Me ves o no me ves Capítulo 16
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Capítulo 16

M artina llegó al hotel con las pilas recargadas.

Por primera vez en su vida estaba deseando llegar sin que le importara que la ningunearan ni que se burlaran de ella.

En su interior sentía que guardaba un secreto que fastidiaría a los otros mucho más que lo que pudiera hacer ella para vengarse.

La complicidad con Juanjo estaba dando paso a una amistad que ninguno de ellos mantenía con su jefe.

En esta ocasión, cuando se encontró con Maya y Elisa en el vestuario, no salió huyendo, sino que las saludó con naturalidad.

—Buenos días.

Nadie le respondió, ni siquiera la miraron, pero notó que se tensaban y se apresuraron a terminar de vestirse y salir del recinto.

Sintió que se habían cambiado las tornas y ahora era ella quien comenzaba a tener la sartén por el mango.

Debía pensar qué más hacer para consolidar su posición, porque aún no se sentía lo bastante vengada.

Juanjo la saludó al pasar con un ligero movimiento de cabeza, como al resto de camareros, pero había algo diferente en su saludo, o eso quiso creer. Se irguió y comenzó a preparar las mesas para el desayuno con la cabeza bien alta y una sonrisa en los labios.

Comprobó que los otros camareros mantenían una especie de guardia en el comedor y no la dejaban sola en él ni un segundo, pero ya se le ocurriría algo.

Disfrutó de su trabajo porque, de vez en cuando, su mirada se cruzaba con la de Juanjo por unos breves segundos y su corazón daba un salto de alegría. No obstante, seguían manteniendo las distancias con respecto a los demás.

A la hora del almuerzo volvió a sentarse en la mesa de sus compañeros.

A su lado quedaba una silla vacía y solo faltaba Maya por acomodarse.

Cuando vio que la chica iba a hacerlo a su lado, justo mientras se sentaba, mojó sus dedos con disimulo en la salsa de tomate de las albóndigas y manchó la silla de su compañera.

Nadie se percató de ello, todos trataban de darle la espalda e ignorarla.

Comió con rapidez y terminó pronto, por lo que abandonó el comedor la primera. En la mesa se generó una molesta conversación.

—¡Estoy harto de que se siente con nosotros cada día! ¡No la soporto! —exclamó Michel, que sentía una profunda animadversión hacia su compañera.

—Creo que ella tampoco te soporta a ti —afirmó Elisa.

—Eso me la suda.

—¿No podemos hacer nada para que no se acople a nuestra mesa? —inquirió Fidel.

—¿Qué? ¿Prohibirle que lo haga? El comedor es público, no estamos en un restaurante en el que podamos elegir quién come con nosotros.

—Maya tiene razón. Y Juanjo siempre está mirando hacia aquí, parece que intuye algo.

—Prefiero que no sepa que no la soportamos, es mejor que piense que la ignoramos por su comportamiento, como le hemos hecho creer.

—Pues me está tocando mucho los cojones la niñita.

—Un poco de paciencia, Michel. Ya se cansará. Además, desde hace días no ha hecho nada contra ninguno de nosotros, es solo cuestión de tiempo que comprenda que no la queremos en nuestra mesa y vuelva a la suya. Todo será como antes.

—Eso espero.

Juanjo había visto a Martina hacer un movimiento extraño, pero no sabía qué. En cuanto Maya se levantó, lo supo. Eso no se lo iba a perdonar fácilmente la camarera.

Dejó que saliera del comedor y, justo cuando se acercaba al de huéspedes, la llamó.

—Maya, aguarda.

—¿Sí?

—Creo que has tenido un pequeño… accidente.

—¿Yo?

—Te has manchado el pantalón.

La chica se miró las piernas y negó con la cabeza.

—No.

—Por detrás.

Elisa se apresuró a mirar a su compañera por la espalda.

—Te ha «visitado tu primo», como diría mi abuela —comentó la chica.

—¿Qué primo? No tengo ninguno.

—El periodo.

—Imposible. Soy muy regular y acabo de pasarlo.

—Pues ve al baño y compruébalo.

Juanjo decidió desentenderse del asunto.

—Cámbiate, no puedes atender el comedor así. —Se limitó a sugerirle.

—No tengo uniforme de repuesto en la taquilla.

—Pues deberías; todos deberíais. Soluciónalo y, si no puedes, tendrás que irte a casa.

—Voy contigo, a ver qué podemos hacer.

Las dos amigas entraron en el baño y Maya se quitó el pantalón.

—¡Es salsa de tomate! —exclamó Elisa.

—De las albóndigas de Martina, seguro. El resto hemos cogido arroz, para que no sintiera la tentación de robarnos la comida.

