Capítulo 21
M artina se despertó después de una intensa noche de sueño.
En medio de una bruma provocada por los medicamentos le había parecido que Juanjo había cogido su mano y se la había besado, pero no estaba segura de que no se tratara solo de un deseo.
Un deseo y una esperanza que llevaba días acunando en su corazón, pero que no terminaba de materializarse.
Físicamente se encontraba mejor, el dolor de cabeza había remitido y, aunque la mano seguía muy dolorida, no era insoportable.
Se levantó de la cama y, sin siquiera vestirse —pues le había prometido a su hermana no realizar ninguna tarea que pudiera afectar a la herida o provocar que los puntos se saltaran— se dirigió a la cocina donde le había dejado preparado todo para el desayuno.
Calentó el café y comió una magdalena, sin prepararse las habituales tostadas con que solía comenzar la jornada.
Pudo comprobar lo necesarias que eran las dos manos para cualquier tarea por sencilla que fuera.
Después se sentó en el sofá a ver la televisión tras meter en el lavavajillas la taza y la cucharilla con cuidado de no mojar el vendaje, algo que le habían recomendado en el hospital que evitara, por lo que le esperaba una mañana bastante aburrida.
A las once, cuando ya había visto una película y se disponía a buscar otra entre la oferta de la plataforma de streaming , sonó el timbre de la puerta.
No esperaba a nadie… ¿o tal vez sí? Porque a aquellas horas, salvo el cartero o algún repartidor, solo una persona podía acudir a su puerta.
De forma maquinal se alisó el pelo y, consciente de que no estaba vestida para recibir visitas, aplicó el ojo a la mirilla.
Una sonrisa le iluminó la cara y no le importó ni su indumentaria ni su aspecto general.
Abrió. Juanjo estaba al otro lado del umbral con una bolsa de papel en la mano.
—Traigo el desayuno… —informó mostrándola—; por si todavía no has tomado nada.
—Pasa. Ya he desayunado, pero vuelvo a tener hambre. Una magdalena no calma mi apetito durante mucho tiempo.
—Chocolate con churros —dijo él entrando—. Sé que te gustan.
—Me encantan.
Depositó la bolsa en la mesa y se volvió a mirarla con ojos cálidos y preocupados.
—¿Cómo te encuentras? Tienes mejor cara que ayer.
—La mano duele un poco y es un fastidio no poder usarla. No me había dado cuenta de lo necesarias que son las dos para algunas tareas, pero ya la migraña ha desaparecido.
—Me alegro. ¿Tenéis una bandeja para poner todo esto?
—En la cocina. Estás en tu casa.
—¿Sofia no se molestará si entro en sus dominios?
—Se enfadará si voy yo. Me ha advertido que no haga nada, pero no es ninguna obsesa de su cocina. Está encantada de cederla a cualquiera que la reclame por un rato.
Juanjo volcó los dos recipientes de chocolate en sendas tazas y los churros en un plato que encontró en un armario.
—Odio comer y beber en envases de plástico. Luego lo dejo todo fregado, te lo prometo.
—No hace falta, hay lavavajillas.
Se sentaron a la mesa y Martina sumergió un churro en la taza. Levantó la mirada hacia Juanjo, que la observaba con una sonrisa. Los dos recordaron la primera vez que ella lo hizo en la cafetería, pero ninguno dijo nada de las ideas que el gesto suscitó aquella tarde.
Desayunaron con evidente placer. Como dos personas que están habituadas a comer juntas.
—Espero que no te haya molestado mi atrevimiento de presentarme aquí sin avisar. No sabía si ya estabas levantada.
—¿Molestarme trayendo chocolate y churros? ¿Tú qué crees?
Estaba disfrutando del segundo desayuno, pero mucho más de la compañía.
—Que no. Deseaba llamarte para preguntar cómo estabas, pero como sabía que me ibas a decir que bien, aunque no fuera cierto, he preferido comprobarlo en persona.
—Estaba un poco aburrida, la verdad. Pensaba pasar la mañana viendo películas, pero no me gusta verlas sola, sino comentarlas con alguien. En el cine eso no es posible, pero en casa Sofía y yo solemos hablar sin cesar de lo que ocurre en la pantalla.
—Si quieres podemos ver alguna antes de que me vaya. Y me encantará saber qué tipo de comentarios haces. Salvo que prefieras que me marche ya…
—A mí me encantará que te quedes. Buscamos alguna de miedo, de esas que nos gustan a los dos.
—Me parece perfecto. Pero primero dejaré la prueba de nuestro delito en el lavavajillas, para que Sofía no me reproche nada y me prohíba volver.
—¿Piensas volver?
—Mañana tienes que ir a curarte y le prometí a tu hermana que te acompañaría.
—Espero que no te haya puesto en un compromiso. Es muy protectora conmigo.
—Me ofrecí yo. De ninguna forma te hubiera dejado ir sola.
