justicia.
Librería Luz de Luna ocupaba la esquina de un edifi-cio de dos plantas construido en piedra gris clara.
Los marcos de puertas y ventanas estaban pintados de azul oscuro.
Sobre la entrada colgaba el mismo cartel que había visto en las fotografías.
Las letras doradas estaban gastadas, pero todavía podían leerse perfectamente: LIbrERÍA LUZ DE LUNA .
Debajo, una luna creciente pintada en blanco.
Daniel aparcó unos metros más adelante. Perma-neciendo dentro del coche. No sabía exactamente qué esperaba sentir: quizás ,nostalgia, tristeza o algún recuerdo de su tío. No sintió nada de eso, fue curiosidad.
Salió del coche. La mañana era fresca y con pocas personas en la calle.
Cruzó hasta la librería. En el escaparate de la izquierda había una selección de libros que probablemente llevaba nueve días sin cambiar, algunas cubiertas estaban ligeramente decoloradas por el sol.
En el centro, una tarjeta escrita a mano: “ Hay libros que encuentras. Y libros que te encuentran a ti”.
Daniel sonrió.
—Muy propio de ti, tío Gabriel.
Se acercó al escaparate derecho: una lámpara de pantalla verde, una planta que necesitaba urgente-mente agua, varias novelas, una pequeña caja de madera... ningún gato. Daniel miró hacia ambos lados: nada.
Sacó las llaves. Probó la primera: no entró. La segunda giró sin problemas. Cuando empujó la puerta, una campanilla sonó sobre su cabeza.
Daniel se detuvo y miró hacia arriba. Era una campanilla pequeña de latón suspendida sobre el marco. La observó durante unos segundos y sonrió.
—Muy gracioso!
La carta de Gabriel seguía en el bolsillo de su cha-queta: Si la primera noche oyes la campanilla des-pués de las doce, no abras la puerta. Entró.
El olor fue lo primero: papel, madera, polvo y algo más que Daniel no consiguió identificar, quizá canela. Se cerró la puerta tras suyo.
La librería estaba en penumbra. La luz de los escaparates apenas alcanzaba las estanterías del fondo. Buscó un interruptor y lo encontró junto a la puerta. Nada. Volvió a pulsarlo.
—Perfecto, no va.
Sacó el teléfono y encendió la linterna. A pocos metros encontró otra llave de luz. Esta vez varias lámparas se encendieron. Daniel levantó lentamente la cabeza.
—Vaya.
La librería parecía mucho más grande desde den-tro. Las paredes estaban cubiertas de estanterías de madera oscura que llegaban casi hasta el techo, algu-nas con pequeñas escaleras apoyadas en ellas.
En el centro había mesas repletas de libros, un viejo sofá verde en una esquina junto a una ventana, dos sillones desparejados rodeaban una mesita, al fondo estaba el mostrador y detrás, más libros.
Daniel avanzó lentamente. Pasó un dedo sobre una estantería: no había demasiado polvo. Le sor-prendió, nueve días cerrado deberían haber dejado más huella.
Llegó al mostrador. Encima, una vieja caja regis-tradora, un ordenador actual, varios bolígrafos, una taza con la inscripción NO MOLESTAR, ESTOY LEYENDO y un cuaderno negro. Lo abrió: era un registro de ventas. Las últimas anotaciones eran de nueve días atrás.
Daniel pasó páginas. Gabriel había escrito todo a mano: título, precio, forma de pago y, ocasional-mente, comentarios.
«La señora Robles. Novela histórica. Insistió en descuento. No concederle otro.»
Daniel sonrió. Pasó otra página.
«Tomás. Libro de setas. Recordarle que no todas son comestibles. Especialmente las rojas.»
Otra.
«Clara. No cobrar. Me trae demasiado café.»
Daniel se detuvo. Clara. El nombre no le decía nada. Continuó. En la última página había una ano-tación distinta sin fecha, solo dos palabras:
Daniel vendrá.
La sonrisa desapareció. Daniel se acercó el cua-derno. Debajo había otra línea:
Probablemente tarde.
—Muy gracioso —cerró el cuaderno. Su tío podía haber escrito aquello meses antes, no significaba nada.
Guardó el cuaderno bajo el mostrador. Entonces escuchó un ruido: algo cayó al fondo de la librería.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Hola?
Silencio. Recordó que la puerta había estado cerrada, probablemente un libro. Avanzó entre las estanterías.
—¿Hay alguien?
Nada. Llegó al fondo: un libro estaba en el suelo. Lo recogió. Manual práctico de jardinería.
—El primer fenómeno paranormal de Luz de Luna —murmuró—. Un geranio asesino. Colocó el libro en la estantería. Entonces oyó otro ruido, esta vez detrás de él. Se volvió rápidamente: nada.
—Muy bien —esperó.
Algo gris atravesó el pasillo entre dos estanterías. Daniel dio un pequeño salto.
—¡Eh!
Corrió hacia allí. Cuando llegó al siguiente pasillo, encontró al responsable: un gato gris sentado tran-quilamente en medio del suelo. Daniel lo reconoció inmediatamente.
—Tú.
El gato lo miró con descaro. Era grande, de pelo gris oscuro y ojos amarillos.
Daniel miró alrededor.
—¿Cómo has entrado?
El gato parpadeó.
—Pregunta difícil, ¿eh?
El animal se levantó y caminó hacia él. Se detuvo junto a sus zapatos, lo olió y después se sentó.
—Supongo que eres Miga.
Daniel había encontrado el nombre entre los documentos que le entregó el abogado, una factura veterinaria: MIGA — FELINO — MACHO — 7 AÑOS. Se agachó.
—Así que tú también vienes con la herencia.
Intentó acariciarlo, Miga retrocedió.
—De acuerdo. Mantendremos una relación pro-fesional.
El gato se dió la vuelta y empezó a caminar hacia el fondo.
—¿Tienes comida?
Miga continuó.
—Lo interpretaré como un sí.
Daniel le siguió. El gato atravesó una pequeña puerta situada detrás del mostrador que Daniel no había visto. Al otro lado, una habitación estrecha con fregadero, nevera, cafetera, armarios y una mesa.
—Esto va mejorando.
Abrió un armario: tazas. Otro: galletas. Otro: comida para gatos. Miga maulló.
—Perfecto. Ya sé quién manda aquí.
Daniel llenó un pequeño cuenco. Miga empezó a comer. Mientras le observaba, reparó en una foto-grafía pegada a la nevera: Gabriel aparecía delante de la librería, mucho más joven, a su lado, una mujer de cabello oscuro que Daniel no conocía, y sentado entre ambos, un gato gris.
Daniel acercó la fotografía, se fijó en Miga . Miró la foto de nuevo.
—No.
El gato siguió comiendo. Daniel despegó la foto-grafía de la nevera. En la esquina inferior aparecía una fecha: 1998.
Daniel soltó una carcajada.