Medianoche (Librería Luz de Luna 1) Una librería inesperada
2%
Medianoche (Librería Luz de Luna 1)

Medianoche (Librería Luz de Luna 1)

Por R. M. Hearthwood

© inepub.com

Una librería inesperada

ÍNDICE

Daniel recibió una librería completa un martes por la mañana. No la compró. Tampoco la buscó. Ni tan siquiera sabía que alguien pudiera considerar razo-nable dejarle una en herencia. Simplemente la reci-bió.

A las diez y veintitrés, mientras intentaba decidir si el café que tenía delante merecía todavía ese nom-bre, sonó su teléfono.

—¿Don Daniel Ferrer?

Daniel apartó la taza.

—Sí.

—Buenos días. Mi nombre es Arturo Salvatierra. Le llamo del despacho Salvatierra y Asociados.

Hubo una pequeña pausa. Daniel esperó.

—¿Le suena el nombre de Gabriel Ferrer?

Esta vez la pausa fue suya. Claro que le sonaba: el tío Gabriel. Hacía años que no pensaba en él.

—Era hermano de mi padre . Mi tío Gabriel.

—Así es.

El abogado volvió a guardar silencio. Daniel empezó a sospechar que aquella conversación no era precisamente una felicitación de cumpleaños.

—Lamento comunicarle que su tío falleció hace nueve días.

Daniel miró la ventana. Al otro lado del cristal, un autobús acababa de detenerse y varias personas baja-ban apresuradamente. Una mujer corría detrás de un niño con una mochila amarilla, un repartidor discutía con alguien por teléfono. El mundo seguía funcionando con absoluta normalidad.

—Vaya —dijo. No le salió otra expresión.

Hacía quizá ya doce años que no veía al tío Gabriel .

Tampoco se podía decir que hubieran mantenido una estrecha relación.

Lo recordaba alto, delgado, vestido siempre con chaquetas de tallas grandes.Tenía también la costumbre de llevar a todas horas algún libro bajo el brazo.

Aún recordaba su risa: profunda y contagiosa.

Parecía impropia de alguien tan silencioso y discreto como él.

—Lo siento —añadió Daniel.

—Entiendo que hacía tiempo que no mantenían contacto.

—Bastante tiempo , sí.

—Su tío dejó testamento. Y usted figura en él.

Daniel frunció el ceño.

—¿Yo?

—Usted.

—Debe de haber algún error.

—No. No lo hay.

Daniel miró de nuevo el café. Aquello empezaba ya a resultar extraño.

—¿Qué me ha dejado?

El abogado carraspeó.

—Una propiedad.

Eso sonaba mejor de lo esperado.

—¿Una casa?

—No exactamente.

—¿Un terreno?

—Tampoco.

Daniel esperó un poco antes de añadir algo.

—Una librería.

Daniel tardó unos segundos en contestar.

—¿Una qué?

—Una librería.

—He entendido a la primera. Lo que no entiendo es por qué mi tío me ha dejado una librería.

—Eso me temo que tendrá que descubrirlo usted.

Daniel se reclinó en la silla.

—¿Dónde está?

El abogado le dijo el nombre de un pueblo que Daniel tuvo que pedirle que repitiera: Valdelumbre. Le resultaba vagamente familiar. Quizá lo hubiera visto alguna vez en un mapa o en uno de aquellos carteles de carretera que señalaban lugares a los que nadie parecía dirigirse.

—¿Y la librería funciona?

—Hasta hace nueve días, sí.

—¿Tenía empleados?

—No.

—¿Deudas?

—Según la documentación que tenemos, ninguna importante.

Eso mejoraba considerablemente la situación.

—¿Y el local era suyo?

—El edificio entero.

Daniel dejó de mirar el café.

—¿El edificio?

—Dos plantas. La librería ocupa la planta baja, arriba hay una vivienda.

Aquello ya no sonaba a una pequeña herencia extravagante, sonaba a una propiedad que podía vender.

—¿Hay alguna condición?

La pausa del abogado fue tan pequeña que proba-blemente otra persona no la habría advertido, Daniel sí.

—¿Señor Salvatierra?

—Hay una petición.