Se dirigió con la bandeja a la cocina y ella lo siguió. Juanjo colocó en el lavavajillas lo utilizado para el desayuno y se volvió a mirarla. Tenía un resto de chocolate en la comisura de los labios y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no limpiárselo con los suyos.
—Tienes chocolate en el labio —informó.
Martina alargó la mano sana y trató de limpiarlo, pero se dirigió al lado contrario.
—Ahí no…
Se acercó y deslizó el índice por la mancha rozando el labio con suavidad hasta dejarlo limpio.
Después lo metió en su boca y lo chupó. Sabía diferente al chocolate que había tomado en la taza, conservaba el sabor de los labios de Martina y supo que era lo más delicioso que había comido nunca.
Estaban muy cerca, casi se rozaban. Las miradas se encontraron; ella lo observaba expectante, mirando cómo paladeaba el dedo que segundos antes había rozado su boca, como si esperase algo más.
No pudo seguir resistiéndose, inclinó la cabeza y la besó.
Ella no se apartó. Permaneció quieta mientras él lamía sus labios despacio, saboreándolos.
Aún sabían a chocolate, pero sobre todo sabían a ella, a dulzura y a deseo.
Al fin, presionó para que los abriera dándole acceso.
La lengua se deslizó en el interior de la boca femenina acariciando cara rincón y buscando la de ella, que le salió al encuentro con torpeza.
Se rozaron primero con cautela, con una caricia lenta, para volverse más apasionada a medida que seguían besándose.
Martina emitía pequeños jadeos que él atrapaba en su boca.
La respiración de ambos se volvió más rápida y los cuerpos buscaban el contacto, acercándose uno al otro, como si tuvieran voluntad propia.
Los brazos de Juanjo la rodearon por la cintura y ella alzó sus manos hasta el cuello.
Apoyó la palma herida en la nuca masculina y la retiró al instante con un latigazo de dolor.
Él detuvo el beso, desprendió el abrazo y separó su boca.
La miró a los ojos con intensidad, buscando en la mirada femenina algún signo de reproche. No lo halló. Solo incredulidad y extrañeza. De nada servían sus buenas intenciones, deseaba a aquella mujer con todas sus fuerzas, y ese deseo iba mucho más allá de lo físico.
Martina carraspeó, apartando la mirada, los labios enrojecidos por la intensidad del beso y los ojos brillantes. Estaba preciosa.
—Te has hecho daño…
—No he calculado bien dónde ponía la mano. Pasará en seguida.
—Lo siento.
—No ha sido culpa tuya. —Sus ojos seguían evitándolo—. Creo que será mejor que veamos la película —sugirió.
Él la siguió, obediente, pero había tomado una decisión. Aquel beso, la respuesta de Martina le había hecho comprender que ya era tarde para los dos.
Se sentaron en el sofá manteniendo una cierta distancia y Martina empezó a buscar con el mando de la televisión alguna película para ver. Algo que la hiciera olvidar lo que acababan de vivir, pero Juanjo tomó su mano y se lo quitó, para depositarlo sobre la mesa.
—Creo que, más que ver nada, tenemos que hablar.
—¿Hablar de qué? Nos hemos besado. Eso no es gran cosa, ¿no?
—Depende de para quién. Hay personas que se besan como preludio de un acto sexual, sin darle importancia. Para muchos, un beso no significa nada, pero yo no soy de esos. Yo no beso a una mujer si no siento algo por ella.
El pulso de Martina se desbocó, corrió alocado por sus venas.
Juanjo alargó la mano y le agarró la barbilla, para que lo mirase.
—Yo llevo mucho tiempo deseando besarte, Martina. Y hoy no he podido resistirme.
—Pero tienes a Alma esperándote en Toledo. Yo tampoco soy de las que besan a los hombres de otra.
Juanjo sonrió, comprendiendo su reticencia. Negó con la cabeza.
—Ya no me espera nadie.
Los ojos de Martina se abrieron con estupor, incrédulos.
—¿No? ¿Desde cuándo?
—Desde el día antes a que fuéramos al cine. Me desplacé a Toledo para poner fin a lo poco que teníamos Alma y yo. Después de conocerte comprendí que nunca llegaríamos a nada, porque ella no me inspira ni la mitad de lo que siento estando cerca de ti.
—¿Y cómo se lo tomó?
—Eres increíble; siempre pensando en los demás antes que en ti misma. Se lo tomó bien. Ella estaba tan desencantada como yo. Ambos nos sentimos liberados. Pero lo que me importa es lo que sientes tú al respecto. Soy un hombre libre.
—No sé, Juanjo. Si el día del cine ya no estabas con Alma, ¿por qué ni siquiera intentaste besarme? ¿No dices que llevas mucho tiempo deseando hacerlo?
—El día del cine pasé un auténtico calvario; casi no recuerdo la trama de la película. Estaba pendiente de ti, de tus movimientos, de tu olor, y de esas piernas que llamaban a mis manos como cantos de sirena.
—¿Por qué no hiciste nada?
—Porque había decidido ser solo tu amigo, para no hacerte daño.
