Capítulo 23
L a herida de Martina cicatrizaba sin problemas.
Juanjo se pidió un día libre para disfrutarlo con ella antes de que se reincorporase al trabajo y decidieron hacer una excursión a algún pueblo de los alrededores de Madrid.
Almorzarían en ruta y por la noche Sofía había insistido en que subiera a cenar.
Se moría de ganas de conocer al hombre que le había devuelto la sonrisa a su hermana, aunque las sábanas siguieran intactas.
Salieron a media mañana, después de desayunar en la cafetería que se había vuelto habitual para ellos, y emprendieron el camino hacia Aranjuez.
Juanjo había pensado en San Lorenzo del Escorial como destino, pues lo conocía bien, pero allí vivía su familia y, si alguno de ellos los veía, no se libraría de una visita a su casa y muchas preguntas.
No tenía problema en presentar a Martina, pero tal vez ella lo considerase algo prematuro, aunque aquella noche cenaran con Sofía y Celso.
Sus padres, y sobre todo sus hermanos, eran muy intensos y su relación con Martina, de la que hasta el momento no había hablado, debía estar más consolidada para que ella se sintiera cómoda.
Llegaron a Aranjuez antes de las doce. Juanjo había comprado online las entradas para visitar el Palacio Real y los jardines.
Quería ofrecerle un día inolvidable, que siempre recordara su primera excursión juntos, que esperaba no fuera la última.
Confiaba en que en el futuro hicieran viajes más largos, que ella lo invitara a conocer ese pueblo malagueño en el que se había criado.
Quería tantas cosas de ella, con ella, que les faltaría vida para realizarlas todas.
Cuanto más la conocía y pasaban tiempo juntos, más enamorado se sentía , más feliz, y comprendía menos cómo nadie había descubierto antes ese tesoro de mujer con la que anhelaba compartir su futuro.
Recorrieron el Palacio Real y los jardines de la mano, como solían caminar siempre que no iban en coche.
Cuando circulaban en el mismo, a menudo dejaba caer la mano sobre la rodilla femenina, gesto que ella aceptaba con agrado, y la posaba allí, acariciándola por encima del pantalón.
No había vuelto a ponerse falda y medias, pero confiaba en que no tardara mucho en hacerlo.
No habían tenido mucha más intimidad física que besos y abrazos, algunos de estos últimos bastante apasionados, pero con poco tiempo para pasar a algo más.
La deseaba, eso era indiscutible, pero le daría el tiempo que necesitara para proponerle pasar una noche juntos.
Porque con ella no le valdría un polvo apresurado en su casa en ausencia de su hermana y su cuñado, con prisas por volver al trabajo.
Quería toda una noche para amarla, agasajarla, para cubrir todo su cuerpo de besos y de caricias y dormir con ella en sus brazos hasta el amanecer.
Después de salir del Palacio recorrieron los jardines. Martina disfrutaba como una niña contemplando aquella belleza, y con la satisfacción de tener a Juanjo a su lado.
Almorzaron en uno de los restaurantes degustando la gastronomía típica de la zona y, a los postres, Martina preguntó:
—¿Estamos muy lejos de Toledo?
—A poco más de media hora. ¿Por?
—Porque me gustaría conocer tu ciudad, el hotel donde trabajas y al que volverás. También tu casa y tu entorno antes de que nos conociéramos. Si no supone mucho inconveniente para ti.
—En absoluto. Me encanta que me hayas pedido algo, siempre soy yo el que propone y tú la que aceptas. Iremos a Toledo, aunque es muy posible que Asier se encuentre en casa.
—También me gustaría conocerlo a él.
—Pues espera que lo llamo y lo prevengo de la visita.
—Si va a suponer algún inconveniente lo dejamos para otro momento
Pero ya Juanjo tenía el teléfono en la mano e iniciaba la llamada.
—¡Vaya, si es el señor perdido! —respondió su amigo al instante—. ¿Todavía te acuerdas de que tienes un colega en Toledo, o sigues tan ocupado con tu chica que me has olvidado? Hablar contigo resulta casi imposible.
—Mi chica y yo estamos en Aranjuez y hemos pensado acercarnos a Toledo para hacerte una visita, si estás disponible. Dijiste que querías conocerla, ¿no?