—Eso suena sospechosamente parecido a una condición.

—Legalmente no lo es. Su tío dejó indicado que usted debería visitar personalmente la librería antes de tomar cualquier decisión sobre la propiedad.

—¿Debería?

—Esa fue la palabra que utilizó.

Daniel sonrió. Aquello sí sonaba a Gabriel.

—¿Y si no voy?

—La propiedad sigue siendo suya.

—Entonces no es una condición.

—Como le decía.

Daniel tomó la taza y bebió un sorbo. El café estaba también definitivamente muerto.

—¿Tengo que firmar algo?

—Varias cosas.

—Por supuesto.

—Vamos a preparar la documentación. Pero hay algo más.

Daniel dejó nuevamente la taza.

—Empiezo a pensar que mi tío tenía demasiado tiempo libre.

El abogado soltó una pequeña risa.

—No tuve ocasión de conocerlo mucho, pero ciertamente me dió esta impresión.

—¿Qué más?

—Me pidió que le entregara personalmente una carta.

—¿Una carta?

—Dirigida a usted.

—¿Qué dice?

—Está cerrada.

—¿Y usted no la ha leído?

—Señor Ferrer, soy abogado.

—Esto no responde a la pregunta.

Esta vez la risa fue algo más evidente.

—No. No la he leído.

Acordaron verse dos días después. Daniel ter-minó la llamada y permaneció aún unos segundos mirando el teléfono. Una librería. De todas las cosas que podía haber heredado de un familiar casi olvi-dado, tenía que ser una librería.

Abrió el portátil y escribió: Librería Valdelumbre Gabriel Ferrer.

El buscador tardó menos de un segundo. Apare-cieron varias referencias, Daniel abrió la primera: LIbrERÍA LUZ DE LUNA .

Debajo, una dirección, un horario e imágenes Amplió una de ellas.

El establecimiento ocupaba la planta baja de un edificio antiguo de piedra clara.

Dos escaparates flanqueaban una puerta de madera pintada de azul oscuro.

Sobre ella colgaba un letrero: LIbrERÍA LUZ DE LUNA .

Las letras doradas esta-ban algo descoloridas.

En uno de los escaparates había libros apilados sin demasiado orden. En el otro, una pequeña lám-para, una planta y lo que parecía ser la figura de un gato. Daniel amplió la imagen: no era una figura, era un gato gris sentado entre los libros, mirando direc-tamente a la cámara.

—Bueno —murmuró—. Al menos tienes vigi-lante.

Buscó más imágenes. La mayoría mostraban el interior: estanterías de madera hasta el techo, escale-ras apoyadas contra ellas, mesas cubiertas de libros, lámparas antiguas, un mostrador de madera oscura. Nada especialmente extraordinario.

Aunque había algo. Daniel regresó a la primera fotografía, la amplió de nuevo, luego abrió otra y otra. En todas ellas, incluso en imágenes tomadas con varios años de diferencia, aparecía el mismo gato gris.

Daniel sonrió.

—Vale. Varios gatos grises. Tampoco es un miste-rio.

Cerró las fotografías y buscó opiniones de clien-tes. Había pocas:

« Una librería maravillosa. El dueño siempre sabe qué libro recomendarte. »

« Pequeña, acogedora y llena de rincones. Podría pasar horas dentro.»

«No encontré lo que buscaba, pero salí con lo que necesi-taba.»

Daniel arqueó una ceja.

—Muy filosófico.

Siguió leyendo:

«Hay lugares que deberían seguir existiendo aunque ya no sean rentables. Luz de Luna es uno de ellos.»

Aquella frase le hizo detenerse. Miró de nuevo la fotografía del escaparate.

Después abrió una página inmobiliaria y buscó precios aproximados de locales y viviendas en la zona.

Hizo algunos cálculos y el resultado consiguió que la librería adquiriera de repente un aspecto mucho más interesante.

Podía viajar a Valdelumbre, pasar allí tres o cuatro días, revisar papeles, hablar con alguna inmobiliaria y poner el edificio a la venta. Asunto resuelto.