—¿Daño? Eres la única persona en el hotel que no me lo ha hecho.
—Me refiero a otro tipo de daño, al emocional.
—El que apenas haya tenido contacto con los hombres no me convierte en una mujer desvalida, incapaz de asumir un beso o el roce de una mano. ¿También tú me consideras un bicho raro?
—No tienes nada de bicho, y me encantan tus rarezas. Son las que te convierten en diferente al resto, lo que me atrae de ti.
—¿Qué ha cambiado? ¿Por qué me has besado hoy?
—Porque ayer, cuando te vi caer y sangrando comprendí que lo que siento por ti es demasiado fuerte para ser solo tu amigo. Que necesito más, mucho más, si tú sientes lo mismo.
—¿Acaso lo dudas? Te he mirado como una boba desde el primer momento en que llegaste al hotel y te he dicho… cosas. ¿Crees que se las suelto a cualquiera?
—Espero que no. Pero hay un problema que debemos aclarar ahora para que nunca digas que no te lo advertí. Yo no voy a quedarme en Madrid, regresaré a Toledo cuando Sixto se incorpore o contraten a alguien para que lo sustituya de forma definitiva.
—Lo sé.
—No quiero que pienses que te dejo tirada después de haber empezado algo juntos.
—¿Tratas de decirme que cuando te marches todo acabará entre nosotros? ¿Que quieres que empecemos algo, pero solo será una aventura temporal?
—No he dicho eso. Solo que me iré, y que no sé qué hará la distancia con lo nuestro. Con Alma todo se enfrió cuando me vine a Madrid, y no quiero hacerte daño.
—Asumiré el riesgo si de verdad deseas empezar algo conmigo. Dure lo que dure.
—Lo deseo desde el día que me dijiste que me comerías. ¿Sigues queriendo hacerlo? Porque yo me dejaré encantado.
—Creo que acabamos de hacerlo, ¿no? Nos hemos comido la boca con sabor a chocolate.
—No del todo, pero como aperitivo no está mal. Dime, ¿quieres comerme, todo entero?
Ella asintió.
—Sí, quiero comerte todo entero.
La recostó en el sofá y volvió a besarla. Muchas veces. De todas las formas posibles.
Martina se encontraba en una nube, radiante de felicidad, cuando una llamada del teléfono les interrumpió. Sabía que sería su hermana. Que estaba preocupada. Se separó, reticente, y agarró el teléfono.
—Hola, Sofía —respondió con voz ronca.
—¿Cómo estás, cariño? ¿Te las apañas bien con una sola mano?
—Tengo ayuda —informó divertida.
—¿En serio? ¡No me digas que Juanjo ha ido a echarte una mano! Porque se trata de él, ¿no?
Tuvo que contenerse para no decirle, risueña, que le había echado las dos, porque entre beso y beso las manos juguetonas se habían deslizado por su cuerpo con total libertad.
—Sí, me trajo el desayuno y sigue aquí. Vigilante para que no haga nada que pueda lastimar mi herida.
—Así me gusta. Invítalo a almorzar, hay albóndigas de sobra para todos.
—Se lo iba a proponer.
—Pues no te entretengo más, disfruta de la compañía. Cuídate, cariño, nos vemos luego.
—Adiós, Sofia.
Cortó la llamada y encontró los ojos chispeantes de Juanjo fijos en ella.
—¿Qué me ibas a proponer?
—Que te quedaras a almorzar albóndigas.
—Preferiría algo más… íntimo, pero —miró la hora en el reloj— me conformaré con las albóndigas o no llegaré a trabajar. Y ya falté ayer buena parte de la tarde, no puedo convertirlo en una costumbre.
—Ya sabes dónde está todo, pero te ayudo a poner la mesa.
—Muy bien, pero nada de usar la mano herida.
—Descuida.
Se sentaron a comer juntos.
—Esta tarde te voy a echar de menos en el comedor. Me voy a sentir un poco solo.
—Siempre puedes pensar en mí.
—¿Crees que no lo hago a todas horas?
—Me siento abrumada por todo lo que me dices.
—Pues vete acostumbrando porque esto solo es el principio. Eres una mujer maravillosa, y nunca he sentido por ninguna lo que siento por ti.
—Vale.
—¿Vale? Esperaba algo así como un halago a mi persona… ¿nunca más voy a escucharlos de tu boca?
—Seguro que sí, pero dame tiempo.
—Todo el que quieras, cariño. Conmigo no tienes que desaparecer, sino mostrarte como eres. Sé que eres divertida, nada tímida y apasionada, y yo te sacaré a la luz capa a capa, y beso a beso.
Martina suspiró. Sabía que lo haría, que con él sería ella misma, la mujer que siempre había escondido y que ansiaba salir. Y que un día, no muy lejano, se lo comería entero, de la cabeza a los pies.
—Ahora tengo que dejarte porque ya llego muy justo al trabajo, pero volveré mañana para acompañarte a las curas, y pasado, y el otro y el otro. Porque yo siempre te he visto, y no pienso dejar de hacerlo.