Me ves o no me ves Capítulo 26
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Capítulo 26

T res meses después

Los rumores por el hotel sobre el regreso de Sixto llevaban circulando un par de semanas. Martina se sentía inquieta por la posible marcha de Juanjo, se había acostumbrado tanto a estar con él, a verlo cada día, que había enterrado en su cerebro la idea de que todo era temporal.

No le había comentado sus temores, ella había aceptado la situación cuando empezaron a estar juntos y no tenía derecho a quejarse, él no le había prometido en ningún momento que se quedaría en Madrid. Pero le costaría mucho que se vieran solo cuando uno de los dos tuviera un día libre.

Cuando estaban en el hotel, a menudo las miradas de ambos se encontraban —se buscaban en realidad— y ese simple gesto hacía que el día fuera mejor, el trabajo menos pesado y las ganas de encontrarse a solas aumentaran.

El sexo, descubierto tarde, se había convertido en algo vital y necesario para Martina.

Hacía un par de meses que Juanjo pasaba alguna noche en su casa, y cuando tenían un día libre, salían de Madrid y dormían en algún pueblo o localidad, de la que a menudo veían poco, pues apenas salían de la habitación. Tenían mucho tiempo que recuperar.

En una ocasión en que Luis y Patri visitaron a sus hijos convivieron durante toda una semana en la casa de Getafe, y fue una de las mejores experiencias que había vivido nunca.

Tenían previsto coger las vacaciones a la vez en el mes de julio y bajar hasta El rincón de la Victoria para pasar unos días junto al mar. Solos, pues Sofía y Celso no podían ir hasta agosto por sus respectivos trabajos.

Aquella noche, cuando salieron del hotel, Juanjo estaba más serio que de costumbre. Condujo hasta Fuenlabrada sin apenas hablar, algo muy extraño en él, siempre locuaz, como si estuviera sumido en sus pensamientos.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó Martina, ya a punto de llegar a su destino, ante su actitud tan poco habitual.

—Has visto que me he ausentado del comedor durante un rato, ¿no? —respondió, deseoso de compartir con ella su inquietud.

—Casi no me he dado cuenta. Había tanta gente hoy que no he parado ni un instante.

Era cierto. El hotel estaba lleno debido a un congreso y apenas habían dado abasto para atender a los comensales.

—Pues me han llamado de dirección.

El corazón se le paralizó, sospechando que sus temores estuvieran a punto de cumplirse.

—¿Para qué? —preguntó con aprensión.

—¿No te lo imaginas? El rumor sobre la reincorporación de Sixto es cierto, vuelve a su puesto dentro de diez días.

—Y tú…

—Yo tengo que marcharme, regreso al de Toledo. He preguntado si podría quedarme aquí, pero me han denegado la petición. No hay plaza para mí, ni siquiera como simple camarero

—¿Has pedido quedarte? —preguntó extrañada y con el corazón latiéndole en el pecho—. ¿Incluso bajando de categoría profesional?

—Sí.

—¿Por qué?

Juanjo apartó la vista de la desierta carretera y la miró.

—¿Por qué va a ser? Por ti. Por nosotros.

—Pero tú nunca has querido estar aquí. No te gusta el hotel y tampoco vivir en Madrid.

—Pero me gustas tú, y tú estás en Madrid. Eso lo compensa todo.

—¿Ibas a renunciar a regresar a tu ciudad, a tu vida con Asier?

—A lo que no quiero renunciar es a verte a ti cada día, a nuestros trayectos en coche, a esas miradas cargadas de intención que me lanzas entre un viaje a las mesas y otro.

—Yo no hago eso.

—Claro que lo haces —afirmó con una sonrisa pícara—.

Y a mí se me altera el pulso con cada una de ellas.

Pero me han dicho que debo reincorporarme al Imperial de Toledo en cuanto Sixto regrese, porque andan justos de personal allí.

Por lo menos esta vez me dan diez días para hacerme a la idea, en vez de dos.

Habían llegado ante la puerta de Martina. Juanjo detuvo el coche y se giró a mirarla.

—Lo siento —murmuró con pesar.

—Yo también, Juanjo. Mucho.

—Tampoco me hace gracia dejarte aquí a merced de estos cabrones. Aunque han dejado de hostigarte, eso puede cambiar si me marcho.

—No me preocupa, yo no soy la misma Martina de antes y no me dejaré avasallar. Lo que me va a costar es verte solo cuando tengamos días libres. Y volver a coger el tren para ir al trabajo y no encontrarte por el comedor. Sixto no me inspira nada para decirle piropos.

—¡Ni que yo me entere! —dijo riendo.

—No hay peligro, tiene unos aburridos ojos marrones y veinte años más que tú. ¡No me pone nada!

