Capítulo 20 #2
Después de lo sucedido aquella tarde tenía muy claro que no podía irse y dejarla a merced de sus compañeros, que se cebarían con ella en cuanto él no estuviera presente. A Michel solo le había bastado con que se hubiera distraído durante unos segundos para lastimarla.
Pero tampoco deseaba seguir en el Imperial, cada vez que miraba a la panda de hijos de puta y arpías que tenía bajo sus órdenes le daban nauseas.
Sin poder evitarlo, se llevó a los labios la mano que tenía asida y depositó en ella un beso suave.
Los ojos de Martina se abrieron y le dedicó una sonrisa.
Las ganas de besarla, besarla de verdad, eran abrumadoras, pero no quiso hacerlo estando ella en un estado tan vulnerable.
Sin embargo, supo que lo haría, que no podría ser solo un amigo para ella.
Que su cuerpo y sus sentimientos le reclamaban mucho más.
La soltó de inmediato cuando escuchó las llaves en la cerradura indicando que Sofía había regresado.
—Parece que se ha quedado dormida —comentó—. Es por efecto de lo que le han suministrado.
—La dejaré dormir un poco y, cuando llegue mi marido, que será en breve, la llevaremos a la cama. ¿Cómo se ha caído?
—Había agua en el suelo y no se ha dado cuenta. Los vasos que llevaba en la bandeja se han roto y ha posado la mano sobre uno de ellos. Tiene un buen corte, pero no ha dañado tendones ni nada importante. Curará bien.
—No me dijo que tenía migraña esta mañana. Hace mucho que no las padecía, al menos que yo sepa.
—¿Hay algún motivo que las provoque?
—Estrés, tensión nerviosa, insomnio… Sé que tiene algunos problemas en el trabajo y que tú le estás echando una mano. Te lo agradezco mucho, Martina es una gran persona, pero no todos lo aprecian.
—Sé cómo es, no hace falta que me lo digas. Estos días de baja le vendrán bien para relajarse. Nos han dicho en el hospital que tiene que ir a curarse cada dos días al centro de salud.
—Espero que pueda ser por la tarde, porque no sé si me darán horas libres en el trabajo para acompañarla. No quisiera que fuese sola.
—Yo trabajo toda la semana de tarde, iré con ella encantado.
—Gracias, Juanjo.
—No me supone ningún esfuerzo, no tengo otra cosa que hacer. Y me gustará saber su evolución, puesto que ha sido un accidente laboral. Cuando despierte dile que pasaré a buscarla pasado mañana y que la llamaré antes para saber cómo está.
—¿No quieres tomar algo? ¿Un café? ¿Una cerveza? Perdona que no te haya ofrecido nada, pero me he puesto muy nerviosa al verla así.
—No, gracias. Tengo que regresar al hotel antes del cierre, dejé a alguien encargado de hacer mi trabajo y debo cerciorarme de que todo está en orden.
—No te entretengo, entonces.
Salió de la casa y subió al coche. Lo primero que hizo al llegar al hotel fue dar parte del accidente y notificar la baja de Martina.
Y presentar una amonestación sobre Michel como responsable del suceso de forma imprudente.
No podía probar que lo hubiera hecho adrede, el comedor no tenía cámaras y sus compañeros lo protegerían, pero estaba seguro de lo que había visto, de cómo volcaba el contenido de la jarra de agua justo en el momento en que la chica pasaba.
Y de la cara de satisfacción con que observaba cómo ella resbalaba y caía.
Sin duda le pondrían alguna amonestación, tal vez una suspensión de empleo y sueldo durante un par de días. Pero no se iba a librar con tan poco. No por su parte.
No se incorporó al trabajo, sino que esperó en el coche hasta que llegó la hora de salida. Durante ese periodo de tiempo su furia no hizo más que aumentar en vez de calmarse, recordando la mano lastimada de la chica.
Vio salir a las camareras y a continuación a los hombres.
—¡Michel! —lo llamó cuando se quedó solo, dirigiéndose hacia su coche. Y al volverse le estampó el puño en plena cara.
El camarero trastabilló y se enderezó, tocándose el labio que comenzaba a sangrar.
—¿Què haces? ¿Te has vuelto loco?
—Darte tu merecido, ya que el hotel solo va a amonestarte.
—¿Por qué? Si lo dices por lo de Martina, ha sido un accidente. Se me derramó la jarra de agua, no he podido evitarlo.
—Eso cuéntaselo a otro, yo vi cómo la volcabas a propósito. Y hasta aquí ha llegado mi paciencia. No pienso seguir tolerando ciertos comportamientos bajo mis órdenes.
Otro puñetazo le alcanzó la barbilla.
—¡No puedes pegarme! Eres mi jefe.
—Dentro del hotel, lo soy; pero ahora estamos en la calle y solo soy un hombre defendiendo a una mujer que ha sido agredida.
—Puesto que solo eres un hombre, te voy a denunciar por esto —amenazó tocándose la zona golpeada.
—Hazlo. Yo os denunciaré a ti y a todos tus compañeros por mobbing hacia Martina de forma reiterada. ¿Sabías que es un delito tipificado en el código penal y castigado hasta con seis meses de cárcel? Como mínimo supondría el despido para ti y tus compañeros.
—Es ella quien nos ha robado comida de los platos y le echó salsa a Maya en la silla.
—¿En serio? Yo no he visto nada y me encontraba en el comedor.
Y sí soy testigo de que os habéis burlado de ella, que la habéis menospreciado e incluso habéis difundido rumores de que estaba loca, por un comportamiento que vosotros mismos habéis provocado.
Eso no lo puedes negar, porque me lo has dicho a mí.
De modo que da este asunto por zanjado con este par de puñetazos y advierte a tus compañeros que os estaré vigilando de cerca.
Si a Martina le sucede cualquier cosa, por pequeña que sea y aunque no tengáis nada que ver, os haré responsables y acabaréis en la calle, si no en la cárcel.
Michel dio un paso atrás, con la mano sobre la boca.
—No te preocupes, tu «bonito rostro» no sufrirá daños permanentes con este percance. Porque te has resbalado en un «charco de agua» y te has dado con un bordillo en la boca, ¿verdad?
—Eso ha sido —admitió el camarero, reticente y a la vez temeroso de una nueva agresión.
—Bien; nos vemos mañana en el trabajo. Y ya sabes, ¡no me cabreéis!
Se marchó sintiéndose infinitamente mejor. No era un hombre violento, pero aquellos desalmados tal vez entendieran mejor este lenguaje que las amonestaciones. No pensaba permitir que siguieran atacando a Martina de ninguna forma.
Respecto a la chica, debía encontrar una solución para cuando él tuviera que marcharse. Tal vez un cambio de sección dentro del hotel o quizás un nuevo trabajo. No pensaba dejarla allí sola y sin la protección que su presencia pudiera ofrecerle.