Capítulo 19
J uanjo apenas durmió unas horas aquella noche, y no solo porque se acostó tarde y se levantó temprano, sino porque no cesaba de dar vueltas a su relación con Martina.
Sentía que había tomado la decisión correcta, aunque sus sentimientos y su cuerpo le dijeran lo contrario.
Le gustaría tanto ser el hombre que despertara sus sentidos, el que le enseñara lo que era el deseo y la forma de satisfacerlo, que le dolía la idea de no ser quien lo hiciera.
Con otra mujer no se lo pensaría, mantendría una aventura tan duradera como su estancia en el hotel, pero Martina era muy vulnerable y no sería el segundo hombre de su vida que la dejara tirada.
No iba a hacerle daño. Tendría que dejar que fuera otro quien la despertara al amor y al sexo.
Más adelante, cuando ya se hubiera ido. Cuando ella hubiera recuperado la autoestima.
Llegó al hotel cansado, pero se animó en cuanto vio a Martina, que ya se había cambiado y esperaba junto a la puerta del comedor para empezar su trabajo. No le dijo nada, esperaría a compartir con ella la mesa del almuerzo para concretar la cita de aquella tarde.
La sola presencia de la camarera le hizo olvidar sus diatribas y centrarse en el trabajo. Estuvo pendiente de que nadie la molestara, pero todos parecían haber comprendido que su regañina del día anterior iba en serio y la mañana transcurrió con normalidad.
A la hora del almuerzo Martina iba dispuesta a ocupar la mesa que utilizaba siempre, pero Juanjo se lo impidió. En voz alta para que todos lo oyeran le sugirió:
—Martina, creo que habíamos decidido que en adelante comerías en mi mesa. Aunque, si prefieres esa otra, yo me traslado sin problema.
Sin decir nada, ella cambió de dirección y se sentó junto a él.
—¿Voy a tener que repetírtelo cada día? —preguntó—. Espero que no.
—No, ya he comprendido que hablabas en serio.
—Muy en serio.
Apenas comenzaron a comer, Juanjo pregunto:
—¿Le has echado un vistazo a la cartelera? ¿Hay alguna película qué te atraiga?
—Creí que ibas a hacerlo tú. A mí me da igual mientras no sea del espacio, ya te lo dije.
—Ayer no dispuse de mucho tiempo, tuve una tarde bastante ocupada.
Martina sintió deseos de preguntar qué lo había tenido tan atareado como para no poder ver la cartelera, cuando era el que había insistido en que fueran al cine.
—Puedo echar un vistazo mientras voy en el tren.
—No te preocupes, lo hago yo esta tarde. ¿A qué hora te viene bien que te recoja?
—Suelo llegar a casa sobre las cuatro y algo; el tiempo de ducharme y arreglarme un poco. Pero no me gustaría entrar en una sesión muy tardía porque ya sabes que mañana debemos madrugar.
—¿Te parece si te recojo a las seis? ¿O tal vez necesitas más tiempo para arreglarte?
—Será más que suficiente, no hay mucho que pueda hacer para mejorar mi aspecto.
Juanjo se puso muy serio y dijo con voz grave:
—Estoy de acuerdo contigo solo en parte, no necesitas mucho tiempo para acicalarte, porque estás perfecta tal como eres.
—No me digas esas cosas porque puedo acabar por creérmelas —comentó mirando a su alrededor por si los demás habían escuchado las palabras masculinas.
—Créetelas, nunca miento cuando hablo del aspecto de una mujer, y menos si es a ella misma.
—¿Ni siquiera para halagarla?
—No necesitas que te halaguen, solo que te hagan comprender lo mucho que vales, tanto como persona como en lo físico.
—Estás tratando de que te diga de nuevo algún piropo, ¿no? —preguntó en voz muy baja para que nadie más pudiera oírlos.
—A nadie le amarga un dulce, pero no estás obligada.
—De acuerdo. Hoy tus ojos brillan de forma especial, como si estuvieras muy contento o tuvieras algo qué celebrar.
Era lo primero que había pensado al verlo aquella mañana, que tenía una mirada más intensa de lo habitual.
—Las dos cosas. Hace mucho que no voy al cine acompañado de alguien. Mi amigo Asier, con el que comparto piso en Toledo, odia el cine. Lo de esta tarde es para mí algo muy especial.
—Espero que la compañía no defraude tus expectativas.
—Te aseguro que no lo hará. Entonces ¿de acuerdo? ¿Te recojo en la puerta de tu casa sobre las seis?
—Perfecto. Dame un toque al móvil si llegas antes.
—En cuanto los tenga te sugeriré algunos títulos para que decidas qué veremos.
—Bien.
El resto de la comida transcurrió comentando películas que habían visto en el pasado y a ambos les había gustado. Descubrieron que no les resultaría difícil encontrar algo que les agradara a los dos aquella tarde porque tenían gustos muy parecidos.
