Capítulo 18 #2
Llamó a Asier para citarlo en un restaurante y cenar juntos antes de emprender el regreso a Madrid. No lo tenía previsto, pero necesitaba hablar con su amigo, porque Alma había mencionado una posibilidad que no había contemplado, y se sentía abrumado otra vez. En esta ocasión por Martina.
Se encontraron en uno de sus locales favoritos y al instante Asier preguntó por lo sucedido.
—¿Cómo ha ido todo?
—Bien. Ya se imaginaba lo que iba a decirle. Tampoco ella veía futuro en lo nuestro.
—En ese caso, todo estupendo, ¿no?
—Sí.
—¿Pero? Porque, a juzgar por tu cara y por esta cena, hay un pero.
Juanjo tomó un largo trago del agua que había pedido como si con ello quisiera aclararse las ideas.
—El pero es Martina.
—Yo creía que librarte de Alma te daba vía libre para intentarlo con tu camarera. O eso me dijiste antes.
—Eso creía yo también hasta hace un rato. Pero Alma me ha dicho algo que me obliga a replanteármelo todo.
—¿Qué te ha dicho?
—Que no cree que vuelva a Toledo, pero yo no quiero quedarme en Madrid, no me gusta vivir en la ciudad ni el personal del Imperial que tengo a mi cargo. Tal vez podría pedir que mi traslado sea definitivo, pero mi vida está aquí. Cuando Sixto regrese yo también lo haré.
—¿Y?
—No puedo hacerle a Martina lo mismo que a Alma. Ella no es tan fuerte y sería un cabrón si intentara seducirla, enamorarla, para luego irme y dejarla tirada.
—Toledo está a una hora en coche de Madrid.
—Aun así, las relaciones a distancia no funcionan. Ya ves lo que ha sucedido con Alma.
—¿Y qué piensas hacer?
—No lo sé. Por eso necesitaba hablar contigo otra vez en lugar de haber emprendido ya la vuelta.
—¿Quieres mi consejo?
—No exactamente. Pero comentar un problema contigo siempre me hace verlo con más claridad.
—¿Y qué ves ahora?
—Que no puedo empezar una relación con Martina, en el supuesto caso de que ella sienta por mí algo más que agradecimiento.
—Pues pon distancia. Busca una excusa para no ir al cine mañana y trátala como hasta ahora, como a una empleada más. Seguro que se te pasa el enamoramiento, ya sabes que es una cuestión química y, si no se potencia, acaba por desaparecer.
—Tampoco quiero hacer eso. No puedo dejarla ahora que ha empezado a confiar en ella misma, a perder la timidez. Le prometí que cuando regresara a Toledo sería capaz de enfrentarse al mundo y a sus compañeros sin ayuda.
—Pues lo tienes complicado, macho.
—Solo hay una forma: seguir siendo su amigo, solo eso, hasta que tenga que regresar. Seguir alentando su autoestima, su confianza. Martina no solo necesita una pareja, sino también amigos. Vive y sale con su hermana y su cuñado, necesita ampliar su círculo.
—O sea, que mantienes el cine mañana.
—Por supuesto.
Llevaba deseando esa salida muchos días y no renunciaría a ella. Tampoco decepcionaría a Martina anulándola, ella parecía tan ilusionada como él.
—Pues te espera un buen dolor de huevos. Más de uno, si solo quieres ser su amigo.
—Lo soportaré.
—¿Y cómo piensas hacer que no se enamore de ti y no espere algo más? Yo no tengo dudas de que le interesas. Ya sabes, ñam ñam…
—Ella es consciente de que mi estancia en Madrid es temporal y de que existe Alma. No le diré que he cortado con ella, así no se hará ilusiones. Y, si hay algún sentimiento de su parte hacia mí, acabará por morir si yo no lo aliento.
—Bueno, si lo tienes tan claro…
Él no lo tenía en absoluto, pero se abstuvo de decirlo.
—Clarísimo.
—Pues te auguro una buena temporada de pajas y duchas frías.
—Lo asumiré. Todo sea por ayudarla.
«Voy a tener que buscar otro compañero de piso; tú no vuelves a Toledo».
—¿Qué harás si un día ella se te lanza encima para comerte? ¿La rechazarás, aun a riesgo de mermar su autoestima?
—Eso no sucederá; es muy tímida. Yo me mentalizaré para ser solo su amigo, un hombro en el que apoyarse.
—Don Quijote de Toledo. Pero recuerda que no eran gigantes, sino molinos. Las cosas no son lo que uno desea, sino lo que son.
—Tú no la conoces.
—Tal vez haga un viajecito a Madrid para que me la presentes.
—Eso estaría genial. Ahora terminemos de cenar, que debo regresar. Mañana madrugo.
—Y yo también.
Media hora más tarde Juanjo emprendió la vuelta a Madrid. No le gustaba conducir de noche, y menos solo. Por suerte, la semana siguiente iría acompañado de Martina.
La decisión tomada era muy diferente a la que tenía en la cabeza cuando bajó a Toledo aquella mañana.
Pensaba decirle a Martina que ya no lo esperaba nadie en Toledo, pero era mejor así para los dos.
Se había lanzado a fantasear sin pensar en que no se quedaría en Madrid, sino que regresaría a su vida anterior cuando su periodo de traslado terminara, y la distancia enfriaría lo que sentía por ella, como había sucedido con Alma.
Para entonces Martina ya sería una mujer fuerte y capaz de gestionar su vida y su trato con los demás.
Para ello su relación debía seguir siendo amistosa, sin besos y sin caricias.
Le iba a costar, porque ya se había sentido tentado de besarla en el coche un par de veces, pero tendría que contenerse. Ella no se merecía que la alentara y después la dejara, como aquel capullo de su pueblo.
Trataría de convencerla de que buscara amistades en alguna página de contactos, seguro que el hecho de no tener a su interlocutor enfrente la ayudaría a vencer su timidez. Lo que ya no quería era pensar en cómo se sentiría él viéndola interactuar con otros hombres.
Lo apartó de su mente, centrándose en la carretera y en la cita que tendrían al día siguiente.