Me ves o no me ves Capítulo 17
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Capítulo 17

L legar al trabajo al día siguiente no le resultó fácil a Martina, y mucho menos porque le había prometido a Juanjo sentarse a la mesa de sus compañeros.

Supondría una verdadera tortura para ella, tal como lo había calificado él la tarde anterior, pero se lo debía.

Le debía muchas cosas, incluida la renuncia a disfrutar de sus días de descanso cuando le correspondían.

El trabajo en el hotel era fatigoso y estresante y, al menos ella, esperaba los descansos con verdadera necesidad.

Además, ¿a quién pretendía engañar? Haría cualquier cosa que él le pidiera, y no solo por agradecimiento.

Juanjo le estaba haciendo sentir cosas que jamás había ni siquiera sospechado, con sus miradas intensas y con el simple contacto de sus manos.

Nunca en su relación anterior había sentido su piel estremecerse con un simple roce, ni que su corazón se saltara un latido con una mirada.

Los ojos verdes se posaban a menudo en ella con una intensidad que le producía a la vez inquietud y seguridad. Sabía que podía confiar en él, que nunca le haría daño.

No se hacía ilusiones con respecto a lo que había entre ellos, lo más probable era que, cuando fuera a Toledo y se encontrara con Alma, terminara recuperando la relación que se había visto interrumpida por su traslado.

No tenía la menor esperanza de que Juanjo sintiera por ella nada más que deseo de protección y, como mucho, una amistad cimentada porque se sentía solo en Madrid.

No le importaba, le bastaba con verlo, con saber que su relación era diferente a la que mantenía con sus compañeros.

Y compartir el trayecto en coche hasta Fuenlabrada, alguna tarde de cine o un café era suficiente.

Era algo temporal, sabia bien que la estancia de Juanjo en Madrid no duraría mucho, pero disfrutaría del tiempo que tuvieran para asentar su amistad.

No llegarían a ser otra cosa, pero tampoco tenía amigos, los que recordaba se remontaban a su época escolar, y agradecía mucho tenerlo a él.

Por un tiempo podría salir con alguien más que con Celso y su hermana, y eso la llenaba de felicidad.

Al entrar en el hotel no hizo nada por evitar a sus compañeros, pero parecía que ellos sí la rehuían.

La mañana transcurrió sin incidentes y, a la hora del almuerzo, se mentalizó para sentarse a la mesa común, tal como le había prometido a Juanjo.

Cogió su ensalada de legumbres y la carne en salsa y, con ambos platos en las manos, se acercó a la mesa que llevaba ocupando unos días.

Se percató de que había una silla menos, que no tenía dónde sentarse; no obstante, depositó su carga en la superficie y buscó una que pudiera acercar para acomodarse.

Todos la miraban incrédulos y enfadados y tuvo deseos de salir corriendo, pero se lo había prometido a Juanjo y no lo decepcionaría. Él nunca le pedía nada. Alzó la cabeza, dispuesta a afrontar lo que hiciera falta.

—¿De verdad tienes la caradura de intentar sentarte con nosotros? —preguntó Michel con irritación.

Todos la miraban con gesto adusto, como si quisieran abalanzarse sobre ella para impedir que se sentara.

—¿No entiendes las indirectas? No hay silla ni sitio para ti en esta mesa —aseguró Elisa.

—Ya te dije que lo de ayer no quedaría así. —Amenazó Maya, uniéndose a sus compañeros—. No eres bienvenida.

Le estaban haciendo un favor, Juanjo no podría reprocharle nada. Cogió sus platos, dispuesta a sentarse en su mesa habitual, cuando vio que él se levantaba de la suya y se acercaba a grandes zancadas.

—¿Ocurre algo? —preguntó.

—Nada, que no hay silla libre hoy y me voy a comer a otro sitio —informó tratando de calmar los ánimos.

—¿Por qué no hay un sitio para Martina? —increpó él observando a sus subordinaos con severidad—. Esta mesa siempre tiene una silla más.

—Déjalo, Juanjo. Estaré mejor comiendo sola.

—Espera, no te vayas. —El tono firme de su voz la retuvo.

—No importa.

«Por favor, no me obligues a comer con ellos». Lo miró suplicante, con la esperanza de que comprendiera que no podría tragar bocado en aquella mesa tan hostil.

—Sí que importa. ¿Por qué no queréis que coma con vosotros? —continuó amonestándolos—. Es una compañera.

—No es nada personal, Juanjo —explicó Maya con una sonrisa forzada—, pero ya sabes que es un poco rara, hace cosas extrañas y no nos sentimos cómodos en su compañía.

—Ella prefiere comer sola, ¿verdad, Martina? —afirmó Fidel, apoyando a sus compañeros.

—A nadie le gusta comer solo. —La frase de Juanjo resultó tajante—. Si ella se ha sentado con vosotros estos días es porque desea compañía.

—Tú también te sientas sin compañía.

La afirmación de Maya sonó como una acusación.

—Porque soy vuestro jefe y en el trabajo no me gusta tomarme confianzas si quiero mantener la disciplina, pero visto lo visto…

—Se volvió hacia la chica que permanecía de pie, aguardando el permiso para alejarse con los platos en la mano—.

Martina, siéntate a mi mesa, por favor. A partir de ahora comerás conmigo.

