Me ves o no me ves Capítulo 18
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Capítulo 18

J uanjo salió del hotel aquella tarde con una decisión tomada. Después de avisar a Luis de que no pasaría por la casa después del trabajo ni iría a cenar, subió al coche y puso dirección a Toledo.

No era fácil ni agradable lo que iba a hacer, pero no podía seguir postergándolo.

Cada día tenía más claro que Alma y él nunca llegarían a nada, y la certeza le pesaba como una losa cada noche cuando se planteaba llamarla y no le apetecía.

Debía sincerarse con ella y romper el débil lazo que los unía.

Esperaba no causarle daño, que la chica no se hubiera hecho ilusiones con respecto a los dos, pero no podía fingir lo que no sentía, lo que no había surgido entre ellos y estaba ya seguro de que no surgiría.

Ahora, después de conocer a Martina, se daba cuenta de lo que no tenía con la chica toledana: las ganas de verla a todas horas, lo deprisa que pasaba el tiempo en su compañía, el hormigueo que sentía en las manos por tocarla...

, eso no lo había sentido con Alma. Tampoco el impulso de enfrentarse al mundo por ella.

En sus relaciones anteriores —ninguna muy larga ni muy profunda— había salido corriendo al menor indicio de algo que no le gustara, pero ahora era diferente.

Sabía que Martina no era una chica fácil para mantener una relación, que era tímida, que su autoestima estaba bastante mermada y que no tenía apenas experiencia con los hombres, pero no le importaba.

Él conseguiría que creyera en sí misma, en su valía; que venciera su timidez e hiciera real su promesa de comérselo.

De comérselo entero. Era cuestión de paciencia y de ir ofreciéndole seguridades. Y besos. Y caricias.

Llegó a Toledo a las cinco de la tarde, Alma no salía del trabajo hasta las siete, por lo que se dirigió a su casa con la esperanza de ver a Asier.

No sabía qué turno tenía aquella semana, últimamente no hablaban con tanta frecuencia como antes.

Sin haberle notificado su llegada no se atrevió a utilizar su llave y llamó al timbre.

—¿Sí? —preguntó la voz somnolienta de su amigo a través el portero electrónico.

—Abre; soy yo.

De inmediato la cancela cedió y subió a su casa. Le alegraba que Asier se encontrara en ella, aunque tal vez tuviera compañía.

—¿Por qué no me has avisado que venías? Hubiera pedido cambiar el turno, como te dije la última vez que hablamos —le recriminó su amigo a modo de saludo.

—Yo también me alegro de verte. ¿Soy inoportuno? ¿Estás acompañado?

—¿Desde cuándo ha sido eso un problema para nosotros? Pero no te preocupes, estoy solo. Dormía una siesta en el sofá y me has sorprendido.

—No vengo para quedarme, regresaré a Madrid esta misma noche.

—Intuyo que, por tu presencia inesperada, tienes algo que contarme; soy todo oídos. ¿Un café o una copa?

—Mejor una copa, regresaré a última hora y me da tiempo a eliminar el alcohol del cuerpo.

Asier sirvió dos vasos del ron preferido por su amigo, ese que disfrutaban cuando estaban enfrascados en una partida de consola.

—¿Cola? —preguntó.

—Solo hielo.

—A palo seco. Entonces debe ser grave.

—No es grave, solo algo que debo hacer y no es agradable. He venido para hablar con Alma.

—Y romper con ella.

—No hay mucho que romper —afirmó tomando un sorbo de su vaso. No le sabía tan bien como cuando jugaban—, pero sí. Voy a decirle que lo nuestro se ha enfriado, al menos para mí, y que lo dejemos. No quiero que siga esperando algo que no va a llegar. Espero no hacerle daño.

—Supongo que al no tener muchas noticias tuyas se lo habrá imaginado. Porque no la llamas, ¿verdad?

—Solo una vez al principio de mudarme.

—Es por Martina.

—Sí. Me estoy enamorando de ella.

—No esperes que me sorprenda; ya sabía que iba a suceder.

—¿Eres adivino? Porque ni siquiera yo lo sabía la última vez que nos vimos.

—No, pero te conozco y nunca demostraste por Alma ni la mitad del entusiasmo con que hablas de ella. Ya el colmo fue que postergaras tus días libres. Cuando me lo comentaste, me dije: hasta las trancas y sin remisión. Supongo que eres correspondido.

—No lo sé.

—¿Que no lo sabes? Macho, te dijo que te comería… ¿Qué más pruebas quieres?

—No es tan sencillo. Aquello fue algo que hizo para coger confianza en sí misma, para demostrarse que era capaz.

—¿Capaz de comerse a un tío? Juanjo, si te lo dijo es por algo.

—Le he pedido que me lo repita de nuevo y se ha negado.

—A lo mejor espera que te la comas tú, directamente. Hazlo y ya verás como no me equivoco.

—La he invitado a ir al cine mañana. Y me las he arreglado para que almuerce en mi mesa todos los días.

—¿Y ha aceptado?

—Sí, ha aceptado.

—Blanco y en botella. No hay más ciego que el que no quiere ver, pero, a lo mejor, eres tú el que no quiere dar ningún paso. ¿Es por su carácter extraño? ¿O te asustan las relaciones?

—Es por Alma; siento que le debo algo. Además, Martina sabe que hay una mujer en Toledo.

—Pero a partir de esta tarde ya no la habrá.

—No, a partir de hoy seré un hombre libre por completo, sin nada que me ate a nadie.