—Estaré encantado de recibiros. Dame veinte minutos para poner la casa presentable.
Juanjo sabía que bromeaba. Asier era muy ordenado y no tenía dudas de que todo estaba impecable.
—Tardaremos unos treinta minutos en llegar, así que dispones del tiempo suficiente para esconder los calcetines y calzoncillos sucios.
—Os espero. Y trae algo para la merienda porque ya sabes que en casa no dispongo de nada para agasajar a una damita como la tuya. Porque intuyo que no es de las que le dan al ron añejo para merendar, ¿verdad?
—Compraré unos dulces por el camino.
Una vez en el coche, Martina preguntó:
—¿Crees que le gustaré?
—Me gustas a mí, es más que suficiente.
—¿Eso significa que no? Asier es tu mejor amigo y quiero agradarle.
—Sé que le gustarás, y mucho. Pero si piensas que su opinión va a cambiar algo lo que hay entre nosotros, estás muy equivocada. Y ya puestos a preguntar: ¿les gustaré yo a Sofía y a tu cuñado, o me sacarán el cuchillo de jamón para cortarme algo si no te hago feliz?
—Los dos saben que me haces muy feliz, así que no tienes que preocuparte por eso. A Sofía le caes muy bien, y a Celso, todo lo que ella piense le parece perfecto.
—De modo que hoy va a ser un día de presentaciones. ¡Y yo que no quería llevarte a El Escorial por si tropezábamos con alguno de mis hermanos y no querías una reunión familiar!
—De momento tengo suficiente con Asier. Al Escorial ya iremos en otro momento.
—Cuando tú quieras.
—Echas de menos Toledo, ¿verdad? —preguntó Martina cuando ya se acercaban a la ciudad.
—Digamos que Madrid no me gusta, es demasiado grande, bulliciosa y cosmopolita. Toledo es más pequeña y, al menos para mí, tiene un encanto especial.
—Y otro añadido que se llama Asier
—Ese encanto está superado por una chica preciosa que se llama Martina.
Llegaron a la casa. Asier les abrió la puerta, ataviado con un pantalón vaquero y un jersey, sustituyendo los viejos pantalones de chándal y las gastadas sudaderas que solía usar para estar en casa. Juanjo supo que también él quería causar buena impresión a Martina y se lo agradeció.
—¡De modo que tú eres la chica que me has robado a mi amigo!
Por un momento Martina se sintió cohibida.
—¡En absoluto! Yo no pretendo para nada robarlo ni acapararlo, de verdad.
—Está bromeando, Martina —intervino Juanjo—. Tendrás que acostumbrarte a su forma de hablar.
—No te ofendas, chica, no era mi intención. Como dice Juanjo, solo bromeaba. ¿Puedo darle un abrazo o me quedaré sin dientes para disfrutar de un buen plato de comida? —preguntó dirigiéndose a su amigo.
—El permiso te lo tiene que dar ella, no yo.
Martina asintió y Asier la estrechó con fuerza.
—Bienvenida a nuestra casa. Ya era hora de que este viejo zorro sentara la cabeza y encontrara una buena chica que me liberara a mí de tener que estar cuidándolo todo el tiempo.
¿Sabes que me mata a partidas de consola?
Por su culpa sigo soltero y sin compromiso.
Tendrás que aprender a jugar tú para liberarme.
Yo también quiero encontrar mi media naranja.
—¿Sigue bromeando? —preguntó mirando a Juanjo.
—Sigo bromeando. Pero lo de la bienvenida es en serio. Considera esta tu casa. Y cuando queráis venir a pasar unos días aquí y estar solos, yo desapareceré.
Martina se removió incómoda ante la insinuación y desvió la vista.
—Ya te avisaremos cuando llegue ese momento —informó Juanjo, clavando en su amigo una intensa mirada para que no continuara con aquel tema .
—Tomemos la merienda entonces —sugirió Asier comprendiendo—. Siéntate, Martina, y tú ven a ayudarme a preparar el café. Habéis traído dulces. ¿Serás capaz de colocarlos en el plato?
Juanjo siguió a su amigo hasta la cocina.
—Veo que tu chica es tímida de verdad. Espero no haberla incomodado con mis bromas.
—Se acostumbrará a ti, pero sí es tímida; ya te lo he dicho.
