Capítulo 20
M artina se había mentalizado de que las amabilidades y atenciones de Juanjo se debían a que se sentía solo en Madrid, y tal vez a un sentido de la justicia por lo que pasaba dentro del hotel. En el cine no había pasado nada de lo que Sofía había sugerido y su corazón deseado en secreto.
Se había enamorado de su jefe y eso no podía evitarlo, pero lo que sí podía evitar era hacerse ilusiones respecto a algún tipo de relación entre ambos.
No obstante, disfrutaba de su compañía en los almuerzos y del trayecto hasta Fuenlabrada la semana de turno de noche.
Él se comportaba como un simple amigo, más que como un jefe.
El resto de sus compañeros la miraban con más desagrado que antes, porque intuían que Juanjo la trataba de forma diferente a los demás, a pesar de sus intentos de disimulo, pero no le importaba.
Le bastaba con su mirada atenta y vigilante para que cualquier desprecio resbalara sobre su piel como si fuera la lluvia del verano, sin dejar huella.
Solo rogaba porque su estancia como jefe de sala se prolongara mucho, porque entre los camareros corrían rumores contradictorios sobre el regreso de Sixto: algunos afirmaban que su ausencia sería definitiva y otros que estaba pronto a reincorporarse al trabajo.
Cualquiera de los dos casos significaría la marcha de Juanjo, porque si Sixto no regresaba deberían contratar a otro en su puesto.
Esperaba que no se tratara de Michel, porque este era el más osado en sus desprecios y le haría la vida imposible.
Sin Juanjo y con Michel como jefe sí tendría que buscar otro trabajo.
El camarero no perdía ocasión en demostrarle su animadversión, en soltarle alguna palabra desagradable cuando Juanjo no estaba vigilante.
Ella fingía no haberlo oído y no le decía nada a su jefe.
Él debía creer que sus problemas con sus compañeros habían terminado cuando regresara a su puesto en Toledo, y a aquella chica que no había vuelto a mencionar, pero que intuía que iba a ver algunas tardes.
A fin de cuentas, Toledo estaba a poco más de una hora en coche, una minucia para un corazón enamorado.
Aquel día entraban de turno de tarde y una noche más Juanjo la acompañaría a casa.
Se sentía un poco aturdida, un intenso dolor de cabeza la aquejaba desde que se levantó, y el fuerte analgésico que había tomado antes de llegar al trabajo no solo no le había calmado el malestar, sino que la mantenía en un estado de somnolencia contra el que luchaba para llevar a cabo su trabajo.
Había padecido migrañas años atrás y solo conseguía aliviarlas con aquel calmante que parecía hecho para caballos, pues solía dejarla aturdida durante horas.
Pero se lo tomó porque la intensidad del dolor le hizo comprender que no mejoraría con otra cosa.
Sabía que si se lo decía a Juanjo este la obligaría a marcharse a casa, pero no quería suscitar más comentarios sobre tratos de favor, ya circulaban bastantes del hecho de que se sentaran a comer a la misma mesa y la evidente defensa de su jefe ante sus actos.
—¿Que te pasa hoy? —le preguntó Michel en un momento en que se cruzaron. Estás más atontada que nunca.
Ignoró el comentario y siguió adelante. Era cierto que caminaba con más parsimonia, midiendo los pasos y poniendo un cuidado extremo al transportar y colocar los servicios sobre las mesas. No quería generar ningún contratiempo ni ninguna queja por parte de los clientes.
A Juanjo no le pasó desapercibido el estado de Martina.
La veía llevar a cabo sus tareas de forma lenta y su rostro mostraba una intensa palidez.
También se percató de que Michel le dijo algo que parecía desagradable, a juzgar por cómo la chica se había apartado de él.
Estaba deseando que llegara la hora de compartir mesa para preguntarle, aunque cuando trataba de averiguar cómo iba su relación con los compañeros últimamente ella respondía que todo estaba mejor, que ya no la molestaban.
Observaba cómo los camareros preparaban las mesas para la cena de los huéspedes, que tendría lugar después de la del personal.
Dio un vistazo general al comedor y se giró justo para ver que Michel derramaba a propósito una jarra de agua delante de Martina, que iba detrás cargada con una bandeja de vasos.
La chica resbaló y cayó al suelo entre un gran estrépito de cristal, mientras el causante se alejaba a toda prisa.
Juanjo se acercó corriendo, muy preocupado, y la asió por debajo de los brazos para ayudarla a levantarse.
—¿Estás bien?
—Un poco mareada.
Su mano derecha goteaba sangre. La cogió para ver el alcance del daño recibido. Un largo trozo de cristal aún permanecía clavado en la palma. Lo sacó y apretó una servilleta que había en una mesa cercana sobre la herida, que comenzó a sangrar con más profusión, para contener la hemorragia.
Varios camareros se habían acercado y Juanjo se dirigió a Fidel.
—Ocupa mi puesto, yo voy a llevarla a que la atiendan. Es muy posible que la herida necesite puntos.
La agarró del brazo y la condujo a la salida y hacia su coche.
—Mantén apretada la servilleta, en seguida llegamos al hospital.