—Pues actúa en consecuencia. Las mujeres no tienen mucha paciencia a la hora de esperar en temas amorosos.

—Martina, sí. No voy a precipitarme con ella.

Asier lanzó una carcajada y tomó un trago de su vaso.

—Claro, Martina es perfecta.

—No te burles, no lo es, pero me gustan hasta sus imperfecciones. Son esas las que me hicieron fijarme en ella.

—Supongo que ni siquiera la has besado.

—No. Solo le he cogido las manos.

—¡Las manitas, como los adolescentes! Juanjo, tienes treinta y dos años… cógele algo más, es un consejo de adulto. Aprovecha el cine.

—Ya veré lo que hago mañana. Hoy toca cortar con Alma.

—¿Otra copa para animarte?

—No, tampoco quiero ir borracho. Mejor una partida para matar el tiempo hasta que vaya a buscarla a las siete, a la salida del trabajo.

—Eso está hecho. Pero intuyo que hoy no estás muy en forma y te voy a dar una paliza.

—Da igual. Estar aquí contigo es lo que necesito en este momento. Ya seré competitivo otro día.

Se sumergieron en una partida, en la que Juanjo, como había vaticinado su amigo, no estuvo a la altura. No le importó, solo era un compás de espera para lo que tenía que hacer por la tarde.

***

A las siete, cuando Alma salió de la tienda, Juanjo la esperaba ya desde hacía un cuarto de hora. La chica se mostró muy sorprendida al verlo.

—¡Qué sorpresa! —dijo acercándose, pero sin siquiera besarlo a modo de saludo como otras veces—. No me has avisado de que venías.

—No. No estoy aquí para pasar el fin de semana.

—¿Entonces?

—He venido a hablar contigo.

—Entiendo.

—¿Qué entiendes? —preguntó a la defensiva.

—Vamos a sentarnos a tomar algo. Si tenemos que hablar y el asunto es tan importante como para que vengas desde Madrid, mejor hacerlo con calma, ¿no te parece? Aquí de pie es un poco raro.

—Por supuesto. ¿Dónde vamos?

—En la zona de servicios del centro comercial encontraremos algún sitio donde sentarnos.

Echaron a andar uno junto al otro. La incomodidad era patente entre ambos, una incomodidad que no habían sentido antes.

Entraron en un Burger King medio vacío a aquellas horas y escogieron una mesa.

—¿Qué quieres tomar? —preguntó Juanjo

—Cualquier cosa, un refresco mismo.

Juanjo pidió dos refrescos de cola y los depositó sobre la mesa. Se sentó frente a

Alma y la miró a los ojos tratando de dilucidar si adivinaba el motivo de su visita. Ella aceptó la mirada sin pestañear.

—Suéltalo ya —dijo con una media sonrisa.

—Sabes a qué he venido, ¿verdad?

—Por supuesto, y si tenía alguna duda tu actitud me lo confirma. A decirme que no volveremos a vernos.

Él asintió.

—Lo siento. No he conseguido que lo nuestro avanzara como deseaba, al menos para mí. Lo que empezamos antes de que me fuera se ha enfriado y no consigo reavivarlo. Tal vez si no me hubiera ido de Toledo, todo hubiera sido diferente, pero…

—Lo sé. A mí me ha pasado algo parecido.

Juanjo respiró aliviado. Si el desencanto era mutuo no le haría daño al cortar la relación.

—Sé que debería haberte llamado para mantener un contacto fluido, pero llego a casa muy cansado. El hotel de Madrid es mucho más grande, y el trabajo, más agotador que el de aquí.

No era más que una excusa y los dos lo sabían.

—Tampoco lo he hecho yo. Al principio porque no sabía tus turnos y luego… debo confesarte que no sentía la necesidad de hacerlo.

—Creo que estamos en la misma situación y no tenemos nada que reprocharnos uno al otro.

—Por supuesto que no. Comprendí que lo nuestro no tenía ningún futuro cuando viniste la última vez.

La química o el interés que pudo haber al principio había desaparecido.

No quise ser la mala de la película y preferí esperar hasta un nuevo encuentro, y hoy, al verte aparecer de improviso, he sabido que sería el último. Y no puedo sentirme más aliviada.

—He pensado todo el tiempo que el malo de la película era yo.

—No hay malos ni buenos. En los sentimientos no se manda, y los nuestros no han seguido el camino que esperábamos. Tal vez lo hubieran hecho de no haberte ido, o tal vez no.

—Entonces… ¿amigos?

—Eso siempre.

La sonrisa franca de la chica le demostró que no estaba dolida ni enfadada, sino tan aliviada como él.

—Cuando vuelva a Toledo podemos quedar para tomar algo, como simples amigos.

—Sabes que eso no sucederá, Juanjo.

—¿Por qué no?

—Porque no estoy segura de que vuelvas. Creo que tu sitio está en Madrid.

Era una posibilidad que no se había planteado. No quería quedarse en Madrid.

—Mi puesto allí es una sustitución, más tarde o más temprano el jefe de sala del Imperial se incorporará y yo regresaré.

—Pues, si lo haces, me tomaré algo contigo encantada. Ahora, si no te importa, debo marcharme. No había previsto entretenerme a la salida y tengo cosas que hacer.

—Yo también. Cenaré con Asier y luego regresaré a Madrid; mañana madrugo.

Se despidieron con un abrazo fraternal y se separaron. Juanjo se sentía ligero y alegre. No se había percatado de lo mucho que le había hecho sentir culpable su relación con Alma y la posibilidad de hacerle daño.