—¡Será hija de puta! Esta no se la paso.

Las dos camareras trataron de lavar el pantalón para hacer desaparecer la mancha.

Lo consiguieron, pero la prenda quedó húmeda.

Por mucho que trataron de secarla con el aire del secamanos solo consiguieron eliminar parte de la humedad.

Aunque esta ya no era muy visible, Maya la sintió pegada a la piel durante el resto de la mañana.

Igual que el enfado hacia la causante de la broma.

Al terminar la jornada, ambas amigas esperaron a Martina en el vestuario. Esta sabía que de aquella no se libraba, pero, por primera vez en su vida, no se sentía acobardada.

Juanjo se le acercó de forma subrepticia y le susurró:

—Están dentro, y creo que muy cabreadas.

Ella asintió.

—Si necesitas ayuda grita y entraré, aunque sea la hora de cambiaros las mujeres.

Pero empujó la puerta con decisión. Maya y Elisa ya estaban con ropa de calle y, al parecer, esperándola.

—¡Eres una hija de puta!

—Y una cabrona —corroboró Elisa.

—¿Yo? —fingió inocencia.

—Sí, tú. Me has manchado la silla con salsa de tomate.

—No he hecho tal cosa.

—No mientas, eres la única que ha comido albóndigas en la mesa.

—Es un plato del menú de hoy. La silla debía estar manchada de antes, no somos los primeros empleados que hemos almorzado esta mañana. Es tu problema si no miras dónde te sientas.

—Sabemos que has sido tú.

—¿Cómo estás tan segura? No has podido verme, ni tú ni nadie: soy invisible y no he estado sentada a vuestra mesa.

Unos golpes fuertes sonaron en la puerta y la voz de Juanjo se escuchó apremiante.

—Chicas, daos prisa; el vestuario no es solo vuestro; estamos esperando. Todos tenemos ganas de llegar a casa.

Maya se apresuró a coger el abrigo y el bolso.

—Esto no quedará así, y a nadie más que a una mema como tú se le ocurre que pueda ser invisible.

Salió del vestuario acompañada de Elisa. Martina se apresuró a cambiarse y abandonó también el recinto. Juanjo dejó entrar a sus compañeros y le susurró:

—No te vayas, espérame dentro del hotel. Tengo que hablar contigo.

No respondió, pero aguardó a que saliera con la certeza de que le caería una bronca. En aquella ocasión se había pasado, pero no pudo resistirse, la tentación era demasiado grande.

Juanjo se reunió con ella minutos después y la instó a salir del edificio.

—Vamos al coche, hoy te llevo.

No protestó y lo siguió hasta el aparcamiento. Hasta que no se encontraron en el vehículo se mantuvieron en silencio.

—Ya puedes empezar a regañarme —dijo con voz temblorosa. Todo el arrojo que había mostrado en el vestuario se había desinflado después.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—Por la broma a Maya.

—Forma parte de tu venganza, ¿no? Y se la merece.

—Entonces, ¿por qué me has hecho venir hasta tu coche?

—Porque estás descompuesta y no quiero que cojas el tren en ese estado.

—¿Tanto se me nota?

—Yo sí. Recuerda que no eres invisible para mí.

—Ni para nadie.

—¿Qué ha pasado en el vestuario?

Se lo contó con detalle con la voz temblorosa.

—Estoy orgulloso de ti —comentó Juanjo cogiéndole las manos, que también temblaban—. Te has enfrentado a ellas y eso es algo que hace unas semanas era impensable.

—No he tenido más remedio, pero mírame ahora.

Las manos de Juanjo sostenían las suyas y las acariciaban.

—Tranquila, ahora estás a salvo. No tienes que ser fuerte conmigo, Martina, puedes derrumbarte, llorar o lo que quieras.

—¿De verdad hubieras entrado si llego a gritar?

Él clavó en ella sus ojos verdes con fijeza.

—¿Acaso lo dudas?

—No. Pero había mujeres cambiándose dentro.

—He visto mujeres desnudas antes, y con mejores piernas que las de alambre — bromeó.

—Gracias. Gracias por todo. Sin tu apoyo nunca me hubiera atrevido a llevar a cabo mi venganza, me hubiera ido del hotel y llevado mi timidez a otra parte.

—La timidez se vence, y hoy has dado el primer paso para ello.

—¿Sabes una cosa? Cuando estaba en el vestuario no me sentía intimidada, sino cabreada. ¿Por qué me han tratado así? ¿Qué les he hecho para que se burlen de esa manera de mí?

—Son seres mediocres que necesitan menospreciar a quien es diferente para sentirse poderosos, pero no lo son.