—No tenía que haber venido a trabajar, no me encuentro muy bien hoy. Tengo una terrible migraña. He resbalado de la forma más tonta.
Juanjo apretó los labios para no decirle que su caída no había sido accidental, sino que un cabrón la había provocado adrede.
—Cuando te sientas mal, me llamas, que yo te doy el día libre. Es un derecho de cualquier trabajador el de ponerse enfermo. Y desde que estoy aquí no has faltado ni un solo día.
—Gracias.
En el hospital les atendieron en seguida. Juanjo insistió en entrar con ella a la sala de curas y pudo comprobar que la herida era considerable, larga y profunda, y tuvieron que ponerle bastantes puntos de sutura.
Martina lo aguantó con los labios apretados y sin proferir una sola queja.
Salieron del hospital con unas recetas para un antibiótico y varios medicamentos más.
Tendría que acudir al centro de salud de forma periódica para que le realizaran las curas pertinentes, y estaría de baja laboral mientras la herida no cicatrizara de forma total.
—¿Te duele mucho?
—¿Tú qué crees? Aunque me han puesto anestesia local, tengo un buen tajo. Y la cabeza me está matando. No sé cuál de las dos cosas es peor.
—También te han inyectado algo para la migraña: un analgésico y un relajante —comentó Juanjo mientras enfilaba el camino hacia Fuenlabrada—. Se te aliviará pronto, seguro. Métete en la cama en cuanto llegues.
—Sofía se preocupará si lo hago. No suelo acostarme a media tarde, aunque no me encuentre bien.
Juanjo soltó el volante por un momento y le cogió la mano sana. No la tocaba desde el día del cine y Martina sintió la calidez y el cariño del gesto. ¡Ojalá no se debiera solo a que hubiese sufrido un accidente!
—Por una vez en la vida piensa en Martina, no en los demás. Tu hermana se va a preocupar de todas formas y acostarte te ayudará a aliviar el dolor.
Ella no respondió. El trayecto hacia su casa lo hizo con la cabeza recostada en el asiento y los ojos cerrados. El calmante inyectado poco a poco iba haciendo efecto, lo que la relajó y aumentó el estado de somnolencia.
Encontraron aparcamiento a pocos metros del portal. Juanjo bajó para abrirle la portezuela y la ayudó a descender. Después, rodeándole la cintura con un brazo, la condujo hasta la puerta.
—Puedo andar —afirmó Martina, pero no protestó cuando él no la soltó.
Localizaron las llaves en el bolso y subieron en el ascensor.
—¿Vas a llevarme hasta el piso?
—Hasta la cama, si no hay nadie que te ayude.
—Sofía estará en casa, si no ha salido a comprar. Pero llamemos al timbre por si está ligera de ropa. Cuando está sola se suele poner cómoda.
Cuando la puerta se abrió, la cara asustada de la mujer pasó de la mano vendada de Martina hasta el brazo que la seguía sosteniendo.
—¡Martina! ¿Qué te ha pasado? —preguntó franqueándoles la entrada.
—Un pequeño accidente.
—¿Pequeño? ¡Si no te sostienes de pie!
—Se ha caído en el trabajo cuando llevaba una bandeja de vasos —explicó Juanjo—. Se ha cortado y han tenido que darle puntos. La inestabilidad se debe a que le han suministrado un fuerte calmante para una migraña que lleva arrastrando toda la jornada.
—Usted es Juanjo, ¿verdad? Su jefe.
—En el trabajo, su jefe. Fuera, su amigo, y por favor, no me hable de usted. Ni siquiera mis empleados lo hacen.
—Él me ha llevado al hospital —aclaró Martina, dejándose caer en el sofá con pesadez.
—Gracias.
—No hay de qué. Martina es mi responsabilidad como empleada y además una buena amiga, como acabo de decir.
—Tengo el informe en el bolso —comentó la chica—, hay que comprar algunas medicinas. Un antibiótico que debo empezar a tomar esta noche.
—Puedo ir yo a buscarlas. ¿Hay alguna farmacia cerca? —se ofreció Juanjo.
—Bajaré yo —decidió Sofía—. ¿No te importa quedarte con ella unos minutos más? No quisiera dejarla sola.
—En absoluto.
Sofía se marchó y Juanjo se sentó en el sofá junto a Martina y volvió a cogerle la mano sana.
Verla tan vulnerable le estaba afectando.
Deseaba abrazarla, estrecharla contra su pecho y decirle…
decirle muchas cosas que se había prohibido a sí mismo.
Pero la principal era que vengaría ese accidente provocado.
—Lamento lo que te ha ocurrido. He sido descuidado, creía que todo se estaba arreglando con tus compañeros.
Ella no respondió. Los párpados se le cerraban por momentos, el analgésico y el relajante administrados le estaban dando un sueño imposible de controlar.
La contempló como hacía días que no la miraba, con los sentimientos a flor de piel. Verla sangrando lo había alterado como pocas cosas en su vida.
Luchar contra sus sentimientos le estaba costando mucho, porque cada día tenía más claro que estaba enamorado y que no se conformaría con ser su amigo.