Capítulo 25
D espués de la noche que pasaron en el hotel de Toledo, no se habían levantado temprano.
Dejaron la habitación a las doce de la mañana, como estaba estipulado en el establecimiento y, tras colocar las bolsas en el coche, dieron un paseo.
Ninguno de los dos sentía ganas de regresar a Madrid todavía.
Tenían muy presente lo vivido durante la noche, las sensaciones, los besos y caricias y también las palabras.
Querían seguir compartiendo todas las horas posibles, pues Juanjo no debía incorporarse al trabajo hasta el turno de tarde y podían regresar al atardecer.
—Asier trabaja hoy también a partir de las tres. ¿Te apetece que nos vayamos un rato a casa? Estaríamos solos —sugirió Juanjo mientras almorzaban en uno de sus restaurantes preferidos.
—¿Es una proposición indecente?
—Muy indecente… si quieres.
—¿Vamos a probar tu cama?
—Me gustaría mucho, pero si solo quieres un achuchón en el sofá, también es una opción.
—Prefiero la cama. Creo que has desatado en mí unas ansias locas de recuperar el tiempo perdido todos estos años.
—Yo estoy dispuesto a ayudarte a conseguirlo. Llamaré a Asier para comentarle que pasaremos la tarde allí. Y si quieres, también la noche. Mañana entro de tarde, con que salgamos después de desayunar es suficiente.
—Llamaré a Sofía para que no nos espere hasta mañana.
Terminaron de comer y se dirigieron al piso, después de realizar las llamadas pertinentes para avisar de su cambio de planes. Asier ya se había marchado y, tras una simple mirada, se fueron derechos al dormitorio.
—Me muero de ganas de hacerte el amor en mi cama. No es tan grande como la del hotel, pero así estamos más juntitos.
—Me gusta la cercanía.
Pasaron la tarde en la habitación y después pidieron unas pizzas para cenar y esperaron a Asier. Este propuso una partida de videoconsola y Martina se dejó introducir en el fascinante mundo de los videojuegos. En el que intuía pasaría mucho rato en el futuro.
Ya tarde se fueron de nuevo a la cama y se durmieron abrazados, haciendo planes para cuando hicieran una nueva visita a la ciudad.
Habían sido unos días maravilloso para los dos, y al día siguiente volverían a Toledo con ánimo para enfrentarse a cualquier cosa.
***
Juanjo recogió a Martina por la mañana para ir juntos al trabajo el día de su incorporación. Aunque ella insistió —sin mucho entusiasmo— en que podía ir en tren, como siempre, él no quiso oír hablar de ello. A partir de ese momento irían y volverían juntos, como la pareja que eran, había afirmado.
—¿Preparada? —le preguntó durante el trayecto.
—Sí. No estoy ni siquiera nerviosa. Creo que durante estas semanas de baja he cambiado. Nuestra relación me ha hecho ganar confianza en mí misma.
Era cierto, se sentía una mujer diferente, sobre todo después de su escapada a Toledo.
—Lo sé. Aprecio tu cambio y me encanta ver que eres más fuerte y decidida. Que te enfrentas a los retos sin temor.
—Es porque estás a mi lado.
—No, cariño. Yo solo he sacado a la Martina que tú te empeñabas en esconder. Y hablando de esconder, no pienso ocultar nuestra relación a nadie.
—¿Vas a decirlo en el trabajo?
—No llevaré un cartel con la noticia ni te comeré los morros en público (aunque me gustaría), pero nada de entrar uno primero y otro después. Se acabaron los disimulos. No hay ninguna norma en el hotel que prohíba una relación entre miembros de la plantilla, así que no tenemos que escondernos.
—Pensarán que tu actitud hacia ellos durante las últimas semanas se ha debido a que estamos juntos.
—Que lo piensen. Me importa un bledo.
—De acuerdo.
Una vez en el hotel, bajaron del coche y Juanjo se apresuró a cogerle la mano antes de cruzar la puerta.
—¿Piensas entrar provocando?
—Por supuesto. Quiero que todos sepan que tengo la novia más maravillosa del mundo, y que estoy muy feliz. Y si a alguien le molesta, que se fastidie.
Se dirigieron a los vestuarios, ocasionando miradas de extrañeza, y se separaron en la puerta de los mismos, donde ya aguardaban algunos de los hombres para cambiarse. Pero nadie dijo nada.