—Anda, dame un beso, para compensar el mal trago. Debemos aprovechar los diez días que aún tenemos.

—Tal vez quieras subir esta noche… y todas las que quedan.

—¿Lo dudas?

—Vamos entonces.

Bajaron del coche y subieron al piso, dispuestos a aprovechar el tiempo que les restaba de estar juntos a diario. Aunque sabían que ese momento llegaría, se les antojaba muy dura la separación.

***

Cinco días después aún no se hacían a la idea de que Juanjo tuviera que marcharse. Pasaban juntos todas las horas posibles, pero cuanto más tiempo estaban sin alejarse uno del otro, más dura se les antojaba la idea.

Juanjo casi no pisaba su casa, y dormía con Martina cada noche. Se debatía buscando una forma de evitar la separación y, tras mucho indagar y preguntar, encontró una posible solución, si ella quería.

Aquella tarde, mientras se dirigían al parque que se había convertido en habitual para sus paseos vespertinos, se decidió a sugerírselo, aunque no tenía muchas esperanzas de que aceptara.

—Suéltalo —dijo Martina cuando se sentaron en el banco donde solían descansar antes de volver al piso. Por las tardes Sofía estaba en casa y ellos necesitaban todo el tiempo posible a solas, aunque solo fuera para pasear y hablar.

—¿Que suelte qué?

—Lo que tienes que decirme. Ya nos conocemos y no estás callado más que cuando rumias algo. ¿Qué es?

—Desde que supe lo de Sixto no he dejado de dar vueltas a la cabeza pensando en una solución para nosotros.

—¿Has encontrado alguna? Porque yo no dejo de hacer lo mismo, pero no veo ninguna alternativa, como no sea la locura de dejar el trabajo, con lo difícil que es encontrar uno en estos tiempos.

—Bueno, algo hay de eso, pero no sin encontrar otro.

Martina lo miró expectante.

—Dime qué se te ha ocurrido. Porque haría cualquier cosa para no separarme de ti.

—¿Te vendrías conmigo a Toledo? ¿A trabajar en mi hotel? Sé que te gusta vivir con tu hermana y con Celso, pero es la única opción que he encontrado.

—¿Hay trabajo allí para mí?

—He preguntado y te contratarían a media jornada. De momento no hay más.

—No puedo vivir con medio sueldo.

—Sí, si te vinieras a casa con Asier y conmigo. Compartiríamos los gastos entre los tres.

—¿Él está de acuerdo?

—Dice que cualquier cosa antes que oírme suspirar por ti en la distancia a todas horas.

—Esa no es una respuesta afirmativa. No creo que quiera tenerme allí.

—¿Todavía no le conoces? ¿Nunca te acostumbrarás a su forma de hablar? La idea de que te vengas a vivir con nosotros ha sido suya. Eso sí, piensa explotar tus habilidades de cocinera, eso te lo aseguro. La decisión es tuya, Martina.

—¿De verdad quieres que me vaya a vivir contigo?

Se volvió hacia ella y le cogió las manos.

—¿Te lo estaría proponiendo si no fuera así? Cariño, le he dado muchas vueltas a la cabeza para no separarme de ti. La idea se me antoja muy dolorosa, pero lo entenderé si me dices que no.

—¿Y si te digo que sí?

—Me harías el hombre más feliz el mundo.

—Dicen que no es buena idea compartir casa y trabajo con la pareja, que la relación se resiente.

—Paparruchas. La nuestra resistirá la convivencia y cualquier cosa que surja. Además, intuyo que no vas a trabajar en el hotel durante mucho tiempo.

—¿Piensas despedirme al primer error?

—No, pero con solo media jornada podrías cumplir tu sueño de estudiar informática y buscar trabajo en ese campo.

—¿Tú crees? Hace tiempo que enterré ese sueño.

—Los sueños nunca se deben enterrar, como mucho posponer, y ahora ha llegado tu momento.

—Será complicado con los turnos.

—¿En serio? Seguro que tu jefe es comprensivo y te facilita los horarios para acudir a las clases.

Se miraron a los ojos con intensidad.

—No hace falta que me respondas ahora, piénsatelo, ¿vale?

—No tengo nada que pensar… si voy a estudiar informática, eso lo decide todo. Mi respuesta es sí.

Él la miró con las cejas alzadas, interrogantes.

—¿Por la informática?

—Por supuesto. No tiene nada que ver un jefe cañón, con unos ojos verdes increíbles y que me vuelve loca en la cama.

Se inclinó hacia él y lo besó como hacía cada tarde cuando se sentaban en aquel banco, oculto a la mirada de los paseantes. Como seguiría haciéndolo en el futuro, ya fuera en Madrid o en Toledo. En cualquier lugar en que estuvieran mientras fuera juntos. Siempre juntos.