—Pensaba que estabas tan obnubilado con ella que no veías la realidad. Me comportaré de ahora en adelante. Intuyo por tus palabras que todavía no…
—Todo llegará.
—Pero te hace feliz, eso está claro. Tienes una expresión radiante y la forma en que la miras me hace saber que lo que sientes por ella no tiene nada que ver con lo que sentías por Alma.
—Ni por asomo. Estoy enamorado de Martina, y de Alma nunca lo estuve.
—Pues vamos a disfrutar de la merienda y de la presentación oficial.
Salieron de la cocina portando una bandeja con el servicio de café y los dulces colocados en un plato.
Se sentaron a degustarlos mientras Asier no dejaba de observar a la pareja, la forma en que se miraban, las palabras que se dedicaban ,y tuvo serias dudas de que Juanjo regresara a Toledo en algún momento.
Se despidieron pasadas las siete, después de enseñarle a Martina el resto de la vivienda, para regresar a Fuenlabrada y acudir a la cena que Sofía le tenía preparada a su reciente cuñado.
***
—Ya estamos aquí —saludó Martina abriendo la puerta.
Había convencido a Juanjo de no ir a su casa a cambiarse de ropa, asegurándole que no se trataba de una cena formal, sino de una prolongación de la jornada. También ella se sentaría a la mesa tal como estaba.
Sofía los recibió con una sonrisa y saludó a Juanjo con un beso afectuoso.
—Encantada de verte de nuevo —dijo—, y en mejores circunstancias.
—El encantado soy yo por esta invitación.
—Pasad. Celso está en el salón.
El mencionado ponía la mesa cuando entraron. Le tendió la mano al recién llegado con un apretón firme.
—Bienvenido, Juanjo. Es un placer tenerte en la familia.
—Gracias.
—Hemos traído vino —anunció Martina poniendo la botella sobre el mantel—. Juanjo ha insistido, aunque le he dicho que no hacía falta, que seguramente vosotros habíais comprado.
—Es solo un detalle.
Abrieron la botella y lo escanciaron en las copas.
—Yo tomaré solo un poco, porque tengo que conducir hasta Getafe.
Sofía salió de la cocina con una sopera para servir el primer plato y se sentaron a la mesa.
—¿Cómo lo habéis pasado? —preguntó a su hermana.
—Muy bien. Hemos estado en Aranjuez y por la tarde hemos ido a Toledo. Hemos merendado en su casa y he conocido a Asier, su compañero de piso.
—Un día intenso de presentaciones —afirmó Juanjo.
—¿Y cuál es el balance? —preguntó Celso.
—Muy positivo. Yo estaba deseando conoceros.
—¿Y qué tal los lugares visitados?
—Aranjuez es precioso y lo que he podido ver de Toledo también me ha gustado mucho —informó Martina—; pero disponíamos de poco tiempo. Apenas he vislumbrado algo desde el coche.
—Es una ciudad muy especial que merece una visita más larga —aseguró Juanjo—. Que podemos hacer cuando quieras.
—¿Tal vez antes de que vuelva al trabajo? Todavía me quedan unos días de baja. Aunque me quitarán los puntos en breve me ha dicho la enfermera que debo esperar un poco más para volver al hotel, a que la herida cicatrice del todo, puesto que soy manipuladora de alimentos.
—Me parece estupendo. Tengo días libres todavía que puedo cogerme y será un enorme placer enseñarte mi ciudad con calma.
—Me lo he pasado tan bien hoy que estoy deseando repetir.
Sofía y Celso, tal como había hecho un rato antes Asier, no dejaban de observar a la pareja, sintiendo la complicidad que transmitían.
La cena se prolongó durante mucho rato. Juanjo se sintió cómodo con la familia de Martina, charlando del trabajo de ambos y de la forma tan peculiar en que se había interesado por ella.
Tanto Celso como Sofía sabían el tema de la invisibilidad de la chica, y todos rieron recordando el episodio del robo de croquetas.
No hizo ninguna mención a los comentarios que ella le había dedicado a él, eso se quedaba para la intimidad de los dos.
Tras la cena se despidió y se marchó, sintiéndose muy satisfecho del día de excursión y planeando la siguiente visita a Toledo. Que intentaría que fuera más larga.