Me ves o no me ves Capítulo 22
81%

Capítulo 22

M artina despertó al escuchar la voz de su hermana junto a la cama.

—Levántate, Martina.

Era temprano. La ventana aún ofrecía una claridad gris y mortecina.

—¿Qué pasa?

—Tengo que cambiar las sábanas antes de irme. Con tu mano herida no debes hacerlo.

Se incorporó sacudiéndose el sueño.

—¿Las sábanas? ¿Por qué? No es sábado.

—No; es miércoles, pero hay que cambiarlas hoy.

—¿Se han manchado? —Se miró la mano temiendo que la herida hubiera sangrado y ensuciado la tela.

—No, pero Juanjo va a venir esta mañana para llevarte a la cura.

—¿Y va a inspeccionar las sábanas?

—Ay, nena, que pareces tonta. Estáis juntos, ¿no? Pues hay que estar preparados para cualquier «incidencia».

—Estamos juntos desde ayer. ¿No creerás que querrá que hoy…?

—Querer seguro que quiere. Y os vais a ver a solas. Blanco y en botella.

Sofía parecía muy decidida y muy segura de lo que decía. Reticente, se levantó y contempló cómo su hermana deshacía la cama y la cubría de nuevo con las mejores sábanas que tenían.

—No sé si estoy preparada para esto.

—Has tenido veintisiete años para prepararte. Ya es hora.

—Pero supongo que tendremos que acostumbrarnos un poco uno al otro antes de dar ese paso, ¿no? Sé que no tengo mucha experiencia en relaciones, pero con aquel chico del pueblo pasamos bastante tiempo solo con besos.

—Y seguro que te arrepientes.

—No es que me arrepienta, aquello fue muy diferente a lo que tenemos Juanjo y yo. A lo que empezamos a tener —rectificó.

—Tienes que estar preparada para que suceda en cualquier momento. Porque no irás a decirle que no si te lo propone, ¿verdad? ¿O es que acaso tú no quieres?

—Claro que quiero, pero, así, en frío…

—En frío estás ahora, ya me dirás luego cuando empecéis a besaros y demás. Surgirá solo.

—Yo esperaba que me dieras una especie de clase, o consejos, o algo así, antes.

—Él sabe que eres virgen, ¿no?

—Sí, lo sabe.

—Entonces no necesitas ningún consejo. Él te irá guiando. La situación te irá guiando.

—Vale.

—Ea, esto ya está, puedes volver a acostarte. Yo tengo que marcharme al trabajo y esta mañana no te llamaré para preguntar cómo estás. Y no olvides ponerte ropa interior bonita.

—Entendido.

Sofía se marchó, pero Martina no se metió en la cama de nuevo.

No quería arriesgarse a arrugar las sábanas antes de lo que se suponía que pasaría aquella mañana.

Se tendió en el sofá y esperó a que fuera la hora de levantarse, nerviosa y tratando de adivinar si sucedería y cómo. ¡Ojalá Sofía no le hubiera dicho nada!

Juanjo llegó a las nueve como habían acordado.

Martina ya estaba vestida — con ropa interior bonita como le había aconsejado su hermana— y nerviosa, muy nerviosa.

Estaba enamorada de Juanjo, pero apenas había tenido tiempo de acostumbrarse a sus besos y a sentir sus manos en su cuerpo como la mañana anterior.

La idea de quitarse la ropa delante de él, de mostrarle su cuerpo en toda su desnudez y su escasez de curvas le producía mucho pudor y también temor de no gustarle tanto como afirmaba.

—¿Lista? —le preguntó él saludándola con un ligero beso en los labios.

—Sí. ¿Hoy no has traído el desayuno? Aún no he tomado nada.

—He pensado que podríamos desayunar fuera, cuando te hagan la cura. Es mejor ir en ayunas a ese tipo de cosas.

—De acuerdo.

Suspiró aliviada pensando en que él no tenía intención de meterse en la cama de inmediato después de la cura, sino de desayunar.

Acudieron caminando al centro de salud, que se encontraba a poca distancia.

Allí aguardaron el turno hasta el momento de entrar en la sala de curas.

Martina no conseguía librarse del nerviosismo que le había producido la conversación con Sofía y el cambio de sábanas.

Rehuía la mirada de Juanjo, clavando los ojos en la mano vendada mientras esperaban.

—Tranquila, no será peor que el momento en que te heriste y te tuvieron que coser. No estés nerviosa.

—No lo estoy.

—¿Que no? —Preguntó cogiéndole la mano—. Tu pie no deja de golpear el suelo. Yo entraré contigo.

—No hace falta. No me desmayaré con la cura, te lo aseguro. Quiero entrar sola.

—Como prefieras.

Pocos minutos después la llamaron y entró decidida. Estuvo quince minutos tras la puerta cerrada y salió, un poco pálida, pero con una sonrisa.

—Ya está. Todo bien, no hay signos de infección y cicatriza de forma adecuada. Debo volver en tres días.

—Estupendo. ¿Ha sido muy doloroso?

—No, solo un poco.

—Pues ahora vamos a por un buen desayuno.

—De acuerdo.

Se dirigieron a la cafetería donde ya habían estado una tarde y se sentaron. Pidieron café y tostadas. Los ojos de Juanjo no dejaban de escrutarla.

—Martina, ¿estás bien?

—Sí… sí.

—¿Seguro?

Asintió, dándole un pequeño mordisco al pan con mantequilla.

—No es verdad. ¿Qué ocurre? ¿Te arrepientes de lo de ayer? ¿De que estemos juntos?

—No —dijo categórica.

—Pero algo te inquieta y me lo vas a decir.

—Es que no sé qué esperas de mí hoy.