Martina entró y se limitó a ignorar a Maya y Elisa, que estaban dentro. Ni siquiera saludó, como habían hecho ellas en el pasado.
Solo Reyes, una de las ayudantes de cocina, se le acercó cuando salió del vestuario.
—Hola, Martina. ¿Ya de vuelta?
—Sí.
—¿Cómo está tu mano?
Se la mostró. La larga cicatriz cruzaba la palma, pero ya solo una línea fina daba indicios de lo sucedido.
—Completamente cicatrizada. No me han dejado incorporarme al trabajo hasta que lo estuviera. Han sido casi tres semanas de baja.
—Me alegro. Fue un desafortunado accidente.
Ella sabía que no lo había sido, Juanjo le había contado que vio a Michel volcar el agua, pero no dijo nada.
Mejor que pensaran que no había sido un atentado en toda regla.
No obstante, andaría con cuidado en el futuro, no se fiaba de nadie, y menos de Michel, aunque se supiera que ella y Juanjo estaban juntos.
Intuía que él quería mostrar su relación como una forma más de protegerla, pero ya no lo necesitaba.
Era capaz de enfrentarse a sus compañeros y sus desprecios habían dejado de importarle. Era demasiado feliz.
La relación la había cambiado, él tenía razón.
Y el viaje a Toledo también. Se había descubierto una mujer apasionada, en absoluto tímida en la cama, después de la primera vez.
Y ansiaba que cambiaran el turno al de tarde para verse en su casa a solas por las mañanas, mientras su hermana y su cuñado trabajaban.
Aunque Sofía, contenta de que al fin hubiera dado el paso definitivo, le había comentado que podía invitarlo a dormir siempre que lo deseara, esperaría un poco para hacerlo.
Durante toda la mañana notó la mirada de Juanjo pendiente de ella de una forma distinta a como la observaba antes.
Con el brillo intenso que ya conocía de sus momentos de pasión, sin mostrar ningún tipo de pudor a que los demás supieran sus sentimientos.
Se sentía halagada mientras preparaba las mesas.
Cuando se sentaron para almorzar, Juanjo le preguntó:
—¿Qué tal la mañana? ¿Te ha molestado alguien?
—Para nada. Me siguen ignorando, igual que yo a ellos. Solo Reyes se ha interesado por la herida.
—¿Nadie te ha preguntado por nosotros?
—No. ¿Y a ti?
—Tampoco, pero no han podido dejar de darse cuenta de que esta mañana entramos de la mano.
—Y de que me miras con cara de bobo.
—Como me miraba a mí cierta chica invisible hace unos meses. Pero yo me contengo y no le voy diciendo las ganas que tengo de comérmela entera.
—No es el sitio más adecuado. Esta chica no se dejará comer aquí.
—¿Dónde entonces?
—Tendrás que buscar un sitio apropiado, porque esta tarde Sofía estará en casa.
—Algún sitio encontraremos para darnos al menos un mordisquito, en espera de la semana que viene, en la que te devoraré entera de nuevo.
—Seguro que sí. No me gustaría esperar tanto.
Martina miró hacia la mesa de sus compañeros, que comían sin el alboroto que solían tener. Parecían sufrir cierta incomodidad con su presencia en el comedor, conscientes de que su relación con Juanjo había cambiado.
—En el fondo debería darles las gracias por su comportamiento conmigo — comentó divertida.
—¡De ningún modo! Fue del todo inaceptable.
—Pero hizo que te fijaras en mí.
—Soy un tipo listo. Jamás me hubieras pasado desapercibida.
—Lo importante es que me viste.
—Por supuesto que te vi. Lo habría hecho, aunque no me hubieras soltado aquellas cosas tan divertidas.
—Halagué tu ego, no lo niegues.
—No lo niego. Después de que me dijeras lo de mis ojos, fui al baño y los contemplé en el espejo con detenimiento. No les vi nada especial y me dije que la especial debía ser la chica que los encontraba bonitos. Ahí empezó todo.
—Y ha terminado aquí, formando una pareja.
Él alargó la mano y tomó la de ella por encima de la mesa.
—Ni por asomo ha terminado. Solo está empezando, cariño. Aún nos queda mucho camino por recorrer.
Se miraron con intensidad por encima de la mesa, sin que les importara que nadie los viera. Tampoco los comentarios maliciosos o bienintencionados de los demás. En aquel momento estaban solos en el comedor, como si en verdad fueran invisibles.