Volvió a mirar la fotografía. El gato continuaba sentado en el escaparate. Daniel tuvo durante un instante la absurda impresión de que el animal le observaba a él. Cerró el portátil.

***

Dos días después, el despacho del abogado olía a madera, papel y a un ambientador de limón dema-siado concentrado. Arturo Salvatierra era un hom-bre pequeño, de cabello completamente blanco y gafas redondas.

Después de casi cuarenta minutos de firmas, explicaciones y documentos, empujó un sobre hacia Daniel.

—Esto es suyo.

En el frente se podía leer escrito a mano: Para Daniel . Reconoció la letra no sabía cómo, después de tantos años, pero la reconoció.

—¿Lo escribió poco antes de morir?

—Hace aproximadamente seis meses.

Daniel levantó la mirada.

—¿Sabía que iba a morir?

—No que yo sepa.

Giró el sobre entre los dedos.

—¿Y por qué preparó todo esto?

—Su tío era un hombre previsor.

—Mi padre decía que era un hombre raro.

—Una cosa no excluye la otra.

Daniel sonrió.

—¿Hay algo más que deba saber?

El abogado abrió un cajón.

—Sí.

Sacó una llave. Grande, de metal, oscura y aspecto antiguo, nada que ver con las llaves moder-nas que Daniel llevaba en el bolsillo.

—¿Esta es la llave de la librería?

—Una de ellas.

—¿Una de ellas?

—Eso dijo su tío.

Daniel la tomó, pesaba lo suyo.

—¿Y las demás?

—No tengo la menor idea.

El abogado le entregó después un pequeño lla-vero con otras tres llaves, todas mucho más norma-les.

—Estas son de la entrada, la vivienda y la puerta trasera.

Daniel levantó la llave antigua.

—¿Entonces esta qué abre?

Salvatierra se encogió de hombros.

—Señor Ferrer, llevo treinta y siete años ejer-ciendo como abogado. He aprendido que hay pre-guntas cuya respuesta no necesito conocer para poder enviar la factura a mi cliente.

Daniel soltó una carcajada y guardó las llaves.

—Viajaré mañana.

—Me alegra oírlo.

—No se entusiasme. Probablemente venderé el edificio.

El abogado asintió lentamente.

—Su tío pensaba que diría eso.

Daniel se detuvo.

—¿Cómo?

Salvatierra señaló el sobre.

—Quizá debería leer la carta.

Daniel lo abrió. Dentro había una única hoja doblada por la mitad. La desplegó. La letra de Gabriel llenaba apenas unas líneas:

Querido Daniel:

Si estás leyendo esto, significa que finalmente Luz de Luna es tuya.

Sé lo que estás pensando: venderla.

Puedes hacerlo. No intentaré impedírtelo desde

donde esté.

Solo te pido una cosa: pasa tres noches en la librería. No dos. Tres. Después decide.

Y, Daniel, si la primera noche oyes la campani-lla después de las doce, no abras la puerta.

Nada más. Daniel dio la vuelta a la hoja: en blanco.

—¿Algún problema? —preguntó Salvatierra.

Daniel leyó de nuevo la última frase, dobló la carta y luego la guardó en el sobre.

—Ninguno.

—¿Qué le dice?

Daniel se puso en pie.

—Que mi padre tenía razón.

—¿Sobre qué?

Guardó el sobre en el bolsillo interior de la cha-queta.

—Mi tío era un hombre raro.

Salió del despacho con las llaves en un bolsillo y la carta en el otro. Al día siguiente viajaría a Valde-lumbre. Tres noches, eso era todo. Tres noches, una tasación, una inmobiliaria y de vuelta a casa.

Mientras se dirigía a su coche, se metió la mano en el bolsillo y sus dedos tocaron la vieja llave. Se notaba caliente.

Daniel se detuvo y la sacó. El metal oscuro bri-llaba bajo el sol de la tarde. Esperó unos segundos y la llave volvió a estar fría.

Daniel negó con la cabeza.

—Tres noches —murmuró.

Guardó la llave y siguió caminando. No tenía como saber que Gabriel se había equivocado en una sola cosa: la primera noche, después de las doce, Daniel no oiría la campanilla. La oiría tres veces .