***
Se encontraron en el portal de Martina unos minutos antes de la hora fijada.
Ella se había dejado aconsejar por Sofía y había elegido una falda corta a pesar del frío.
Tenía unas piernas bonitas, lo que más le gustaba de su cuerpo, pero siempre las llevaba cubiertas por pantalones a causa de las bajas temperaturas.
Él vestía un pantalón negro y un jersey de un tono verde oscuro que realzaba el tono de sus ojos. Se quedaron mirando uno al otro en medio de la calle, como si no se hubieran visto nunca.
—Estás muy guapa.
—Tú también.
Le salió sin pensar, tal como las frases que le había dicho en el hotel cuando se creía invisible.
—Ese es el tipo de piropo que quiero que me digas, espontaneo y no poque yo te lo pida.
—Trataré de no callarme mis pensamientos, pero no te prometo nada.
Subieron al coche, aunque no se moverían de Fuenlabrada. Habían encontrado una buena oferta de películas sin salir de la localidad. Al día siguiente los dos entraban de turno de mañana y no querían acostarse muy tarde.
En cuanto Martina se acomodó en el asiento del pasajero, el bajo de la fala subió unos centímetros y Juanjo no pudo evitar que sus ojos se deslizaran hacia las piernas. Y lamentó, por primera vez aquel día, la decisión de mantenerse como un simple amigo.
Ella se percató de su mirada y la primera impresión fue la de tirar de la falda, pero se contuvo. No quería parecer una mojigata, no aquella tarde.
Cuando llegaron al cine escogieron de mutuo acuerdo una película de detectives. Compraron un enorme paquete de palomitas para compartir y se acomodaron en sus butacas.
La falda de Martina volvió a subir y la mirada de Juanjo a posarse sobre las piernas cubiertas por las medias.
Y en el jersey que se ajustaba a sus pechos pequeños y firmes, y a su mente acudieron las palabras de Asier de que le cogiera algo más que las manos.
Para evitar la tentación de tocarla metió la suya en las palomitas y cogió un buen puñado.
El aroma del aperitivo no ocultaba el ligero perfume a flores que emanaba de su acompañante.
Alzó la mirada de los pechos al rostro femenino y respiró hondo.
Martina estaba resplandeciente, alegre y con la ilusión pintada en su cara.
Estaba preciosa. Esperaba que la emisión de la película lo distrajera de los otros pensamientos que lo asediaban.
Que la trama fuera tan interesante que le hiciera olvidar la cercanía de la mujer y de lo que tal vez ella esperaba de aquella cita.
Por fin las luces se apagaron y la película comenzó.
En la oscuridad las manos de ambos se dirigían al cartón de palomitas y los dedos se rozaban sin pretenderlo.
Ninguno de los dos hacía nada por separarlos con rapidez, sino que se recreaban durante unos largos segundos en el contacto antes de llevar el aperitivo a la boca, para volver a introducirlos de nuevo a buscar más.
La película secuenciaba imágenes y diálogos, desvelaba pistas y la trama avanzaba paso a paso sin que ninguno de los dos fuera muy consciente de ello. La presencia el otro muy cerca acaparaba toda la atención.
Los muslos de Martina, cada vez más expuestos a medida que la chica se movía en el asiento, mantenían los ojos de Juanjo apartados de la pantalla, y la duda de si ella esperaba algo de él ocupaba su mente mucho más que las pistas que el detective iba descubriendo.
Cada vez que la miraba a la cara veía su rostro y sus ojos girados hacia la pantalla, pero la respiración acelerada y la boca ligeramente abierta le hacían dudar de que ella estuviera tan inmersa en el film como parecía.
En uno de los roces de dedos dentro de la caja de palomitas, cuando ya no quedaba nada por coger, atrapó una de sus manos y no la soltó cuando la caja cayó, vacía, sobre su regazo. Se sentía incapaz de hacerlo. La mantuvo retenida entre los cuerpos de ambos.
«Solo es una mano», se dijo. No era la primera vez que sus manos se unían, no tenía por qué implicar nada más. No le había cogido «ninguna otra cosa», como le había aconsejado Asier, por mucho que lo deseara.
La respiración de Martina se hizo más acelerada todavía. Y la de él más caótica. Si la película duraba mucho no estaba seguro de poder aguantar, sobre todo si ella no le ponía algún límite, lo que no parecía que fuera a suceder. También aferraba su mano con firmeza.
Por fortuna, la trama empezó a avanzar muy deprisa y, cuando estaba a punto de claudicar y girar la cabeza para besarla, los créditos finales inundaron la pantalla y la sala se llenó de luz.
Respiró a la vez aliviado y decepcionado. Martina retiró la mano y Juanjo se inclinó a recoger la caja vacía de palomitas, que había caído al suelo.
