Capítulo 24
J uanjo esperó unos días para abordar el tema de la visita a Toledo.
Seguían viéndose a diario, pero el turno había cambiado y se reunían después del almuerzo.
La primavera había hecho su aparición y el intenso frío del invierno daba paso a días más cálidos, lo que les permitía dar un paseo.
Otras veces tomaban un café y a menudo Sofía les mandaba un mensaje para que subiera a cenar.
Aquella tarde, más cálida de lo habitual, se encontraban sentados en un banco del parque que solían frecuentar.
Juanjo le había echado el brazo sobre los hombros y no tardaron en besarse.
Antes de que fuera la hora de cierre y debieran abandonar el parque, él abordó el tema que deseaba comentar.
Cogió la mano de Martina, ya libre de vendaje y de puntos, y besó la cicatriz
—Se está curando muy bien. Ya pronto te darán el alta para trabajar.
—Eso me temo, que lo bueno dura poco.
—Por lo menos nos veremos más que ahora.
—Eso sí. Pero la mayor parte del tiempo, de lejos.
—Siempre podrás cruzarte conmigo y decirme algo que me alegre el día.
—No lo descarto.
La confianza entre ambos había aumentado desde que comenzaron a salir y la timidez de Martina disminuía en la misma proporción.
—Creo que deberíamos aprovechar para hacer esa visita a Toledo antes de que te den el alta.
—Pensaba que lo habías olvidado o que no te apetecía.
—Ni una cosa ni la otra. Me muero de ganas de pasar todo un día contigo… o dos.
Ella alzó la cabeza de su hombro y lo miró a los ojos.
—Se me ha ocurrido que podría cogerme un par de días.
La ciudad es muy extensa y hay mucho que ver.
Mi propuesta no implica nada más que pasar tiempo juntos, como ahora.
Te reservaría una habitación en el hotel donde trabajo (así lo conoces) y yo me iría a dormir a casa. No te estoy proponiendo compartir cama.
Los ojos de Martina brillaron juguetones.
—A jugar a la consola con Asier, ¿eh? Te mueres de ganas.
«Me muero de ganas de otra cosa, pero jugaré a la consola, si es lo que tú deseas».
—Dependerá del turno que tenga. ¿Qué dices? ¿Aceptas?
—Sí, acepto —dijo inclinándose y besándolo.
—Lo organizaré todo para dentro de un par de días.
—Me parece perfecto. Estoy deseando hacer otro viaje contigo.
Juanjo se propuso que salir de Madrid juntos se convirtiera en habitual cuando tuvieran días libres.
Conducir no era su ocupación favorita, pero con Mattina a su lado era diferente.
Charlar con ella le relajaba y le hacía disfrutar de la conducción.
Y no dudaba de que el viaje a Toledo sería especial para los dos.
***
Emprendieron el camino a Toledo un miércoles después de desayunar. El lunes siguiente Martina debía reincorporarse al trabajo y deseaban aprovechar al máximo los dos días que Juanjo se había tomado libres.
Él, como le había prometido, había reservado una habitación en el hotel donde trabajaba y, salvo que ella propusiera lo contrario, dormiría en su casa.
Lo que más deseaba en el mundo era pasar la noche juntos, sucediera algo o no, pero respetaría sus tiempos.
No le importaba solo abrazarla y besarla, verla dormir; no le había propuesto que pernoctaran en Toledo con ningún plan de seducción, sino con el de que se fueran acercando uno al otro, creando intimidad y momentos inolvidables.
Llegaron a la ciudad y llevaron las bolsas de viaje al hotel, donde ya les tenían preparada la habitación. Juanjo recogería la suya por la noche. Después le enseñó el resto de las dependencias visitables: los salones y los comedores, tanto el de huéspedes como el de personal.
—Es más pequeño que el nuestro —constató Martina.
—Sí, mucho más tranquilo. Y, sobre todo, sin ningún mal bicho entre los camareros.
Estos acudieron a saludarlo al verlo llegar.
—¡Hola, Juanjo! ¿Ya de vuelta?
—Todavía no. He venido de visita. Os presento a Martina, mi novia; venimos a que conozca la ciudad y el hotel, donde se trabaja a otro ritmo que en el de Madrid. Ella también forma parte del personal del comedor allí.
—¿Tienes intención de traértela cuando vuelvas? —preguntó un chico con un guiño malicioso.
—No tenemos ningún plan al respecto, por el momento sigo trasladado en la capital por tiempo indefinido.
—Se te echa de menos.
—Y yo a vosotros, no os imagináis cuánto.
—¿Os alojáis en el hotel o en tu casa?
—Tengo reservada una habitación, mi casa es muy pequeña y Asier vive en ella, como ya sabéis.
—Él entra hoy de turno de tarde —respondió una chica muy segura de lo que decía.
—Sí, lo sé.
—Pues bienvenida al Imperial de Toledo, Martina —dijo otro de los camareros cuando se despidieron—. A ver si te vemos a menudo por aquí.
—Espero venir con frecuencia en el futuro.
Salieron del comedor.
—Es muy diferente al madrileño —reiteró Martina, apreciando el distinto ambiente que reinaba en la sala.
—Ya te lo he dicho. Ahora vamos, cariño. Toledo nos espera.
—Sí. Estoy deseando conocerla.
Salieron del edificio y se perdieron por las calles estrechas y tortuosas del centro.