—¿Hoy? Pues pensaba que diéramos un paseo, si te apetece, y que tal vez comiéramos juntos en algún sitio. Hace un día muy bonito. Lo típico que hacen las parejas. ¿Por?

—¿Y nada más?

—No sé; si hay algo que desees me lo dices y lo hacemos, claro.

—No, eso está bien.

Se relajó de forma visible.

—Martina, no comprendo tu actitud. Estás tensa y nerviosa. ¿Es por mí? ¿He hecho algo que te inquiete? ¿Es porque regresaré a Toledo? Por favor, sé sincera conmigo.

—Está bien. Pero no te rías de mí. Esta mañana Sofía ha cambiado las sábanas porque piensa que hoy tú y yo…

—¿Nos íbamos a acostar juntos?

Volvió a asentir.

—Creo que es un poco pronto para eso. Pero si tú quieres, desde luego.

—¿También tú piensas que es pronto? Tengo veintisiete años.

—¿Y? Esto no es un maratón, no tenemos que llegar a ninguna meta cuanto antes.

Alargó la mano y acarició la de Martina, que sonrió aliviada.

—No siento que esté preparada todavía —admitió—. Acabamos de empezar y aún me cuesta creer que estemos juntos.

—Sucederá cuando tenga que suceder. Los dos sabremos cuando haya llegado el momento y da igual si las sábanas están recién cambiadas o no.

No te inquietes ni te sientas nerviosa, no voy a saltarte encima exigiendo nada ni voy a dejarte porque no nos acostemos hoy, ni mañana, ni pasado.

Cada pareja tiene su ritmo y no tengo intención de precipitar el nuestro.

—Gracias.

—Pero tendrás que aprender una cosa.

—¿Qué?

—A dejar de darme las gracias por todo.

—Lo intentaré.

—Ahora termina de desayunar tranquila y vamos a disfrutar de esta preciosa mañana. ¿Hay algún sitio cerca donde podamos pasear y sentarnos hasta la hora de almorzar?

—Sí. Hay un parque con bancos y zonas donde la gente se sienta en la hierba.

—Vamos pues.

***

Pasaron la mañana juntos, charlando y conociéndose mejor y más íntimamente.

Tenían muchas cosas que contarse, que saber uno del otro, sentados en la hierba.

Juanjo recostó la espalda contra el tronco de un árbol y apoyó la de Martina contra su pecho.

La rodeaba con los brazos haciéndola sentir cómoda y habladora.

Tenía acceso al cuello y de vez en cuando depositaba un beso debajo de la oreja, mientras ella hablaba de su infancia y su juventud en el pueblo.

Quería saberlo todo de su vida anterior, de sus amigas del colegio y el instituto, de sus padres y del tiempo que había pasado cuidándolos. También le habló de su sueño truncado de aprender informática.

—¿Nunca te planteaste apuntarte a algún curso, si la carrera universitaria te estaba vedada?

—Me sentía culpable por dejar solos a mis padres. Me decía que ya tendría tiempo, pero cuando fallecieron Sofía me trajo a su casa hasta que superara la pérdida y ya no me dejó volver.

—¿Querías volver?

—En realidad, no. Me sentía muy sola en el pueblo, ya no me quedaba nada. Mis amistades habían hecho sus vidas, se habían casado y formado una familia, de aquel chico no volví a saber nada en años. Y me encontraba a gusto en casa de mi hermana y Celso.

—¿Por qué no te apuntaste a algún curso en Madrid? Seguro que hay mucha oferta.

—Porque sentía que debía contribuir a la economía familiar y busqué trabajo.

—¿Sofía sabe que deseas aprender informática?

—No, nunca se lo dije.

Él la estrechó más fuerte y le susurró al oído:

—Prométeme que nunca vas a ocultarme nada, que siempre me vas a decir lo que te gusta, lo que deseas, y también lo que no. Esta mañana has llegado a asustarme, pensaba que te arrepentías de haberme dicho ayer que sí.

—No me arrepiento.

—Estudiarás informática, te lo prometo.

—Es complicado con nuestros turnos.

— Ya buscaremos la forma.

Las horas se les pasaban muy rápido estando juntos y el momento de levantarse para ir a comer llegó antes de lo que deseaban. Pero Juanjo debía entrar al hotel a las tres de la tarde y se movieron con pesar para buscar un sitio donde almorzar.

—He pensado que ahora que estarás de baja podría cogerme alguno de mis días libres para pasarlo contigo.

Las mañanas se me quedan muy cortas y la idea de dejarte para ver las caras de Maya y compañía me resulta muy dura.

¿Qué te parece? Podríamos hacer alguna excursión, recorrer los alrededores de Madrid o incluso visitar el museo del Prado. ¿Lo conoces?

—No soy mucho de museos, prefiero las excursiones. Pero sí, quiero pasar más tiempo contigo.

—Haremos lo que tú quieras.

Almorzaron y acompañó a Martina hasta su casa. No tenían mucho tiempo, pero antes de irse Juanjo hundió las manos en el pelo de su novia y la besó con toda su alma.

—Ha sido una mañana maravillosa —dijo.

—También para mí.

—¿Vengo mañana o te resultaré muy pesado?

—Ven, por favor.

—Traeré churros.

—Algún día —dijo ella mostrando la mano vendada—, cuando me libre de esto, te haré un bizcocho.

—Será un día memorable. Hasta mañana, bonita.

—Hasta mañana, Juanjo.

Él se marchó, dejándole una sensación agridulce. No sabía qué pasaría con ellos cuando regresara a Toledo, solo que ella haría cuanto fuera posible para que su relación fuera adelante, porque nunca se había sentido tan feliz en toda su vida.