—Muy interesante la película, ¿verdad? —comentó ella.
—Sí, mucho.
No tenía ni idea de la trama, solo que había habido una serie de robos que un detective debía investigar. No había podido concentrarse más que en ella, en su cuerpo tan cercano, en sus muslos perfectos y en la mano que retenía.
—¿Tú has adivinado quién era el culpable? —preguntó Martina.
Ninguna alusión a las manos unidas durante un buen rato.
—¡Qué va! Soy muy torpe para esas cosas. Me dejo sorprender por el final, sea el que sea. ¿Y tú? —preguntó mientras se levantaban para abandonar la sala.
—Lo sospechaba desde que la hermana hizo alusión a lo aficionados que eran sus padres a las antigüedades.
¿Eran hermanos? Ni siquiera se había percatado de ese detalle, solo que al ladrón lo ayudaba una chica.
—No, no le di importancia a ese comentario.
Debía cambiar de conversación si no quería delatarse. Antes de dirigirse al coche, preguntó:
—¿Qué hacemos ahora? —No tenía ninguna gana de separarse de Mattina. Una vez superado el peligro de la penumbra del cine, le apetecía seguir juntos un rato más—. ¿Quieres que te lleve a casa o vamos a tomar algo?
—Hemos comido muchas palomitas, pero tengo sed y cenaría algo ligero. Si quieres.
—Por mí encantado.
Sin salir del centro comercial se dirigieron a la zona de restauración. Apenas veinticuatro horas antes había hecho algo parecido, pero no había punto de comparación. Ahora no iba a cumplir con un deber desagradable, sino a prolongar una velada que estaba disfrutando mucho, a pesar de todo.
Se sentaron en un bar en el que pidieron unas raciones para compartir, como la primera vez que se vieron fuera del hotel. Había pasado poco tiempo, pero muchos acontecimientos desde aquel día.
—Espero que no te haya molestado que te cogiera la mano —trató de explicar Juanjo, al ver que ella no mencionaba el asunto. Como mínimo debía haberle extrañado—. Es la costumbre. No me he dado cuenta de que lo hacía.
—Sueles cogérsela a Alma, claro —murmuró Martina, decepcionada—. Creía que a ella no le gustaba el cine y solías ir solo.
—Alguna vez he conseguido que me acompañe.
—Supongo que la echarás mucho de menos. Lamento que por mi culpa no puedas verla cuando tienes días libres.
—Ayer estuve en Toledo —confesó. No mentía, solo no estaba diciendo toda la verdad, pero necesitaba que Martina siguiera creyendo que todavía estaban juntos, para que no se hiciera ilusiones respecto a él y a una posible permanencia en Madrid.
—Y os visteis, claro.
—Sí; solo un rato, pues salí después el trabajo y regresé por la noche.
Martina bebió un largo trago de su cerveza.
De modo que era eso lo que lo había tenido ocupado la tarde anterior, impidiéndole mirar la cartelera: había ido a ver a su novia.
Se había hecho ilusiones como una tonta, sobre todo después de que le tomara la mano.
Imaginó que tal vez la besaría, pero no había sido así.
Le había cogido la mano como a la chica que lo esperaba en Toledo, a la que con toda seguridad habría besado, y quién sabía qué más, el día anterior.
Que él apenas hablara de ella no significaba que hubiera dejado de existir y, aunque le había dicho en alguna ocasión que solo se estaban conociendo y no tenían ninguna relación seria, no había impedido que condujera muchos kilómetros para verla unas horas.
Sonrió para ocultar la decepción que sentía y comió con rapidez.
Deseaba cuanto antes estar en su casa para no seguir fingiendo, para esconderse de aquella sonrisa y aquella mirada que parecía querer llegar al fondo de su mente.
No se lo permitiría, se cubriría con su armadura de invisibilidad para que nunca llegara a descubrir lo que sentía por él, porque ya no tenía duda de que se había enamorado de su jefe, de su sonrisa luminosa y de sus ojos verdes, que no se posarían en ella con deseo ni con amor, solo con amistad.
—¿Pedimos algo más? —preguntó él al terminar las raciones.
—Por mí, no.
—¿Ni siquiera postre?
—No. Ya es hora de irnos a casa. Mañana todavía estamos en turno de mañana y toca madrugar.
—Puedo pasar a recogerte para que duermas un poco más.
—No te preocupes, tú también estarás cansado si fuiste a Toledo ayer. Iré en tren.
—Como quieras.
Poco después la dejaba en la puerta de su casa. A Juanjo no le pasó desapercibido que Martina se había replegado en sí misma después de saber que había visto a Alma el día anterior. Le pesó su actitud, pero era lo mejor, cortar cualquier tipo de ilusión o esperanza antes de que fuera a más.