A petición de Martina dejaron para otra visita las iglesias y museos, de los que la ciudad estaba repleta, y recorrieron todo lo que se podría visitar a pie, impregnando la vista de lo que las tres culturas habían hecho para que la ciudad fuera especial.
Hacía un día precioso, con una temperatura ideal, que invitaba al paseo.
El aire era limpio y Martina se sentía llena de vitalidad y de alegría.
Se sentía muy feliz, como quizás no lo había estado nunca, ni siquiera el día que Juanjo le había confesado sus sentimientos.
En aquel momento la había sorprendido, estaba tan convencida de que otra mujer ocupaba su interés, que no había calibrado en su totalidad lo que acababa de confesarle.
Ahora, un `par de semanas después, él se los había demostrado con creces, lo hacía cada día y a cada momento y el colofón era aquel fin de semana que esperaba fuera especial.
Almorzaron en un pequeño restaurante del centro y continuaron su andadura por la tarde. A la hora de la cena estaban agotados.
—¿Te parece si cenamos en el hotel? —propuso Juanjo—. Nos servirá Asier, con toda seguridad, y luego yo me iré con él a casa y te dejaré que descanses.
—Echas de menos a tu amigo en Madrid, ¿verdad?
—Un poco, lo confieso.
—Yo nunca seré un impedimento para que quedes con él. Cuando tengas un día libre debes venir a verlo. No quiero que sienta que nuestra relación os aleja.
—Hasta ahora no lo he hecho porque no quería dejarte sola en el hotel con el resto de tus compañeros, pero en cuanto te sientas más segura entre ellos aprovecharé mis días libres para pasar alguno con Asier.
Pero lo que dijo el otro día no es verdad, en ningún momento te echó en cara que nos viéramos poco.
La culpa la tiene mi traslado, por mucho que queramos no es lo mismo que vivir en la misma casa y compartir los turnos de trabajo.
Yo siempre procuraba que tuviéramos el mismo.
—Para jugar a la videoconsola hasta las tantas, ¿no?
—No solo hacíamos eso, también salíamos juntos, íbamos a la compra y cocinábamos más o menos.
Ninguno de los dos somos muy expertos ni amantes de los fogones, pero de vez en cuando intentábamos preparar algo más complicado que una tortilla francesa o un plato de pasta.
Con salsa de bote, desde luego. Por suerte, parte de las comidas las tenemos incluidas en el hotel, como en Madrid, porque si no nuestra alimentación sería un desastre.
—Todo lo que hace una pareja bien avenida, ¿no?
—Sí.
—Me parece bien cenar en el hotel, estoy bastante cansada para salir a buscar un restaurante. Lo que no me gusta es que nos sirva Asier, preferiría que se sentara a la mesa con nosotros.
—En otra ocasión. Yo no tenía intención de que camináramos tanto, pero lo cierto es que una vez que empiezas a recorrer la ciudad cuesta parar.
—¡Y que lo digas!
Entraron en el comedor y Juanjo escogió para sentarse una de las mesas de las que se encargaba su amigo. Este acudió rápido a atenderlos.
—¡Bienvenidos al Imperial de Toledo! ¿Qué vais a tomar? ¿Alguna preferencia u os dejáis aconsejar?
—Nos dejamos aconsejar —aceptó Martina—. A mí me gusta todo.
—Entonces, en seguida os sirvo. Preparaos para disfrutar de una cena inolvidable.
Juanjo miró a su amigo. Mientras se alejaba le dedicó un leve e imperceptible guiño y no tuvo dudas de que incluiría en el menú todos los platos afrodisíacos que hubiera en la carta.
—Es muy amable Asier —comentó Martina.
—Sí, trata de agasajarnos.
—Ha sido un día maravilloso, Juanjo.
—También para mí. Nuestro primer fin de semana juntos.
La respiración de Martina se detuvo por un momento y Juanjo ahondó en su mirada. Los ojos marrón claro de la chica tenían un brillo extraño, diferente al de otros días, más intenso.
—Espero que no sea el último —añadió, aguardando la respuesta femenina.
—Yo también lo espero.
Respiró aliviado. Deseaba tanto repetir aquella experiencia, compensarla por los años que había pasado sin disfrutar, que quería aprovechar cualquier ocasión para que lo hiciera en su compañía.
—Una vez recorrida la mayor parte de Toledo, ¿qué es lo que más te gusta de ella?
—¿La verdad?
—Por supuesto, siempre la verdad.
—Tú.
Juanjo alzó los ojos y vio en los de Martina la chispa que solían tener antes de que le dijera las frases atrevidas cuando se creía invisible.
—Es uno de tus piropos, ¿verdad?
—Lo es.
—Ahora te estoy viendo —advirtió—. Y oyendo.
—Lo sé. Hoy me siento… un poco atrevida.
—Y yo me alegro muchísimo. Echo de menos a mi chica atrevida.
—La tímida se ha quedado hoy en Madrid.
Juanjo alargó la mano por encima de la mesa y cogió la de Martina.
Le acarició el dorso mientras la miraba con intensidad, esperando transmitirle el deseo que sentía y tratando de averiguar si ella lo deseaba también, si aquellas palabras le estaban animando a proponerle compartir la habitación en vez de irse a su casa.
Un ligero carraspeo a su lado les hizo dejar de mirarse.