—No es necesario, Juanjo. De verdad que estaré bien donde siempre.

—No me gusta comer solo. —Miró a los componentes de la mesa, que evitaban su mirada—. Ni considero a Martina tan «rara» como para no compartir mi almuerzo con ella.

—Espera a que te robe la comida del plato —masculló Michel entre dientes.

—No creo que lo haga. Si os lo ha hecho a vosotros, os lo tenéis más que merecido.

¿Creéis que no me he dado cuenta del mobbing que le hacéis entre todos?

He hecho la vista gorda hasta ahora, pero lo de hoy pasa de castaño a oscuro.

Quitar una silla para echarla de vuestra mesa es muy rastrero.

No sé si ella es, como me hicisteis creer en su momento, una enchufada del director, pero yo sí tengo potestad en el organigrama para denunciar el trato peyorativo que le dispensáis y buscaros una buena sanción.

Soy el jefe de sala y mi obligación es que todo funcione bien en mi turno tanto con los clientes como entre el personal.

No tengo queja de vuestro servicio a las mesas y a los huéspedes, pero sí del comportamiento con los compañeros.

Un leve murmullo se extendió por la mesa.

—¿He sido lo bastante claro? No seguiré permitiendo más burlas en el comedor, y espero que en ningún otro sitio. Martina, por favor, siéntate a mi mesa y entra a cambiarte cuando las demás hayan abandonado el vestuario. Los hombres esperaremos a que termines.

—No hace falta, yo…

—Vamos. —Su voz era tan categórica que no pudo más que obedecer.

Se sentó a su lado, un poco avergonzada.

—Si como contigo todos los días se darán cuenta de que tienes favoritismo hacia mí.

—Me importa un comino, y digo eso para evitar una palabra más gruesa.

—¿Tenías pensado echarles la bronca? ¿Por eso insististe en que me sentara con ellos?

—No exactamente. —Esbozó una sonrisa cómplice—.

Estaba buscando una excusa para invitarte a mi mesa sin que fuera muy evidente que eres mi camarera preferida.

Ahora todos pensarán que lo he hecho para paliar su comportamiento hacia ti.

Pero debo confesarte que llevo deseando que te sentaras conmigo casi desde el primer día que entré en el comedor. Ha quedado convincente, ¿verdad?

—Parecías muy enfadado.

—Estoy muy enfadado. Pero a la vez encantado con tu compañía. Y te doy permiso para que me robes las croquetas siempre que quieras.

—No lo haré, puedes estar seguro.

—Lo sé. Pero la autorización la tienes.

—Gracias, Juanjo. Una vez más.

—Vas a gastar la palabra. Come, y espero que hoy lo hagas más a gusto que los días anteriores.

—Desde luego.

Él había escogido pasta de primero y, señalando el plato, insinuó:

—Está muy buena. ¿Quieres probarla?

Martina desvió la vista hacia la mesa de sus compañeros. Nadie miraba, pero rehusó la invitación.

—No, gracias. ¿De verdad vas a tomar represalias contra ellos?

—Si no se comportan, sí. A mí también me han engañado diciéndome una serie de cosas contra ti que no son verdad. Mentir al jefe puede considerarse un tipo de insubordinación.

—¿Qué cosas?

—Da igual, no tiene sentido repetirlas.

—Que soy muy rara, que estoy loca… Seguro que es eso.

—No eres ni una cosa ni la otra, lo comprendí en cuanto empecé a observarte. Tampoco eres invisible, pero sí una experta en fundirte con el entorno para desaparecer. Ya no tendrás que hacerlo, se comportarán por la cuenta que les trae. Ignóralos, igual que ellos han hecho contigo.

—No tengo ninguna intención de buscarlos ni a ellos ni su amistad para nada.

—Tienes la mía. Espero que te baste.

—No deseo ninguna más.

La comida se prolongó lo justo para terminar los platos.

—Me voy a levantar ya —anunció Martina—. Quédate tú un poco más para disimular y que no piensen...

—Ya te he dicho que me da igual lo que piensen y lo que digan. Van a hacerlo de todas formas, pero si te sientes más cómoda, me demoraré con el postre. ¿Te llevo a casa después?

—No, prefiero irme en el tren.

—Como quieras. Busca tú algunas películas para mañana, yo hoy tengo algo que hacer.

—De acuerdo.

Martina se levantó y abandonó el comedor con paso regio y la cabeza bien alta. Juanjo se sintió muy orgulloso de ella, de la firmeza que estaba consiguiendo para enfrentarse a sus compañeros. Todavía le quedaba para que nada le importase, pero él estaba dispuesto a ayudarla hasta que lo lograra.

Mientras terminaba el postre con parsimonia dirigió la mirada hacia la mesa de los camareros.

Estos se encontraban evidentemente incómodos por la reprimenda; le hubiera gustado ser más contundente, pero Martina estaba presente y eso la hubiera incomodado aún más.

Lo sería si no cesaba el mobbing y las burlas hacia ella, y no le importaría qué cabeza cayera de aquellos impresentables.

Su principal objetivo ahora era que ella se sintiera cómoda en la mesa con él, sin que le importara lo que pensaran o dijeran de ellos.

Quería disfrutar de su compañía en los almuerzos y en las cenas que realizaran en el hotel y conseguiría que accediera a que la llevara a casa también en el turno de mañana.