Solo son unos desgraciados, incapaces de respetar a los demás.

Se sienten amparados porque forman un grupo, una manada que se protegen unos a otros, pero estoy seguro de que serían incapaces de enfrentarse a nadie en solitario. Como has hecho tú hoy.

Juanjo seguía reteniendo las manos de Martina, que no cesaban en su temblor. Se las llevó a los labios y las besó con suavidad.

—Cálmate —susurró—. Deja de temblar. Ya pasó todo.

La respiración de Martina seguía agitada, pero ya no por lo sucedido en el vestuario, sino por la actitud de Juanjo. Por los labios suaves que recorrían su piel. Sabía que debería retirar las manos, desprenderse de las de él, pero se sentía incapaz.

—Sí, ya ha acabado todo. Hasta aquí llega mi venganza, no volveré a hacer ninguna jugarreta; de ahora en adelante me limitaré a ignorarles, y espero que ellos hagan lo mismo conmigo.

—Solo te pido una cosa más: mañana vuelve a sentarte a su mesa.

—No, regresaré a la de siempre. Después de lo sucedido hoy me siento incapaz de soportar su presencia tan cerca. Me van a acribillar entre todos

—Por favor… hazlo por mí.

—No me pidas eso…

—Si quieres darme las gracias de alguna forma, es lo que quiero.

—De acuerdo, soy una mujer agradecida, pero solo mañana.

—Solo mañana, te lo prometo.

Soltó sus manos y encendió el motor.

—Ahora, vamos a casa. Espero que durante el camino te tranquilices o tu hermana se preocupará.

—Me esforzaré.

—He estado mirando los cines para ver si hay alguna película de terror psicológico, pero no he encontrado ninguna en este momento —comentó para cambiar de tema—. ¿Te apetecería ver alguna otra cosa?

—Me gusta el cine en general, lo único que no soporto son las películas del espacio, con naves, otros planetas y extraterrestres. Me aburren.

—Lo tendré en cuenta. Pero hay una amplia oferta de otros géneros. ¿Quieres que busque alguna interesante?

—Si te apetece…

—A mí, mucho. ¿Y a ti?

—Sí.

—Pues esta tarde te paso algunos títulos para que elijas. ¿Te viene bien mañana? ¿Pasado mañana? Luego cambiamos el turno y ya tendría que ser dentro de dos semanas.

—Pasado mañana estaría bien.

—También puedes buscar tú. No me importa si es romántica.

—Esas no me agradan demasiado.

—Eres la primera mujer a la que no le gustan. ¿Hay algún motivo?

—No creo en la pareja que se enamora a simple vista en dos días y luego fueron felices y comieron perdices para siempre.

—¿No crees en el amor?

—Soy consciente de que mi hermana y Celso llevan juntos muchos años y se quieren mucho. Creo en eso; en el amor de las películas, no. Creo que no llega de repente, sino que se forja día a día, con el roce y la convivencia. Lo otro es otra cosa, llámalo flechazo, atracción, pero amor no.

—Me has salido filósofa.

—Tengo veintisiete años y hubo un chico en mi vida, pero ninguno de los dos llegó a estar enamorado del otro. Yo, al menos, no, y si lo hubiera estado él no se habría largado a la menor contrariedad.

—Eso es cierto. Yo tampoco he estado enamorado nunca, no de verdad.

No con un amor capaz de sacrificarse por el otro.

He tenido algunas relaciones superficiales, que no han durado mucho tiempo.

Debo reconocer que también me largué en cuanto vi algo que no me gustaba del todo.

Creo que el amor es aceptar al otro tal como es, con lo que te agrada y con lo que no.

—¿Es eso lo que te pasa con Alma?

—No llevamos juntos el tiempo suficiente para averiguar si acabaremos enamorados o no. De momento lo estamos intentando, aunque me parece que sin mucho empeño por parte de ninguno de los dos.

Guardó silencio recordando la velada propuesta para pasar la noche juntos de su última cita y el poco interés que le generó. No, no acabaría enamorándose de Alma, empezaba a estar seguro, y tendría que hacer algo al respecto.

El resto del camino lo hicieron en silencio, sumidos ambos en pensamientos que preferían no exteriorizar. Juanjo alargó la mano y conectó la radio para sintonizar una emisora de música que amenizara el camino y terminara de relajar a su acompañante.

Al llegar al portal de Martina detuvo el coche.

—¿Estás más tranquila?

—Sí.

—Hasta mañana, entonces. Y recuerda que tienes que volver a sentarte «en la mesa de la tortura». No me falles.

—No lo haré. Hasta mañana.