Capítulo 24 #2
—Siento interrumpir, chicos —dijo Asier con ligera sorna y alzando una botella—. El vino. ¿Alguien quiere probarlo?
—Sírvelo directamente —sugirió Juanjo liberando la mano de Martina—. Seguro que es excelente.
Una vez escanciado, se alejó para traer los aperitivos consistentes en marisco en su mayor parte. También chacina ibérica. Y los dejó solos de nuevo.
—Por nosotros —sugirió Juanjo, alzando su copa—. Por muchas cenas como esta.
—Por muchos viajes juntos —aceptó Martina.
Bebieron. El vino era suave y entraba con facilidad.
Comenzaron a comer, sin dejar de mirarse y de decirse muchas cosas con los ojos: sentimientos, deseos y, sobre todo, amor.
A los aperitivos siguió un plato de carne, un delicioso solomillo que se deshacía en la boca. Y más vino.
La botella iba vaciándose poco a poco sin que se dieran cuenta y la tensión aumentaba a medida que transcurría la cena.
Martina sentía la presencia de Juanjo muy cercana aquella noche.
Mucho más que nunca. Y él le parecía mucho más guapo.
El deseo de que no se marchara a su casa aumentaba con cada sorbo de vino y con cada bocado que el estómago ya se negaba a admitir por culpa de los nervios.
¿Le pediría que le dejara quedarse? ¿Esperaba que lo invitara ella?
—¿Qué quieres de postre? —le preguntó él interrumpiendo sus pensamientos.
—Nada —rehusó sintiendo el estómago cerrado por los nervios—. Ya no puedo comer nada más.
—¿En serio? —Los ojos verdes indagaban en los suyos—. Te he visto comer más cualquier otro día.
«Hoy no es cualquier otro día».
—¿Un café? ¿Otra cosa?
Negó con la cabeza.
—Pido la cuenta entonces.
Se levantó y fue a buscar a Asier.
—Carga la cena a la habitación.
—Es lo que pensaba hacer.
Juanjo miró el reloj. Aún faltaba una hora para que su amigo terminara su turno.
—Acompáñala arriba —sugirió este—. Si cuando termine no estás por aquí, me iré a casa.
—No quiero hacerme ilusiones.
—Tienes una hora para convencerla.
—No se trata de convencer a nadie. No lo entiendes.
—El que no lo entiende eres tú. Anda, sube. Y espero que no bajes.
Se acercó a la mesa donde lo esperaba Martina.
—¿Vamos? Aún falta para que Asier termine de trabajar. ¿Te importa si lo espero en la habitación?
—Por supuesto que no.
Subieron en el ascensor en silencio. Muy cerca uno del otro, pero sin rozarse.
Sin cogerse siquiera de la mano. Enfilaron el corredor hasta la habitación, que Martina trató de abrir con mano ligeramente temblorosa, sin conseguirlo.
Juanjo le sujetó la muñeca y la ayudó a impulsar la tarjeta en la ranura con firmeza.
La puerta se abrió y encendieron la luz.
Las bolsas de ambos estaban sobre la banqueta, tal como las habían dejado, pero algo había cambiado en la estancia desde que la abandonaron por la mañana. Sobre la mesa auxiliar había una cubitera y una botella de cava enfriándose en hielo. A su lado, un cuenco con fresas y otro con bombones.
Martina se giró hacia Juanjo, con el corazón desbocado e interrogándolo con la mirada.
—No he sido yo —aseguró este, tan asombrado como ella—. Debe ser cosa de Asier.
—Creo que tu amigo no tiene muchas ganas de jugar a la consola esta noche —dijo Martina con una sonrisa.
—Eso parece. Pero tú mandas… No dejes que esto te obligue a nada.
—¿Y tú? ¿Quieres jugar a la consola?
—¿Tú qué crees? —preguntó entrecerrando los ojos y mirándole la boca.
—Que dejaremos que juegue solo…
Juanjo alargó las manos y le sujetó la cara para buscar su boca, tratando de contener el deseo que lo acuciaba. Las ganas de besarla hasta dejarla sin aliento eran abrumadoras, pero tenía que ir despacio, dejar que ella marcara el ritmo. Era su primera vez y haría que fuera inolvidable.
El beso se prolongó durante mucho rato, suave e intenso a la vez. Después se miraron a los ojos.
—¿Estás segura?
Ella asintió.
—Pero me gustaría darme una ducha. Hemos estado todo el día por ahí…
—Por supuesto. ¿Admites compañía? Yo también he estado todo el día por ahí.
—Estaré encantada de tener compañía.
De la mano entraron en el cuarto de baño y se quitaron la ropa uno al otro, despacio, prenda a prenda, acariciando cada porción de piel que iban descubriendo.
Se metieron bajo los chorros muy juntos, piel con piel, y volvieron a besarse. Y a tocarse. Y a enjabonarse utilizando las manos. Y de nuevo a besarse.
Después salieron y se envolvieron en los albornoces.
—¿Una copa de cava antes de meternos en la cama? —propuso Juanjo—. ¿Unas fresas? ¿Un bombón?
—Después. Ahora me apetece comerme este bombón. —Y alargando la mano lo atrajo hacia ella para besarlo otra vez.
Juanjo la levantó en vilo y la llevó hasta la cama, murmurando contra su boca.
—Creí que no ibas a hincarme el diente nunca, que todo se te iba a quedar en palabras.
Martina rio dejándose caer y arrastrándolo con ella.
—Hoy nada de palabras. Te voy a comer entero, señor jefe de sala.
Y cumplió su promesa.
Se besaron, se acariciaron cada centímetro de piel, sin prisas.
Disponían de toda la noche, de todo el tiempo del mundo.
Cuando al fin hicieron el amor, ya ninguno podía contener el deseo.
Juanjo se hundió en ella con cautela, tan lentamente como la había acariciado, y se mecieron uno contra el otro, con languidez al principio para incrementar el ritmo hasta llegar a un orgasmo casi simultáneo.
Juanjo solo se dejó ir al sentir que ella estallaba, y terminaron a la vez, las respiraciones entrecortadas y los cuerpos temblorosos.
—¿Què tal? —le preguntó antes de separarse. No creía haberle hecho mucho daño, ni tampoco haberla decepcionado, pero deseaba que se lo confirmara.
—Lamento no haberte comido antes.
—No te preocupes, preciosa. Tienes mucho tiempo por delante para comerme entero.
Y se recostó en la cama a su lado, dispuesto a hacer lo mismo con ella durante toda la noche. Comérsela a besos, a caricias, para demostrarle lo mucho que le gustaba y la intensidad de los sentimientos que le inspiraba. Para demostrarle que él sí la veía.